7
Freddie no recordaba la última vez que se lo había pasado tan bien con nadie, así como tampoco recordaba un domingo sin estar rodeado de libros. Sam hablaba sin cesar, pero no de un modo pesado ni repetitivo, era ingeniosa, divertida y sus anécdotas eran sinceras. No era de esa gente que habla para escuchar su propia voz, Freddie tenía la sensación de que todo lo que le contaba era verdad y a través de esas historias vio que Sam era cariñosa, demasiado buena, atolondrada y una soñadora. Todo lo contrario a él. Si él era el invierno, ella era el verano, y mientras él prefería la soledad, ella necesitaba compartir su visión de la vida con el resto del mundo.
-¿Te duele mucho? -preguntó ella al ver que él fruncía las cejas-. Tal vez deberías tomarte otra pastilla. -Se levantó y fue a por un vaso de agua.
-No, la verdad es que ya no me duele tanto. -Miró el reloj-. Es muy tarde, creo que iré a acostarme un rato. Muchísimas gracias por quedarte a pasar el día conmigo. -Él no se lo había pedido, sencillamente después de desayunar las cosas habían ido fluyendo solas, como si llevaran meses viviendo juntos.
-De nada. Sí, la verdad es que empieza a oscurecer. -Empezó a guardar el libro en la mochila-. No me gusta dejarte aquí solo.
-Tranquila, me las apañaré.
Sam buscó su abrigo y cuando lo encontró lo sujetó entre los brazos.
-¿Seguro que estarás bien?
-Seguro. -Freddie le sonrió-. No te preocupes.
-Recuerda lo que te ha dicho el médico y no muevas el hombro. Deberías vivir con alguien, claro que entonces no me habrías llamado y no habríamos pasado el día juntos y luego… Tengo que dejar de hablar.
-Por mí no lo hagas, me gusta oír tu voz.
Ella levantó una ceja.
-Ya, por eso aceptaste volando mi invitación de ir a tomar un café el viernes.
-Rectificar es de sabios.
-Sí, y a quien madruga Dios lo ayuda. Yo también sé refranes. -Se puso el abrigo y cogió su mochila-. ¿Qué harás mañana?
-Lo normal, me levantaré y después iré a clase, y por la tarde tenía pensado estudiar. ¿Y tú?
-Tengo un par de clases por la mañana y por la tarde tengo que ir a la escuela. Estamos ensayando una obra de teatro, se llama El día perfecto.
-¿El día perfecto?
-Es fantástica, mañana cuando venga te cuento el argumento. Ni en Broadway encontrarás nada igual.
-¿Mañana? -Una parte de él quería volver a verla, e incluso empezaba ya a echarla de menos, pero otra quería recuperar la normalidad a la que estaba acostumbrado, quería recuperar la soledad.
-Vamos, prometo que te traeré regaliz. -En un momento de debilidad Freddie le había confesado su adicción.
-Si hablando poco consigues que te desvele todos mis secretos, no puedo ni imaginarme qué pasaría si hablara como tú.
-Que meterías tanto la pata como yo. Prométeme que me llamarás si necesitas algo. -Al ver que él iba a rechistar añadió-. Miénteme si hace falta, pero no me iré de aquí hasta que me lo prometas.
-Está bien, te lo prometo. -Trató de doblar la manta del sofá con una mano y terminó por caérsele al suelo-. Esto es horrible, no soportaré estar tres semanas así.
-No seas exagerado, Capitán Garfio, tampoco pasa nada si dejas la manta sin doblar durante unos días -dijo ella, doblando la tela y colocándola en el respaldo del sofá.
-Supongo que estoy cansado -se defendió él-. Te acompaño hasta la puerta.
Sam lo siguió hasta la entrada y se detuvo junto a él. Se puso el gorro, la bufanda y los guantes y lo miró a los ojos.
-¿De verdad estarás bien? -preguntó de nuevo preocupada.
-De verdad -respondió él con sinceridad, pero ahora que veía que ella iba a irse ya no le parecía tan buena idea. Tal vez podría quedarse y… -. ¿Te apetecería comer conmigo mañana? Podríamos quedar en esa pizzería que hay cerca de la biblioteca.
-Me encantaría, pero tendrá que ser pronto porque a las tres tengo que estar en la escuela.
-¿Te va bien a las doce y media?
-Perfecto. Nos vemos mañana, ¿ves como no es tan difícil pedir una cita? -le dijo ella con una sonrisa.
-Será para ti, yo tengo la espalda empapada de sudor -confesó él antes de poder evitarlo.
-Pobrecito -le acarició la mandíbula con un dedo fucsia.
Freddie se quedó petrificado, y a medida que ese dedo le recorría el labio cerró los ojos y dio un paso hacia atrás.
-Freddie, abre los ojos —susurró ella, y cuando vio que lo hacía añadió—. Voy a darte un beso.
El corazón le iba a mil por hora, así que se puso de puntillas y le dio un suave beso en los labios. Iba a apartarse cuando él le rodeó la cintura con la mano y la apretó contra él. La miró a los ojos y durante unos segundos bajó la guardia y dejó que ella viera lo solo que estaba y lo mucho que significaban para él esas caricias. Despacio, inclinó la cabeza y empezó a besarla como sólo se había atrevido a imaginar. Le recorrió el labio inferior con la lengua, le dio pequeños besos en las comisuras y la sedujo hasta que ella le permitió acceder a su interior. Deslizó la lengua y apretó los dedos con los que seguía sujetándola. El sabor de Sam era igual que ella; dulce e imprevisible. Ella le devolvió el beso, rodeándole el cuello con los brazos, devorándole también los labios con pasión, pero al estar de puntillas se tambaleó un poco y sin querer le dio un golpe en la muñeca que tenía dislocada y él no pudo evitar gemir de dolor.
-Lo siento -dijo ella, apartándose al instante.
-Odio esto -farfulló Freddie levantando el brazo-. Nunca me había sentido tan torpe con nadie.
-¿Te he hecho daño? -preguntó Sam acariciándole el pelo.
-Sólo en el orgullo. -Se sonrojó y añadió-: Normalmente se me da mejor.
-No tengo ninguna queja. ¿Nos vemos mañana?
-Claro.
Ella le dio un último beso y se fue hacia su casa.
A Freddie le costó muchísimo desnudarse y ponerse el pijama pero al final lo consiguió y gracias a toda esa gimnasia, y a las emociones contra las que había ido batallando durante todo el día, se durmió tan pronto como se metió en la cama.
