Hola!

Aca les dejo el capitulo. Como mencione en el anterior hay una escena de sexo, pero no es nada explicito.

Perdon por no publicar ayer, pero fanfiction se murio y ni siquiera pude leer mis ffs faves jajaja.

10

-Sam -farfulló él-. Quítate el jersey.

Ella obedeció y cuando Freddie sintió la piel de Sam contra la suya todo su cuerpo se estremeció. Llevaba un sujetador muy femenino, de seda lila, y a Freddie le sorprendió lo sofisticado que era.

-Tengo debilidad por la ropa interior -explicó ella sonrojada.

-Creo que soy el hombre más afortunado del mundo -respondió él sin apartar la mirada de la exquisita prenda. Sam volvió a besarle en los labios y él dibujó esos preciosos pechos con la única mano que tenía hábil.

-Soy el peor seductor del mundo -farfulló furioso-. Creo que me arrancaré el yeso con los dedos.

-No digas tonterías, Garfio. A mí me parece muy sexy. —Sonrió con picardía-. Así tienes que ser más creativo.

Freddie levantó la comisura del labio, dejando claro que cuando quería podía ser todo un pirata, y empezó a besarle el escote para luego acariciar toda esa piel con la lengua.

-¿Te parece bastante creativo? -susurró sin apartarse.

Ella se limitó a mover la cabeza al sentir cómo se le erizaba la piel. Siguieron en el sofá besándose y acariciándose hasta que él supo que ya no podía más.

-Sam, cariño, tenemos que parar -dijo echando la cabeza hacia atrás.

-¿Por qué? -preguntó ella, besándole el cuello que ahora había quedado expuesto.

-Porque me muero de ganas de hacerte el amor.

Eso la detuvo en seco.

-¿Y?

-¿Cómo que «y»? Sólo hace unos días que nos conocemos y… -Se sonrojó al ver que ella lo miraba alucinada-. Y no quiero que pienses que suelo actuar así.

Sam sonrió.

-No pienso nada parecido. Freddie, yo sí que no suelo actuar así. -Le dio un beso en la nariz-. Pero contigo, no sé, todo es tan perfecto. Es como si supiera dónde tocarte, dónde besarte. Y ahora voy a decir algo muy cursi pero ahí va; escomo si hubiera nacido para ti. -Trató de levantarse.

-No te muevas. -La cogió por la cintura y la besó con todas sus fuerzas. Fue un beso larguísimo, con alma y sentimientos, y cuando por fin la soltó le dijo-:Perfecto.

Se levantaron despacio. Una vez de pie Sam cogió la mano que Freddie le ofrecía y fueron hacia su habitación. Al llegar allí él volvió a besarla, despacio, tocándole la espalda al mismo ritmo que se movía su lengua. Ella deslizó una mano por debajo del pantalón y le acarició a medida que seguía desnudándolo. Él trató de hacer lo mismo, pero ante sus limitaciones, Sam se limitó a sonreír y se desabrochó los pantalones para luego deslizárselos por las piernas. Freddie iba a decirle que tenía las piernas más preciosas que había visto jamás, pero su capacidad de razonar lo abandonó por completo y lo único que pudo hacer fue besarla de nuevo. Entre besos y abrazos se tumbaron en la cama y siguieron conociéndose, descubriendo qué caricias los hacían estremecer, hasta que Freddie volvió a gemir furioso.

-Me muero de ganas de hacerte el amor y no puedo tocarte como quiero. Como necesito.

Ella lo besó hasta que sintió que se tranquilizaba.

-No te preocupes, yo te besaré. -Y lo echó hacia atrás.

Los dos estaban desnudos, ensimismados el uno con el otro, besándose y escribiendo lo que iba a ser el principio de su gran historia de amor, así que Sam se armó de valor y se sentó encima de él.

-No soy virgen -dijo de sopetón-, pero nunca he estado así con nadie.

-¿Así? -preguntó él sorprendido por la confesión.

-Nunca he estado desnuda con nadie y nunca he hecho el amor encima.

-¿Con qué imbécil has estado?

-Con uno. Basta decir que los dos teníamos dieciocho años y creíamos ser muy adultos. Fue patético.

En ese instante a Freddie le sucedieron dos cosas increíbles; la primera, se excitó aún más, y la segunda, tuvo ganas de ir a darle un puñetazo a ese imbécil. ¿Qué clase de hombre podía estar con Sam y no desvivirse por darle placer? Ante tal ataque de posesividad volvió a besarla y despacio le acarició de nuevo la espalda.

-Si quieres, podemos esperar a que me quiten esto -dijo sin poder creer sus propias palabras.

-¡Estás loco! -Le recorrió el torso con los dedos-. Si no hago el amor contigo ahora mismo me moriré. En serio -añadió cuando él levantó una ceja, y para demostrarle que hablaba en serio le recorrió los pectorales con la lengua.

-Ven aquí —farfulló él, y tras ponerse un condón se hundió dentro de ella-.¿Te he hecho daño? -preguntó al notar que Sam se tensaba.

-No. Me has sorprendido, eso es todo. -Le besó-. Ahora lo entiendo.

-¿El qué? -preguntó él, si ella era capaz de razonar seguro que estaba haciendo algo mal.

-Todo eso sobre la pasión. Es increíble.

Freddie la besó y con la mano que tenía en la cadera de ella le indicó cómo moverse. Ambos se perdieron en ese beso, en esas caricias, en las sensaciones que se crearon entre sus cuerpos y cuando Freddie alcanzó el orgasmo ella lo siguió segundos después. Se quedaron quietos unos segundos, con la respiración entrecortada y el pulso acelerado. Él le dio unos besos en el pelo, y ella otros en el hombro. Poco a poco, Sam se apartó y le sonrió. Freddie le devolvió la sonrisa y la besó con ternura en los labios. Al terminar el beso, Sam le tocó la clavícula que llevaba vendada.

-¿Sabes una cosa, Garfio? -Él le dio otro beso, empezaba a gustarle ese apodo-. No te lo tomes a mal, pero me alegro de que te cayeras en la ducha.

Él sonrió.

-Y yo.

Volvieron a besarse y cuando Freddie se quedó dormido, Sam se levantó, se puso la camiseta de Freddie, cogió las sábanas para cubrirlos a ambos y volvió a tumbarse a su lado.

A partir de esa noche, Sam prácticamente se mudó al piso de Freddie. Los primeros días los dos utilizaron la excusa del brazo de Freddie, pero pronto dejaron de fingir y decidieron llamar las cosas por su nombre; se estaban enamorando. Una mañana, Freddie le dejó un juego de llaves junto a la mochila roja, así sin más. Y Sam llevó algo de ropa también del mismo modo. No lo habían hablado, en realidad cada vez que se veían empezaban a besarse y terminaban haciendo el amor en el lugar más insospechado. Freddie sabía que ya no volvería a mirar del mismo modo ni el sofá, ni la cocina, ni la ducha, ni el escritorio en el que se suponía que tenía que estudiar. Sam estaba tan contenta que asistía a las clases con una perenne sonrisa en los labios, sonrisa que no perdía ni cuando los mequetrefes de la escuela le hacían las peores trastadas. La primera semana les pasó volando, y la segunda ni siquiera la vieron venir.