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-¡Ya estoy aquí! -gritó Sam al entrar-. Freddie, no te creerás lo que me ha sucedido hoy, la directora de la escuela me ha pedido… -se detuvo al verle la cara-. ¿Te pasa algo? ¿Te encuentras mal?
-No, pero tenemos que hablar.
-¿Les ha pasado algo a tus abuelos? —Por el modo en que la miraba, Sam supo que algo iba mal, muy mal.
-No, mis abuelos están bien, supongo que siguen de crucero. -Se sentó en una silla y le indicó que hiciera lo mismo-. Hoy tenía que entregar un trabajo de derecho internacional.
-¿Un trabajo? -preguntó ella sin entender nada.
-Sí, es una parte muy importante de la nota y con todo lo que ha sucedido estas semanas no lo he hecho.
-Bueno, no te preocupes.
-Sí me preocupo, Sam. —Se rasco la nuca—. No todos somos como tú.
-¿Qué quieres decir con «como tú»?
-Así, despreocupados.
-¿Crees que yo soy despreocupada?
-Y no sólo eso -afirmó él-, nunca sabes dónde dejas las cosas. Todo mi piso está lleno de libros tuyos y de restos de purpurina.
-¿Y eso te molesta?
-La verdad es que sí -respondió él-. Necesito orden para estudiar, mi carrera es muy difícil.
-¿Y la mía no?
-No he querido decir eso.
-¿Y qué has querido decir?
Él respiró hondo y decidió que había llegado el momento de seguir con el plan que se había marcado desde un principio.
-Quiero decir que te agradezco mucho que me hayas ayudado tanto durante todos estos días, pero… -Vio que a Sam le brillaban los ojos pero se obligó a seguir-. He llamado al hospital para ver si podían adelantarme la cita y en principio mañana me quitarán la escayola. Ya no hace falta que te quedes.
-¿Qué estás haciendo, Freddie? -Ella se levantó y se acercó a él-. Todo esto no es por un trabajo, dime qué es lo que de verdad te preocupa.
-No me preocupa nada, es sólo que tengo que estudiar y contigo aquí no puedo hacerlo.
-Di mejor que no quieres hacerlo. En estas dos semanas yo he tenido tres exámenes y he sacado muy buena nota en todos. -Iba a acariciarle la mejilla pero al ver lo vacíos que tenía los ojos echó la mano hacia atrás-. Ya está, ¿no? Todo ha terminado.
-Podemos seguir siendo amigos -dijo él sin mirarla.
-Claro, amigos. -Cogió la mochila que había dejado en la mesa y fue llenándola con sus libros-. Vendré más tarde a por mis cosas.
-De acuerdo.
-¿De acuerdo? ¿Eso es lo único que tienes que decir?
-¿Qué quieres que diga? -preguntó él apretando las manos.
-¿Me quieres? -le preguntó ella colocándose frente a él-. ¿No vas a responderme? Perfecto. Dime entonces una cosa, ¿qué crees que pensarían tus padres de esto? -Freddie por fin la miró-. Vaya, veo que al menos hablar de ellos consigue hacerte reaccionar.
-Ellos no tienen nada qué ver en esto, Sam. Lo único que sucede es que prefiero vivir sólo, por mí podemos seguir viéndonos.
-Claro, siempre y cuando no te tome demasiadas horas y no te cause ningún trastorno emocional -atacó ella dando en el clavo.
-Eso lo has dicho tú, no yo.
-Bueno, uno de los dos tiene que ser valiente. -Fue a la cocina y cogió una bolsa en la que empezó a guardar la ropa que tenía en el armario.
-¿No has dicho que vendrías más tarde?
-Lo he pensado mejor -respondió furiosa-. Así no tendrás que tropezarte con mis cosas ni un minuto más. Toma, aquí tienes tus llaves. -Las dejó en la mesa de la entrada-. Lamento haberte hecho perder el tiempo.
-San, no te vayas así. -A Freddie empezó a sudarle la espalda sólo de imaginarse que no volvería a verla jamás. Sam se detuvo unos segundos frente a la puerta, esperando a que él tratara de impedirle que la abriera, aguantándose las lágrimas que no quería verter delante de él, pero como Freddie no hizo nada, respiró hondo y salió de allí.
Freddie se pasó la noche sentado en el sofá, mirando un bote de purpurina que Sam se había olvidado. ¿Qué diablos había hecho? Incapaz de pensar en lo que acababa de suceder, a la mañana siguiente Freddie fue a clase y trató de ser el mismo de antes, pero no pudo. No podía dejar de pensar en Sam. Le quitaron el yeso y pensó en lo distinto que sería todo si ella siguiera allí, pero se negó a ir a buscarla. En vez de eso, optó por terminar el dichoso trabajo de derecho internacional. Así pasaron dos semanas. De día conseguía funcionar, pero de noche no podía cerrarlos ojos sin soñar con ella. Un domingo, harto ya de dar vueltas por la cama, se levantó y fue en busca de la foto de sus padres. Estuvo mucho rato mirándola y de repente fue hacia el armario en el que almacenaba aquella caja en la que guardaba algunos de los recuerdos que tenía de ellos en ese piso. La abrió y entre fotos y cartas encontró un pedazo de papel en el que había escrito furioso todo lo que iba a hacer en su vida para conseguir que sus padres se sintieran orgullosos de él. Se rasco la nuca y luego se frotó los ojos. Podía recordar perfectamente lo que sintió al escribirlo. Hacía dos días del funeral de su madre y sus abuelos ya no sabían qué hacer para animarlo. Estaba encerrado en su habitación y en un impulso se sentó en el escritorio y escribió todo lo que haría para compensar lo egoísta que había sido durante esos últimos años. Observó la lista y se dio cuenta de que Sam no salía en ella. ¿Cómo iba a salir si la había conocido hacía tres semanas? En la lista aparecían grandes cosas; terminar la carrera con honores, triunfar en el trabajo, llevar la empresa familiar hasta lo más alto. Pero en ese instante se acordó de algo que siempre le decía su madre; nada vale nada sin el amor. Se había olvidado de esa frase, ¿cómo podía haberse olvidado de esa frase? Tenía que llamar a Sam y contárselo, tenía que llamarla y decirle que también la quería.
creo que el siguiente va a ser el ultimo, no estoy segura igual! bye.
