13

La mochila roja estaba manchada de sangre. Freddie cerró los ojos unos segundos y se levantó de la silla para esconder la maldita mochila en el armario. ¿Cuánto hacía que se la habían llevado? ¿Dos horas? ¿Dos minutos? Pasó una enfermera.

-Señorita, espere -salió de la habitación y se plantó delante de la mujer con uniforme para detenerla- ¿Sabe si…? -se le quebró la voz. No se veía capaz de formular ninguna pregunta que pudiera implicar que Sam no saldría de ésta.

-Disculpe, señor. -Lo inspeccionó de arriba abajo-. Acabo de empezar el turno. ¿Por quién pregunta?

-Por Sam. -Al ver que la enfermera lo miraba como esperando algo más, añadió—: Puckett, Samantha Puckett.

-¿La maestra de escuela?

-Sí.

-Lo siento, señor, pero no sé nada. ¿Es usted familia?

-Su prometido. -O algún día lo seré si consigo que me perdone, pensó Freddie.

-Iré a ver si una de mis compañeras puede informarle. -Le dio una palmadita en la mano-. ¿Señor?

-Freddie, me llamo Freddie —respondió él frotándose los ojos con las manos.

-Freddie, su prometida ha sido muy valiente. Muy poca gente en el mundo se habría atrevido a arriesgar su vida así. Según me han contado, si no hubiera sido por ella esos dos niños estarían muertos.

La enfermera desapareció por el pasillo y Freddie se secó las lágrimas que le resbalaban por las mejillas. Al parecer todo el mundo coincidía en que Sam había sido muy valiente, una heroína… pero a él eso no le importaba, lo único que él quería era volver a verla sonreír y poder estrecharla de nuevo en sus brazos. Dos semanas atrás se habían peleado, mejor dicho, él se había comportado como un idiota y la había echado de su lado. Hacía ya varios días que quería pedirle perdón, de hecho, la había llamado un montón de veces, pero siempre colgaba antes de que ella contestara. Había sido un cobarde. Esa misma mañana, harto de seguir echándola de menos, y dispuesto a hacer todo lo que hiciera falta para recuperarla, se armó de valor y fue a buscarla a la escuela en la que hacía prácticas. Estaba a menos de una esquina cuando escuchó ese ruido: un ruido que antes sólo había escuchado en las películas, el de unos cables rompiéndose e, instantes más tarde, el de una grúa desplomándose. Corrió como un poseso, suplicando que ese estruendo y la polvareda que lo acompañaba no provinieran de la escuela. No sirvió de nada. La nube de polvo envolvía el edificio. Durante unos segundos lo único que pudo escuchar eran los latidos de su propio corazón. Sam, tenía que encontrar a Sam. Iba a entrar cuando por el rabillo del ojo la vio. Estaba ilesa, de pie, con su mochila colgando de un hombro junto a un grupo de niños de unos cinco años que mantenía alejados del peligro. Gritó su nombre y ella lo miró… y le sonrió. Tenía una sonrisa preciosa. Pero su felicidad fue efímera pues ella debió de ver o escuchar algo y salió corriendo hacia las ruinas de lo que habría sido el nuevo gimnasio de la escuela. Freddie cerró los ojos y volvió a llorar. Aún podía recordar el terror que sintió al ver que ella entraba en lo que quedaba del edificio, y que seguía con parte de la grúa y del andamio balanceándose encima. Gritó su nombre una y otra vez. Por entre unas piedras apareció un niño, y luego otro y por fin Freddie creyó ver la mano de Sam. Y de repente, el resto de la grúa se desplomó y Freddie sintió cómo se moría por dentro. Frenético, corrió hacia allí, pero no se dio cuenta de que no estaba solo hasta que dos bomberos lo retuvieron. Un montón de hombres uniformados estaban apartando las piedras para rescatar a Sam. Dieron con ella en seguida, y sin perder ni un segundo la tumbaron en una camilla, le pusieron una máscara de oxígeno y se la llevaron al hospital. A partir de allí, Freddie no recordaba mucho más. Un enfermero le dio la mochila ensangrentada y le dijo que esperara en la habitación. Otro le preguntó si Sam tenía alguna enfermedad o alguna alergia, y algo debió de decir él pues el muchacho salió disparado hacia el quirófano. Por último, una mujer mayor le dijo que era la doctora No sequé y le explicó que tenían que operarla en seguida pues al parecer algo no andaba bien con los pulmones de Sam.

-¿Freddie? -en la puerta apareció la doctora y Freddie se puso de pie de un salto.

-¿Cómo está Sam? —preguntó asustado, sin molestarse en secarse las lágrimas.

-La operación ha ido bien. -La doctora le indicó que volviera a sentarse y ella hizo lo mismo en la otra silla que había junto a la cama-. Hemos podido suturar la herida de sus pulmones y, aunque tiene un par de costillas rotas, cuando se recupere de la operación y nos hayamos asegurado de que no hay ni rastro de conmoción cerebral, podrá irse a casa. Tendrá que hacer recuperación, claro está…pero, teniendo en cuenta lo que podría haber pasado, ha tenido mucha suerte.

-Gracias, doctora. -El alivio que sentía Freddie era tan grande que se puso a temblar-. Muchas gracias. La mujer se levantó y le colocó una mano en el hombro.

-La traerán en seguida. Aún está dormida, y tardará unas horas en despertarse.

Freddie, incapaz de decir nada más, se limitó a asentir. Cuando la doctora abandonó la habitación hundió la cara entre sus manos y lloró como hacía años que no lloraba. El ruido de unas ruedas deslizándose por el suelo lo interrumpió y al levantar la vista vio que traían a Sam en una camilla. Se apartó para que los enfermeros pudieran hacer su trabajo y cuando terminaron volvió a sentarse en la butaca que había al lado de la cama. Entrelazó los dedos con los de Sam y besó todos y cada uno de los nudillos.

-Sam, amor, abre los ojos. -Le acarició el pelo con la mano que tenía libre-. Por favor, abre los ojos. -La doctora ya le había dicho que tardaría un rato en estar consciente, pero parte de él creía que si le hablaba ese milagro sucedería antes. Y además, quería hablarle por si acaso ella podía escucharlo a pesar de estar medio dormida.

-Siento muchísimo todo lo que te dije. Lo siento mucho. La verdad es que me arrepentí casi al instante, pero no sabía cómo pedirte perdón. Todo eso que te dije no eran más que tonterías, un montón de tonterías. ¿Sabes por qué te eché de mi lado? -La miró para ver si ella hacía algo pero al ver que no, siguió con su confesión-. ¿Te acuerdas de ese día que ibas tan animada contándome no sé qué sobre el colegio y casi te caes por la escalera? Ese día me di cuenta de que te podías morir. -Se pasó las manos por la cara-. Es absurdo, lo sé. Ya sé que tardeo temprano todos morimos, créeme, lo sé mejor que nadie. Pero en ese instante vi lo que me pasaría si te morías y me quedé helado. Superar la muerte de mis padres fue difícil, pero si te pierdo a ti… No puedo ni imaginarlo. Y pensé que lo mejor sería perderte ahora que aún era capaz de soportarlo. Creí que si te echaba de mi lado todavía estaría a tiempo de recuperar mi soledad y que dejaría de quererte. Porque te quiero, Sam. No sabes cuánto te quiero. -Volvió a besarle los nudillos-. Así que no se te ocurra morirte ni nada por el estilo antes de que pueda decírtelo en persona.

-¿Freddie? -balbuceó Sam.

-Tranquila. -Se incorporó y se sentó en la cama junto a ella-. Voy a buscar a la enfermera.

-No. -Trató de apretar los dedos que él aún retenía en su mano-. No.

-De acuerdo. -Siguió acariciándole el pelo pero apartó la mano un instante para pulsar el timbre y avisar -. Descansa, te pondrás bien.

-¿Qué ha pasado? -Cerró los ojos unos segundos y al recordar algo los abrió asustada-. ¡¿Los niños?!

-Están bien. -Le besó de nuevo los nudillos-. Te quiero, Sam.

Pero ella había vuelto a quedarse dormida. En ese mismo instante apareció la doctora y tras revisar el pulso y las constantes de Sam le dijo a Freddie que estuviera tranquilo y que era normal que se fuera despertando. Volvió a dejarlos solos y Freddie siguió con su relato.

-¿Sabes cuántos días he vivido, Sam? 9 490, los he contado, y de todos esos días, 9 000 casi no han merecido la pena, 400 han estado bien, 86 han sido increíbles, 3 han sido horribles y sólo 1 ha sido perfecto. Las tres semanas que pasamos juntos fueron los mejores de mi vida, por eso me asusté tanto ese día en la escalera. ¿Qué iba a ser de mí si te perdía? Los dos días horribles han sido hoy, sin lugar a dudas, el día que murió mi padre y luego el dia que murió mi madre. Pero gracias a ti eso también empiezo a llevarlo mejor. ¿Y sabes cuál ha sido mi día perfecto? El día que me dijiste que me querías. ¿Te acuerdas? Era domingo, tú te habías quedado a dormir en mi piso, yo aún llevaba el brazo enyesado y cuando empezamos a besarnos y no fui capaz de desabrocharte la camisa del pijama me dijiste que no tenía que preocuparme por nada, que tú te harías cargo de todo. Hicimos el amor y fue maravilloso. Ése fue mi día perfecto, y si me perdonas te juro que me pasaré el resto de la vida tratando de buscar tu día perfecto. No descansaré hasta conseguirlo, porque tú te mereces que todos los días sean perfectos.

Agachó la cabeza y la apoyó sobre las manos entrelazadas de ambos. No fue consciente de que lloraba hasta que sintió la otra mano de Sam acariciándole el pelo.

-No llores -dijo con voz adormilada, seguramente por culpa de la anestesia-. Todos los días que he pasado contigo han sido perfectos.

Él levantó la cabeza, incapaz de creerse la suerte que había tenido por haber encontrado a una mujer tan maravillosa.

-Eres una mentirosa -le dijo emocionado-. Te quiero, Sam.

-Y yo a ti, Garfio. Vamos, dame un beso antes de que vuelva a dormirme, pero prométeme que cuando me despierte estarás aquí.

-Estaré aquí.

No quería estar en ningún otro lugar.

-¿Freddie? ¿De verdad has contado los días que has vivido?

-Claro, ¿qué querías que hiciera sin ti? Sin tus historias interminables, sin tus sonrisas, sin tus besos… Me he portado como un idiota, Sam. ¿Me perdonas?

-Pues claro. Te quiero. –Bostezó-. Dame un beso, idiota.

-Duérmete, tienes que descansar. Cuando salgas de aquí vas a tener mucho trabajo. -Ella entreabrió un ojo y él añadió-. Primero me pasaré meses demostrándote que he cambiado y que sé disfrutar de la vida. Luego, cuando estés convencida de que te amo con locura, te pediré que te cases conmigo y cuando te tenga sólo para mí te convertiré en la mujer más feliz del mundo. ¿Estás preparada?

Sam no respondió, pero se quedó dormida con una sonrisa en los labios. Freddie le dio un último beso y también cerró los ojos. Estaba impaciente por que empezara el resto de sus vidas.

Bueeeeeeeeno, este fue el ultimo capitulo! Espero que les haya gustado la historia de estos dos.

Hay otra novela en la que hacen referencia a estos personajes, entonces voy a decirles que al final, Sam y Freddie viven en una casa en las afueras de Seattle, con un perro llamado Whisky, y estan comprometidos y a punto de casarse. Y por cierto, son muuuy felices.

JAJAJA re cursi. Bueno, nada. Si les gusto, investiguen y lean a Anna Casanovas, es lectura contemporanea, romantica, para mujeres. Mi novela favorita de ella es "Nadie como tu" Y de ahi salen mas novelas -es una saga- todos son excelentes, pero nadie como tu es mi favorito.

Espero que les haya gustado! Si quieren dejen un comentario, si no, no. Ya se que leen, existe traffic stats JAJAJA.

Estoy en proceso de un fanfic propio, pero me falta bastante para llegar a la idea final, y usualmente mis finales no me gustan, asi que si me inspiro y me gusta, tal vez lo suba.

Si quieren contactarme tengo dos twitters:

uno personal, que es icarliii y el otro, es mccurdyarg, en cualquiera me conecto.

Byeeeeeeeee! Carla :-)