DISCLAIMER: Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer

RANCHO MASEN

EPÍLOGO

—¿Crees que papá me dejará ir? —preguntó Nessie a Bella mientras colocaba en la tartera la masa para la tarta de manzana que estaba preparando especialmente para su padre.

—Conquistarlo por el estómago con su tarta favorita es una buena estrategia —se burló su madre mientras acababa de zurcir a la pequeña Heidi, la muñeca de trapo de Lizzy.

—Sabes que no le gustará que vaya con Nahuel —se quejó la chica —Nahuel no le gusta mucho.

—Te equivocas, cariño, no es nada personal con Nahuel. No le gusta ni le gustará ningún chico que venga a llevarse a su niñita.

—Yo no soy su niñita —discutió Nessie molesta —Su niñita podrá ser Lizzy que tiene seis años, yo ya tengo catorce, ya soy mayor.

—No lo suficiente para tu padre —explicó Bella sonriendo ante la indignación de su hija adolescente.

Los bufidos de Nessie se sumaron a los que Sue llevaba soltando desde que la chica le había invadido su cocina.

El sábado siguiente había un baile benéfico en el local social de Spearman, y Nessie estaba deseosa de ir.

Nahuel, el hijo del boticario, y un buen amigo de su primo Henry, le había invitado a acompañarle, y ella estaba ansiosa por aceptar.

Como era de esperar su madre no había dicho que no, pero había pronunciado las terribles palabras "Pregúntale a papá".

Edward se había quejado de que Nahuel estaba demasiado pendiente de ella, cuando habían coincidido en el rancho de los Hale, para el bautizo de Kellan, el menor de los hijos de Emmett y Rosalie.

Desde entonces, siempre le gruñía al chico cuando le encontraba en la farmacia de su padre.

No ayudaba que Nessie insistiera siempre tanto en acompañarle cuando iba allí.

Cocinarle especialmente su tarta favorita, era la estrategia que la chica había decidido utilizar para conseguir la autorización de su padre.

—¡Sí! Tarta de manzana —gritó Jake al entrar en la cocina y meter su mano en el cuenco donde Nessie tenía los trozos de manzana preparados.

—¡Quita tus sucias manos de allí! —gritó Nessie enfadada viendo como su hermano se llevaba a la boca un trozo de fruta.

—Ness... —le reprendió su madre, en el momento que la puerta se abría para dejar paso al ranchero que aún lograba hipnotizarla después de siete años.

Edward entró en la cocina llevando a la pequeña Lizzy en brazos.

Había estado en el corral con sus tres hijos enseñándoles a trenzar unas cinchas, después de cepillar los caballos, pero ya habían vuelto a la casa para asearse antes de la cena.

—Vaya, tarta de manzana —dijo Edward complacido besando la coronilla de su hija mayor —¿A qué se debe? —sonrió mirando a su mujer cómplicemente.

—A nada —negó Nessie con rotundidad —Sólo quería cocinar algo para ti. Sé que te encanta y últimamente trabajas mucho...

—Alguien se ha portado muy mal —Anthony, que entraba tras su padre, aseguró con seriedad cruzando la cocina para ir a su habitación a asearse.

—Idiota —gruñó Nessie enfadada.

—Nessie... —volvió a regañarla su madre.

—Lo siento —refunfuñó la chica volviendo a su tarea.

—Venga, Jake, Lizzy, al baño —ordenó Edward dejando a su pequeña sobre sus pies. —Gracias por cocinar para mí, nena —dijo dirigiéndose a su hija mayor.

Edward había resultado ser un padre maravilloso, y Bella aún no había aprendido a dejar de mirarle embelesada cada vez que le veía interactuar con sus pequeños.

Los trillizos habían resultado ser tan diferentes como el día y la noche, pero los tres eran adorados por sus padres por igual.

Jake, el mayor, había resultado ser un niñito revoltoso y gamberro. Siempre era el primero en querer probar nuevas experiencias. Subir a los árboles, apedrear con su tirachinas una colmena de avispas o columpiarse cabeza abajo de la rama del viejo olmo junto al río.

Tony, el segundo, era tranquilo e intelectual. Aunque se dejaba manipular por su hermano mayor y siempre le seguía en sus travesuras, prefería, con mucho, quedarse en la casa leyendo alguno de los libros de su extensa colección, o montando puzzles.

Lizzy, sin embargo, era una perfecta combinación de sus hermanos. Siendo la más pequeña de los tres, era la consentida princesita de papá. Podía comportarse como una perfecta princesa, para regocijo de Nessie, que adoraba vestirla y peinarla, o podía llegar a ser más varonil que Jake subiendo a los árboles incluso más allá de lo que su hermano se atrevía.

Pero los tres se defendían los unos a los otros ante quien fuese, y todos en el rancho les adoraban y les permitían salirse con la suya.

—Y tú, mujer —dijo Edward a Bella que lo miró expectante —Ven conmigo —ordenó estirando su mano hacia ella que la cogió de inmediato —Me he golpeado la espalda y estoy adolorido. Me vendría bien que me ayudaras en la ducha —explicó con una sonrisa socarrona y pervertida que hizo carcajear a su mujer.

—Es que ya estás un poco mayor —se burló Bella caminando tras él, ante el mohín que Nessie les dedicó.

Nessie había sido una niñita adorable desde que había llegado al rancho. Pero la adolescencia, rodeada de tres pequeños de seis años, le estaba resultando difícil.

Pero amaba a sus padres por encima de todo y sabía que ellos le amaban por igual.

Edward y Bella entraron en la habitación en silencio y se colaron en el baño cerrando la puerta tras ellos.

Edward comenzó a desnudar a su mujer antes de desnudarse a sí mismo.

—¿Le dejarás ir? —preguntó Bella mientras Edward abría los grifos de la ducha.

—¿A quién? —inquirió mirándola confuso.

—A Ness. Al baile.

—¿A Nessie con ese Nahuel? Sabes que sí.

—Ella está aterrada ante la idea de preguntártelo.

—Prefiero que lo esté —sonrió tirando de su mujer para llevarla bajo los chorros de agua —Y él también, así no se le ocurrirá siquiera propasarse con ella o traerla fuera de hora.

Bella sonrió mientras ponía gel de ducha entre sus manos para recorrer con ellas el fuerte pecho de su esposo.

—Has resultado ser un padre celoso y machista.

—Soy un ranchero bruto —se excusó mientras masajeaba los pechos de su mujer enjabonándolos —¿O lo has olvidado?

—Nunca podría —gimió Bella arqueándose hacia él mientras su mano húmeda subía y bajaba por el tenso miembro de su hombre.

Edward sonrió levantándola por las piernas para recostarla contra la pared, y sin dejar de mordisquear su cuello, la penetró con prisa haciéndola jadear.

Le hizo el amor con ardor antes de secarse para llevarla a la cama.

La tumbó sobre las mantas desnuda y se tumbó junto a ella recorriendo su cuerpo con la yema de sus dedos, electrizándola.

—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó en susurros bajando sus labios por el cuello de la mujer, mientras su mano acariciaba los tibios y húmedos pliegues de su sexo.

—Si eres muy silencioso, tal vez una media hora —susurró ella a su vez sintiendo su respiración acelerarse.

—Entonces debería amordazarte, porque tú y silenciosa... no van en la misma frase —murmuró burlón llevando sus manos a los pechos llenos de su mujer, para hundir su rostro entre ellos y besarlos y mordisquearlos.

Bella mordía sus labios intentando acallar sus gemidos mientras se arqueaba hacia su marido, para rozar con su sexo palpitante, la gruesa erección de él.

—Por favor, Edward —gimió restregándose contra él avariciosa.

—Me encanta lo sensible que eres —sonrió él llevando su pene enhiesto hasta la entrada de su vagina.

La penetró muy lentamente haciéndola agitar.

—Por favor —suplicó Bella en voz muy baja cuando lo tuvo perfectamente acoplado en su interior.

—Lo que necesites, ángel —murmuró contra su cuello a la vez que comenzaba un suave vaivén que poco a poco fue volviéndose alocado.

El clímax la golpeó con tanta fuerza que no fue capaz de reprimir un grito jadeante, que aceleró el orgasmo de su marido.

Edward se dejó caer agotado sobre ella cuando un agudo chillido les obligó a reponerse.

—Entretenle mientras me limpio —pidió Bella saltando de la cama para correr al baño, donde limpió su sexo y especialmente sus pechos.

Edward solo pudo tomar dos bocanadas de aire, antes de verse obligado a levantar a Charlie, su hijo menor, de la pequeña cuna en la que había estado durmiendo junto a la cama.

—Ven, aquí, ratoncito —susurró con cariño acunándolo contra su rostro con sus enormes manos, mientras recorría su rostro con la nariz, aspirando el delicioso perfume de su piel —Mami, ya viene...

—Aquí estoy, cielo —dijo Bella recostándose en el cabecero de la cama para coger a su bebé.

Edward se recostó a su lado para ver la imagen más hermosa que podía imaginar y que intentaba no perderse nunca.

Tumbado junto a su mujer, viéndola amamantar al pequeño bebé, que como un maravilloso milagro, les había sido regalado después de siete años.


Ahora sí, llegamos al final.

No tengo más que agradecer a todos aquellos que han seguido esta historia y la han apoyado, comentado, incluído entre sus favoritas y recomendado.

En este fic trataba temas de los que no tenía mucha idea al principio, ya sea del trabajo en un rancho o de la maternidad subrogada. Reconozco que me informé bastante antes de escribir y estudié bastante los temas, pero aun así, espero que haya quedado bien y os hayan parecido creíbles y no haya defraudado a nadie.

Finalmente Bella tuvo su milagro, que sé que muchos esperaban y/o deseaban. Espero que les gustara.

Por último, comentar que de ahora en más sólo estaré publicando Perversamente Prohibido, aunque tengo dos historias medio empezadas, que ni bien pueda adelantar en su escritura, espero poder comenzar a publicar, así que si gustan no les pierdan la pista.

Gracias a todos y todas por el apoyo a esta historia, y como último agradecimiento, nos leemos el lunes próximo con un pequeño regalo.