Disclaimer: Todo lo que puedan reconocer no me pertenece, es de nuestra diosa Jo Rowling... todo lo demás es producto de mi traumada y viciosa mente...
Solo es Sexo
5
De cómo todo el caos dio comienzo
Aquel siempre era un espectáculo digno de admirarse, y Neville era lo suficientemente afortunado de estar sentado en primera fila para presenciarlo. Hermione arrugó el rostro en una mueca debido a lo quemante de la bebida que acababa de ingerir, y dejó el vaso sobre la barra.
—Otro—dijo ni bien terminó de tragar.
—Nunca te había visto tan sedienta—observó Neville.
—Realmente lo necesitaba—respondió la castaña luciendo bastante acalorada.
—Lo imagino—por el aspecto rojizo de sus mejillas, su amigo calculaba que en unos diez minutos más comenzaría la hora veritaserum.
—¡Merlín, es que ese hombre!—Neville sonrió pensando en que había sobrevaluado la resistencia al alcohol de la dama.
—Te recomiendo que lo saques de tu sistema—dijo con naturalidad; en ese momento el cantinero le entregó su vaso lleno de whiskey de fuego. Hermione le dio un trago que casi dejó a la mitad el contenido. Hizo de nuevo una mueca mientras dejaba el vaso sobre la barra.
—Yo creí que una vez que lo hiciéramos esto iba a terminar, pero sólo se empeoró—Neville soltó una risa nasal. Si Hermione fuera capaz de escucharse estando en sí estaba seguro que estaría muriéndose de la vergüenza.
—Entonces puedes seguir intentándolo.
—¿Qué?—le dijo mirándolo con un dejo de incredulidad—No, eso sería algo completamente horrible.
—¿Y acostarse con extraños no lo es?—le picó Neville.
—No quise decir eso… ¡Además fue sólo una vez!
—Hermione, ¿Recuerdas esa vez que se te ocurrió retar a tu propio intelecto entrando a clases de adivinación?—la castaña rodó los ojos—así lo ves ahora, pero entonces era un reto que te obsesionaba hasta el punto en el que el cabello se te comenzó a caer. Eventualmente, después de varios fracasos en tu relación con la profesora Trelawney y aquella pelea donde le dijiste que dejara de creer en la ciencia ficción, finalmente la adivinación se convirtió en un asunto superado para ti.
—Y tu punto es…
—Cógetelo hasta que te hartes de él—los colores del rostro de Hermione en seguida se encendieron.
—¡Shhhh!—le silenció Hermione escandalizada—Si lo dices de esa manera suena aun más horrible—Neville bufó con gracia. Las mujeres y sus tabúes.
—Bueno, revuélcatelo dulcemente hasta que el verlo ya no te provoque tirártelo.
—No es lo que me provoca—replicó con un leve puchero mientras fruncía el ceño.
—Las dos botellas de whiskey de fuego y yo opinamos lo contrario—la vio morderse el labio inferior. En los años que llevaba de conocerla, él nunca había visto a Hermione perder el control de esta manera (la ida de olla con Trelawney era harina de otro costal). La manera en la que hablaba de este hombre y cómo se comportaba a su alrededor. Había nada más que ver la cara con que había salido del baño. Hermione dio otro sorbo a su bebida.
—Es el hermano de Ginny—se lamentó.
—No te estoy diciendo que lo publiques en el profeta; puedes tener algo casual con él hasta que decidas que hacer.
—Ya decidí que hacer, es solo que él no me deja—Neville sonrió nuevamente. Podía ser muy inteligente en muchas cosas, pero su cabeza era una dura piedra cuando se trataba de hacerla entender cosas que a su estricta lógica se le escapaban; era más claro que el agua que lo que realmente no le permitía alejarse de el hermano de Ginny eran sus propias hormonas.
—Pues hártate de él.
—¿Cómo se hace eso?
—Conócelo más, de seguro es un bárbaro, celopata e irracional igual que Ginny—Hermione frunció el ceño.
—Estas hablando de nuestra mejor amiga.
—Eso no le quita lo bárbara, celopata e irracional—la castaña bufó sonriendo y se cruzó de brazos.
—¿Pero no sería hacerlo muy personal?
—Técnicamente, pero ten en cuenta que es así como hasta las mejores historias han tenido un final caótico después del felices para siempre. Si no, mira a la pobre Bella que descubrió que a Bestia no se le quitó lo bestia después de transformarse en humano—Hermione rió abiertamente y tomó otro trago.
—Es lo más absurdo que eh escuchado
—Todos los hombre somos seres infantiles y algo repugnantes—apuntó Neville—Puedes partir de esa premisa.
—¿Me estas sugiriendo que haga una lista?
—Bueno, no tan estrictamente, pero si quieres verlo así—se encogió los hombros—lo importante es que no olvides que el punto clave de esto es desencantarte de él.
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Ron se estiró sobre la cama con una enorme sonrisa en el rostro. La noche anterior había decidido regresar a su apartamento para darle un poco de tregua a Hermione; el asalto al que la había sometido había arrojado muy buenos resultados, así que se había dado por bien servido. Terminó de desperezarse y caminó con paso flojo hacia su armario. Abrió las puertas de madera del viejo mueble que su padre le había regalado, y miró distraído el interior. Entonces notó la enorme caja de madera de roble; con una sonrisa la retiró del lugar donde descansaba y la abrió.
Ronald Weasley solía ser una persona a quien pocas cosas le apasionaban en la vida. A los cinco años había descubierto su pasión por las ranas de chocolate, a los seis su gusto por las escobas, y a los nueve su irremediable adoración por los Chuddley Canons (misma que durante los últimos años le había llevado a interminables discusiones con su hermana menor, quien era integrante de la alineación de las Holyhead Harpies), a los doce descubrió su pasión por quebrantar las reglas, y a los catorce su pasión secreta por una compañera de curso. Esta pasión lo perseguiría por años, incluso en aquellos oscuros años que había pasado alejado del mundo. Esta pasión había sido ese faro de esperanza que lo había traído de regreso.
Tomó la vieja fotografía que guardaba entre las cientos de cartas que aún conservaba. La imagen de una muchacha de alborotado cabello castaño, no mayor de quince años, le devolvía la mirada. Con una enorme sonrisa debió admitir que en definitiva en el aspecto físico había cambiado enormemente, pero no era nada que realmente le importara porque él también había cambiado.
—Hermione—suspiró recordándola. El sólo pensar en ella hacía que su corazón se acelerara, y no pudo evitar recordar lo patético que muchas veces se había sentido por este hecho (ya que a decir verdad, él y Hermione nunca se habían conocido oficialmente sino hasta hace unos días); sin embargo ahora veía todo aquello claramente justificado. A fin de cuentas, uno no encontraba a su alma gemela todos los días.
Para él era claro que, aunque en esencia fuera la misma, aquella mujer no tenía nada que ver con la dulce Hermione con quien él había intercambiado cartas durante su castigo en la biblioteca. Una sonrisa nostálgica se dibujó en su rostro. Y pensar que en un principio respondía las cartas de 'sugerencias para mejoras del material de la biblioteca' porque al sádico y enfermo de Snape le había parecido bastante entretenido ver a un 'analfabeta' (como casi todo el mundo lo catalogaba), respondiendo las cartas. Había pataleado y armado una enorme bronca en la oficina de Mcgonagall antes de resignarse (era eso, o que el afectado—o sea Filch—se encargara de asignarle un castigo). Pero para sorpresa de todos (incluido él mismo), aquel trabajo le había parecido bastante entretenido. Era algo particularmente reconfortante sentir que las personas realmente apreciaban que le diera solución a sus problemas (ya que en su mayoría, las cartas eran para quejarse); hasta que un día había llegado una carta particularmente agresiva quejándose del uso descuidado de tinta por parte de los alumnos (la persona que enviaba la carta aseguraba había encontrado varios volúmenes manchados) y la falta de vigilancia que los encargados ponían al resguardo de los mismos. Ron recordaba haber sido bastante desagradable en su respuesta; no era responsabilidad de la señora Pince hacerla de niñera (si, por muy extraño que pareciera, había aprendido a apreciar un poco el trabajo de la vieja gárgola). La respuesta no se había hecho esperar y la discusión se había prolongado por una larga semana, hasta que él había decidido (harto de aquella persona) revisar los malditos libros que mencionaba, y al darse cuenta de que en verdad su estado era deprimente los había entregado a la señora Pince para que fueran reparados. Entonces había llegado una carta de agradecimiento que dio paso a las muchas otras que vinieron después, y que continuaron hasta que él había faltado a aquella primera cita en la mesa que la castaña usualmente ocupaba. Hermione nunca había llegado a saber que él era quien le escribía. Aunque en ese entonces a Ron le había parecido lo mejor: él mismo no se consideraba el mejor prospecto del mundo en ese momento. La foto que tenía la había sacado de los archivos de inscripción a la biblioteca después de que descubrió que Hermione era quien le escribía una vez que le había entregado una nota para la señora Pince porque él era el único que estaba en la biblioteca (su compañera de castigo se había escapado aprovechando que Pince estaba indispuesta en la enfermería); Ron recordaba haber reconocido la letra de inmediato. Ella había sido bastante cortante aquella vez, pero era comprensible porque no tenía idea de que él era la persona con la que intercambiaba correspondencia.
Dio un profundo suspiro y se sentó sobre la cama. Ahí radicaba el problema: ella no tenía ni la menor idea. Ni ella ni nadie más.
Acarició con el pulgar la esquina de la imagen. Aquellos eran hermosos recuerdos, y en definitiva nunca iba a olvidarlos, pero si quería iniciar una relación con Hermione debía darse a la tarea de conocerla nuevamente: sin utilizar el breve pasado que alguna vez compartieron. Regresó la fotografía a la caja de roble y su mirada se detuvo en el recorte de periódico que estaba junto a la foto que había puesto encima de las cartas. En el recorte se podía ver a una Hermione de veinte años tomando la mano del ministro de magia en un gesto de saludo formal, ese fue el día que consiguió el puesto en el Departamento de Relaciones Internacionales. Y había sido la señal que él estaba esperando: llevaba años sin saber de ella, y aquel recorte la había traído de regreso a su vida como un tornado que sin previo aviso arrasa con todo a su alcance. Cerró con cuidado la caja de madera donde guardaba la correspondencia y la llevó a su closet. Lo que nunca hubiese esperado era que lo terminara atropellando, ni mucho menos que fuera compañera de cuarto de su hermana menor; pero si el destino la había traído de nuevo a su vida no iba a desaprovechar la oportunidad.
La lechuza de Harry entró por la ventana cortando con sus pensamientos, y se posó sobre su escritorio. Ron caminó hacia el animal y tomó la nota que traía en la pata.
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—¿De qué me estoy perdiendo?—preguntó Ginny interrumpiendo la acalorada conversación que se llevaba a cabo en la mesa del restaurant entre las integrantes del equipo.
—¿Vives?—respondió con humor Rebeca haciendo que todas en la mesa rieran.
—Estoy casi segura que si, gracias—dijo Ginny con ironía.
—Wow, ni siquiera le vi la cara al pobre hombre—Chasidy hizo una reverencia exagerada.
—Bueno, ya me conocen, no me gusta perder el tiempo—reconoció la pelirroja encogiéndose los hombros de manera despreocupada.
—¿Pero no es muy temprano para tu desayuno-almuerzo?—Amanda consultó su reloj. Ginny tomó un sorbo de la taza de café de Chasidy (quien estaba sentada a su lado) esquivando la pregunta. No quería hablar de ello, sentía que no podría hacerlo sin que esa sonrisa idiota que había tenido desde que despertó se escapara traicionándola. Con satisfacción recordó la expresión exhausta del pobre después del primer round. Había sido encantador.
—Eso fue…—dijo Harry respirando entre cortadamente.
—Si, lo sé—completó ella impidiéndole terminar—y es que aun estoy calentando.
Harry la miró con expresión sorprendida.
—¿Se puede hacer más de una vez?—Ginny resopló por lo absurdo de aquella pregunta.
—¿Hay otra forma?—rió ella relajándose el cuello y él solo negó como gatito asustado.
Curiosamente aquella era su primera experiencia con alguien tan poco experimentado, pero debía aceptar que había sido sumamente divertido. Por lo general eran los hombres quienes se encargaban de guiar la acción, así que siempre sabía que esperarse. Anoche sin embargo, había sido diferente en muchas maneras: aquel hombre parecía un tierno cordero, y ella descubrió una pasión que no se conocía por ser el lobo feroz.
Una ligera sonrisa tiró de la comisura de sus labios, pero la borró rápidamente.
—¿Y bien?—le insistió Rebeca.
—No quería que se pusiera feo—se encogió los hombros restándole importancia. Todas aullaron—Voy a la barra a servirme—dijo poniéndose de pie para evitar más preguntas con respecto al asunto de Harry.
El tipo de anoche—se corrigió mentalmente.
Resopló y tomó un plato de la barra para pasar al buffete. Era patético, simplemente patético. Y para colmo, por alguna extraña razón, aquella mañana había faltado a su propia regla, y le había dejado a aquel chico una nota para disculparse por haberse ido antes de que él despertara; lo más probable es que se lo hubiera permitido porque a comparación de todos los tipos con los que se había enredado, él le había parecido muy decente. Llenó el cucharón de puré de papa y lo sirvió en su plato. No pensaba preocuparse por lo que su yo de esta mañana hubiese hecho impulsivamente, a fin de cuentas nunca iba a volver a verlo.
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Ron leyó el menú una vez más sin decidir que comer. Aunque no tenía prisa, le faltaba un buen rato ahí esperando. Dio un suspiro y se sumió en sus pensamiento, esperaba que Luna verdaderamente lo ayudara en su misión (sabía que Harry no se refería a eso cuando había usado el término, mas bien hablaba de su trabajo).
Echó un vistazo a su reloj y corroboró que aun faltaba media hora para que la rubia saliera de su trabajo.
—¿Ya tiene su orden?—preguntó la camarera regresando por tercera ocasión. Ron frunció el ceño sin mirarla, ya que no le había prestado atención. La joven carraspeó ruidosamente llamando su atención. El pelirrojo la miró distraídamente—¿Su orden?—le repitió.
—¡Oh!, si, si, un café—pidió un poco abochornado. La chica resopló y apuntó la orden en su libreta retirándole de mala gana el menú.
Miró hacia la ventana sumergiéndose nuevamente en sus pensamientos. Los nervios lo estaban matando, y la única persona que podía ayudarlo era Luna; como había sido su compañera de castigo en la biblioteca ella era la única que sabía sobre Hermione. Recordaba las muchas veces que se la había pasado hostigándolo para que confesara, y las millones de amenazas sobre delatarlo ella misma. Ron sonrió. Era bastante gracioso de ver cuando ella (una mocosa menuda y de escasos metro sesenta) se enfrentaba a él (no menos mocoso, pero si alto como un poste y mucho más corpulento que ella).
Luna era un curso inferior a él, pero era endemoniadamente inteligente: por algo había terminado en Ravenclaw; así que no era una sorpresa que formara parte del club de estudios avanzados al que Hermione asesoraba en la biblioteca. ¿Cómo era que había terminado castigada con él? Fácil, su loca genialidad podía rayar en la demencia cuando se trataba de experimentar con nuevos hechizos. Eso la había llevado a cubrir de pudín verde la mesa de su casa, lo que derivó en que terminara archivando la información de los ejemplares de la biblioteca.
En parte también le daba las gracias al castigo por eso: le había dado una mejor amiga, lo que había evitado que siguiera deambulando solo por el castillo.
Antes de conocer a Luna, Ron era un pobre don nadie que pasaba desapercibido: incluso Harry (quien en ese entonces cursaba en su mismo año) había tenido problemas para recordarlo cuando se hicieron amigos en la academia de aurores. Siempre se sentaba solo en el fondo el aula, con el cabello sobre los ojos debido a lo melenudo que siempre andaba (su madre había intentado millones de veces deshacerse de su cabello, pero por mucho que lo intentara, siempre volvía a crecer en tiempo record). Luna siempre se burlaba diciéndole que parecía un hippie muggle, e incluso en una ocasión había intentado convencerlo de hacerse rastas.
La rubia sabía muchas cosas de los muggles porque adoraba todo lo que tuviera que ver con ese mundo y era por eso que se había inscrito a las clases avanzadas de estudios muggles cuando se enteró de que Hermione asesoraba las clases; ella sabía que la castaña era hija de muggles. Se lo había contado una vez que escuchó cómo el estúpido de Draco Malfoy llamaba a la castaña sangre sucia. En su momento Ron se había mordido las ganas de asentar un par de puñetazos en su maldita cara de estirado huele-mierda, porque hubiese resultado sospechoso explicar que había estado espiando, pero días después se había desquitado cuando acorraló a la sabandija en el borde del bosque prohibido para propinarle una paliza que lo mandó a la enfermería por dos días. La satisfacción de saber que el muy hijo de perra nunca iba a volver a meterse con ella le había sido suficiente para aceptar encantado los once meses de aumento que había tenido su castigo.
Un par de manos se posaron en sus ojos impidiéndole ver. Enderezó la cabeza en señal de alerta.
—¿Quién soy?—preguntó una voz alegre y cantarina que lo hizo sonreír.
—Enana loca, casi me matas de un infarto—le dijo poniéndose de pie, Luna rió mientras se colgaba de su cuello para darle un abrazo.
—No es mi culpa que andes baboseando—contraatacó la rubia, Ron le revolvió el cabello cariñosamente y ambos tomaron asiento.
—¿No has pedido nada?—preguntó extrañada—a estas alturas creí que ya habrías acabado con la comida del lugar—contrario a lo que esperaba en respuesta, Ron únicamente se encogió los hombros con una leve sonrisa—¿Al fin confirmaron mis sospechas de que no eres un ser humano?
—La encontré—le dijo simplemente provocando que Luna se callara de golpe.
—¿Estas jugando?—preguntó en shock. Ron negó levemente. La rubia movió los labios, pero no pudo pronunciar palabra, por lo que cerró nuevamente la boca.
El pelirrojo dio un suspiro y comenzó a relatarle todo lo que había sucedido después de que se separaran en Lituania. La rubia variaba su rostro de asombro con cada detalle, hasta que había llegado a la parte donde pasaron la noche juntos, en la que esbozó una enorme sonrisa que lo hizo sentirse abochornado.
—Vaya que mi traslado a Londres es oportuno—le dijo dándole un golpe juguetón en el hombro. Ron apretó la mandíbula avergonzado, pero continuó con su relato de las últimas veinticuatro horas.
—…y entonces decidí irme—Luna frunció el ceño en un gesto de estar analizando la información.
—Harry no mencionó nada de esto cuando me dio los papeles—dijo inesperadamente.
—Es porque no lo sabe—confesó.
—¿No le has contado sobre ella?
—A nadie—aclaró—Harry sabe lo del accidente pero nada más.
—¿O sea que el monstruo que tienes por hermana no sabe que su compañera de apartamento…?—Ron negó con la cabeza—Bueno, eso es lo más ideal, no quiero ni imaginar las locuras a las que sometería a la pobre de Hermione.
—Sin mencionar que tendría a mi mamá de aliada—agregó el pelirrojo apesadumbrado.
—Cierto—concordó Luna con un gesto de temor. La señora Weasley y la rubia tenían un pasado tormentoso que se remontaba a aquella vez que le había hecho un favor a Ron para quitarse a su familia de encima. El sólo recuerdo la hizo estremecerse de pies a cabeza; era de esas cosas que trataba de bloquear.
—No sé que hacer—reconoció por primera vez dejando que la incertidumbre que sentía se reflejara en su voz.
Luna bufó dándole unas palmaditas en el hombro.
—Amigo, Hermione es una novata en el tema—le aseguró con confianza—su procedimiento es muy básico—Ron levantó una ceja, ya que por desgracia estaba enterado de la numerosa vida sexual de la rubia—tú solo presta atención, debes encargarte de evitar estas cuatro cosas…
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Hermione se encontraba casi sepultada entre las montañas de papeles que estaban sobre su escritorio. Definitivamente a muchos magos y brujas no les había gustado la decisión que los diplomáticos de sus respectivos países habían tomado con las recientes modificaciones a la ley laboral para criaturas mágicas. Se llevó las manos a la altura de las sienes y se las masajeó intentando controlar un poco el dolor de cabeza por la resaca que se cargaba.
—Tacaños—masculló reclinándose sobre el respaldo de su silla. Un memorando voló por sobre toda la pila de quejas y fue a parar a sus manos.
Señorita Granger, tiene una llamada de su madre en el área de comunicaciones muggles.
Atentamente:
Archivald Parks
(Encargado de móviles y comunicadores Muggles.)
Hermione dejó el memorando sobre su mesa y salió de su oficina con destino al dichoso departamento: si su madre le llamaba seguramente debía ser algo importante. Abordó el ascensor y oprimió el botón de planta baja. Fijó la vista distraídamente en los números del indicador por hacer algo, ya que su piso era uno de los últimos y el recorrido era bastante largo. A menudo solía ser bastante solitario, sin embargo para su sorpresa solamente tres pisos después de que había abordado el elevador paró para permitirle a alguien del departamento de aurores abordar.
—¿Tú?—fue lo único que pudo pronunciar cuando las puertas se abrieron y dieron paso a la imagen de Ron Weasley.
—Yo también estoy encantado de verte—le dijo sonriendo con cierto cinismo. Sin saberlo, Hermione le había ahorrado el ir investigando pasillo por pasillo hasta hallar su oficina. Ron abordó colocándose tentativamente cerca de ella, pero la castaña dio tres pasos atrás hasta quedar pegada a la pared del aparato. Las puertas se cerraron y el ascensor siguió con su recorrido.
Hermione suspiró abochornada. ¿Cómo era posible tanta mala suerte? Aun recordaba con suficiente detalle la escena del baño como para sentirse cómoda encerrada en un elevador con él.
—¿Vas a algún lado?—preguntó Ron girando levemente el cuerpo para mirarla de reojo.
—No—respondió ella a secas. Las manos comenzaban a sudarle. El pelirrojo cambió su peso a la pierna derecha y sonrió.
—Este lugar es muy público, te prometo que no te va a pasar nada—dijo tentativamente para provocarla (Luna había sido muy específica con elevar el tono de sus indirectas -o mas bien directas- para obligarla a salir de la amnesia que fingía). La escuchó soltar el aire con una expresión indignada.
—¿Crees que te tengo miedo?
—Lo que creo, es que obviamente en tu mente tienes una imagen mía que deja muy poco a la imaginación—se giró completamente hacia ella aun sonriendo sin pudor y se colocó a su lado. Instintivamente ella dio un paso a su costado alejándose. Ron tuvo que reprimir una carcajada—Creí que no estabas asustada—picó juguetonamente.
—Bueno, nunca nadie ha muerto por ser prevenida—le dijo con voz tensa evitando mirarlo por todos los medios.
—Eso es verdad—concordó Ron colocando de manera casual los brazos a los costados, en la barra de metal del ascensor. Sabía que aquello la incomodaba, pero definitivamente era la única manera de mantenerla hablando.
—¿Qué hacías en el departamento de aurores?—le cuestionó Hermione cayendo en cuenta de que había abordado en aquel piso. Lo último que le faltaba era que ahora se dedicara a seguirla.
—Asuntos oficiales—respondió encogiéndose los hombros. Más tarde le agradecería a Harry el utilizarlo de mensajero.
—Tú no trabajas aquí—replicó ella recelosa.
—Eso no quiere decir que no pueda tener asuntos oficiales que atender—apuntó el pelirrojo con tono casual, lo que hizo a Hermione sonrojarse un poco. En ese punto tenía razón—pero si tanto te preocupa que pueda venir para cumplir mis fantasías, estate tranquila, aun no conozco tu oficina como para que mi imaginación llegue a tanto—Hermione lo mal miró y clavó la mirada en un punto específico de la pared contraria a donde él estaba. La sola idea le había subido la temperatura.
—¿Dije algo que te ofendió?—le preguntó Ron dando un gran paso para acercarse más a ella. Cuando Hermione lo notó ya era demasiado tarde, aquellos ojos azules la miraban a una distancia que sus hormonas consideraban poco prudente para ignorarlo.
—¿Por qué me haces esto?—le preguntó en un tono más suave de lo que planeaba. Ron aspiró llenando sus pulmones del dulce aroma que la envolvía.
—Ven a cenar conmigo—le invitó repentinamente, ignorando su pregunta. Hermione se mordió el labio inferior indecisa—No va a pasarte nada, te lo prometo—aquella línea la hizo estremecerse de pies a cabeza.
—No puedo—tu hermana va a matarme cuando se entere completó en su mente mordiéndose el labio inferior.
—¿No puedes o no quieres?—le interrogó Ron acercándose más a su rostro.
—No…—balbuceó, pero la frase se atoró en su garganta cuando lo sintió tomarla por la cintura. Dios, ¿Cómo iba a salir de esto?
—Me debes un desayuno—le recordó susurrándole cada palabra casi sobre los labios.
—¿Cuándo…?—preguntó casi sin aliento, pero entonces se calló recodando a que se refería.
No Hermione, una NO habla del sexo casual después de haberlo tenido—se recordó mentalmente y se alejó de él pegando la espalda completamente sobre la pared del ascensor. Lo escuchó soltar una breve risa nasal y se maldijo internamente: ella no era la clase de mujer que se comportaba como una niña asustada ante un hombre. ¿Dónde estaba su maldito autocontrol en los últimos días? Porque si había decidido tomarse unas vacaciones, definitivamente aquel era un mal momento para eso.
Reunió lo poco de dignidad que le quedaba y lo miró a los ojos como retándolo. Ron suspiró dirigiendo su mirada hacia sus labios, gesto que hizo que una corriente eléctrica le recorriera la espina.
—¿A qué hora paso por ti?—le preguntó en un tono que no dejaba lugar a objeciones (Luna había insistido en que fuera así; por Merlín que rogaba que tuviera razón y que la castaña no terminara estampándole una bofetada). Ella se mojó los labios nerviosa. No podía escapar, se sentía sofocada, como un maldito pez atrapado en una diminuta pecera.
Hártate de él—dijo la voz de Neville resonando desde su subconsciente. Merlín, no quería ni considerarlo. La mano de Ron comenzó a bajar lentamente hacia su cadera haciéndole cada vez más difícil respirar.
¡Al demonio!—dijo la voz en su cabeza. Cerró los ojos dejándose llevar por el intoxicante sentimiento.
—¿Entonces?—insistió él en un susurro cálido.
—Ocho en punto—dijo casi en un gemido.
Algo en el pecho de Ron explotó liberando una enorme ola de adrenalina y felicidad. Sonrió extasiado. Luna era un genio.
El timbre del elevador sonó indicando que habían llegado a la planta baja.
—Estaré esperando ansioso verte de nuevo—le dijo antes de alejarse de ella.
Hermione abrió los ojos sorprendida y él le sonrió nuevamente con aquel brillo travieso antes de salir del elevador.
¿Qué era lo que había hecho?
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—¡SI!—celebró Luna chocando las manos con el pelirrojo cuando se encontraron a las afueras de la entrada muggle al ministerio.
—¡Eres un genio maligno!—festejó Ron eufórico levantándola del suelo en un abrazo. Luna rió como loca y le dio un par de golpes juguetones en el pecho cuando la bajó nuevamente.
—Te dije que sabía de lo que hablaba—presumió, haciendo que Ron arrugara el rostro en una mueca de desagrado.
—No me arruines el momento con los malos recuerdos de tu desfile de aspirantes—dijo Ron arrugando la nariz.
—Bruto—replicó la rubia sacándole la lengua. Ron se enderezó repentinamente cuadrando los hombros—¿Qué pasa?
—Voy a cenar con ella—murmuró con el rostro consternado—¿Y si lo arruino?—Luna rodó los ojos resignada: hombres, no tenían remedio.
—Ven hombre de las cavernas—dijo la rubia arrastrándolo del brazo—tenemos mucho por trabajar…
—Pero primero le tengo que avisar a Potter que su encargo llegó a salvo.
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Harry Potter nunca se había considerado de la parte de la población mundial que encontraba aunque sea mínimamente satisfactorio perder el tiempo en cosas sin sentido, o peor aun, perder el tiempo no haciendo absolutamente nada. Siempre que tenía la oportunidad de observar a una persona envuelta en alguna de estas vagas formas de desperdiciar la vida, terminaba irritado. Pero hoy su mente le jugaba trucos, y por alguna extraña y pelirroja razón, hoy parecía negarse a responderle como era debido. Suspiró nuevamente mirando sin prestar atención como Rolf Scamander (encargado de proporcionar los farmacéuticos al departamento de aurores) caminaba de un lado al otro del laboratorio llevando y trayendo ampolletas con un líquido transparente.
—Supongo que con aplicar 10 ml a la persona afectada bastará ¿Cuál había sido el número de expuestos?—preguntó distraídamente, pero al no recibir respuesta se detuvo y miró al hombre de cabello negro azabache que parecía dormitar con la cabeza apoyada sobre su mano—¡Potter!
Harry dio un salto.
—Maldición Scamander, podrías matarme de un infarto—replicó desperezándose. Rolf sonrió y le envió una mirada pícara por encima de los anteojos de armazón grueso que traía puestos.
—¿Te divertiste mucho anoche?—la sola pregunta de Rolf hizo que las imágenes en la mente de Harry se dispararan con una nitidez aterrante.
—Qué te importa—le respondió finalmente intentando contener el calor que repentinamente la pregunta le había provocado. Rolf sonrió ante la extraña reacción.
—Bueno, bueno, te dije que no subestimaras a las chicas rusas—el tono incriminatorio que el rubio utilizó hizo a Harry sentirse abochornado.
—Por cierto—dijo tratando no parecer desesperado por cambiar de tema—¿A donde demonios fuiste a parar ayer? Te estuve buscando antes de… irme, y no estabas por ningún lado.
—Pues como te vi ocupado con aquella pelirroja, decidí darte tu espacio—se encogió los hombros—así que me fui a un karaoke que estaba sobre la misma calle.
—¿Me abandonaste en el antro?
—No le vi nada de malo, a fin de cuentas ya tenías compañía y yo me estaba aburriendo como ostra—Harry lo miró incrédulo. La vena antisocial de Rolf no tenía remedio.
Se escucharon unos picotazos en la ventana del laboratorio y Harry vio a su lechuza blanca parada en el alfeizar.
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Ron nunca, NUNCA había tenido una cita. Una vez se había involucrado en una extraña relación con una chica cuando estaba la academia de aurores (de hecho había sido su primera vez—en todo sentido—), pero jamás había sido tan en serio, se había tratado de una especie de escape, y sus encuentros sólo ocurrían cuando salían de parranda, así que ninguno contaba como una cita.
—¡Sal!—le gritó Luna a través de la puerta del baño. Ron se miró al espejo inseguro de su aspecto.
—¡Me veo ridículo!—le gritó quitándose la camisa de vestir morada que la rubia le había obligado a ponerse.
—¡Hombre, déjame verte para dar mi veredicto!—replicó ella sonando harta—¡Nada en tu maldito guardarropa te parece!
—Es una noche especial—dijo abriendo la puerta del baño y saliendo sin camisa. Luna bufó cerrando los ojos en busca de paciencia. Ron podía llegar a ser un molesto grano en el trasero.
—Ron, créeme, a ella no le va a importar que vayas vestido como sea. Lo importante es que seas tú mismo.
—Ese es el problema—dijo desganado.
—¿Cuál?—preguntó la rubia descolocada.
—Que hasta tú dices que soy un endemoniado hombre de las cavernas—murmuró avergonzado. Luna sonrió enternecida.
—Ven aquí grandulón—le dijo rodeándole los hombros con un brazo (el pelirrojo tuvo que encorvarse para que ella lo alcanzara sin tener que hacer puntitas) y le revolvió el cabello ante las quejas de él—si no le gustas a Hermione es porque no es tan inteligente como yo consideraba—Ron soltó el aire sonoramente.
—Lo dices porque eres mi amiga—dijo nuevamente sonando desganado.
—¡Precisamente!—exclamó la rubia y le dio un beso en la mejilla—yo te eh visto romperle el corazón a decenas de mujeres por esperarla, ¿Crees que algo así no cuenta?
Ron sonrió con la confianza renovada.
—Además, después de lo que me contaste, dudo mucho que tu ropa sea en lo que realmente piense—agregó pícaramente y ahora fue turno de Ron para avalanzarse sobre ella en un contraataque de cosquillas.
Dos horas después estaba listo.
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Miraba el reloj nerviosa. No era posible que fuera a hacerlo. Se acomodó nuevamente la falda del discreto vestido negro sin mangas que se había puesto para la ocasión y se maldijo internamente mirando lo formal que se veía; pero ponerse su vestido (rojo) favorito era tentar demasiado a su suerte. Era como reconocer que de todos los colores ese precisamente era el que más le gustaba (que, de una manera sardónicamente paradójica, así era).
Se colocó una mano sobre el estómago y soltó todo el aire en un intento de calmar los nervios. Era verdad que hacía mucho no tenía una cita (lo de Cormac no podía contarse como una), pero le parecía patético el grado de paranoia que había alcanzado al estar pensando en ello toda la tarde. Se miró al espejo y recordó nuevamente su encuentro de esta tarde en el elevador.
—Vamos Hermione, no eres una primeriza—se reprendió. En ese momento odiaba que Neville hubiese tenido que viajar tan temprano de regreso a Hogwarts.
El sonido del timbre la hizo saltar asustada.
—Merlín, esto de verdad va a ocurrir—pensó con los nervios de punta, y el girar hacia su cama no mejoró mucho la situación ya que las imágenes que evocaba eran todo menos las adecuadas para tranquilizarse.
—¡Contrólate!—se ordenó cerrando fuertemente los ojos. Respiró profundo y salió con decisión del cuarto.
Caminó por el corredor con una renovada confianza y solo tuvo que recordarse una vez más que debía controlarse al posar la mano sobre la manija, ya que al abrir la puerta su mente se quedó completamente en blanco.
Enfundado en un traje formal con corbata negra, camisa negra y el cabello perfectamente peinado, Ron Weasley le dedicó una enorme sonrisa. Se miraron sin decir palabra por unos segundos antes de que él hablara.
—Hola—le saludó con voz varonil.
—Hola—saludo ella de regreso. Él la miró de manera apreciativa provocando que las rodillas le temblaran. Tuvo que hacer un esfuerzo para mantenerse firme.
—Te ves…—Ron soltó el aire luciendo sofocado, pero se obligó a continuar—preciosa.
Unas cosquillas locas se instalaron en el estómago de Hermione, provocado que sus mejillas se sonrojaran levemente.
—Gracias—dijo en un tono suave y tímido muy impropio en ella, por lo cual se aclaró la garganta y agregó—supongo que debemos ponernos en marcha.
Ron asintió y levantó el brazo ligeramente, con un gesto vacilante.
—¿Me permites?—le preguntó algo cohibido. Hermione sintió una enorme ternura ante su expresión: en realidad le estaba preguntando. Asintió sin poder contener una sonrisa halagada, y ambos caminaron tomados del brazo escaleras abajo.
Por primera vez en la vida no sabía que esperar.
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Hola hola, ya estoy de regreso, lamento mucho la espera, pero entre el hecho de que entró un proyecto grande a la productora en la que trabajo, y el que no me convenciera del todo la manera en la que había quedado este capítulo, el retraso se hizo inevitable.
Agradezco muchísimo los reviews en apoyo a esta historia; y quiero aprovechar para nuevamente aclarar que si no había actualizado es por las razones antes mencionadas, y no por ninguna razón externa a lo que eh informado, por lo cual no crean que voy a abandonar el fic por algún comentario hacia él: yo adoro que comenten, ya sea algo favorable o no, no soy una persona que se tome a mal los comentarios, claro, siempre y cuando no sean mal intencionados ni mucho menos groseros; ya que los comentarios se hacen para alentar la historia, o tal vez sugerir algún aspecto que no les parezca—y están en todo su derecho. Fanfiction es un espacio abierto, y soy consciente de ello, por lo cual el que una lectora me haya comentado que la historia había perdido gracia para ella, no quiere decir que yo vaya a abandonarla; si ella quisiera continuar leyéndola me parecería grandioso, pero si no le gusta la trama: no puedo hacer nada para cambiarlo, la idea de la historia sigue este curso, y lamentablemente no es lo que ella esperaba, pero no pasa nada, no me ofende, me ha ocurrido con algunas historias y no por eso tengo nada en contra de la autora del fic. Hay que tomar las cosas con filosofía.
Bueno, terminando con este testamento, no me queda más que prometer actualizar en cuanto me sea posible, y prometer nuevamente que no voy a abandonar la historia.
Me disculpo de antemano por las tardanzas futuras, pero lo mas seguro es que de ahora en adelante actualice cada mes (los primeros capitulos ya los tenía avanzados, por eso fue que los subí tan rápido, pero de aquí en adelante me debo dar tiempo para desarrollar los nuevos capítulos). Espero darme tiempo antes, pero no quiero prometer tiempos que no pueda cumplir.
Les mando un enorme saludo, y esperaré ansiosa sus opiniones sobre la historia.
Me despido.
CIAO
