Si había algo que destacaba del instituto masculino J. F. Kennedy era su equipo de fútbol. Tras varios años siendo campeón de la copa Starky, el campeonato jugado por todos los institutos de Washington D.C, se había ganado un lugar entre los diez mejores equipos juveniles de Estados Unidos, y todos sus jugadores se encontraban fichados por las grandes universidades para cuando terminasen la preparatoria. Era de esperar, por lo tanto, que cada partido fuera esperado con gran expectación y emoción, tanto por alumnos como por profesores, orgullosos de esos aventajados deportistas. El equipo además, tenía gran popularidad entre el resto de institutos, y muchas chicas de escuelas cercanas iban a animarlos, enamoradas de sus jugadores.

Entre sus estrellas más destacadas se encontraba el capitán Antonio Fernández, que no solo sobresalía por su increíble juego de pies y sus inteligentes estrategias, sino por su resplandeciente sonrisa y por sus ojos verdes; Lovino Vargas, el pichichi del equipo, de carácter difícil pero irresistible encanto y precioso acento y los hermanos alemanes Ludwig y Gilbert Beilschmidt, organizados e infalibles defensas que se combinaban perfectamente en el juego incluso si fuera del campo eran tan incompatibles como el agua y el aceite.

Aquella tarde, los Tomates, nombre del equipo por decisión unánime, ya que el capitán solía llamarlos así durante los entrenamientos (nadie estaba muy seguro de por qué, pero los jugadores no solían cuestionar las formas de Antonio y al final habían acabado acostumbrándose) tenían partido, y como era de esperarse, las gradas del campo estaban a rebosar. Había gente de varios insitutos que había venido a verlos jugar, bien fuera para animarlos o deseosos de que perdiesen y no cabía allí ni la cabeza de un alfiler. Por suerte, los amigos de los jugadores tenían lugares especiales junto a los profesores, es decir, en las filas donde mejor se veía, y Alfred, Francis y Feliciano habían ido a mirar como le pateaban el culo al otro equipo.

Solo estaban ellos tres porque Matthew prefería mil veces el hockey (sería por haber estado tanto tiempo viviendo en Canadá), a Kiku no le entusiasmaba el fútbol demasiado y Arthur prefería perderse todos los partidos antes de sentarse con ese gabacho cabezahueca, palabras textuales del inglés, así que allí estaban ellos tres, agitando sus pancartas con gran entusiasmo y gritando el nombre de los jugadores con ganas, y eso que el partido aún no había comenzado.

—Feli, ¿crees que tu hermano marcará hoy? —preguntó Francis con la vista clavada en el césped a la espera de ver algo de acción— Si hace dos será el mayor goleador de la temporada

—¿Eh, qué? —Feliciano, al escuchar a su amigo hablar, levantó la vista de la pantalla de su móvil, luciendo ligeramente azorado— Ah, ve~, Lovino, sí... Goles...

Tanto Alfred como el francés fruncieron el ceño ante esa confusa respuesta.

— ¿Qué te pasa, Feli? Pareces más despistado que de costumbre —comentó el de las gafas, mirando de reojo el teléfono del castaño, alzando una ceja y quitándole el aparato de las manos antes de que pudiera protestar.— Oh my gosh! ¡Mira esto, Francis! Se está mandando Whatsapp con el bombón alemán~

—Quoi?!—de inmediato el chico se apresuró a coger el móvil, ignorando completamente a Feliciano, que intentaba recuperarlo sin mucho éxito— Mira, ha puesto Ludwig y un corazón, que adorable. "¡Buena suerte, Ludwig!" —leyó, imitando el acento del chico mientras leía en voz alta los mensajes— "Muchas gracias, pero... ¿quién eres?"—leyó entonces el mensaje del alemán, esta vez sin un ridículo acento— Mon Dieu, no sabía que tenías su número, ¿por fin tuviste las agallas de pedírselo? Aunque parece que no le diste el tuyo...

—¡Dame mi móvil! —exigió el muchacho italiano, de nuevo siendo ignorado por el contrario— Y yo... no se lo pedí, me lo dio Antonio que sí lo tiene... Por eso no sabe quién soy —explicó, rascándose la nuca con incomodidad—

—¿Y no le vas a contestar? —apuntó Alfred, cotilleando sus mensajes también por encima del hombro del francés— Hace ya media hora de la última respuesta

—S-sí que lo voy a hacer, pero no ahora. ¡No quiero desconcentrarlo antes del partido! —se apresuró a negar el italiano, obviamente nervioso y moviendo las manos con rapidez—

—¿Seguro? —Francis lo miró con una sonrisa malvada— Porque creo que no se lo vas a decir porque te da vergüenza

—¡No me da vergüenza! Solo quiero esperar, eso es todo —mintió descaradamente Feliciano con las mejillas rojas como la salsa de tomate—

—Entonces no te importará que yo te mande el mensaje luego, ¿verdad? Es solo por asegurarme de que no cometes ninguna falta de ortografía —el francés le guiñó el ojo divertido, comenzando a escribirlo mientras Alfred sujetaba al más bajo de los tres para que no se moviera.

Por suerte para Feliciano, antes de que pudiesen acabar se oyó un gran jolgorio que indicaba que el partido había comenzado y todos los ojos se clavaron en el campo, incluidos los de Francis, que dejó el móvil a un lado para concentrarse en el juego, aunque con la mano encima para evitar que el pobre italiano lo recuperase.

Alfred rió suavemente escuchando el argumento de sus dos amigos e incluso colaborando con Francis, pues todos sabían que el chico no tenía valor para hablarle a Ludwwig, mucho menos para confesarse o invitarlo a salir. Por suerte o por desgracia, el francés tenía fama de ser un persistente celestino, y trataba de emparejar a todos sus amigos con quien a él le parecía conveniente. Eso había traído más de un problema, pues solía meterse donde no le llamaban, aunque la mayor parte de las veces salía bien y gracias a él Kiku llevaba ya dos años saliendo con Heracles, un chico griego de último año. Sin embargo, cuando se equivocaba lo hacía estrepitosamente, como aquella vez que trató de emparejarlo con Arthur y bueno... Alfred no podía negar que le hubiera gustado intentarlo, pero su mejor amigo se había negado rotundamente a la idea, alegando que sería como salir con su propio hermano. El norteamericano se había sentido profundamente dolido y hasta el momento aún tenía esa espinita clavada, pero sabía que no tenía sentido insistir con el cabezota de Arttie. A pesar de la decepcionante experencia, era evidente que a Feliciano le gustaba más el alemán que la pasta (y eso, amigos, era un gran decir) y había oído rumores de que el alemán había rechazado a varias de las chicas que le pedían salir porque su corazón ya pertenecía a alguien, uno de sus compañeros de clase... y aunque ese pudiera ser cualquiera Alfred tenía la corazonada de que era Feli a quien se refería, así que se había confabulado con el amoroso Francis para hacerle la vida imposible hacer feliz al italiano.

Mientras pensaba en esto, el chico de las gafas se mantenía concentrado en el juego, observando como la pelota iba de arriba a abajo y animando fuertemente a sus compañeros de instituto y agitando las manos, con tanto entusiasmo que acabó por golpear a la persona sentada a su lado.

—Oh, shit, lo siento much...—se quedó a la mitad de la frase al comprobar de quien se trataba. Había golpeado al mismísimo Ivan Braginsky. Una oleada de pánico le recorrió todo el cuerpo, temiendo una mala reacción por parte del profesor, pero este se limitó a sacudir su mano con la misma sonrisa amable que parecía estar permanentemente en su rostro, restándole importancia al asunto.—

—Nyet, no te preocupes, solo ten más cuidado la próxima vez.

Realmente no esperaba verlo allí, sentado a su lado, pues ni siquiera lo había visto llegar. El hombre seguía con las mismas ropas de la mañana, pero ahora aparte de el curioso doble pendiente de su oreja había un aro plateado en su nariz.

—Por cierto, ¿no eres tú uno de los alumnos de la clase de 1º-B? -preguntó entonces, con esa voz tan suave, girando la cabeza hacia Alfred, que de verdad que quería concentrarse en el partido, pero joder, tenía a un pedazo de hombre ruso a menos de medio metro de su cuerpo y había ideado un plan. Así que decidió mandar a la mierda el fútbol por una vez y concentrarse en el profesor. Después de todo, era su oportunidad.

—Sí, así es... Soy Alfred Jones, un gusto —se presentó el chico con facilidad, extendiendo su mano con una sonrisa que pretendía ser encantadora—

—Bueno, trataré de recordarlo entonces —aseguró el ruso sin cambiar de expresión, envolviendo su mano con la propia guanteada, dándole un firme apretón de manos.—

El chico no sabría decir si aquello era un buen comienzo en su plan o no, porque a partir de ahí no supo qué más decir. Normalmente, tenía facilidad con las palabras, pero esta vez estas no parecían fluir para decir algo ingenioso o simpático, y tal vez eso tenía que ver con que el profesor adjunto tenía los ojos violetas, y quién coño tenía los ojos violeta, eso era completamente pertubador y... sexy. ¿Serían lentillas? Porque no lo parecían.

Sintiéndose un poco nulo, Alfred volvió a concentrarse en el partido justo en el momento en el que su equipo marcaba el primer gol, así que se levantó a celebrarlo como todos los demás. Francis entonces le miró con curiosidad, pues había notado su distracción, pero él se limitó a encogerse de hombros, avisándole que le explicaría más tarde con un gesto, mientras Feliciano, sin enterarse de nada, gritaba el nombre de Ludwig, que era quien había marcado, a voz pelada.

El partido terminó con un fantástico 5-2 a favor del equipo de los Tomates, así que el campo se fue vaciando lentamente mientras los aficionados se iban a celebrar. Para eso de las ocho, allí solo quedaban los jugadores y Alfred, Feliciano y Francis, que se habían quedado para felicitar a Antonio y a Lovino, el gemelo de Feli. En ese mismo instante Francis perseguía al italiano, que corría a velocidades sorprendentes cuando quería, por todo el campo, pues mientras estaba distraído había logrado recuperar el móvil y no estaba dispuesto a volver a perderlo. Finalmente, había logrado atraparlo, así que lo llevó con los jugadores, que en ese momento estaban en pleno proceso de cambio y dejó al italiano a punto de desangrarse por ver a los hermanos Beilschmidt sin camiseta, mientras él se tiraba a los brazos del sudoroso Antonio para estrujarlo y Alfred se limitaba a darle unas cuantas palmaditas en la espalda a Lovino, que parecía a punto de matarlo (aunque al final se limitó a tirarle de la oreja a su hermano por no prestarle atención).

—Oh, mon chéri, habéis jugado tan bien -alabó de forma zalamera Francis, tocándole el culo sin ninguna clase de pudor y ganándose un tortazo por parte de Toño.

Era bien sabido por todo el instituto que aparte de ser un gran celestino, el francés era un maravilloso amante y un picaflor, que se iba con todo el que le interesase y que no tenía reparos en nada. Antonio, que era su mejor amigo, era quien mejor lo sabía, pues solía sufrir de primera mano los abusos de aquel manoslargas, que parecía tener una malsana obsesión con su trasero.

—Muchas gracias, Francis—suspiró algo resignado el capitán mientras el rubio se frotaba la mejilla con ojos llorosos.—

Lovino, por su parte, estaba hablando con su hermano en rápidos susurros, con gesto serio y en italiano, mientras ambos echaban pequeñas miradas al pequeño de los alemanes, que se sentía terriblemente observado pero sin saber por qué. La conversación terminó con un capón en la cabeza de Feliciano, que comenzó a lloriquear y un más que confundido Ludwig por la mirada que su compañero de equipo le estaba echando, como si quisiera verlo muerto. Por suerte, antes de que esa fulminante mirada se encargase de hacerlo arder en las llamas del infierno, uno de sus compañeros salio de las duchas, indicando que había un hueco libre y el alemán no desaprovechó la oportunidad de huir.

—Chicos, ahora iremos a celebrar, ¿verdad? —preguntó entonces Alfred, con esa sonrisa animada que tanto le caracterizaba, mirando a sus amigos—

De repente el aire se llenó de palabras de duda, vacilaciones y excusas.

—Bueno, en realidad... —comenzó Antonio, rascándose la nuca— Yo estoy destrozado, hoy aparte del partido tuve un examen y no he dormido casi, así que prefiero irme ya a casa... Otro día os acompañaré, Al

—Yo no puedo ir —se excusó entonces rápidamente Francis con una sonrisa juguetona en los labios— He quedado con una bella dama y no puedo dejarla desatendida, un caballero no hace eso

—Claro, porque tú eres un caballero obviamente —murmuró el español entre dientes de forma bastante sarcástica, ganándose un palmetazo en el culo—

—Ah, yo no puedo tampoco —suspiró Feliciano agachando la cabeza— Lovino está enfadado conmigo y no creo que sea conveniente tocarle mucho más las narices...

—Dudes! Sois unos aburridos, ¿de verdad que ninguno va a salir hoy? Después de ese partidazo...

—En serio, Al, otro día será —se volvió a disculpar el de los ojos verdes, revolviéndole el pelo al pasar por su lado para meter la equipación sudada en la bolsa de deporte.

—Bueno, qué se le va a hacer... Muermos —se quejó el americano, encogiéndose de hombros.—

Uno a uno, los integrantes del equipo se fueron marchando a casa, ninguno con ganas de marcha después del agotador partido que habían tenido. Los hermanos alemanes fueron los primeros en marcharse, aunque Gilbert hubiera querido quedarse un rato más charlando con Antonio acerca del golazo que había logrado meter en el último minuto, pero Ludwig le había recordado que tenía un examen el viernes y no podía perder el tiempo. Lovino los siguió, con Feliciano, que parecía genuinamente asustado, de la mano. Por último, Alfred también se largo, un poco mosca porque ninguno había querido salir con él pero comprendiendo sus motivos para no salir.

Al final solo quedaron Antonio y Francis, y en el mismísimo momento en el que el último jugador desapareció, el francés rodeó al otro con sus brazos, estampándolo contra una de las paredes antes de comenzar a besarlo con ganas. El capitán jadeó un poco, pero aquello no interrumpió el contacto de sus bocas, y en cuanto se repuso de la sorpresa, respondió a sus avances, succionando el labio inferior del rubio, deliciosamente tierno y suave entre sus dientes. Para cualquiera que los hubiera encontrado de esa forma, aquello hubiera supuesto tan solo una ligera sorpresa, pues de alguna manera, todo el mundo que se les acercaba podía notar esa tensión sexual que surgía entre los dos con el más mínimo roce.

Era bien sabido que al francés le gustaba beneficiarse a todos los que estaban en su radio de influencia, pero con Antonio siempre había sido diferente. Desde siempre le había gustado tenerlo cerca, pero no de esa forma descuidada con la que trataba a todo el mundo, sino de manera casi posesiva, con un celo difícil de comprender, aunque, después de todo eran mejores amigos. Aún con ese estatus, siempre habían parecido una pareja: estaban todo el día juntos y de alguna manera una parte del cuerpo de uno siempre estaba tocando otra parte del cuerpo del otro, se abrazaban, se decían cosas cariñosas y cada vez que uno u otro conseguía pareja estaban de un humor de perros difícil de aguantar. Por eso, ninguno que no los conociera bien podría asegurar al 100% que entre ellos no había nada, e incluso los que tenían más cercanos, como Gilbert, Feliciano o Alfred eran incapaces de negar que nunca estarían juntos.

—Mierda, Francis, podrías haberte esperado a que llegásemos a mi casa, los vestuarios apestan —se quejó Toño en cuanto el otro le dio un momento para respirar, mientras deslizaba una mano por su mejilla barbuda—

—Es que no he podido contenerme, mon chéri, sabes que me vuelves loco—susurró el rubio acercándose a su cuello y comenzando a lamer y mordisquear por el lugar, una sonrisa traviesa instalada en sus labios—

—Ya, ya... Como aquel muchacho de tercero, o aquella chica del instituto de al lado o...—comenzó el español con el evidente timbre de los celos en su voz, aunque algo distraído por las acciones del francés—

—Mais non, Antonio... —se quejó Francis entonces, pasando su nariz por la zona mordida y causándole un escalofrío al moreno— Sabes de sobra que cada vez que digo esas cosas lo hago por aparentar... Je t'aime..

Y eso bastó para eliminar el ceño fruncido del chico y que de nuevo se lanzara hacia esos irresistibles labios.

Si hubiese llegado medio minuto después, Alfred hubiera pedido el autobús, y hasta dentro de dos horas no salía otro hacia la dirección en la que vivía, así que mientras se sentaba en el único asiento libre de todo el autobús, se sintió una persona afortunada. Al menos, hasta que se dio cuenta de al lado de quién iba sentado.

—Oh, hola, Jones —saludó Braginsky, sacándose uno de los auriculares de la oreja, y el norteamericano pudo oír la base de lo que fuera que estuviera escuchando, fuerte y pesada—

—Hola, profesor —devolvió el saludo con una pequeña sonrisa, sintiéndose ligeramente incómodo porque de nuevo estaban demasiado cerca.— ¿Usted también usa el transporte público? —preguntó de forma casual, tratando de entablar una conversación que arreglase el desastre durante el partido—

—No creo que debas llamarme profesor, no lo soy realmente... —musitó el hombre luciendo ligeramente confundido y ladeando, lo que Alfred encontró terriblemente adorable. Pero, ¿desde cuándo un hombre de ese tamaño y con esas pintas podía ser considerado adorable?— Ah, sí, por desgracia aún no tengo coche, todavía dependo de mi familia para vivir y no quiero darles demasiados gastos extra...

Ese comentario le hizo recordar al chico que el hombre en realidad no era mucho mayor que él. De hecho, parecía llevarle unos cinco años, seguramente acababa de terminar la carrera, lo cual era curioso, pues normalmente nadie lograba tan rápido encontrar trabajo o siquiera meterse a prácticas.

—¿Y cómo lo llamo?—preguntó con cierta esperanza, ¿aquella sería su oportunidad de volverse más cercanos? De sus notas dependía todo aquello— Por cierto, ¿cuántos años tiene?

—Pues no estoy seguro... —esa respuesta le produjo a Alfred una ligera decepción— Y tengo veinticuatro años —respondió el ruso, pronunciando las r con ese acento tan marcado—

El menor asintió con la cabeza, y de nuevo ese silencio incómodo volvió a extenderse entre ellos, pues Alfred volvió a distraerse por culpa de Ivan, cuyas manos jugaban con el borde de su blanca bufanda, y su piel casi podía confundirse con la tela de esta. ¿Y cómo demonios era alguien tan pálido? ¿Seguro que no era un vampiro? Después de todo, los vampiros eran rusos... ¿o eran rumanos?

—Puedo preguntarte algo, er... Alfred, ¿Verdad?—el muchacho asintió, estremeciéndose porque su nombre pronunciado con esa cadencia sonaba extrañamente atractivo— ¿Conoces a un chico llamado Nikolai? —y podría haber jurado ver pánico en los ojos de Ivan al formular la pregunta, pero eso parecía altamente improbable, porque después de todo, Ivan daba más miedo que casi todas las personas que Alfred hubiera conocido—

—No, la verdad es que no me suena de nada...

—Oh, bueno, es natural, él es algo menor que tú, aún está en secundaria... Él... Es mi hermano —explicó el profesor enterrándose un poco más en su bufanda—

Aquella nueva información sorprendió ligeramente al norteamericano, que nunca había visto a nadie parecido a aquel hombre en su instituto, ni por asomo. De inmediato, la curiosidad le picó.

—¿Su hermano? No creo conocerlo, de haber visto a alguien que se pareciera a usted lo recordaría, de seguro —aseguró y luego se puso rojo hasta las orejas, porque aquella frase podría ser malinterpretada de muchas formas— Quiero decir que... usted es alguien particular... ¡No quiero decir que sea raro! —bueno, un poco raro sí que era— Es que... er...

Entonces Braginsky dejó escapar una animada carcajada al verlo tan apurado, y el sonido era completamente encantador, al menos a los oídos de Alfred.

—Tranquilo, entiendo a lo que te refieres, Alfred Malen'kaya —el chico lo miró confuso ante aquella palabra, pero no se esforzó por darle explicación— Sé que no tengo las pintas de un profesor, pero no creo que eso importe si tu verdadera vocación es enseñar, ¿verdad? Pero ese no es el punto... lo que quiero decir es... Verás, Nikolai... Él es estupendo, de verdad, pero... es algo problemático —de nuevo, sus manos retorcieron los bordes de la bufanda— Se mete en líos y luego no es capaz de salir solo de ellos, y yo no puedo intervenir si quiero trabajar aquí... Tú pareces un buen chico, así que... ¿Es mucha molestia que te pida que cuides de él? Sé que no debería pedirle esto a un alumno, pero de verdad que estoy preocupado por él...

Y Alfred vio la oportunidad de su vida en ese momento. ¿Cómo podía tener tanta suerte? Con esa petición, ni siquiera tenía que esforzarse mucho, estaba seguro de que el profesor consideraría hablarle bien de él a Mr. Greenleaf si cuidaba de su baby little brother.

—¡No se preocupe, profesor! Quédese tranquilo que yo cuidaré bien de él, después de todo, I'm awesome —aseguró sin pizca de vergüenza, porque el ego de Alfred era tan grande como el trasero de un elefante—

Ante el arrebato del muchacho, la perenne sonrisa del profesor creció, pero de una manera completamente no escalofriante, y eso logró que el estómago del norteamericano hiciera cosas extrañas.

—Bol'shoye spasibo, Jones —el ruso parecía genuinamente contento y Alfred supuso que aquella era su forma de darle las gracias... o algo así— E insisto, no me llames profesor... Mira, hagamos una cosa... Ya que te he pedido este favor, creo que ya tenemos un poco más de confianza, así que llámame simplemente Ivan, ¿sí? Bueno, no en clase, pero si nos encontramos otras veces dime por mi nombre

—Sure! Entonces Ivan, cuidaré de tu hermano —comentó de nuevo el chico, probando a tutearle—

El autobús se detuvo justo en ese momento en una de las paradas, justo la anterior a la de Alfred, y el ruso se levantó entonces, echándose la mochichila que había llevado todo el trayecto sobre las piernas al hombro.

—Bueno, Alfred Malen'kaya, creo que esta es mi parada. Nos vemos mañana en clases —se despidió, tranquilamente moviendo su mano hasta bajar por las escalerillas, desapareciendo en la oscuridad de la noche—

El bus se puso de nuevo en marcha y Alfred se acomodó en su asiento, sintiéndose completamente afortunado, y agradeciendo por un momento no haberse ido de fiesta con sus amigos esa noche.

Bueno, bueno, aquí llego con el segundo capítulo~ Han pasado ya varios días, y aunque aún no estoy segura de con cuánta frecuencia debería actualizar, no quiero haceros esperar mucho después de todos los maravillosos reviews que he recibido 3 Este capítulo es un poco más largo que el anterior, aunque no mucho, y la verdad, me ha costado terminarlo... ¡Maldita inspiración!

Como veis ya hay algo más de acción, además de centrarme en otras parejas... He prometido GerIta y FraIn, no solo AmeRus, así que aquí estoy, cumpliendo mi palabra. 3 No me digáis que no son monos :3

Por otro lado, espero que la situación y la personalidad de Ivan no parezca demasiado OoC, me esfuerzo para que eso no pase, pero no quiero ponerlo como lo ponen en todos los fics, como si fuera un psicópata acosador, porque eso me molesta bastante. Rusia no es solo un psicópata (?) Y Alfred... bueno, Alfred es un niño chico aún (?) Al menos su plan está funcionando~

Ahora sí, contestando a los reviews:

yolandachiku: Ivan es asmdkasmdkasm el chico de mis sueños, qué puedo decir (?) Y Alfred siempre está un paso adelante, o eso se cree él e_é ¡Muchas gracias por comentar!

Eirin Sieg: Aww, muchas gracias por el comentario, primeramente~Al menos no has tenido que esperar un mes, solo unos cuantos días, no quiero dejar a mis lectores abandonados.

Supongo que el estilo de Ivan no es del todo Pastel Goth, pero sí que le quedaría completamente bien en realidad el fic se llama así por un fanart que encontré de estos dos con Ivan con esa clase de ropa y asmdmakmd. Y por tu petición, tengo otra página donde subo, pero ahora mismo solo tengo los que están en mi cuenta de FF subidos.

TheAwesomeJul: muchas gracias por el comentario 3 Ah, el RusAme, por desgracia, es escaso, y en español todavía más ;; me alegro que te haya gustado lo suficiente el mío como para comentar y querer seguir leyendo, espero que este capítulo no te haya decepcionado mucho u_ú