Gilbert se consideraba a sí mismo un tipo afortunado. Puede que sus notas no fueran las mejores, y que hubiera repetido un curso y sus padres estuvieran increíblemente enfadados con él porque ya debería estar en la universidad, pero tenía un hermano que era genial (aunque demasiado serio a veces, pero lindo como el solo, aunque no era algo que le pudiera decir a Ludwig si quería conservar su preciosa nariz en el sitio donde estaba), jugaba demasiado bien al fútbol (por favor, si es que era completamente awesome) y tenía a los mejores amigos del mundo (aunque últimamente Antonio y Francis pasaran demasiado tiempo juntos y compartiendo secretitos como un par de marujonas).

El caso es que el increíble albino era una persona agradecida, y por eso mismo cuidaba las cosas que le hacían sentir así de increíble, llegando al punto de ser agresivo si no podía protegerlas como era debido. Iba a todos los entrenamientos del equipo de fútbol incluso cuando sabía que era demasiado increíble como para tener que entrenar, trataba de que Toño y Francis no se molieran a palos cada vez que uno de ellos conseguía pareja (¿por qué mierdas no decidían ser pareja de una vez? Parecían tontos) e intentaba de que su bruder no tuviera problemas con nadie.

Esto último era lo más fácil, porque Ludwig era una persona tranquila, y aunque algo fría, también resultaba intimidante, por lo que los problemas no iban a buscarlo, ni mucho menos él se los buscaba. Sin embargo, de repente había surgido... algo. O más bien alguien, alguien que parecía estar dándole problemas de alguna clase a su querido bruder, y Gilbert había hecho lo posible por averiguar de qué se trataba, descubriendo entonces lo que medio sabía gracias al cotilla de Francis, que a su menor le gustaba cierto italiano idiota amante de la pasta. Bueno, aquello era fantástico a la par de asombroso, pues su bruder nunca había mostrado ninguna clase de simpatía ni a mujeres ni a hombres y el increíble Gilbert empezaba a preocuparse de que fuese asexual y nunca descubriese los placeres del sexo ni de la vida en sí.

Con esta nueva y maravillosa información, había comenzado la operación "Juntar al sieso y aburrido frére de Gilbert con el bête come-spaguettis de Feliciano", nombre cortesía de Francis y que se basaba básicamente en... eso, en hacer que esos dos palurdos enamorados acabasen juntos, algo que en un principio no había parecido muy difícil, pero... ¡JA! Estaba dando más problemas de los esperados.

En primer lugar, apenas se veían, porque solo compartían una clase de muchas y así era imposible que se conocieran bien el uno al otro, y los intentos porque tuvieran citas acabaron siendo él llevando a su hermano a rastras al cine y Antonio logrando que Lovino le hiciera el enorme favor de prestarle un ratito al adorable Feli para ver una película, y luego ambos se habían marchado, dejándolos solos en la sala del cine, sentados uno al lado del otro y solo un cartón de palomitas y un refresco para compartir. ¿Cómo pudo aquello haber salido mal? Nadie lo sabía, pero a partir de aquel día... bueno, Luddy y Feliciano habían dejado de hablarse, y aquello lo había trastocado todo.

Y entonces, para añadirse al estrepitoso fracaso de la cita arreglada, se unió el gruñón gemelo de Feli (de quien no voy a añadir los motes dedicados por el francés y el alemán porque no son aptos para los tiernos ojos de mis lectores (?) que había amenazado, ¡amenazado! (¿cómo se atrevía ese maldito hijo de... la loba capitalina* a hacerle eso a su preciosísimo hermano pequeño? ) a Ludwig con que no volviera a acercarse a Feliciano... ¿Por qué demonios ese maldito bastardo metomentodo tenía que intervenir en esa hermosa relación inexistente? Además, ¿qué mierdas pasaba con ese carácter? Gilbert estaba seguro de que solo necesitaba un buen polvo, uno que le arreglase un poco esa manera podrida de ser.

Curiosamente, al comentárselo a sus dos amigos, ellos, los malditos cerdos malvados pervertidos, decidieron que bueno... ya que tanto quería ayudar a su hermano, alguien tenía que hacer el trabajo sucio, ¿y quién mejor que el amoroso hermano mayor que haría lo que fuera por Luddy?

Y de repente la vida de Gilbert Beilschmidt dejó de ser tan asombrosa y genial, porque ahora... ahora tenía que conquistar a Lovino Vargas y... bueno, follárselo. Menuda perspectiva de futuro.

La encantadora risa de Ivan rompió el incómodo silencio que se había instalado entre ellos dos, y mientras Alfred se apresuró a darle un enorme mordisco a su hamburguesa y así evitar tener que contestar inmediatamente si el ruso le preguntaba algo, pero éste solo continuó riéndose como si hubiese contado un chiste buenísimo.

—Oh, Alfred, eres tan divertido —un par de carcajadas se le escaparon antes de poder hablar del todo normal— Casi... casi me lo creo.

Bueno, bien, si el americano hubiera sido una persona inteligente, le hubiera seguido el rollo, riéndose con él de la misma manera y luego restándole importancia a un tema que, en primer lugar, nunca debería haber pasado por su mente, pero... bueno, no podemos culparlo por lo que hizo a continuación. Imagina que eres un adolescente varón de diecisiete años. Bien, ahora imagina que has tardado un poco más que el resto de tus amigos y compañeros en desarrollarte y que hasta hace un año no has pegado el estirón y hasta entonces eras un poco enano y esmirriado. Imagina también que siempre has estado en los cómics que en el sexo hasta que tus amigos decidieron enseñarte una película porno y desde entonces no has parado de masturbarte y querer tirarte a todo lo que se mueve. ¿Puedes imaginarte que a esa terrible ecuación se le añade que ahora estás medianamente enamorado de tu sexy profesor con cuerpo sexy y mirada sexy y estilo sexy y acento sexy que además parece estar acercándose a ti y queriendo ser tu amigo? ¿Y hemos mencionado ya que hasta el aire que tu profesor respira es sexy? Entonces, creo que si has podido imaginar todo eso comprenderás que a lo mejor, Alfred no estaba pensando precisamente con el cerebro de arriba al decir:

—Pero es que lo decía en serio.

La sonrisa divertida de Ivan se mantuvo unos segundos más antes de disolverse por completo en una seriedad absoluta que nunca antes imaginó encontrarse en el rostro del profesor adjunto.

—Alfred... —vocalizó muy lentamente el ruso, y la r de su nombre se quedó atascada en su lengua unos segundos, haciendo todo el proceso innecesariamente obsceno para el adolescente— ¿Eres consciente de lo que me estás pidiendo?

El rubio tuvo al menos la decencia de sonrojarse como una colegiala, desviando su mirada azul del contrario mientras buscaba las palabras correctas para expresarse. Por desgracia la lengua nunca había sido su fuerte, así que de su boca solo salió un torpe balbuceo.

—Verás, es que yo... y tú... soy virgen y quiero... y tú eres tan sexy que my god... ¡por favor no me odies! —chilló en un breve acceso de pánico.

Ivan se pasó una mano por la cara, mirando hacia el cielo, como pidiendo repentina ayuda y tiró de su bufanda nerviosamente, o al menos eso supuso Alfred por la manera en que jugueteaba con sus flecos, al mismo tiempo tratando de sacarse el esmalte de uñas negro que llevaba puesto, y eso descolocó al menor... ¿Por qué parecía tan inquieto cuando obviamente iba a...? De repente cayó en cuenta de algo... y es que el ruso se lo estaba planteando de verdad, con las mejillas sonrosadas como manzanas, destacando en su nívea piel, y removiéndose en el sitio, evidentemente incómodo, y si eso no era lo más adorable del mundo Alfred no sabe lo que lo sería. Por un momento incluso se le pasó por la cabeza abrazarlo, pero estaba seguro de que aquello no era la mejor idea, y ya había hecho lo suficiente por aquel día, eso estaba claro.

Por fin, Ivan pareció poner sus ideas en orden, mirando a Alfred directamente a los ojos, luciendo a decir verdad bastante serio para una persona que está sonriendo a cada rato.

—Tienes un par de huevos pidiéndome algo así... —murmuró el mayor en voz tan baja que el americano tuvo que aguzar el oído para escucharlo realmente— Y, ¿sabes? No te digo que no me gustaría, eres adorable... —y con eso, alargó la mano para acariciar lentamente la mejilla de Alfred, que se estremeció hasta el tuétano— Pero no puedo, eres menor y hasta dentro de dos meses mi alumno... Y no pienso arriesgarme a perder este trabajo por nada del mundo.

Finalmente dejó caer la mano que mantenía en la suave mejilla, que ni siquiera tenía sombra de barba y recuperó su sonrisa, aunque de forma algo tétrica, pues aquella curvatura de labios tenía algo que hizo que el americano se encogiese de terror en el sitio.

—Así que por favor, Jones, no vuelvas a pedirme nada de eso si no quieres que la relación ligeramente amistosa que estamos construyendo se torne en algo poco agradable para ambos, da?

El chico asintió con todas sus ganas, al borde de las lágrimas, de repente comprendiendo muy bien lo que había sentido Evans aquel primer día de clases.

—Bueno, creo que es hora de que nos vayamos, tus padres deben de estar preocupados por ti —dijo finalmente Ivan, volviendo a su sonrisa normal y tirando el resto de su ensalada a una papelera que había por allí.

Alfred quiso explicarle que sus padres estaban separados y que su madre ni siquiera estaba en casa, que no se preocupase por eso, pero las palabras no le salían, porque estaba verdaderamente acojonado. Y sin embargo, mientras lo seguía hasta la parada del autobús en completo silencio, se dio cuenta de que incluso eso era demasiado sexy para su bien.

—Estaba pensando... ¿Quieres venir a cenar hoy a mi casa? —preguntó Francis aquella tarde de viernes, después de tres rondas de sexo salvaje en la cama del español, paseando los dedos por el pecho desnudo de Antonio en una pequeña caricia— Mi madre va a hacer bouillabaisse, te prometo que la que ella prepara es la mejor del mundo

—Me parece una idea cojonuda —admitió el contrario adormilado por las atenciones recibidas, sonriendo como un idiota— Dame... media hora para que vuelva en mí —pidió rodeándole el cuello con los brazos y besándole en la mejilla, repasando las marcas hechas en la cremosa piel del francés con los dedos, con una secreta satisfacción de que estuviese marcado como suyo.

—Siempre tardas tanto... ¿Tan fuertes son los orgasmos que te doy, mon amour? —preguntó con tono jocoso el francés, ganándose una fuerte palmada en el culo.

—¡Sabes que no es eso! Solo soy sensible —susurró Antonio algo avergonzado antes de acariciar la zona golpeada con cariño a modo de disculpa.

—Que sí, bête, que era una broma —se quejó Francis con un puchero en los labios, un puchero que para su amigo pedía ser besado a gritos, así que pronto estuvieron enzarzados en una pelea de lenguas y labios y dientes que no parecía querer terminar pronto.

—¡ANTONIO! ¿SE PUEDE SABER POR QUÉ NO HAS TIRADO LA BASURA?

Bueno, ahí se acababa su momento burbuja de jabón color rosa; los gritos de la madre del español los sacaron a los dos de su estado de sexo-por-cuarta-vez-en-una-tarde y este se apresuró a vestirse a toda prisa solo para bajar corriendo, completamente despeinado y hecho un desastre.

Mientras Francis se vestía, no pudo evitar sonreír por la tonta excusa que había puesto su amigo (¡Lo siento, mamá, me estaba echando la siesta con Francis y me acabo de despertar!), suspirando luego un poco. Los padres de Antonio sabían que él era homosexual y lo aceptaban completamente... ¿acaso entonces no sería fácil para ellos comprender que Francis y su hijo eran pareja? Seguro que sí. Y sin embargo, el propio Toño no lo aceptaba, no quería admitir que la manera en que se trataban era la misma manera en la que dos amantes lo harían, con besos, abrazos, citas y más citas y sexo.

Sin embargo, tampoco podía quejarse, sabía que una parte de las razones del hispano para no reconocer lo que su relación era se debía a que el propio Francis no había salido del armario aún. Criado en una familia profundamente católica, era difícil que el francés encontrase valor para confesarle a sus progenitores su condición sexual, mucho menos una relación formal con su precioso Antonio... y en el fondo, ambos temían que si finalmente aquel secreto saliese a la luz, Francis no pudiera volver a verle...

Sus pensamientos algo depresivos se vieron interrumpidos cuando el moreno regresó a su cuarto, viéndolo todavía a medio vestir, con la camisa con apenas unos botones abrochados y sin pantalones.

—Si crees que puedes provocarme quedándote así, al menos deberías esforzarte en quitar la expresión de atontamiento de tu cara, barbitas —exclamó Toño tirando un poco de algunos vellos de su rostro con plena intención de molestarlo.

Putain! Antonio, sabes que no soporto eso —exclamó el francés apartando la cara de una manera exageradamente dramática.

—Pues date prisa, que quiero comerme la bouill... bull... lo que sea de tu madre— el rubio rió ante las dificultades del español con su idioma, tapándose la boca.

—¿Sabes que eso ha sonado fatal, chérie? —preguntó con una sonora carcajada, ganándose una colleja.

—Eres un capullo, Francis —gruñó Antonio, cruzándose de brazos, pero de inmediato se suavizó cuando unos fuertes brazos rodearon su prieta cintura y un beso fue depositado en su nuca.

Je t'aime —susurró aquella voz que tanto adoraba... y como siempre, no pudo devolver aquellas palabras..

La mente de Feli estaba hecha un desastre, un desastre peor que la invención de la comida inglesa o que la falta de pasta. Se suponía que al día siguiente tenía un examen de Dibujo Técnico, y su cabeza debería estar más concentrada en dibujar de manera correcta una maldita línea recta que en... en el idiota de Ludwig Beilschmidt, pero su cerebro no colaboraba con él la mayoría de las veces, así que por qué iba a ser ahora la excepción.

El italiano se encontraba completamente frustrado, y es que... de verdad, ¿cómo podía haber sido tan estúpido? Había estado tan cerca, tan cerca de conseguir a Ludwig... y se le había escapado.

Aquel día en el cine... había sido una evidente trampa, pero había estado tan emocionado por poder estar a solas con él que ni siquiera había logrado enfadarse con Antonio. La película era una de esas comedias románticas que tanto parecían gustarle a su madre, y sin embargo él las detestaba por el poco argumento que tenían, y de repente se había vuelto en una conversación con el alemán acerca de estas, porque al parecer tenían algo en común. Y durante la hora y media que pasaron sin mirar a la pantalla, se fueron conociendo más de lo que habían logrado en las pequeñas conversaciones en clase o los saludos a la salida o los gritos de ánimo en los partidos de fútbol, y Feliciano ya no tuvo dudas de que le gustaba aquel chico más de lo que nadie le había gustado en la vida, y durante un momento creyó que el rubio había sentido lo mismo por la manera en que lo miraba, en que se inclinaba hacia él y pronunciaba su nombre. Por la forma en que sonreía cuando apenas lo había visto sonreír cerca de su hermano, así que mientras los créditos finales aparecían en pantalla y las luces se encendían, él lo había besado.

No podemos llamarlo un beso oficialmente, apenas había sido un roce rápido y tímido de labios, un choque torpe provocado por la vergüenza y las ganas que había dejado a Feliciano con ganas de más y a Ludwig con la cara roja como un tomate, pero antes de que pudiera explicarse o decir nada, el alemán se había levantado y se había marchado sin decir nada, dejándolo atrás confuso y abandonado. A partir de entonces ni siquiera lo miraba en clase y eso era bastante doloroso para él, pero tuvo que resignarse. Después de todo, había sido su culpa por apresurarse, pero eso no le quitaba la desazón ni el sentimiento de soledad que sentía desde entonces.

Cerró los ojos unos instantes, tratando de quitarse esos ojos azules de la cabeza y por fin se rindió, sacando un blog y dibujando al alemán por enésima vez.

Aquel lunes, Alfred se arrastró fuera de la cama como alma en pena. Desde la estupidez que había salido de su boca el viernes no se había sentido bien consigo mismo, y aunque el profesor le había asegurado que no pasaba nada, él no estaba tan seguro de eso. ¿Por qué demonios había hecho eso? ¿Por qué había hablado con la polla y no con el cerebro? ¿Acaso tenía trece años? No, no los tenía, apenas le faltaban unos meses para ser adulto, y el año que viene iría a la universidad, pero ¿cómo se suponía que se iba a convertir en un hombre adulto si ni siquiera sabía mantener cerrada su enorme bocaza come hamburguesas?

Suspirando, se metió en la ducha, y se enjabonó tentado a intentar ahogarse con el grifo o comerse la pastilla de jabón a ver si se intoxicaba, pero finalmente dejó la idea a un lado, decidiendo que tenía que empezar a enmendar sus errores, y para ello debía comportarse como una persona madura. Por una vez dejó de lado sus camisetas de Los Vengadores o de cualquier super héroe o cómic y se puso ropa más de acorde a su edad, e intentó dominar esa maraña de pelo que él denominaba cabello engominándoselo y haciéndolo hacia atrás, aunque no hubo forma de que aquel mechón rebelde y puntiagudo se uniese a los demás.

Cuando bajó a desayunar, Matt ya estaba allí, comiendo cereales y medio dormido, pero en cuanto lo vio la leche se le fue por el otro lado y por poco muere ahogado, así que su hermano tuvo que darle unas palmaditas en la espalda para ayudarlo a recuperarse.

—¿Q-Qué demonios? ¡Alfred! Mamá, Alfred tiene fiebre —comenzó a gritar Matthew hasta que su gemelo le tapó la boca, casi ahogándolo de nuevo en el proceso.

—Chssit. ¿Por qué llamas a mamá? ¡No tengo fiebre!

—¿Entonces por qué llevas eso puesto? —preguntó, tratando de no hacer conjeturas rápidas que tuvieran que ver con alienígenas.

—Pues porque...—Alfred trató de ocultar el sonrojo en sus mejillas sin mucho éxito y su hermano frunció el ceño.

—No me digas que es por ese profesor... Bragasly...

—¡Braginsky! Ivan Braginsky —casi chilló, luego dándose cuenta de que había sonado muy exagerado y el pobre Matthew solo se levantó de la silla y se fue al salón a ver la tele, decidiendo que aquellas cosas no podía digerirlas recién despierto.

El coche de su madre se detuvo frente a la puerta del instituto y ambos chicos se detuvieron a besarla con cariño antes de bajarse. Llegaban sorprendentemente, con unos minutos de sobra, así que Alfred y Matthew se quedaron en la puerta, esperando a que alguno de sus amigos llegase para entrar juntos de una vez a las clases.

Un par de minutos después, llegó Arthur, al que casi le da un microinfarto con las pintas que se traía el americano.

—¿Qué le ha pasado? ¿Se ha golpeado en la cabeza esta mañana? —le preguntó a Matthew.

—No lo sé, creo que tiene un virus...

—¡Eh, que os estoy escuchando! —exclamó Alfred, poniéndose rojo y ajustándose las gafas con molestia.

—Anda, vamos dentro antes de que llegue algún matón y decida que eres carne de cañón —suspiró el inglés tirando del brazo de Alfred y Matthew se apresuró a seguirlos.

Si se hubieran quedado solo unos segundos más en la puerta, todos hubieran visto como Ivan Braginsky se bajaba de la moto de un desconocido y se despedía de él con un corto beso en los labios.

*La loba capitolina es el símbolo de Roma y se dice que amamantó a Rómulo y Remo, los fundadores de la ciudad. En latín, la palabra lupa se puede traducir por loba y por puta, así que bueno, ya sabéis lo que le está llamando indirectamente Gil a Lovino (?)

Y por fin traigo capítulo, ¿qué os ha parecido? De nuevo, es algo corto, pero necesito ir más lentamente, además que en este capítulo he estado barajando varias ideas posibles... pero al final me he decantado por una e_e

Como podéis ver, he accedido a la petición popular y finalmente habrá un poquito de Prumano porque tengo que mimaros xD

Siento decir que esta vez no contestaré a los comentarios porque estoy un poco cansada ;; (aquí son las ocho de la mañana casi) pero si eso trataré de editar luego y dejaros las respuestas que os merecéis ^^

Disfrutad~