Puede que Alfred no hubiera llegado a ver la escena de la moto, pero eso no quería decir que nadie la hubiese visto. De hecho, para las diez de la mañana no había ni una sola persona que no supiera de la noticia, y eso incluía, por supuesto, al americano y su grupo de amigos.

—No sé que esperabas, Al —trataba Arthur de consolar a su amigo, que estaba tirado sobre el pupitre, con la cara enterrada entre los brazos y no hacía más que lanzar patéticos sonidos parecidos a quejidos de desesperación— Era de esperarse que no le interesase estar contigo, supones un riesgo muy grande para su trabajo.

Alfred levantó la vista hacia el inglés, la furia impresa en sus ojos azules y una mueca de enfado pocas veces avistada en ese rostro infantil.

—Claro... Por eso tú también me rechazaste, ¿verdad? —espetó con amargura, subiéndose las gafas que tenía medio colgando— Suéltalo ya, Arttie, soy un crío y por eso no soy lo suficientemente bueno, ni para ti, ni para Ivan ni para nadie...

Arthur hizo una mueca, pues el comentario le había pillado por sorpresa. Toda su cara expresaba la preocupación que sentía por su mejor amigo, pero no sabía qué decir. Le hubiera gustado dar una explicación a por qué lo había rechazado, una que hiciera que el contrario no se sintiese tan mal consigo mismo, pero sabía que aquel no era el momento adecuado, no podía ahondar más en la herida, así que hizo lo único que sabía hacer... y comenzó a acariciar los cabellos rubios y ahora engominados de su mejor amigo, mientras se preguntaba qué podía hacer por él. No es que el inglés fuese precisamente una persona que supiera dar excelentes consejos sentimentales.

Por suerte, antes de que pudiera decir nada que estropease más el humor de Alfred, Antonio y Francis llegaron al aula, cabe destacar que entrando por la puerta como si fueran los Men in Black, con estilo y unos aires de superioridad que hacía suponer que habían encontrado la cura del ébola... como mínimo.

—Deja al garçon, inglés de tres al cuarto —ordenó Francis, apartando al nombrado de un empujón— ¿No ves que tus horripilantes cejas le hacen llorar?

En ese momento Arthur podría haberle rebanado el cuello al maldito gabacho, y tuvo que recordarse a sí mismo que tenía un futuro demasiado prometedor como para acabar en la cárcel. Además, tenía que admitir que él era una patata en los asuntos del corazón, mientras que el francés... bueno, era la única virtud que poseía.

—Vamos, vamos, Al... ¡No te puedes rendir a la primera de cambio! ¡Tienes que luchar por el amour~! —exclamó, y Arthur podía jurar que tenía brillitos al estilo anime en los ojos, lo que le dio unas terribles arcadas.

—¿Pero qué le hago? Él tiene pareja y ya me ha dicho que no quiere nada conmigo... solo ser amigos.—explicó quejumbrosamente el americano, ganándose una estupenda colleja por parte del contrario.

—¡Luchar por el amour~, he dicho! —gritó el barbudo, y Antonio decidió que ya era hora de intervenir.

—Lo que quiere decir...—comenzó el español estampándole una mano en la cara mientras hablaba con una radiante sonrisa en la cara— Es que no puedes dejarlo pasar, Al, querido. Tú nos contaste que se lo había planteado... Eso quiere decir que tienes posibilidades... ¡y si existe una posibilidad se lucha por ella!—exclamó entusiasmado, golpeando repetidamente su mano contra la cara de Francis.

—Tal vez tengas razón y sí que tenga una oportunidad...—se planteó Alfred mientras el francés lloriqueaba por lo bajo, lamentándose por su bella cara.

—Pues entonces deja esa cara tan larga... Francis y yo tenemos un plan...

Arthur se preguntó con amargura por qué habrían nacido aquellos dos.

—¿Sabéis, chicos? En mi asombrosa opinión, deberíais dejar de meteros en la vida de los demás —propuso Gilbert a sus dos mejores amigos una vez el plan le fue expuesto, porque aunque no formase parte de este, eran unas lechuzas de cuidado y no eran capaces de guardarse nada para ellos.

—¡Pero Gil! El garçon necesitaba ayuda, ¡no podíamos dejarlo en la estacada! Menos yo, que soy un dios del amour~

—El dios de los maricas, querrás decir —susurró Toño por lo bajo ganándose un merecido pellizco en el culo.

—Marica pero por ti, mon chére —replicó Francis guiñándole el ojo.

Gilbert los miró con cara de trauma y probablemente ligero asco.

—¿En serio que no estáis saliendo? Porque os conozco, sois tan cabrones que probablemente llevéis juntos desde que os conocéis y por dar por culo no habéis dicho nada solo por confundir al resto del mundo —se quejó al alemán con cierto aire dramático, logrando que los dos adquiriesen cierto color rojizo pues había estado sorprendentemente cerca de acertar.

—¡No estamos juntos! —exclamaron los dos a la vez, haciendo que Gilbert alzase una ceja de manera incrédula y se largase bastante mosqueado, murmurando por lo bajo que por qué alguien tan asombroso como él tenía que aguantar a ese par de idiotas.

Cuando se marchó, la cara de Antonio era todo un poema de pena y arrepentimiento.

—Francis... ¿Deberíamos decírselo? Es nuestro mejor amigo... —dudó el español con la mirada gacha, como un niño al que acaban de pillar haciendo algo malo.

—Eso es decisión tuya... En primer lugar, fuiste tú el que decidiste no decirle nada a nadie... Además, también es decisión tuya que no estemos saliendo, Antonio.—la voz del francés era seria e incluso algo cortante.

Aquel tema era siempre delicado y ponía de los nervios a ambos chicos, pero sobre todo a Francis. ¿Qué más daba si sus padres eran los únicos que no lo sabían? Él quería estar con Antonio, quería que fuese suyo... quería escuchar un puto "te quiero" de sus labios, aunque fuese por una vez, y se lo había repetido hasta la saciedad.

—Pero Fran... —susurró el español, mirándolo con sus ojos verdes, que centelleaban con ese doloroso brillo que siempre tenían cada vez que hablaban del tema, sabiendo que él también tenía parte de la culpa— ¿Y si...?

—Y si, y si, siempre "y si". Sé que tienes miedo de que no vaya en serio, de que si mis padres se enteran no me dejen verte, ¡pero eso no es así! Te lo he dicho doscientas veces, je t'aime, Antonio, y quiero estar contigo... Eres tú el que no se atreve a arriesgarse a hacerse daño, pero no te importa hacerme daño a mí.

Y dichas esas palabras el rubio, tal como hacía unos minutos su amigo, se marchó, con la cabeza alta y su coletilla bamboleándose por la rapidez en sus pasos, una mueca amarga decorando su rostro, pensando entonces que Gilbert tenía razón... no deberían meterse en los asuntos de los demás cuando no eran capaces de solucionar los suyos propios.

La clase concurría de manera pacífica, o al menos, de la manera más pacífica que podía ocurrir mientras estaba Ivan allí, tomando notas con su cara de niño entusiasmado y su club de fans mirándolo con aire soñador a lo lejos, probablemente tejiendo jerséis de apoyo a Ivan y el tipo desconocido de la moto. Tan solo ante el simple pensamiento de este, una vena de la frente casi le estalla a Alfred, apretando su lápiz (que por cierto, no estaba usando para nada) hasta hacerlo crujir, y solo entonces paró, porque era el único que tenía y no deseaba romperlo.

El ruso no lo había mirado en todo el día, incluso aunque se lo había cruzado varias veces por los pasillos, y ahora estaba completamente enfrascado en su cuaderno cuando normalmente le sonreía o miraba de vez en cuando durante las clases, cuando el profesor Greenleaf comenzaba a divagar con detalles históricos aburridos y sin importancia ninguna. Eso lo ponía enfermo. ¿Cómo demonios se atrevía a ignorarlo? Después de prometerle que iba a cuidar de su hermano e incluso aceptar una cita con ese maldito psicópata... porque sí, él como buen pringado que era, había aceptado de todas formas tener aquella estúpida cita, con aquel estúpido acosador y ni siquiera pedir una estúpida compensación por ello porque era un estúpido con todas las letras, en mayúscula, negrita y de neón.

Inspiró aire por la nariz, tratando de relajarse, pensando en lo que había dicho Antonio. Tenía que llamar su atención como sea, hacerle ver que era irresistible para que se diese cuenta de lo que había dejado escapar y recuperarlo, pero eso era muy fácil de decir y muy difícil de hacer. ¿Cómo llamar la atención de una persona que por sí la acaparaba completamente? Además, Ivan parecía bastante centrado en sus cosas normalmente, y ahora más que se notaba dispuesto a ignorarlo.

—Señor Braginsky, ¿querría pasar a explicar esto? —preguntó entonces el profesor, y el ruso asintió de momento, levantándose y arreglándose la bufanda.

Da, por supuesto... —carraspeó un poco, preparando su voz antes de comenzar a hablar de un tema al que Alfred ni siquiera se molestó en prestarle atención, demasiado distraído por la forma en que movía la boca y lo entusiasmado que se le veía de poder dar el la lección, mientras los alumnos lo miraban atentos, cada uno por diferentes razones.

El americano entonces se dio cuenta de que era la hora de actuar, que allí en mitad de clase podría llamar su atención, y había demasiada gente mirando como para que fingiera que no existía. Levantó la mano, un aire desafiante en sus ojos cuando dijo:

—Perdone, ¿podría volver a explicarlo? Es que no me he enterado...—pudo ver que los hombros de Ivan se tensaban ligeramente al escuchar su voz, pero no dijo nada, simplemente asintió y repitió lo que acababa de decir, un poco más lento.

Sin embargo, no es como que fuera a dejarlo pasar ahí. Cada pocos minutos le pedía de nuevo que le explicase a qué se refería con lo que decía porque no llegaba enterarse, viendo como se ponía de los nervios.

—Perdone, ¿podría...?

—¡Nyet! —probablemente lo dijo sin pensar, en un tono de voz demasiado alto para su dulce timbre, y el grito sacudió a toda la adormilada clase, cansada de las preguntas de Al.—¿Tiene algún problema de oído, señor Jones? —se apresuró a decir, intentando arreglar su arranque— Tal vez debería colocarse más adelante.

—Mis orejas están bien, lo que pasa es que usted no sabe explicarse —espetó, y por fin Ivan alzó la mirada, clavando sus ojos violáceos, entrecerrados de forma amenazadora, con los suyos azules.

Bueno, ahora estaba acojonado, como no, pero si así tenían que ser las cosas, no se iba a arrepentir de lo hecho, incluso aunque el ruso se lo comiese con patatas en frente de toda la clase. Sorprendentemente, parpadeó varias veces, negando con la cabeza y volvió a sentarse.

—Tiene usted razón, mejor que lo explique el señor Greenleaf.

El anciano había observado la escena algo sorprendido, pero asintió cuando el profesor en prácticas regresó a su asiento, escondiendo su rostro detrás de su cuaderno floreado, y Alfred se preguntó sino se habría pasado, pero de inmediato desechó esa idea como no válida. Después de todo, Ivan se lo merecía por no haberse molestado en decirle que salía con alguien...

—¿Qué demonios le habrá picado a Alfred? —se preguntaba Feliciano mientras recogía sus cosas, preparándose para la siguiente clase, sabiendo que su amigo no era tan idiota como para no enterarse de la sencilla explicación de Braginsky, pues el tema era fácil y el profesor adjunto se explicaba de forma muy clara.

Bostezó sin poder evitarlo, bastante cansado, y eso se notaba desde lejos. Ya que no había sido capaz de concentrarse, había tenido que ocupar de su tiempo de dormir para terminar de practicar, y ahora se sentía como un zombie, pálido y ojeroso, y en un estado bastante lamentable. Agarró todos sus libros, girándose y... ¡bam! Se chocó contra alguien. Sobresaltado, comenzó a pedir perdón, rezando porque no fuera alguno de aquellos matones del equipo de boxeo, pero no... era peor porque se trataba de Ludwig. Maldijo su porca miseria, agachando la cabeza para no tener que mirar a esos ojos azules que le hacían sentir mariposas en el estómago y estuvo a punto de salir corriendo cuando una fuerte mano lo agarró del hombro, impidiéndole avanzar.

—Espera, Feliciano... —murmuró el rubio con su fuerte acento alemán— Necesito hablar contigo.

—¿Hablar... conmigo?—preguntó, alzando sus ojos miel hacia los suyos celestes, el reproche y el dolor inscrito en ellos— Creí que ya lo habías dejado bastante claro el otro día...

Ni siquiera sabía que se sentía enfadado hasta ese momento, y quería... quería gritarle, y mandarlo a la mierda, e insultarlo como su hermano haría, pero se mordió la lengua, apretando más sus libros dispuesto a marcharse.

—No, Feliciano... —la enorme mano del germano apretó su agarre, y aunque el chico sabía que era un desastre expresando emociones, en su rostro podía leerse la incomodidad y el arrepentimiento a partes iguales, así que suspiró, rindiéndose, porque daba igual lo enfadado que estuviese, nunca le duraba, y tenía un punto suave por ese hombre.

—Date prisa, quiero repasar para mi examen...

—Verás, yo... lo siento —las palabras que salieron de la boca de Ludwig lo hicieron levantar la cabeza— ¿Sabes? Nunca me... había gustado nadie, así que... No sabía qué hacer cuando me besaste, no sé cómo van estas cosas.

—¿Y por qué no me lo dijiste?—preguntó algo molesto, aunque con el alivio extendiéndose por su interior

—Porque me daba vergüenza —como para corroborarlo, sus pálidas mejillas se encendieron como pequeñas antorchas, y el alemán apartó la mirada.—Mmm... me gustas, Feliciano.

El corazón del italiano se aceleró, latiendo a una velocidad alarmante, y una sonrisa apareció en su rostro, iluminándolo de una manera que Ludwig apretase las manos por las sensaciones que le causaban.

—Tú a mí también, ve~—su mano agarró la enorme mano del alemán, apretándola con delicadeza, tirando de él sin decir nada, tirando del rubio con insistencia— Vamos, quiero repasar un poco antes de mi examen. Acompáñame, ¿sí?

—Pero ahora tenemos clase...

—Venga, Luddy, no pasa nada por una. Sé de sobra que te va muy bien, los profesores no dirán nada.

Ludwig quería quejarse, decirle que él tenía cosas que hacer, pero la mirada ilusionada del otro chico se lo impidió. Bueno, por una vez que lo hiciera... ¡No, él no podía dejar sus obligaciones de lado!

—No pienso hacer eso, Feliciano, tengo que ir, es mi obligación.

Un puchero apareció en los labios del italiano, que lo miró con cierta tristeza y se encogió de hombros, asintiendo con la cabeza.

—Tienes razón, no puedes perderte clases por mi culpa... ¡pero hoy tienes que acompañarme a casa! —exigió el italiano con un ademán infantil que resultó extrañamente seductor al otro estudiante.

—Sí —asintió, ¿acaso tenía otra opción? Después de todo, debía recompensar a Feli por hacerle sentir mal.

—Pero es una pena~Yo que quería aprovechar y divertirme un poco... bueno, da lo mismo, ciao, Luddy.—y sin otra palabra se marchó, dejando al alemán rojo como un tomate maduro.

Alfred quería confrontación, la más mínima aunque fuera, por eso se quedó esperando fuera del aula a que Ivan saliese después de recoger sus cosas. Por suerte para él, no tardó mucho en hacerlo, y cuando por fin apareció, los ojos amatistas se clavaron en él. Podía notar cierto enfado en ellos, pero a la vez... ¿por qué no podía leer esos bonitos ojos? ¿Qué le estaban diciendo?

—Bueno, Alfred. Espero que estés contento —dijo con su sonrisa permanente en la cara, aunque más falsa que nunca, y el tono de sarcasmo en su voz no ayudaba precisamente— Si tu intención era acabar con toda la confianza que tuviese en mí mismo lo has hecho muy bien.

Oh, vaya, aquello le había sentado como una patada en el estómago al americano. Esa no había sido su intención ni mucho menos.

—¡Solo quería que me mirases! —exclamó en voz demasiado alta, e Ivan apretó los dientes, cogiéndolo del brazo para arrastrarlo hasta algún lugar donde pudiesen hablar sin que nadie los escuchase. Lo que menos necesitaba eran rumores de que estaba saliendo con un alummno.

Por fin, decidió que el baño de los profesores era un buen lugar. No solía pasar por allí casi nadie, pues los servicios de los alumnos estaban más cerca de las aulas, y aunque estuviesen más limpios, muchas veces no había tiempo entre clase y clase para hacerse todo el camino hasta allí, así que era el lugar perfecto, o al menos, el mejor para ello.

—Ivan... —Alfred lo miró, y su voz sonaba bastante arrepentida— No era mi intención joderte... Solo quería que me prestases atención, en serio

El ruso se apretó el puente de la nariz, sin saber qué decir. ¿Por qué tenía que ser ese chico tan molesto y... adorable al mismo tiempo? Lo vio allí, con la cabeza agachada y no pudo evitar tomarle de la barbilla para hacer que la alzara, acariciando su mejilla con sus fríos dedos, que ese día no llevaba cubiertos porque se había dejado los guantes en casa.

—¿Por qué me tienes que hacer esto tan difícil, Alfred?—preguntó, empujando las resbalosas gafas del chico hacia sus ojos con su mano contraria— Te lo he dicho, quiero conservar este trabajo... Tengo que sacarme estas prácticas, ¿vale? No puedo arriesgarme.

—Pero... —las cejas del rubio trataron de juntarse cuando frunció el ceño— Has dejado que todo el mundo te vea con ese tipo... delante de la escuela. ¿Acaso eso no puede afectar a tu trabajo?

El tono de voz del alumno destilaba rabia y celos, pero al mismo tiempo estaba algo temblorosa por las caricias que ejercía Ivan sobre su mejilla, muchas veces rozando sus dedos con los labios.

—Resulta que existe el rumor de que estoy saliendo con uno de los alumnos y eso ha llegado a oídos de los profesores. Tenía que desmentirlo de alguna manera, Alfred.—le explicó, suspirando un poco— Un amigo mío me hizo el favor, él y yo no somos nada, pero necesitaba esto para que el rumor corriese por el instituto y no pudiesen seguir diciendo que estoy con alguien de aquí.

El nudo en el estómago del menor desapareció, además de esos celos irracionales hacia la persona cuyo rostro no conocía pero que ya odiaba. De todas formas, eso no solucionaba nada. Tenía ya la certeza de que Ivan se sentía atraído hacia él, no estaba seguro hasta que punto, pero era indudable por la manera en que lo sujetaba en ese instante y sus ojos iban hacia sus labios. Tragó saliva... Si el ruso se agachase un poco, solo unos centímetros para quedar más cerca de él, no abría ningún impedimento para que sus labios se rozaran un poco, o incluso podría tentar a la suerte y darle un pequeño beso, pero eso no iba a pas—

Su línea de pensamiento se vio interrumpida cuando los labios de Ivan impactaron contra los suyos en un beso que no fue ni corto ni suave, sino suficiente para dejarlo insatisfecho, deseando por más. Lo miró con los ojos abiertos como platos, con la respiración acelerada de la pura emoción, sin comprender, pero casi eufórico por ello.

—Esto...—dijo entonces el profesor con la voz más estable que pudo mantener— Va a ser lo único que voy a darte, Alfred. Y ahora, por favor, vete a clase.

No es que Matthew no estuviera acostumbrado a aquello, pero no por ello dejaba de molestarle. Ya era la hora de regresar a casa, por fin, pero no tenía nadie que le acompañase a casa. Antonio, Francis y Arthur ya se habían marchado, además que los lugares donde ellos vivían estaban en dirección contraria a su casa. Feliciano se había disculpado con él cincuenta veces por no acompañarlo antes de irse de la mano con Ludwig, y aunque eso le arrancó una sonrisa aún se sentía algo molesto por ello, y encima ni siquiera su gemelo aparecía para que al menos pudiera regresar con él, y es que Alfred era la peor opción, no porque no quisiera a su hermano, pero es que últimamente hablarle a él y a una patata tenían el mismo efecto, y al menos la patata se la podía comer, Alfred no le producía ningún beneficio ni a él ni a sí mismo. Aún así, como la buena persona que era -no es que se considerase a sí mismo como una, claro, eso sería considerar demasiado de su parte- se preocupaba por él y por la manera en que se comportaba en aquellos días.

Su madre decía que tenía que dejarlo en paz, que solo estaba enamorado, y ciertamente los síntomas eran parecidos a la última vez que eso había ocurrido, hacía dos años con Arthur... y por desgracia la cosa no había ido precisamente bien. Su hermano no lo había pasado precisamente bien con la experiencia de un amor no correspondido, y algo le decía, por la manera en que sus ojos no brillaban ni su sonrisa resplandecía de la manera en que siempre lo hacía, que iba por el mismo camino. Además, ni siquiera sabía quién podría ser la persona que ocupaba los pensamientos de su hermano, porque no lo había escuchado hablar de nadie que no fuera el fascinante profesor Ivan Brag... Mierda.

Las piezas encajaron en su cabeza, de la misma manera en que el rumor de que habían visto al ruso besándose con un motorista en la puerta del instituto. Bueno, eso explicaría muchas cosas, la verdad. En serio, ¿acaso no podía el idiota de su hermano buscarse alguien más a su alcance?

—¿Cómo que no vas a venir, Vanya? ¡Llevo quince minutos esperándote! No hay nadie en la puerta, podrías haberme avisado antes... Sí, sí... —Mattthew se giró al escuchar una voz malhumorada gritarle al teléfono y vio la espalda de un hombre.

Desde su perspectiva solo podía ver la parte de atrás de este. Era alto, algo más que él, y aunque estaba delgado parecía fuerte, de esa manera que solo lo son los que han sido bendecidos con ese don y no creados por un gimnasio. Estaba vestido de manera desaliñada, tan solo unos vaqueros rotos, y no tenían aspecto de que por moda, y una camisa de cuadros, de estas tan típicas de los leñadores. Incluso su pelo, largo y rubio, de un tono parecido al suyo, estaba atado en una coleta mal hecha y bastante despeinado. Con todo y con eso, no fue su aspecto lo que le llamó la atención, sino más bien su manera de hablar: la forma en que pronunciaba cada palabra y terminaba cada frase... bueno, ese acento solo podía ser canadiense, y no era como si Matthew no fuera a reconocer el acento del país en el que vivió toda su infancia y parte de su pubertad.

Por fin, el hombre se dio la vuelta, dejando una vista completa de su cuerpo y... wow. Era guapo, incluso aunque su rostro estuviese arrugado en una mueca de enfado. Desde allí podía adivinar sus ojos azules, su barbita de dos días y el piercing de su labio. Debía de tener unos veintimuchos y todo su aspecto gritaba quue podría traerte problemas si te acercabas mucho a él. ¿Y sabéis algo? A Matthew le gustaban demasiado los chicos malos.

Nunca supo lo que le llevó a hacerlo siendo tan tímido como era, pero unos segundos más tarde se estaba acercando a él. El hombre se le quedó mirando unos instantes y el menor casi quiso darse un golpe por su propia estupidez, porque ahora no sabía qué decirle. ¿Quién le mandaba a él a acercarse a ese bombón? Por suerte, antes de que abriese la boca y dijese alguna estupidez, una sonrisa torcida apareció en el rostro contrario.

—Vaya, vaya, así que de las Toronto Maple Leafs, ¿no? —comentó señalando la sudadera azul que llevaba puesta, y Matthew asintió aliviado al encontrar algo que decirle.

—S-sí, es mi equipo de hockey favorito—dijo, sonando como un niño de cinco años emocionado

—Entonces veo que tienes buen gusto... ¿También eres canadiense? Me suena tu acento.

—Ah, bueno... No exactamente, pero he vivido casi toda mi vida en Ottawa.—explicó metiéndose las manos en los bolsillos de la sudadera, tratando de pensar en cosas que eliminasen el sonrojo de sus mejillas.

—Mmm, un chico de capital entonces. Yo soy de Quebec... ya sabes, los de Quebec somos los estadounidenses de Canadá, igual de tontos pero hablamos en francés —su comentario le arrancó una risilla divertida, y su sonrisa, además de su tono de voz ronco hacían que al muchacho le temblasen las piernas.

De repente, la frente del otro canadiense se arrugó, observando su cara.

—Te pareces mucho... ¿Eres familiar de Alfred Jones?—preguntó, arrancándole un gesto de sorpresa

—A-ah, sí... De hecho, es mi gemelo, estoy esperando a que salga... Aunque a lo mejor se ha ido ya sin mí... explicó, queriendo preguntarle de qué demonios conocía a su hermano, pero no le dio tiempo a ello.

—Entonces no lo esperes más, está castigado

—¿Castigado? —preguntó parpadeando por esa información.

—Si, mi novio es uno de sus profesores y resulta que es él quien lo ha castigado... En realidad, yo también lo estaba esperando. A lo mejor lo conoces, se llama Ivan Braginsky...

Todo terminó de hacer clic en su cabeza de manera ciertamente trágica. O sea que el canadiense buenorro era el novio del tipo del que estaba enamorado su hermano. Perfecto, jodidamente perfecto. Un suspiro escapó de los labios de Matthew, mientras su estómago se encogía de manera desagradable. Era evidente que Alfred y él eran hermanos, al menos en eso de ir a por personas fuera de su alcance.

—Sí, lo conozco... —dijo bastante apesadumbrado, agarrando una de las correas de su mochila con fuerza— Bueno, si me disculpas debo regresar a mi casa, ya es un poco tarde y...

—¿Quieres que te lleve? —el hombre le corto, logrando que una vez más los ojos índigo del menor se abrieran en sorpresa— Como tú has dicho ya es un poco tarde y yo no tengo prisa por llegar a casa, así que si quieres que te acerque en mi moto...—como para asegurar sus palabras, señaló la moto aparcada unos metros más allá. ¿Y quién era Matthew para negarse?

—B-bueno, si no te importa...

—¡Claro! On y va, chaval... Por cierto, ¿cómo te llamas?—preguntó mientras se bajaba las gafas de sol y sacaba un par de cascos del compartimento del vehículo.

—Matthew Jones... ¿y usted?

Una carcajada escapó de los labios del canadiense al escuchar su nombre, una estruendosa y exagerada, algo ronca pero igualmente agradable a los oídos del chico.

—Yo soy Matthieu. Matthieu Williams para servirte, pero puedes llamarme Matt. Y ni se te ocurra volver a tratarme de usted, ni que fuera tan viejo —se quejó lanzándole el casco, que a duras penas atrapó.

Y mierda... ese maldito Matthieu le gustaba más de lo que esperaba.

Lovino sentía ganas de arrancarle el cuero cabelludo a ese bastardo alemán. No es solo que no se hubiese alejado de Feliciano, sino que encima ahora parecían más cercanos. Sin decir nada, se habían marchado los dos juntos al finalizar las clases, dejándolo atrás, y llevaba todo el camino siguiéndolos mientras por sus ojos escapaban verdaderas chispas. Ay, si tuviera un palo a mano, todo lo que le haría a ese rubio de bote...

Encima daban puto asco, así cogidos de la mano, como una parej- No. No, ese alemán cabrón no se habría atrevido a ponerle una mano encima a su hermano, ¿verdad? Porque lo mataría, lo mataría con sus propias manos, eso estaba asegurado.

Ya iba a toda velocidad hacia ellos dos, dispuesto a saltar sobre Ludwig cuando un par de manos lo sujetaron de la cintura, impidiéndole avanzar. ¿Pero qué mierda...?

—Ni se te ocurra, Super Mario de pacotilla —gruñó una voz que conocía a la perfección, y Lovino no tuvo otra que girarse asustado, encontrándose con los ojos rojizos de Gilbert, que lo miraba con verdadera furia centelleando en ellos.— No te vas a interponer en la felicidad de mi hermano, que te quede claro.

—¡Suéltame, fliglio di putana! Verás lo que...

Pero antes de que pudiera decir nada, Gilbert lo levantó, aprovechando su diferencia de estaturas (y fuerza, cabe decir) y se lo echó al hombro.

—Tú te vienes conmigo, ya verás como se te arregla ese carácter de mierda que tienes pasando un rato con el maravilloso yo.

E ignorando los pataleos y los gritos del italiano, fue tranquilamente hacia su casa, dejando que la recién formada pareja tuviera su primera cita.

¡Cuanto he tardado! Verdaderamente, doy asco D: Echémosle la culpa a la inspiración, que solo me viene cuando estoy ocupada.

Bueno, bueno, este capítulo ha estado algo más cargado... Pero el que viene... el que viene... ¡jum! Yo solo os aviso que el rating de este fic sube a M (+18), pero os dejo que hagáis vuestras apuestas, muahahahaha.

De nuevo, soy un terrible ser humano y como son casi las once de la mañana y aún no he dormido -mi musa es una zorra y quiso que escribiese este capítulo entero en una noche- no contestaré los comentarios. Os lo voy debiendo ;; Espero que eso no os desanime a dejar algún que otro review, que al fin y al cabo, son los que me ayudan a llevar esta historia adelante.

P.D: estoy enamorada de 2P!Canadá y tenía que aparecer en esta historia, lo siento mucho (?)

Gracias por leer 3