ERASE UNA VEZ… UNA MÁGICA HISTORIA.
7
Los recuerdos de Tom y
el secuestro de Deborah y Thomas.
Al terminar las vacaciones, nuestros amigos llegaron al colegio, desalentados. Sus familias le habían dicho lo mismo que ellos habían investigado. La cosa empeoró cuando notaron a Thomas muy distante. No quería hablar con ellos y apenas los saludaba y se dirigía a hacer las tareas con las muchachas y con John y Tim. Era normal que estuviera así por a haberlo dejado solo en las fiestas. Lo malo es que pasaba una semana, dos, tres… un mes, ya estaban llegando a comienzos de Junio y las cosas seguían igual. No tenían nada de información y mucho menos lograban hablar de nuevo con su amigo.
—¿Creen que Thomas sepa algo? —preguntó Peter, cuando estaban reunidos en la sala común, el ultimo día del mes de marzo.
—¡No, que va! —exclamó Jimmy con sorna—. ¡Solamente nos ignora porque le da la reverenda gana¡Por supuesto que ya sabe que es lo que estamos haciendo! Seguramente nos escuchó en navidad.
—Es verdad —admitió James cruzando los brazos—. ¿Qué haremos? No tenemos nada de información para ayudarlo. Nada. Lo mejor será explicarle el porqué nos alejamos de él, y esperar que nos perdone.
Los demás asintieron.
—Al final, nunca supimos que animal era el que habitaba en esa dichosa cámara —suspiró Sirius.
—Era lo bastante temible como para que las arañas le temieran —añadió Remus.
—Pero—comentó Jimmy—, lo que yo siempre me he preguntado desde que decidimos hacer esta investigación es¿Cómo Thomas puede dominar un animal tan temible? Es imposible, a menos que tenga el complejo de Hagrid: domar bestias (porque eso de decir que conoce tanto a Aragog como para que no se lo coma da mucho que decir); o hacer que los animales le obedezcan?
—Sí, es algo imposible de... —dijo James.
Pero de pronto se calló. Se le ocurrió algo que hizo prender la luz en su cerebro¿Acaso Thomas no poseía ese don? El poder de hablar con un animal. Un animal como una serpiente. ¡Una serpiente gigante! Era serpiente que podía ser…
—¡Jimmy, eres un genio! —le dijo a su hermano muy contento y dándole un beso en la mejilla, algo que su hermano rechazó empujándolo hacia atrás.
—¡Puaj¡James¡Quita! —decía mientras se limpiaba la mejilla, asqueado.
—¿Qué te pasa, James? —preguntó Sirius mirándolo extrañado como los demás—. ¿Se te ha zafado un tornillo o estas perdiendo identidad masculi…?
—¡Oh, ya cállate! —lo calló James muy contento—. ¡Mejor, síganme!
—¿A dónde? —preguntaron todos, pero james no les dio tiempo de contestar y se fue corriendo de la sala común.
¡Ya sabia por fin que era ese animal¡Ya sabia que era lo que pasaba¡Al fin¿Cómo no pudo haberlo imaginado antes? Si Thomas podía dominar a una serpiente, podía domar a una más grande.
Llegó a la biblioteca y casi se cae cuando llegó a la sección de Animales y Criaturas Mágicas. Sacó un libro cualquiera, no importaba cual ya que en todos los libros hablaban de todas las criaturas mágicas, ya sea con mucha o poca información.
—¡Aquí está! —exclamó sonriente. Sus amigos llegaban a su lado jadeando.
—¿Ahora si nos vas a decir que diablos te pasa? —preguntó Sirius.
—Miren esto —les mostró James.
Las cuatro cabezas se juntaron para ver lo que contenía ese libro:
De las muchas bestias pavorosas y monstruos terribles que vagan por nuestra tierra, no hay ninguna más sorprendente ni más letal que el basilisco, conocido como el rey de las serpientes. Esta serpiente, que puede alcanzar un tamaño gigantesco y cuya vida dura varios siglos, nace de un huevo de gallina empollado por un sapo. Sus métodos de matar son de lo más extraordinario, pues además de sus colmillos mortalmente venenosos, el basilisco mata con la mirada, y todos cuantos fijaren su vista en el brillo de sus ojos han de sufrir instantánea muerte. Las arañas huyen del basilisco, pues es éste su mortal enemigo, y el basilisco huye sólo del canto del gallo, que para él es mortal.
—¿Un basilisco? —preguntaron todos
—Sí —dijo James—. ¡Ese es el animal que está en la cámara! El monstruo de la cámara es un basilisco. "Las arañas huyen de él"Si ese animal era tan temible que le daba miedo a Aragog, debía ser porque era grande. ¡Y eso es porque era una serpiente gigante! Es por eso que Aragog le tiene miedo.
—Pero¿Cómo puede dominar Thomas una serpiente gigantesca y que mata con la mirada? —preguntó Remus.
—Thomas comprende la lengua pársel, la lengua de las serpientes —los niños lo miraron con la boca abierta—. Esa serpiente puede obedecer a Thomas porque él domina esa lengua; y si Thomas puede, estoy seguro que su padre también.
Jimmy y Sirius se habían quedado con la boca abierta.
—Pero —dijo Jimmy—. ¿Cómo sabes que Thomas habla pársel?
—Porque el día de santos, cuando ustedes se fueron a desayunar después de encontrarnos con McGonagall en la puerta de la biblioteca, Thomas y yo vimos a Malfoy maltratando a Lily. Yo le lance un hechizo para que la soltara y cuando nos estábamos yendo, él hizo aparecer una serpiente de su varita para que me atacara. Thomas, al verla, empezó a sisear e hizo que la serpiente se quedara quieta. Lily le preguntó pero Thomas evadió la respuesta molestándola. No le pregunte nada porque no quería incomodarlo.
Todos sus amigos se habían quedado con la boca abierta.
—Ahora —continuó James cerrando el libro—, lo que nos queda por hacer es saber donde está esa cámara. Y eso debemos hacerlo pronto antes cuando el asesino de su padre decida utilizarlo a Thomas para abrir la cámara.
Deborah decidió hacer sus deberes en la orilla del lago. Llevaba sus libros en la mano mientras pensaba en los acontecimientos que habían ocurrido el año pasado. Thomas era un buen chico pero sabía que lo único malo que tenía era su padre. Recordó la visión que tuvo el año pasado. Si hasta ahora no había pasado nada¿por qué, entonces, había tenido esa visión en la que Thomas hablaba con un basilisco¿Por qué le pedía a Thomas que la ayudara? Eso era muy extraño. Si eran cosas que iban a pasar¿por qué hasta ahora no había ocurrido?
Pero al pasar por el baño de Myrtle, la llorona, algo, o mejor dicho, alguien, la detuvo.
—Es peligroso andar sola en los pasillos, pequeña.
Tez lívida, ojos negros, mirada fría y un porte que le recordaba mucho a Thomas. ¡Oh, si! Ya sabía quien era, porque además, ya lo había visto antes, en una visión.
—Usted es… es…
—¿El padre de Thomas? —terminó Tom con una sonrisa contrahecha—. Sí, y tú debes ser Deborah Dawson ¿no? Que bien, porque quería verla, señorita Dawson.
—¿Qué quiere… de mí? —preguntó la niña mirándolo asustada.
—Que vengas conmigo.
—¡Jamás! —exclamó ella y empezó a correr. Pero Tom alzó su mano y de pronto, la muchacha se quedo inmóvil botando todos sus libros al suelo.
—Yo que tú no escaparía—le advirtió. La niña lo miraba asustada—. No temas, no te haré nada… aún. Solo te necesito para que me ayudes a que mi hijo me obedezca.
Abrió la puerta de los baños y entró llevándose a la muchacha con él.
El sol ya se ocultaba y no encontraba a Deborah en ningún lado. La buscó en las orillas del lago, en la sala común, en todas las aulas, en la biblioteca, pero solo vió a los chicos murmurando. Ya no le importaba si ellos le tenían miedo, solo le importaba encontrar a Deborah. salió de la biblioteca e iba a buscarla en el patio si no fuera porque alguien se atravesó en su camino.
—Mulciber¿qué es lo que quieres? Estoy ocupado ahora—preguntó tratando de evadirlo.
Pero al ver a Mulciber pudo notar que no estaba furioso, sino estaba mas serio de lo normal.
—Mi señor quiere verte ahora —le contestó.
—Dile que no quiero ver…
Pero no pudo decir más porque sintió un gran golpe en la cabeza y de pronto, todo se tornó muy oscuro.
Mulciber cargó al muchacho y se lo llevó de ahí, fijándose que nadie estaba por el pasillo. Pero no se dio cuenta que cinco niños habían visto lo que había pasado por seguir a Thomas. Y sin importarle el porqué había golpeado a Thomas, lo siguieron.
Descendieron por las escaleras más cercanas y luego fueron por un largo corredor hasta llegar a una puerta en donde estaban los baños de las niñas. Mulciber entró con Thomas al baño. Los niños no sabían que hacer. Era un baño de niñas.
—¿Qué hacemos? —preguntó Peter confundido a los demás.
Los niños se miraron entre si. Nunca habían entrado a un baño de niñas y no querían que en esta ocasión fuera su primera vez. Pero vieron algo tirado en la puerta. Se acercaron y notaron que eran unos libros.
—Estos son los libros de Dawson— declaró James mirando a sus amigos muy asustado.
—¿Crees que Dawson…? —preguntó Sirius y James asintió.
—Tenemos que entrar —sugirió James tocando la manija de la puerta, pero su hermano lo detuvo.
—Espera…—sacó su varita y levantó el brazo—. ¡Accio Capa Invisible!
Esperaron unos segundos y escucharon que algo venia por el pasillo. Parecía un fantasma a lo lejos, pero de cerca pudieron notar que una manta plateada. La cogieron y los cinco se cubrieron con ella. Sin nada más que decir abrieron la puerta lentamente.
Dos hombres se encontraban en ese lugar. Uno de estaba frente a un lavamanos y el otro era Mulciber sosteniendo a Thomas y a Deborah que estaba desmayada. Se acercaron un poco y notaron que era…
—¡Voldemort! —exclamó Jimmy, pero todos le taparon la boca de inmediato.
Mulciber se volteó al oír el murmullo de Jimmy, pero no había nadie.
—Mulciber —lo llamó su amo—. ¿Qué haces?
—Me pareció oír algo —contestó el profesor.
—Debió ser Myrtle —contestó Voldemort sin tomarle importancia y concentrando su mirada en los lavamanos.
Los niños estaban a la expectativa de lo que ocurría. En ese momento, de la boca de Voldemort había salido un extraño silbido, similar al que James había oído de Thomas cuando habló con la serpiente que Malfoy hizo aparecer. De repente el grifo comenzó a girar y empezó a moverse. El lavamanos se hundió, dejando a la vista una tubería grande, lo bastante ancha para meter un hombre dentro.
Los niños estaban con la boca abierta. Voldemort se dirigió a Mulciber.
—Ve al despacho y espérame allí.
El profesor asintió y se fue del baño. Voldemort cogió al muchacho y a la niña; y se hundió tubería abajo.
Sin bien se fue, los niños se quitaron la capa. Se acercaron al hueco tratando de ver algo, pero no se podía. Estaba muy oscuro.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó una voz que los paralizo por completo.
Era el fantasma de una chica rechoncha, que los miraba con una mirada de cachorro a punto de llorar. Tenia el pelo lacio y basto y unas gruesas gafas de concha.
—¿Quién eres tú? —preguntó James mirándola aliviado. Podía haber sido algo peor.
—Soy Myrtle —contestó la fantasma.
—¿La llorona? —preguntó Jimmy pero pronto se dio cuenta que había metido la pata, ya que Myrtle estalló en sollozos angustiados y se fue hacia la ventana.
—¡Que rara! —opinó Sirius mirándola extrañado.
—¡Bastante! —contestó Remus de igual forma.
—Bueno —dijo James volviendo su mirada hacia la tubería y guardando la capa en su interior—, ya esta visto lo que tenemos que hacer.
Los niños lo miraron asustados.
—¡Y lo dices como si nos fuéramos a morir! —exclamó Sirius.
—Tenemos que salvar a Thomas —dijo Remus haciendo que los niños meditaran en ello.
—¡Muy bien, vamos! —dijo James dejándose caer en la tubería. Los niños se asomaron al hueco, hasta que se oyó un ruido sordo—. ¡Puaj, esto está muy sucio!
Animados por lo que dijo James, decidieron bajar. Pero Peter, no parecía estar muy de acuerdo.
—Mejor los espero —dijo el niño asustado.
—Muy bien, entonces te quedas con Myrtle —dijo Jimmy entrando a la tubería y dejándose caer.
Peter se volteó a ver a Myrtle, quien seguía llorando en la ventana del baño.
—¡Mejor los acompaño! —añadió siguiéndolos.
Se sentó en al frente de su hijo. Nunca pensó que ese mocoso le traería tantos problemas. Era evidente que ese carácter lo había heredado de Sylvia.
Sylvia…
Al pensar siquiera en su nombre se le venia a la mente el recuerdo de esa mujer. Como no recordarla si era una deidad. Sus azules ojos, su nívea tez clara e inmaculada, sus cabellos dorados como el oro y sus labios rojos como la sangre que fluía por sus venas. Y es que estas características no eran suficientes para describir a lo que en vida fue una hechicera tan hermosa como la misma afrodita llamada Sylvia Smith.
Sonrió mientras acariciaba la cabeza de Nagini que estaba en su costado, enrollada. Los recuerdos al lado de aquella mujer eran muy placenteros y era casi imposible de olvidar. Todas esas noches en sus brazos, besándola, acariciándola. Si todo era perfecto¿Por qué diablos quería cambiar esa vida por el amor?
—¡Por Dios! —decía mientras se reía a carcajadas—. ¿Cómo pudo ser tan estúpida¿Cómo pudo siquiera imaginar que yo la amaría? Especialmente¿cómo pudo imaginar que yo iba a hacerme cargo de ella y el mocoso¡Que estúpida! Ella era tan perfecta y lo arruinó con ese niño.
Pero aun así, tenia que admitirlo. Sylvia había sido una mujer perfecta, su mujer perfecta… Sólo tenía un pequeño defecto: el amor que le gustaba brindar. Si ella no hubiese sido una cándida, ingenua y estúpida bruja cuya base primordial en la vida era ese sentimiento que él le causaba repugnancia, aún hubiera seguido con vida. Viva, a su lado, viviendo con él. Poder amarla todas las noches y hacerla suspirar de placer. Tenerla a su lado para que lo ayudara a dominar a ese descarriado hijo que ambos habían procreado.
Sí, aún podía recordar esos días…
Flash Back
"No sabia porque se le antojó entrar a ese antro llamado "Cabeza de Puerco" pero necesitaba tomarse una copa de jisca de fuego antes de volver a empezar el viaje. Mañana se iría del país por segunda vez a buscar lo que en su primer viaje logró hasta cierta parte: Poder. Sabía que se había vuelto muy poderoso, pero eso no era suficiente. El quería más. Mucho mas poder que cualquier mago hubiera deseado en su vida.
Tomó un trago. Sí, mañana sería un día perfecto. Lleno de dificultades, sí, pero valdría la pena para sus propósitos. Pero sus planes fueron alejados por unos momentos de su mente cuando sus ojos, negros y fríos, se posaron una muchacha que limpiaba la mesa vecina.
Era sinceramente hermosa. ¿Qué hacia una diosa en un lugar tan deprimente? Sonrió maliciosamente. Si iba a hacer un viaje tan duro, tenia derecho a disfrutar un rato de diversión. Espero que ella se acercara para limpiar su mesa, para decirle.
—Hola, te vi mientras limpiabas la mesa vecina y me pregunte¿Qué hace una mujer tan hermosa trabajando en este bar que empaña tu belleza?
—Tratando de ganarse la vida.
—¿Oh, entiendo! Pero tú deberías estar casada y teniendo un marido que te mantenga ¿no?
—Podría ser, pero el amor no ha llegado para mí.
—¿Y quien dice que para estar con una persona es necesario amarla?
—Pensé que era la parte fundamental en una relación. Además¿Por qué estoy hablando con usted? Ni siquiera nos conocemos.
—Pero podríamos hacerlo —sonrió Tom logrando arrancarle una sonrisa—. Me llamo Tom. ¿Y tú?
—Sylvia —sonriéndole de la misma manera
Desde el momento en que le sonrió supo que esa mujer debía ser suya. Suya y de nadie mas. Pasó una hora y a medida que pedía otro trago conversaba con ella. Con cada vaso que tomaba más se daba cuenta de que ella debería ser suya. Pasaron las horas en aquel bar de mala muerte y al momento de cerrar, el se acercó a ella.
—¿Ya te vas?
—Tengo que irme a mi casa.
—¿Y me dejas así, en ascuas?
—¿Por qué dices eso? —preguntó ella extrañada.
—Porque me gustas —contestó él acercándose a ella y levantándole la barbilla obligándola a mirarlo —. ¿Y yo a ti también te gustó?
La muchacha asintió con un ligero rubor en las mejillas y Tom la besó.
Cuando separó los labios, la muchacha estaba mirándolo fija y tiernamente que le provocó en ese momento, besarla hasta no poder más. Pero tenia que ir con cuidado esa noche. Continuaron largo rato sin decir nada del beso que se habían dado hasta que, sin saber como, llegaron a la entrada del Caldero Chorrante.
—¿Vives aquí? —le preguntó Sylvia.
—Por el momento —contestó Tom con indiferencia —. ¿Y tú?
—Sí, por lo menos hasta que encuentre otro lugar.
El saber que dormían en la misma posada, le dio más ánimos a él para hacer una pregunta que en toda la noche estaba deseando hacer.
—¿Te gustaría... pasar... la noche... conmigo? –dijo de pronto, causando impacto en la muchacha—. Podemos seguir hablando si quieres —agregó para darle un matiz diferente a su petición.
—Claro¿por qué no? —dijo ella con algo de inseguridad en su voz, pero con determinación en su mirada.
Entraron a la habitación de él. Aunque el escritorio estaba lleno de libros. Era una elegante habitación decorada, espaciosa y muy bien arreglada. La cama se veía tan cómoda y fina. La muchacha ingreso a la habitación examinando toda la hermosura del lugar y se dirigió a la cama. Al verla, allí. La imaginó echada en la cama. Con ese cabello maravilloso suelto en las suaves almohadas, besando cada centímetro de su piel.
—Por que me miras así… —dijo ella acercándose a él al notar su mirada.
Sin responder a su pregunta la besó apasionadamente, cerrando la puerta de su dormitorio con la mano que tenia libre, mientras con la otra la sujetaba fuertemente la cintura. Por una fracción de segundo pensó que ella forcejearía, que lo empujaría y le tiraría una maldición o le diera una bofetada. Pero no, en ningún momento, ninguna de las dos cosas ocurrió. Sino todo lo contrario. Ella respondía a las caricias que él le propinaba. Sus manos estaban jugando con los botones de su vestido y poco a poco fueron liberándola. Cuando iba a quitarle del vestido, ella se alejó un poco alterada.
—¿Qué ocurre? —preguntó él.
—Tom, no deberíamos hacer esto… —empezó a decir ella, pero él la silenció poniéndole un dedo en los labios y besando su cuello.
—Si que deberíamos… —contestó el y volvió a besarla.
Esa noche fue la noche más placentera para él. No sabía si Sylvia lo había hecho antes o si era su primera vez. Eso no le importó porque ahora era suya. Ella lo disfrutó al igual o más que él. Nunca supo porque ella, al momento de entregarse, lo hizo tiernamente. Tampoco le importó saberlo porque estaba perdido en un mundo de placer que compartía con ella. Ambos gozaban por cada poro de su piel y unos besos de él acompañaron en esos últimos momentos. Su piel tenía la textura de una magnolia. Era tan suave que era imposible dejar de acariciarla. No podía dejar de besar aquella piel que lo traía loco. Sonaba algo irónico decir que esa mujer fue la única persona sobre la faz de la tierra que lo dejaba vulnerable en esos momentos, pero él se encargaría de que no lo descubriera. Era noche jamás pudo olvidarla aunque había ocurrido hace mucho años, nunca pudo olvidar esos momentos de pasión.
Cuando todo terminó, ella estaba recostada en su pecho mientras él la miraba satisfecho. Era la única mujer que había logrado cautivarlo. Talvez era su belleza incomparable o la ternura con la cual hacia el amor. No sabia que fue lo que hizo esa mujer para volverlo loco, pero lo que si sabia era que no iba a hacer la ultima vez experimentaría una cosa igual con ella. La creyó dormida por lo que se acurrucó junto a ella abrazándola más fuerte, tapados con la sabana de la cama. Pero ella levantó su rostro hacia él y murmuró:
—Tom, te amo… jamás pensé que me iba a enamorar así… a primera vista pero no me importa… Te amo.
Lo estuvo mirando por unos momentos, él no sabia que decir. El no quería involucrase sentimentalmente con una mujer. La frase que ella podía estar esperando nunca llegó, en su lugar llegó un beso que hizo que ella no volviera a decir nada parecido durante esa noche.
Al día siguiente, él se la llevo a su viaje. No podía dejarla porque iba a estar pensando en ella, en como tenerla a su lado. Fueron dos meses los que vivió al lado de ella. Los dos meses más placenteros de su vida. Si la primera vez fue maravillosa, las demás trataban de superarla. Ella, dulce y tierna al momento de entregarse. Él, extasiado y a punto del delirio. Siempre quiso saber porque se entregaba así, porque lo volvía loco. Talvez nunca imaginó que la razón era porque ella lo amaba, o talvez sí, pero se negaba a aceptarlo. Ella no podía amarlo. No debía. El amor no existía en su vida. Para él, Sylvia era la mujer perfecta. La amante perfecta. No podía ser el amor de su vida. No debía. El amor era un sentimiento repugnante que volvía débiles a las personas, sin poder; y él quería tener mucho poder. Ser el mago más poderoso sobre la tierra. El amor no era un sentimiento para él. Ya que el amor pedía entrega total a esa persona, y la única entrega que él podía hacer a la misión de ser el mago más fuerte.
Pero él, no había contado con algo que inevitablemente tenía que suceder.
Sylvia se encontraba muy pálida después de los dos meses de viaje. Constantemente vomitaba y sentía mareos y nauseas. Él supuso una infección pero ella temía algo que a tenia preocupada. Un día llegó con una sonrisa en los labios, pero mostraba algo de indecisión en el rostro. A él le extrañó su expresión, pero ella no dijo nada y se limitó a hacer la comida. Al llegar la noche, ella se encontraba mirando la ventana, muy pensativa. Él se acercó por detrás y le abrazó por la cintura.
—Tom —musitó ella.
—Hasta que por fin hablas…—dijo mientras le besaba el cuello, pero ella se alejó rápidamente—. ¿Qué te pasa¿Por qué estas tan contenta y a la vez tan preocupada?
—Es que no se como decirte esto…
—¡Oh, vamos! —dijo él sin tomarle importancia y acercándose a ella de nuevo—. ¿Por que no lo discutimos en la cama, eh?
—Tom. Estoy embarazada.
—¿Qué?
—Estoy embarazada. Tendremos un bebe. ¿No es maravilloso?
La miró fijamente mientras la azul mirada de ella lo miraba con ansiedad. El sonrió pero de pronto levanto la mano que le propinó un golpe en el rostro tan fuerte que por poco la hace caer al suelo, pero que provocó una ligera herida en el labio inferior.
—¡Ramera! —vociferó furioso— ¿Cómo pudiste embarazarte?
La mujer lo miró asustada tocándose la parte golpeada.
—¡Tom¿Qué te ocurre?
—Yo no voy a cargar por tus descuidos, asquerosa ramera. Más vale que te deshagas de él.
—¿Por qué me dices esas cosas¡Tom, es tu hijo!
—¿Quién sabe con quienes mas te habrás revolcado para que me vengas a decir que mío?
—¡Me estas insultando¡Tom, por favor¡Vamos a tener un hijo!
—¡Escúchame bien! —dijo él , tomándola del cuello—. Ese vástago que llevas en tu vientre no va a ser una carga para mis planes. Yo tengo una meta y la voy a alcanzar y ninguna estúpida ramera cursi con su vástago va a convertirse en mi prioridad. ¿Entiendes¿Así que decide¿O te deshaces de él o te largas muy lejos de mi vida?
La soltó haciendo que la muchacha cayera de rodillas al suelo tratando de respirar. Se incorporó y se le enfrentó.
—¡NO¡Yo lo tendré¡Te guste o no!
—¡Pues entonces lárgate de aquí!
—¡Tom¿Estas seguro de lo que me estas diciendo¡Por Merlín¡Es tu hijo y yo te amo!
—¡Cállate¡No quiero oírte decir que me amas¡Odio todo lo que se relaciones con eso¡Ni siquiera sé porque aguante tus demostraciones de ese estúpido sentimiento! En lo que se refiere a "mi" hijo, ya te he dejado muy claro que no quiero asumir tus descuidos.
—¡Que también son tus descuidos! —gritó ella furiosa—. ¡No te preocupes¡No cargaras con mi hijo para que arruines tus planes¡Yo puedo criarlo sola y en cuanto a ti, espero que sepas lo que estas haciendo porque es muy difícil alcanzar el poder máximo¡Es muy posible que no lo logres!
—¡Cállate¡Y más te vale que nunca vuelvas porque de ser así ese bastardo y tú se irán al infierno!
Él salió muy molesto de la habitación cerrando fuertemente la puerta. Detrás de él, pudo escuchar que ella lloraba amargamente y algo en él se estaba desmoronando. Pero no podía mostrarse vulnerable. No podía. Un hijo no iba a ser un obstáculo en su camino. No debía ser.
Ella se fue al día siguiente y él no supo de ella hasta un año después, cuando volvió a Inglaterra. Todo le había salido muy bien. Había aprendido mucho, pero él sabía que no era suficiente. Necesitaba más y sabía que en África lo lograría. Mientras un día caminaba por el callejón Diagon para ir al callejón Knockturn, su mirada se desvió en una conocida mujer que apuntaba un pedido de dos jóvenes en la terraza de la Heladería Florean Fortescue. Era Sylvia.
Detuvo su camino para mirarla de lejos. Seguía igual de hermosa. Desde que se había ido, trató con extenuantes trabajos de investigación olvidarse de ella. Olvidar su maravillosa piel desnuda, el aroma de su cabello en las almohadas. Trató de hacerlo, pero fue un trabajo casi imposible. Ahora, estaba al frente de él, trabajando alegremente. Menos mal que no en una porquería de local, como lo era Cabeza de Puerco. Se preguntó por el niño. ¿Qué habría pasado con su hijo¿Lo había abortado? Abortado o no. Ella volvería de nuevo a su vida. Él sabía que no podía alejarse de ella. Era como un vicio muy prendado en su piel. No consideró la idea si se habría casado o no, porque era algo superfluo. Si estaba casada, su marido moriría muy pronto, de eso estaba seguro. Pero si no, a buena hora.
Espero que terminara su turno y saliera de la Heladería. La siguió hasta que llegaron a una calle llena de muggles, algo que a él le costó caminar por ese lugar, puesto que los muggles para él eran como un olor a desagüe. Ella entró a un edificio y él la siguió. Ella se metió al elevador y antes que la puerta cerrara, él se hizo invisible y centró junto con ella.
Mientras estaban en el elevador. Él la observaba con avidez. Estaba que se reprimía las ganas de acercarla y besarla después de todo el tiempo que se habían dejado de ver. Menos mal que la puerta del elevador se abrió porque un minuto mas y habría cedido al deseo de besarla de nuevo. Ella abrió la puerta de su habitación con un Alohomora e ingresó a la habitación.
Él se hizo visible delante de la puerta. Así que no le había ido tan mal como parecía. Pero eso no le importó. Iba a tocar la puerta pero en ese momento, se abrió y una adolescente estaba delante de él.
—Disculpe. ¿A quien busca? — preguntó la muchacha.
—Se encuentra Sylvia? —preguntó el.
—Sí, —respondió saliendo—. Pase. Yo ya me retiro.
Él ingresó a la habitación. Era un lugar muy cómodo y todo decorado al estilo muggle. Al parecer Sylvia se había alejado del mundo mágico menos en el trabajo. Estaba mirando todo la habitación cuando ella salió.
Ella lo miró paralizada por unos segundos. él solo sonrió.
—Hola —saludó tranquilamente.
—Tom —musitó ella—. ¿Cómo…?
—...te encontré? —terminó él por ella—. Esa fue una inesperada casualidad. Te vi en la Heladeria de Florean Fortescue y te seguí.
—¿Por qué?
—Porque quería verte.
—¡Pues bien¡Ya me viste¡Ahora lárgate!
—Acaso así vas a recibir al hombre que amaste?
—¡Sí! —respondió furiosa—. Porque una vez lo hice y resultó ser un desgraciado. Ahora déjame tranquila.
—Sylvia —dijo él acercándose a ella y tomándola de la barbilla—. Sólo quiero saber como has estado todo este tiempo. Si hubo alguien quien te hiciera olvidar todo el tiempo que pasamos. Si alguien hizo que me olvidaras, si…—acarició su hombro desnudo—…alguien hizo que olvidaras mis caricias. Porque de mi parte, no hubo nadie.
Ella temblaba y el solo sabía. Sus ojos claro expresaban temor a lo que estaba sintiendo.
—No soy tu objeto, Tom.
—No, eres mi mujer —dijo él besándola
Ella intentó separarse pero él se lo impidió, sujetándola de la cintura. No necesito hacer más para tenerla. Ella simplemente dejó de resistir y lo abrazó, profundizando el beso. Él la desvistió rápidamente y dejo caer el vestido al suelo. La miró por unos segundos para luego besarla. Ella comenzó a desabrochar la camisa que llevaba y al quedar descubierta empezó a acariciarlo, haciendo que él se maravillara de la suavidad de sus manos. Él la tumbo en el suelo alfombrado y empezó a besarla perdiendo de nuevo el control en su piel.
Pasaron mucho tiempo echados en el piso, haciendo el amor desesperadamente. Solo el llanto de un bebe hizo que pararan.
Sylvia le incorporó rápidamente mientras cogía su vestido y se dirigía a su dormitorio. Él también se levantó poniéndose su ropa y se acercó al dormitorio donde ella había entrado. Se había puesto una bata blanca y el vestido que le había quitado estaba en la cama. Los llantos del bebe se hacían mas fuerte.
—Lo tuviste —dijo él sin mostrar enfado.
—Sí —respondió ella—. ¿Quieres verlo?
Él solo asintió y la siguió. Ingresaron a una habitación decorada con dibujos de animalitos y pintada de celeste. En el centro de la habitación estaba una cuna rodeada de una gran cantidad de peluches y juguetes. Sylvia se acercó a la cuna y sacó de ella a un bebé que debía tener tres meses de nacido. Ella sonrió tiernamente mientras calmaba al niño, quien al ver a su madre se tranquilizó. Se acercó a verlo, el niño tenía una mata de cabello rubio en su cabeza y unos pequeños ojos claros como su madre, empañados de lágrimas.
—No llores, amor —decía ella al bebé—. Aquí estoy…
—Así que este…
—Sí, es tu hijo.
—Se parece a ti.
—Pero es tuyo.
—¿Tiene nombre?
—Thomas. Thomas Ryddle.
—Le pusiste el asqueroso apellido muggle de mi padre —dijo molesto.
—Porque también es el tuyo.
—¡Cállate! —gritó.
—¡Tom! —dijo ella. El bebé empezó a llorar—. No llores…Mamá esta aquí… Tranquilo…
—Veo que te has convertido en una madre abnegada.
—Algo que no has hecho tú —respondió ella molesta—. Ahora¿dime que es lo que piensas hacer?
—Sé a que te refieres y no puedo ocuparme del niño y de ti —contestó caminando hacia la ventana.
—Entonces¿viniste a verme solo para hacer el amor conmigo¡Que descaro!
—Sylvia…
—¡Lárgate! Thomas y yo no te necesitamos.
—¡Está bien, Sylvia¡Pero escúdame muy bien! Puede que yo este lejos de aquí y tú me odies con toda tu alma. Pero eres mía. Eres mi mujer y la madre de ese bastardo y no importa donde estés porque te encontraré
Y salió de la habitación dejando a la mujer llorando junto con el pequeño.
Los años que le siguieron fueron muy buenos para el pequeño Thomas Ryddle. Su madre se encargaba de hacerlo feliz con sus mimos y el amor que le daba. Él sabia que cuando él niño le preguntaba por él, le decía que su padre fue el mejor. Pero¿por qué le decía esas cosas¿Acaso ella no lo odiaba por lo que le había hecho? Se cambiaron de casa, pero él no dejó de verla. Ella era suya cuando quería y ella no podía rehusarse, era como tenerla bajo un hechizo. Cuando volvía a la casa de Sylvia después de cada viaje. Su hijo inconscientemente demostraba ser su descendiente, puesto que cuando se sentía triste e infeliz, demostraba su poder con los que lo molestaban. Los niños que vivían por su casa, eran muggles que constantemente se burlaban de él por no tener padre.
Un día, a lo lejos, vio a un Thomas de diez años. Estaba muy crecido y sabía que el próximo año iría a Hogwarts. El niño estaba siendo insultado por unos niños mayores de él y los miraba con odio. Fue la primera vez que él pudo reconocer que era su hijo. Mientras esos niños muggles se reían, el pequeño hizo que la tierra empezara a temblar, cortando la risa de los niños, quienes se estaban empezando a asustar. Thomas estaba descontrolado y de pronto sus ojos se tornaron rojos por unos instantes. Él se asombró del poder de su hijo. Era inmenso pero incontrolable para el niño. Por lo que hizo que el pequeño cayera al suelo y todo lo que había hecho se calmara. Los niños huyeron despavoridos. Thomas, jadeante, se levantó de aquel lugar se fue.
¡Así que ese niño había heredado sus poderes! Era lo único en que se parecía a él. Su ilimitable poder. Si ese niño llegara a desarrollar su poder a la perfección podría ser más poderoso que él. Eso no podía permitirlo; pero, si lo pensaba bien. Ese niño podía ser la respuesta a un problema que había dejado cuando estaba en Hogwarts: La Cámara de los Secretos. Ese niño merecía ser el heredero de Slytherin y podría lograr la limpieza de la sangre en ese colegio infectado de muggles y más infectado porque ahora Hogwarts estaba a cargo de Albus Dumbledore, el que derroto a Grindelwald. Esa era su principal razón por la cual no podía hacer lo que Salazar Slytherin había dejado, porque sabía que Albus Dumbledore no iba a permitir que algo hiciera daño a sus alumnos. Pero Thomas seria diferente. Dumbledore no podría sospechar de ese niño y mucho menos hacerle daño. Y llegaba a controlarlo, podría usar sus poderes para dicha tarea.
Pero, había un problema. Sylvia no iba a aceptar que su hijo se convirtiera en el heredero de Slytherin. Pues si aceptaba o no, el niño iba a ir a vivir con él, aun si tuviera que matarla.
—Tom ¿Qué estas haciendo aquí? —preguntó Sylvia cuando él llegó a la casa. Entró sin saludar empezando a buscar al niño.
—¿Dónde está el niño? —preguntó.
—Salió a jugar —respondió extrañada—. ¿Por qué preguntas por él?
—¿Tiene algo de malo preguntar por mi hijo?
—¿Tu hijo? —preguntó con sorna—. ¡Ahora es tu hijo¡Que descaro!
—No me vengas con tus sermones, Sylvia, que te puede costar muy caro —la amenazó.
—¿Qué yo sepa nunca te has ocupado de él?
—Pues desde ahora lo haré. Guarda su cosas, me lo llevaré.
—¿Qué? —exclamó ella.
—Lo llevaré—reitero él—. ¿Estás sorda?
—¡No¿Por qué?
—Porque lo necesito
—Para que?
—¡Eso a ti no te importa!
—No la usarás para tus planes.
—¡Mi querida Sylvia! —dijo él poniéndose frente a ella—. ¡Ya me tienes harto con tu dramatismo!
—Primero tendrás que matarme. ¡Thomas es mi hijo y se quedara conmigo!
—No me dejas otra opción…—dijo él sacando su varita—. ¡Crucio!
Un grito desgarrador se escuchó en la casa. Sylvia cayó al suelo gritando de dolor, mientras que él solo se limitaba a observarla fríamente. sabía que había llegado el momento de alejarse de ella, se libraría del hechizo que esa hermosa mujer le había hecho. Se libraría de ella. Pero, era lo mejor para él. No le importó que la madre de su hijo se retorciera de dolor en el suelo, de hecho, ya no le importaba. Era una verdadera lastima que ella muriera, pero la lastima no un sentimiento que debía tener.
—¡Dame a mi hijo y te perdonaré la vida! —dijo él cuando ella se incorporó.
—No…
—No quiero matarte, Sylvia —dijo él—. ¡Dámelo y vivirás!
—¡NO LO HARÉ!
—Pues entonces, vete al infierno. ¡AVADA KEDAVRA!
Una luz verde iluminó la casa y Sylvia Smith cayó al suelo, inerte. Estaba muerta. Él guardó su varita y se puso de cuclillas para verla. El brillo de sus ojos azules había desaparecido, ahora estaban opacos. El cerró sus ojos con los dedos y miró por unos instantes. Aunque estaba muerta seguía siendo hermosa. Si él dijo que nunca la amo¿Por qué, entonces, de sus ojos negros se escapaban unas silenciosas lágrimas?"
Flash End
Abrió los ojos y suspiró. Era ridículo pensar en esa mujer estúpida, pero no podía olvidarla. Después de todo, ella había sido la madre de Thomas y había tenido a su hijo sin su consentimiento. Cuando ella le informó que estaba encinta, le dijo que abortara al niño. Aunque, pudo ver que en verdad había un lado beneficioso: sus poderes.
Miró el cuerpo de su hijo tirado en el suelo de la cámara y sonrió. En cualquier momento él despertaría y comenzaría con su misión. Quisiera hacerlo o no. Thomas Ryddle llevaba su sangre en sus venas, por ello había heredado lo grandes poderes que él poseía y podría utilizar esos poderes para cumplir la meta que su antepasado Salazar Slytherin se forjó: Convertir ese colegio en uno donde sólo se formaran los hijos de las familias sangres puras para conseguir nuevos aliados y poder dominar el mundo mágico. Sí, su hijo era el único en ese colegio infectado de sangres sucias que podría hacerlo.
Pero, no podía dejar de sentir rencor a su hijo. Si ella no hubiera tenido a ese mocoso, ahora estaría viva. La había perdido y todo por culpa de ese chiquillo, pero eso ya no importaba. Sonrió. Quizás había muerto la cursi Sylvia Smith pero no su belleza. Y ahora esa belleza tenía se encontraba en el cuerpo de una niña. Una hermosa niña pelirroja de ojos verdes.
Avances del próximo capitulo: 08 Enfrentamiento en la Cámara de los Secretos
Sacó del bolsillo de su túnica un broche para corbata que tenia una gran gema verde, que le reflejaba distorsionadamente su rostro asombrado, pero que en su interior, había una serpiente en forma de "S".
Para Thomas, esa serpiente le parecía muy rara.
—No quiero nada.
—¡Póntelo!
—¡No lo haré, Tom! —se negó Thomas mirando con extrañeza ese broche— ¡No me pondré esa cosa!
—Bueno, tengo otros medios para doblegarte.
Chasqueó los dedos, y apareció Deborah
—¡No lo hagas, Thomas¡No dejes que…!
Pero Tom volvió a chasquear los dedos y unas cuerdas aprisionaron a Deborah amarrándola de manos y pies con una mordaza en la boca para que no hablara.
—¡Deborah! –exclamó asustado, tratando de quitarle las cuerdas pero la muchacha desapareció antes de él pudiera llegar a ella.
—¿Ahora que dices?
—¡Déjala ir!
—Lo dices como si fuera fácil. Pero solo porque eres mi hijo, te haré una propuesta que no podrás rechazar. Tú ponte el broche y cumple con tu tarea hereditaria y a cambio, yo dejó libre a la sangre sucia. ¿Qué decides?
Advertencia: Los personajes que aparecen en los libros de Harry Potter son propiedad exclusiva de la señora J.K. Rowling. Los demás personas son invención mía. A las nuevas autoras, les pido que no toquen los apellidos de mis personajes. Háganlo por cuestión de ética profesional.
