ACLARACION: Esto es una adaptacion del libro
-En brazos de la tentacion de Heidi Rice
No quiero que piensen que es un plagio ni mucho menos y como saben los personajes de Naruto no me pertenecen son propiedad de Masashi Kishimoto
Disfruten la lectura...
Al contrario de lo que decía la gente, Sakura no se sentía mejor después de llorar. Según su experiencia, uno se sentía como una basura, o peor, sobre todo, después de mirarse al espejo.
Se limpió el rostro colorado con un pañuelo mojado e intentó contener las lágrimas. Llevaba veinte minutos sin dejar de llorar y estaba empezando a dolerle la cabeza. Ya casi ni sabía por qué estaba llorando.
Sí, Sasori se había comportado como un cretino, pero ella tenía que haberlo visto venir. Había pensado que se interesaba por ella con admiración y respeto, pero ¿desde cuándo admiraban y respetaban los hombres a las mujeres como ella? ¿A mujeres que tenían sus propias opiniones y que las manifestaban? Tenía que haber intuido que algo iba mal en cuanto Sasori le había dicho que le gustaba su naturalidad. Hasta entonces, ningún hombre le había dicho nunca algo así, ni siquiera su padre.
Sakura observó cómo se le fruncía el ceño a través del espejo, y sintió la tristeza e impotencia que la invadía siempre que pensaba en su padre.
Su padre sólo había querido a la madre de Sakura para una cosa, y nunca había deseado tener una hija. Cuando se había visto obligado a ocuparse de ella, después de la muerte de su madre, Sakura había intentado desesperadamente complacerlo, había intentado ser quien él quería que fuese. Y, por fin, con diecisiete años, había aceptado la verdad: que el problema no era ella, sino su padre. Por lo que todavía le daba más rabia que su rechazo le doliese.
Lo mejor que había podido hacer había sido marcharse de casa. Una experiencia liberadora que le había hecho darse cuenta de que no necesitaba la aprobación de su padre, ni su caridad. Respiró hondo y despacio y se limpió las mejillas por última vez.
Luego se prometió a sí misma que no volvería a derramar otra lágrima por culpa de Akasuna no Sasori, ni tampoco por la de su padre.
Se metió el pañuelo en el bolsillo del albornoz, tiró de la cadena y salió al salón. Se le hizo un nudo en el estómago al ver el sofá en el que había estado esperándola Sasori cuando ella había salido del cuarto de baño en ropa interior.
Sakura se había quedado sorprendida, y enseguida se había puesto furiosa al darse cuenta de lo que Sasori tenía en mente para su supuesto viaje de negocios. Él le había preguntado si acaso no se había dado cuenta de adónde los estaba llevando su relación.
Pero ella se había excitado más con una sola mirada de Sasuke Uchiha, que con todas las atenciones que su jefe le había dedicado durante las últimas semanas. Él la había acusado de haberle mandado mensajes poco claros, y luego la había echado de la habitación mientras ella le transmitía otro mensaje a todo volumen.
Contuvo las lágrimas y suspiró, intentando apartar aquel recuerdo de su mente. En esos momentos, tenía otros problemas que debía solucionar. Estaba igual que cuando se había marchado de casa de su padre, pero con diez años más: sin dinero y teniendo que limpiar váteres para vivir. Salvo que en esa ocasión estaba a miles de kilómetros de casa y sin ropa.
Se dejó caer en el sofá. Al menos, había aprendido algo. Jamás volvería a confiar en nadie, ni a engañarse a sí misma. Tomó el mando a distancia de la televisión que había en la pared de enfrente del sofá y la encendió.
Fue cambiando de canal hasta parar en una escena picante de un culebrón en la que había una rubia bien dotada pegada al torso desnudo, depilado y musculoso de un hombre. Sakura inclinó la cabeza para intentar distinguir dónde acababa el pecho y empezaba la rubia.
—Por Dios santo —dijo en voz alta, mientras la pareja se comía a besos.
Entonces el hombre levantó la cabeza para tomar aire. Sakura lo conocía de varios papeles secundarios, pero se fijó en sus ojos color oscuro.
Le recordó a alguien.
Se sentó sobre los pies y se negó a reconocer el cosquilleo que sentía entre los muslos. Cambió de canal inmediatamente, pero no pudo evitar pensar que el negro de los ojos de Sasuke Uchiha era mucho más bonito y que estaba segura de que el dueño del hotel tendría pelo en el pecho.
Ya se lo había imaginado con el torso desnudo y no pudo sacar la imagen de su mente, por mucho que cambiase el canal de televisión.
Al final, desistió y apagó la televisión. Dejó el mando sobre la mesita de cristal, se agarró los tobillos e intento calmarse. ¿Acaso no acababa de prometerse a sí misma que no iba a confiar en ningún hombre, sobre todo, en uno como Sasuke Uchiha? Aquel tipo rezumaba testosterona por todos los poros de su cuerpo. Y, además, a los dos segundos de estar con él se había dado cuenta de que era el tipo de hombre del que cualquier mujer debería mantenerse apartada.
«Deja de pensar en él», se ordenó a sí misma. Tenía que deshacerse de aquella cálida e insólita sensación que tenía entre los muslos…
Se sobresaltó al oír que llamaban a la puerta.
—Hola, soy Michelle —le dijo la joven que estaba en el pasillo, sonriendo de oreja a oreja—. Vengo de la boutique del hotel. El señor Uchiha nos ha pedido que le subamos personalmente una selección de prendas para que pueda elegir.
—¿De verdad? —dijo ella, ruborizándose.
—De verdad —respondió la dependienta, entrando en la habitación con un perchero con ruedas tras de ella—. Ha dicho que puede elegir todo lo que necesite.
—Ah —dijo Sakura , que había esperado que le llevasen un par de uniformes del hotel, no una selección de prendas de última moda.
—¿Quieres que te lo enseñe yo?
—No —respondió ella, mordiéndose el labio—. No hará falta.
Había vestidos de seda, vaqueros de diseño, jerséis de cachemir, una camiseta de Dolce & Gabbana. Sakura tocó una camiseta de satén de un color morado intenso, la sacó del perchero y estudio el pespunteado, perfecto, el delicado cuello. Nunca había tenido una prenda así de buena. Ni así de cara.
—¿Por qué no lleva nada el precio? —preguntó, volviendo a colgar la camiseta.
—Porque no hace falta —contestó la chica después de dudar. Era evidente que no estaba acostumbrada a que sus clientes preguntasen algo tan mundano como el precio—. El señor Uchiha nos ha pedido que lo carguemos todo al hotel.
A Sakura le sorprendió la generosidad del dueño del hotel, pero luego se dio cuenta de que era ridículo. No podía ser posible que le regalase ropa por valor de varios cientos de dólares. Las dependientas del hotel debían de haberlo malinterpretado. Debía de haberles dicho que cargasen la ropa a la habitación de Sakura.
—Aun así, me gustaría saber el precio —dijo ella, intentando no ser maleducada.
La chica la miró confundida.
—Supongo que podría llamar a la boutique y pedirle a Monica, mi supervisora, que me dé el precio de las cosas que haya escogido.
—Está bien —respondió Sakura, aunque no fuese cierto. Habría preferido saber los precios desde el principio.
Por bonita que fuese la ropa, no quería pasarse el resto de su vida fregando váteres en el hotel de don Irresistible, cosa que ocurriría si escogía las prendas equivocadas. La mayoría de aquellas prendas debían de costar cientos, incluso miles de dólares.
Pero Sakura no quiso montar una escena, ni tampoco parecer desagradecida. Sinceramente, le había sorprendido que Uchiha se hubiese ofrecido a ayudarla en primer lugar, así que prefería no tentar a la suerte.
Escogió unos vaqueros sencillos y una camiseta azul con el logo de The Phoenix. Luego bajó la vista a los zapatos y entre ellos reconoció un par de Fendi y unos Manolo Blahniks gracias a las revistas de moda que solía tener en casa. Se giró hacia Michelle, que estaba ocupada envolviendo la ropa que había elegido y le preguntó:
—¿Tiene zapatillas de deporte?
—¿No le gusta nada de lo que hay aquí? —preguntó ella alicaída.
—No es que no me guste, pero necesito algo más informal.
—¿Informal? —repitió la chica, mirando la selección de zapatos de quinientos dólares, que debían de parecerle estupendos para ponerse a diario—. En la tienda de deporte del hotel hay Converse y Nike, ¿se refiere a eso?
—Perfecto —respondió Sakura, segura de que podría encontrar algo por menos de cincuenta dólares, a pesar del recargo del hotel.
La chica pareció sorprenderse, pero asintió. Sakura pensó que la plantilla del hotel no tardaría en hablar de la inglesa de la suite Sunset que se vestía como un adolescente. Intentó no darle importancia. Con lo que tenía, podría salir de la habitación, y empezar a trabajar al día siguiente, sin tener que endeudarse para el resto de su vida.
La dependienta le preguntó qué número calzaba y le prometió que le subirían un par de zapatillas a la habitación. Luego empujó el perchero fuera de la habitación y ya iba a marcharse cuando le dijo:
—Ah, casi se me olvida. El señor Uchiha le manda un paquete —y desenganchó una bolsa blanca del hotel con un sobre pegado—. Cualquier día se me va a olvidar la cabeza —añadió sonriendo.
Sakura le devolvió la sonrisa, o al menos lo intentó. ¿Por qué le habría mandado un paquete Uchiha?
—Gracias —le dijo.
Pero la chica no se movió. Sakura se preguntó si estaría esperando a que abriese la bolsa delante de ella, cosa que no pensaba hacer.
—Muchas gracias por las molestias —repitió Sakura—. Déselas también a su supervisora, por favor.
—De nada —le respondió ésta—. Forma parte del servicio —añadió mirando el paquete—. Que tenga un buen día.
Y luego echó a andar por el pasillo.
Sakura cerró la puerta y se apoyó en ella. ¿Por qué le temblaban las rodillas? Respiró hondo, entró en la habitación y dejó el paquete encima de la mesita del café. En el sobre blanco que había pegado en él estaba escrito su nombre. Tenía que ser la letra de Uchiha. Las grandes letras curvadas parecían irradiar seguridad, incluso arrogancia, lo mismo que él. Sakura se lo imaginó escribiéndolo con la pluma estilográfica con la que había estado golpeando el escritorio.
Suspiró y se sentó. «Venga, tonta. Ábrelo y ya está». Si el dueño del hotel le decía que tenía que marcharse, tendría que marcharse. No había motivo para que no pudiese encontrar trabajo en otro hotel, hasta que le pagase lo que le debía y pudiese comprarse un billete de vuelta a casa. No tenía sentido deprimirse con la idea de tener que marcharse de aquel hotel, podría estar igual en cualquier otro.
Supuso que el cosquilleo que tenía en el estómago y las manos frías se debían al cansancio y al reciente trauma emocional que había sufrido, nada más. Dobló las piernas, desprendió el sobre del paquete con rapidez y lo abrió.
En él había cinco billetes nuevos de cien dólares. Los tomó y se quedó mirándolos. Luego, con la mano que tenía libre desdobló la nota con el membrete del hotel que los acompañaba. Tardó un momento en fijar la mirada en ella, que estaba escrita con la misma letra que su nombre:
Sakura:
Espero que hayas encontrado algo que vaya a juego con tus recatadas braguitas.
Cena conmigo esta noche, a las ocho en la Rainbow Room.
S.U
Sakura parpadeó y leyó la nota otras tres veces, pero siguió sin ver nada en referencia a los quinientos dólares. La sensación de aprensión se le había quitado, pero en su lugar se había instalado algo más inquietante. Notó calor en las mejillas y un nudo en el estómago. Sasuke Uchiha parecía tener cierta fijación con sus braguitas. ¿Y para qué eran los quinientos dólares?
No quería cenar con él esa noche. No quería volver a hacer el ridículo ni, mucho menos, descubrir que le gustaba, pero la invitación sonaba más bien a orden y no podía permitirse el lujo de enfadarlo.
Entonces recordó el paquete. La bolsa del hotel estaba bien cerrada, pero no parecía haber mucha cosa dentro. La abrió y dentro descubrió un trozo de satén y encaje rojo con una Post-it pegado a él. Lo tomó y se dio cuenta de que era ¡un tanga! Se puso colorada y se le aceleró la respiración.
Luego leyó la notita:
Para ti Sakura que hayas encontrado algo en compañía a tus recatadas braguitas.
—Qué caradura… —dijo indignada, pero sin poder evitar sonreír.
Entonces, completamente en contra de su voluntad, empezó a reírse, por primera vez desde hacía siglos.
Cerezoo
