ACLARACIÓN: Esto es una adaptacion del libro

-En brazos de la tentación de Heidi Raice

No quiero que piensen que es un plagio ni mucho menos y como saben los personajes de Naruto no me pertenecen son propiedad de Masashi Kishimoto


-No puedo creer que éste sea el tugurio acerca del cual escribió Steinbeck —comentó Sakura, asomándose al balcón del Fisherman's Wharf, en la bahía de Monterey.

El sol de la tarde se reflejaba en el agua y hacía brillar los acabados en latón de un lujoso yate que había anclado cerca de varios barcos pesqueros. Sakura sonrió al ver el hocico bigotudo de una foca muy curiosa. Los gritos de las gaviotas en busca de comida retumbaban en el aire, pero no podían competir con el rugido hambriento de la foca.

—Es limpio y bonito —añadió Sakura —, pero no tan pintoresco como yo esperaba.

Sasuke sonrió desde el otro lado de la mesa. Se quitó las gafas de sol y sus ojos verdes brillaron con humor y cariño.

—Eres la única mujer que conozco que prefiere comer en una casa flotante antes que en un restaurante de cinco estrellas —le dijo, tomando su mano.

—Yo no he dicho que lo prefiera —respondió ella, sintiendo un cosquilleo en el estómago cuando sus dedos se entrelazaron—. Si hubiésemos comido aquí en la época de Steinbeck, seguro que habríamos salido con una intoxicación alimentaria.

—Eso es justo lo que yo quería decir —comentó Sasuke riendo.

Mientras observaba cómo jugaba con sus dedos, Sakura se dio cuenta de lo mucho que le gustaba estar con él, incluso depender de él. Sabía que no era sensato, pero después de la maravillosa mañana que habían pasado paseando por las coloridas tiendas de Fisherman's Warf y visitando el acuario de Monterey, no era capaz de mostrarse cauta. Ya se preocuparía por ello en una semana, cuando tuviese que volver a Inglaterra y aquello se hubiese convertido sólo en un sueño imposible.

—Entonces, ¿estás lista para seguir con las compras? —le preguntó Sasuke sonriendo—. ¿O prefieres que volvamos a casa a echar la siesta?

Le dio un beso en la palma de la mano y a Sakura se le aceleró el corazón. Se dijo que era sólo deseo, ni más ni menos. Esa mañana no habían hecho el amor porque ella había estado agotada, y lo echaba en falta.

—¿Por qué me da la sensación de que voy a terminar todavía más cansada después de la siesta? —bromeó, decidida a no darle demasiadas vueltas a la mirada de Sasuke.

Lo suyo era sólo sexo, nada más.

—Tal vez tengas razón, será mejor que vayamos a Cannery Row, entonces.

Mientras Sasuke pedía la cuenta, Sakura no pudo evitar recordar lo dulce que había sido con ella esa mañana. Le había llevado el desayuno a la cama y había insistido en que se tomasen un día libre para poder recargar las pilas.

Tenía que dejar de pensar tanto las cosas. Sólo estaba siendo agradable, teniendo en cuenta que la había dejado casi en estado comatoso después de varias noches de pasión. Que la tratase bien no significaba nada. No obstante, a Sakura le molestaba que aquello le gustase tanto.

La camarera les llevó la cuenta y les deseó que tuviesen un buen día.

Sasuke sacó la cartera y empezó a contar billetes. Como siempre, había decidido pagar él, sin consultarle. Sakura tendría que haber protestado, pero ya habían discutido en varias ocasiones acerca de lo que se consideraban dietas de viaje desde que habían llegado a California, y sabía que Sasuke no cedería.

Así que lo dejó pasar y disfrutó observándolo. Sasuke no se había molestado en afeitarse esa mañana y eso, junto con la camiseta y los Levis desgastados que llevaba puestos, le daban un aspecto desenfadado y peligroso, todavía más sexy de lo habitual. No era de extrañar que a Sakura le estuviese costando trabajo separar la realidad de la fantasía.

Se dijo que tenía que distraerse antes de que sus hormonas la traicionasen y se abalanzase sobre él a plena luz del día. No iba a encontrar un momento mejor para hablar de Kakashi.

Hizo acopio de valor, a sabiendas de que era posible que lo que iba a decir les estropease el día.

—Ayer tuve una conversación muy interesante con Kakashi.

Él se metió la cartera al bolsillo.

—¿Sí?

—Acerca de un niño maltratado y abandonado que se llamaba Sonosuke, al que Kakashi jamás ha podido olvidar.

Sasuke juró.

— Sakura, te dije que no te metieras en eso.

Ella intentó no sentirse dolida.

—No fui yo quien sacó el tema, sino él. Su versión de los hechos fue distinta a la tuya.

—No me importa —replicó Sasuke.

—Pues debería. Kakashi no ha dejado nunca de preocuparse por ti, ¿sabías? —alargó la mano por encima de la mesa y la puso sobre la suya—. Deberías tranquilizarlo. ¿No crees que le debes al menos eso?

Fue un golpe bajo y ella lo supo, pero tenía que intentar hacerlo entrar en razón.

Sasuke apartó la mano de la de ella y se puso de pie.

—No quiero hablar de eso ahora.

Ella se incorporó también, con la barbilla levantada.

—Entonces, ¿cuándo vas a hablar de ello?

Él dejó escapar una carcajada y sacudió la cabeza con incredulidad.

—¡Mira quién habla! La mujer que está mejor protegida que el fuerte Knox.

—¿Por qué dices eso?

—¿Quieres que te lo enseñe?

Sasuke ya no parecía enfadado, sino más bien decidido. Y Sakura sabía que eso podía ser peligroso.

—¿Enseñarme el qué?

Él le dio un golpecito en la nariz.

—Si quieres que hablemos de Kakashi, antes tendrás que venir conmigo. Luego, ya veremos. Aquello tenía muy mala pinta.

—Ya veremos me parece demasiado vago.

—Bien.- Sasuke la agarró del brazo y la sacó a rastras del restaurante. —Te prometo que hablaremos de Kakashi, después de que hayas hecho algo por mí. Ése es el trato, lo tomas o lo dejas.

A Sakura empezó a picarle la piel. Algo estaba yendo mal. ¿De qué iba aquello? Entonces pensó en Kakashi, que tenía derecho a saber de aquel niño al que no había podido olvidar. Fuese lo que fuese lo que Sasuke tenía en mente, ella no podía permitir que Kakashi siguiese sufriendo por las cabezonerías de Sasuke.

—Lo tomo —contestó. Y la piel le picó todavía más.

Sasuke la llevó a través de la zona más turística, en la que se mezclaban orfebres, boutiques de diseño, tiendas de recuerdos y de caramelos. Tal vez la ecléctica composición fuese más pintoresca que en la época de Steinbeck, pero Sakura se dio cuenta de que allí todo el mundo, turistas y locales, parecía despreocupado, todo el mundo, salvo ella.

Sasuke sabía lo mucho que Sakura odiaba que la manipulasen, y lo mucho que le costaba ceder el control. Él también lo odiaba y, no obstante, Sakura no había podido evitar meter la naricilla en sus asuntos.

No quería hablar de Kakashi. Ni siquiera quería pensar en él. La vergüenza y el sentimiento de culpa por lo que había ocurrido el día en que su padre había ido a buscarlo lo habían acosado durante años. Se había convertido en un adolescente salvaje y furioso, que se odiaba a sí mismo y vivía siempre enfadado, hasta que había encontrado una salida en las salas de juegos europeas. Luego había tardado muchos años más en empezar a hacer algo verdaderamente productivo. Estaba a punto de enterrar esa parte tan horrible de su vida, para siempre, y no quería volver a abrir la caja de Pandora.

Pero, durante los últimos días, había cambiado de perspectiva. Seguía sin querer arriesgarse a contarle a Kakashi la verdad, pero tal vez se dejase convencer si obtenía algo a cambio. Y eso era la confianza de Sakura. Había disfrutado mucho de la relación que habían tenido durante esa semana. Sólo el sexo había sido fenomenal, pero ya no era suficiente.

La agarró por la cadera y, a pesar de estar rodeados de gente, notó cómo a Sakura se le aceleraba el pulso y sonrió. Siempre respondía de manera instantánea y espectacular. Todas las noches hacían el amor con una pasión violenta, que a él seguía dejándolo estupefacto. Frunció el ceño, la agarró con más fuerza por la cintura… Después de hacer el amor, Sakura siempre intentaba apartarse de él, pero no se lo consentía, por supuesto. Y cuanto más lo intentaba, más deseaba él tenerla cerca.

Y luego estaba el tema del dinero. A Sasuke siempre le había gustado hacer regalos caros a las mujeres con las que había salido, para demostrarles su aprecio. Con Sakura, ni siquiera había abordado el tema porque sabía cuál sería su reacción. Los últimos días, hasta parecía molestarle que pagase sus comidas, lo que era ridículo, estaban en un viaje de trabajo.

Supuso que ese lado nada materialista de ella, su cabezonería, su inquebrantable independencia, eran las cosas que lo habían cautivado al principio. Pero él estaba empezando a cansarse de discutir con ella cada vez que le pagaba algo. Aunque sabía que aquello formaba parte de la barrera invisible que Sakura había levantado para evitar que él se le acercase demasiado. Y cuanto más alto era el muro, más decidido estaba él a derribarlo.

Vio la joyería que había estado buscando al final de la calle. Agarró a Sakura de la mano y la condujo entre la multitud.

—¿Adónde vamos? —preguntó ella, aminorando el paso.

—Es una sorpresa —le contestó él.

A Sakura se le aceleró el pulso al ver que Sasuke la llevaba hacia el paseo marítimo. Todavía no tenía ni idea de qué estaba tramando.

—No me gustan las sorpresas —le dijo con cautela.

Él la miró por encima del hombro.

—Quita esa cara de susto —le pidió sonriendo—. Ésta va a gustarte.

Sakura decidió seguirlo.

La fachada pasada de moda de la joyería era sobria y elegante, y estaba situada entre una galería de arte de color rosa pastel y un emporio de ropa deportiva. En el cartel que había fuera decía que eran distribuidores de los diseñadores locales, pero a Sakura casi ni le dio tiempo a mirar el escaparate antes de que Sasuke le hiciese entrar. La luz era tenue, la música, tranquila y sólo había una dependiente joven, por lo que Sakura le pareció un oasis de calma y buen gusto.

Por un momento, las dudas dejaron paso a la curiosidad y Sakura se paseó por la tienda, estudiando las vitrinas en las que había expuestas exquisitas joyas.

—¿Qué te parece? —le preguntó Sasuke, apoyando la mano en su espalda.

Sakura respiró por fin.

—Son increíbles. Deberías comprarte unos gemelos o algo así —le contestó.

Él tomó su mano.

—Quiero enseñarte algo.

La condujo hasta el final de la vitrina y señaló un collar colocado sobre una capa de satén negro.

Sakura observó las perlas que colgaban delicadamente y pensó en las horas que debía de haber pasado el diseñador creando una obra tan impresionante.

—¿Por qué no te lo pruebas? —le preguntó Sasuke al oído.

Ella tocó el cristal, tentada.

—Me encantaría —dijo, mirando de reojo a la dependienta—, pero no merece la pena que la molestemos.

—No te preocupes por eso —le dijo él—. Le pagan para que la molesten.

Y, por una vez, Sakura deseó olvidarse de quién era en realidad y fingir que era una mujer que podía permitirse algo tan exquisito como aquel collar.

Sasuke le hizo un gesto a la dependienta, que sacó el collar de la vitrina de buen grado.

—Se llama Mar de Sueños —dijo mientras se lo ponía a Sakura. Luego, tomó un espejo de detrás del mostrador y se lo colocó delante para que pudiese verse.

—Le queda sensacional.

Sakura levantó la mano para tocar las perlas, que brillaban contra la piel de su escote. Se fijó en las delicadas cadenas de plata que las sujetaban y le susurró a Sasuke:

—Le quedaría sensacional a cualquiera.

—Deja que te vea —le pidió él, haciéndola girar.

Bajó la vista a sus pechos y luego alargó la mano para tocar las perlas. Sakura sintió un escalofrío y notó cómo se le endurecían los pezones mientras Sasuke la miraba a los ojos.

—Te queda muy bien —añadió él en voz baja y ronca—. Eres preciosa, Sakura.

El deseo y algo todavía más peligroso hizo que ella se ruborizase.

Sasuke miró a la dependienta.

—Envuélvanoslo. Nos lo llevamos.

—¿Qué? —preguntó Sakura sorprendida.

—Por supuesto, señor —respondió la dependienta, empezando a desabrochar el collar—. ¿Va a pagar al contado o con tarjeta?

—Espere —dijo Sakura, apoyando la mano en el collar—. No me lo vas a comprar.

¿Se había vuelto loco? Si ni siquiera había preguntado el precio.

—Con tarjeta —le dijo él a la dependienta, sin hacer caso a Sakura.

La mujer le quitó el collar con cuidado.

—Lo pondré en una caja, señorita.

— Sasuke, no puedo aceptarlo —protestó ella.

—Estaba hecho para ti —le dijo él, como si no la hubiese oído. Se acercó más y pasó el nudillo por su mejilla—. Cuando hagamos el amor esta noche, quiero que lleves puestas sólo esas perlas —susurró.

Sakura se excitó sólo de pensarlo, pero se obligó a retroceder.

—No lo quiero.

Él había esperado que se enfadase, pero la miró con dulzura y sacudió la cabeza.

—Sí que lo quieres, pero no vas a admitirlo —le dijo—. ¿Por qué?

—Yo…

Sakura vio tanta ternura en sus ojos que estuvo a punto de decirle la verdad, pero no lo hizo. No podía darle tanto poder.

—Porque es demasiado caro.

—Ése no es el motivo, y tú lo sabes —respondió él—. Pensé que teníamos un trato.

Sakura se dio cuenta de lo que ocurría. Sasuke quería que le entregase su corazón. Que le cediese el poco control que le quedaba.

—No puedo… Necesito aire —y, dicho aquello, salió corriendo de la tienda.

Vio que la joven dependienta la miraba como si se hubiese vuelto loca. Y tal vez fuese verdad.

Anduvo entre la multitud hasta la barandilla del paseo marítimo y se aferró a ella con fuerza. El sol le calentaba la cara, pero tenía la piel de gallina, lo que le llevó el recuerdo de viejos fantasmas que creía enterrados hacía mucho tiempo.

Se quedó allí inmóvil y sólo volvió a la realidad cuando Sasuke le puso la mano en la cadera.

—¿Ya estás preparada para hablar de ello? —le preguntó, acariciándola con cuidado.

Ella vio que llevaba una bolsa en la mano.

—¿Lo has comprado?

Sasuke asintió.

Sakura deseó enfadarse con él, pero estaba agotada. Y asustada. Y se sentía indefensa. Porque quería aceptar aquel regalo y sabía que no debía hacerlo. Sasuke era un hombre rico, al que no debía importarle comprar un collar de mil dólares, pero a ella sí que le importaba.

— Sakura, es sólo un regalo.

Pero no lo era, no para ella. Y, si lo aceptaba, estaría entregando a cambio algo que jamás podría recuperar.

—Quiero que lo tengas —insistió él—. ¿Por qué no confías en mí lo suficiente como para aceptarlo? «No es en ti en quien no confío, sino en mí misma», pensó Sakura.

—No quiero que te gastes tanto dinero en mí.

—¿Quién te ha hecho tanto daño? Al menos, cuéntame eso.

Estaba a punto de llorar. Intentó contener las lágrimas, esperó que Sasuke no se diese cuenta, pero no hubo suerte. Lo vio sacarse un pañuelo del bolsillo.

—Toma. -Ella aceptó el pañuelo, inhaló su aroma y se limpió los ojos.

—Lo siento, supongo que estoy un poco cansada y sensible.

—No me mientas —le dijo él, poniéndole un dedo en la barbilla para que levantase el rostro—. No hace falta.

Y la compasión y la comprensión de su mirada fueron su perdición. A Sakura le temblaron los labios y las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos.

Sasuke la abrazó con fuerza. Con tanta fuerza, que Sakura pudo sentir los latidos de su corazón. Se agarró a él, incapaz de seguir resistiéndose.

Por fin, dejó de llorar. Sasuke le estaba acariciando la espalda, haciendo que se sintiese segura y al mismo tiempo, necesitada de cariño. Se apartó de él, avergonzada por haberle mojado la camiseta.

—Me siento como una idiota —le confesó—. Lo siento.

—Ahora, ¿vas a contarme por qué te ha hecho llorar un collar de perlas?

Ella sonrió débilmente.

—Debes de pensar que estoy como una cabra.

—Bueno, la verdad es que eres la primera mujer que reacciona así ante un regalo.

—Seguro que sí —dijo ella, riendo con desgana.

—Cuéntamelo, Sakura —insistió Sasuke.

Ella suspiró y miró hacia la bahía. ¿Tan terrible sería contárselo?

—Mi padre me enviaba regalos. Siempre por mi cumpleaños, en Navidad, al internado en el que estaba. Porque prefería que me quedase allí a que fuese a casa —dijo, con voz temblorosa—. Lo llamaba «sus muestras de cariño» —añadió riendo con tristeza—. Es gracioso, teniendo en cuenta que ni siquiera le caía bien.

Sasuke notó que se ponía tenso al verla tan triste e intentó disimularlo.

—Ya ves lo patética que soy. Tengo veintisiete años y sigo obsesionada con el hecho de que mi padre no me quisiera.

—¿Cómo sabes que no te quería?

Ella apoyó la espalda en la barandilla.

—Sinceramente, Sasuke, no creo que te interese oír toda la historia.

—Eh, tú ya sabes lo horrible que fue mi niñez — comentó él, intentando hacerlo con naturalidad.

Sakura suspiró.

—Sé que no me quería, porque él mismo me lo dijo.

—¿Es una broma? —preguntó Sasuke, sin poder ocultar su asombro.

—No, no es una broma. Nunca me quiso. Cuando tuve que ir a vivir con él, me dejó claro que no era bienvenida y me mandó directamente a un internado.

—¿Por qué tuviste que ir a vivir con él? —quiso saber Sasuke.

—Cuando yo tenía quince años, mi madre murió y… —hizo una pausa para intentar controlar la angustia, el dolor— y no tenía a nadie más. Casi no conocía a mi padre. Había venido a visitarnos alguna vez, a ver a mi madre, pero por mí jamás había mostrado interés.

«¿Cómo podía un padre no sentirse interesado por una joven tan bella y llena de vida?», pensó Sasuke, pero no lo dijo.

—¿Y tú, qué sentías por él? —le preguntó en su lugar.

«Quería que me quisiera, que me necesitase», se dijo Sakura, pero no lo dijo en voz alta para no parecer todavía más patética.

—Éramos dos extraños. En realidad, no sentía nada por él. Cuando cumplí los diecisiete años, me di cuenta de que las cosas no cambiarían nunca.

—¿Y qué hiciste?

—Me marché del internado y no volví a verlo.

—¿Por eso le das tanta importancia a tu independencia? —le dijo Sasuke, haciéndola sonreír.

—Sí, y por eso no me gusta aceptar regalos. Suelen implicar compromisos.

Sakura pensó que ya se lo había dejado claro, pero vio determinación en su mirada.

—En este caso, no hay compromisos, Sakura. Vas a tener que confiar en mí. Dime sólo una cosa. ¿Te gusta el collar?

—Sí —respondió ella.

Sasuke le tendió la bolsa, pero ella la apartó.

—Deja que te cuente otra historia de mi niñez, Sasuke —al menos, aquélla no era tan cruda—. Cuando tenía diez años, encontré un gatito fuera de nuestra casa, en Chelsea. Insistí mucho a mi madre para que dejase que me lo quedara, y al final la convencí.

—Así que ya por entonces tus pucheros eran infalibles, ¿eh? —murmuró él, inclinándose para darle un rápido beso.

—El gato era salvaje. Estropeó los muebles de mi madre, a mí me mordió y me tuvieron que poner la antitetánica y, después de una semana, se escapó.

Sasuke se echó a reír.

—Yo no voy a morderte, te lo prometo. A no ser que tú me lo pidas.

Sakura se enfadó.

—¿Es que no te das cuenta de lo que te quiero decir? Lo nuestro no va a ir a ninguna parte. Los dos lo sabemos. No quiero regalos tuyos. No quiero necesitarlos.

«Ni necesitarte a ti. Por favor, no hagas que te necesite».

Sasuke le pasó la mano por el pelo y se lo puso detrás de la oreja. Lo hizo con tal ternura, que a Sakura le dio un vuelco el corazón. Con una mirada, una caricia, un simple gesto, podía derribar sus defensas. Hacer que desease cosas que jamás podría tener. Y no podía arriesgarse a ofrecerle su corazón a otro hombre que no lo quería. Que no lo necesitaba.

Abrió la boca para protestar, pero él le puso un dedo en los labios.

—Shh.

La besó con cuidado y eso la asustó todavía más. Otra lágrima corrió por su mejilla y él se la limpió con el dedo.

—¿Sabes qué? Que si ese gatito se hubiese quedado en tu casa un poco más, se habría dado cuenta de lo que se estaba perdiendo.

—Pero…

—Pero nada. No puedo hacerte promesas. Esto es tan nuevo para mí como para ti, pero ahora me parece bien hacerlo, me siento bien. Así que veamos hasta dónde podemos llegar juntos y disfrutemos de ello mientras dure.

Cuando hicieron el amor esa noche, Sakura dejó que Sasuke le pusiese el collar de perlas. Y cuando hubieron terminado y él la abrazó, ella se dio cuenta de que ya no tenía fuerzas para intentar apartarlo.

Y tampoco había conseguido que hablasen del tema de Kakashi. No obstante, mientras se quedaba dormida, supo que ya no debía preocuparse por el corazón de Kakashi, sino por el suyo propio. Tenía miedo, pero ya era demasiado tarde.


Cerezoo