ACLARACIÓN: Esto es una adaptacion del libro

-En brazos de la tentación de Heidi Raice

No quiero que piensen que es un plagio ni mucho menos y como saben los personajes de Naruto no me pertenecen son propiedad de Masashi Kishimoto


Mientras volvía a la cabaña, Sakura inhaló el aroma a resina fresca de los pinos de Monte-rey y se enfrentó por fin a la verdad.

Estaba perdidamente enamorada de Sasuke Uchiha. Su jefe, su amante y un hombre que jamás la necesitaría como ella lo necesitaba.

Hasta entonces, había cometido algunos errores importantes en su vida, intentando ganarse el amor de su padre, confiando en el cerdo de Sasori, pero aquél era, con diferencia, el más catastrófico.

El día anterior, al aceptar el collar, ya se había temido lo peor, pero no se había dado cuenta de lo idiota que era hasta que no había visto a Sasuke tenso y vulnerable entre los brazos de Kakashi y la sensación de amor, de anhelo, que eso había causado en ella la había dejado atontada.

Vio una codorniz con sus polluelos paseando por el césped en fila india, pero la imagen no la hizo sonreír, como había ocurrido el día anterior.

¿Cómo podía haber sido tan tonta? ¿Acaso no se había prometido siempre a sí misma que jamás cometería el error de enamorarse de alguien que no la amase? Había tenido el ejemplo en su madre, que se había pasado la vida atada a un hombre que había acabado destruyéndola. Sasuke no se parecía en nada a su padre. Podía ser arrogante, incluso despiadado, pero no era cruel ni manipulador. Con ella, había sido generoso y cariñoso a su manera, hasta la había abrazado cuando lo había necesitado. Pero no la amaba. Jamás le había dado ninguna muestra de que lo suyo fuese nada más que una aventura.

Abrió la puerta de la cabaña y atravesó el salón, apartando la vista de la chimenea, que le recordaba a la noche que habían jugado al strip-póker. Salió a la terraza y se sintió como una princesa en una torre.

Luego se apartó de la barandilla. Había vuelto a ponerse a soñar como una adolescente. No era Rapunzel esperando a su príncipe. Aquello no era un sueño. Ella siempre se había sentido orgullosa de su independencia, de su autosuficiencia. Y necesitaba aferrarse a lo que le quedaba de ellas si quería sobrevivir a aquello.

Tenía que protegerse. No podía pedirle a Sasuke un compromiso que él no estaba dispuesto a ofrecer. Ya había cometido ese error con su padre y sabía que el rechazo de Sasuke le dolería todavía más.

Echó los hombros hacia atrás y fue hacia el dormitorio que había estado compartiendo con Sasuke. Sacó la maleta del armario y empezó a recoger su ropa.

Si quería ser más fuerte, no podía dejarse llevar por sus hormonas. Desde ese momento, no volvería a acostarse con Sasuke. Cerró la maleta y la llevó a la habitación pequeña a través del cuarto de baño.

El sueño se había terminado. Tenía que empezar a hacer frente a la realidad. Había hecho una apuesta al acostarse con el jefe, pero se había enamorado de él y había perdido.

Dos horas más tarde, Sasuke detuvo el Ferrari en el camino que llevaba a la cabaña y echó el freno de mano. Salió de él acelerado, emocionado con su futuro y ni las nubes que se cernían sobre su cabeza iban a hacer que se pusiese de mal humor.

Después de pasar una hora charlando con Kakashi, había ido a dar una vuelta en coche para aclararse las ideas. Y para planear lo que iba a hacer con Sakura. Había tardado un rato en calmarse lo suficiente como para poder pensar con claridad, pero después todas las piezas habían ido encajando en su sitio.

No la amaba, ni ella a él, pero lo que tenían juntos era demasiado bueno para ponerle fin. A Sasuke le encantaba su compañía, su amistad, su frescura, y formaban un equipo fantástico, tanto en el trabajo como en la cama. La sencilla solución a su problema se le había ocurrido al detener el coche frente al increíble paisaje de Big Sur.

Le haría un contrato fijo como asistente personal.

Sakura trabajaría para él por el día y jugarían juntos por la noche. Sería perfecto, sin compromisos emocionales. Ella era la mujer más práctica que conocía. Seguro que le parecía buena idea. Además, valoraba su independencia. No necesitaría de él más de lo que estaba dispuesto a darle.

Abrió la puerta de la cabaña y la llamó:

—Hola, Sakura, ¿dónde estás?

Era la primera vez que se emocionaba tanto al ofrecerle a alguien un puesto de trabajo.

No obstante, su alegría fue menguando según miró en la terraza, en el baño y en su habitación, y no encontró a Sakura. ¿Adónde había ido? Se suponía que iba a estar allí, esperándolo, para que él pudiese contarle la gran oportunidad que iba a darle.

Le dio la espalda a la cama y se fijó en algo que le causó un escalofrío. ¿Dónde estaba el camisón de seda que Sakura se había quitado esa mañana? Giró en círculo. ¿Y dónde estaba el resto de su ropa? Se acercó al armario, lo abrió y vio el espacio vacío en el que había estado su maleta. Se quedó pálido. De repente, volvió a sentirse como con ocho años, cuando se había despertado y había encontrado la cama de su padre vacía. Intentó no recordarlo, pero no pudo evitar sentir pánico.

«Cálmate, maldita sea. No te ha dejado. No es posible».

Cerró la puerta del armario dando un golpe y atravesó el salón para salir a la terraza. Se agarró con fuerza a la barandilla y, entonces, una melena rosa llamó su atención en la cala que había debajo.

Respiró hondo y el pánico empezó a desaparecer, para ser reemplazado por la ira. Bajó las escaleras que llevaban a la playa de dos en dos. Si Sakura volvía a darle otro susto así, se arrepentiría. Y, en cualquier caso, ¿qué había hecho con todas sus cosas?


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