.. Título: Ojos Pardos ..
.. Capítulo II ..
.. Autora: Annie-chan Diethel ..
.. Notas de Autora (importante): Primero que nada, quiero dejar el mensajito de rigor: "Si no te gusta el contenido, ignora el fic. Es fácil, cierra la ventana, dale hacia atrás, pero ni pierdas el tiempo dejando una crítica sin fundamento ni haciendo una denuncia de propiedades idénticas. Se te agradecerá." Este fic se compone de 12 capítulos (ni uno más ni uno menos) bastante largos. No va a haber lemon, pero sí shonen-ai muy mono y esas cosas. Parte típica de mí (drama), parte atípica (rosita y florecitas). Si dejan review (cosa que se agradecería) ruego dejen críticas constructivas para mejorar, y no comentarios degradantes, insultos y etceteras (vamos, que los flames, por el ce u ele o). Si alguno de ustedes desea una respuesta, por favor indíquelo junto con algún medio de contacto (direccion de mail), ya que aquí a la mínima te escupen y ahora tb está prohibido responder a los reviews. Disfruten de la lectura y gracias por leer :) Dedicado a Nao, quien me animó a escribirlo, lo siguió mientras lo escribía y me lo beteó.

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Su madre lo regañó por desobedecer y alejarse, pero él apenas escuchó. De su padre sólo recibió miradas de enojo que decían lo suficiente, y a Edward le dio lo mismo. Al llegar a casa se encerró en su habitación y se sentó en el suelo con la espalda pegada a la puerta. Pensaba en las diferencias entre personas de distintas clases, o en el modo de actuar de diferentes personas del mismo estilo de vida... En todo y en nada.

Al cabo de un rato se levantó y se acercó a la ventana para mirar fuera. Tras el cristal se extendía parte del jardín y el sendero que llevaba a la verja de la puerta principal al recinto. De pronto se vio sin derecho a protestar por nada. Tenía una casa bonita, buena comida todos los días y siempre que quisiera, ropa nueva y limpia... Una buena vida. Y mientras, el aspecto sucio y empobrecido de Aru le relampagueaba en la mente, comparándolo con él mismo. Vagamente recordó los desprecios de su padre y enfureció. Sí, era cierto que eran superiores a esa gente, pero no había razón por la que alardear de ello.

El sonido de alguien tocar a la puerta lo sacó de sus divagaciones y se giró para recibir a su mayordomo, que le ofreció una cálida sonrisa mientras pasaba a la estancia. Gesto que se le borró cuando vio el rostro serio del niño.

- Venía por si se le ofrecía algo.

El pequeño rubio volvió a desviar la mirada hacia la calle después de negar con la cabeza, pegando la frente al cristal. Oyó los pasos de Maes acercarse y vio por el rabillo del ojo que se agachaba a su lado para quedar a su altura.

- ¿Qué le ocurre, Edward-sama? Hoy está muy pensativo.

El adulto vio los penetrantes ojos dorados clavarse en los suyos, como si buscaran la respuesta a la más grande incógnita del mundo. El silencio acabó por hacerse pesado al cabo de unos minutos, hasta que finalmente el niño volvió a entretener su mirada en los verdes arbustos del jardín y respondió.

- Yo no soy Edward-sama, yo soy Edo.

Ni qué decir que las palabras que salieron de la infantil boquita sorprendieron mucho al mayordomo, quien creyendo que era una broma comenzó a reír. Edward lo miró con gesto de enojo y le sacudió una patada en la espinilla.

- ¡No te rías, hablo en serio! A partir de ahora no quiero que me llames más "Edward-sama", quiero que me llames Edo.

- De acuerdo, Edo-sama.

- ¡Edo! ¡Sólo Edo!- el pequeño se llevó las manos a su cabellera rubia, a modo de exasperación- ¿Es que eres tonto o qué? ¡E-d-o!

- Vale, vale... Como guste, "Edo".

- Y háblame de tú.

- Pero no puedo hacer eso, su padre...

- ¡Al cuerno con mi padre! Te juro que te ignoraré si vuelves a hablarme de usted, te odiaré y te daré patadas hasta que se te caiga la pierna a pedazos.

Un sudor frío recorrió la espalda de Maes, conociendo que las amenazas del joven Elric nunca eran en vano y recordando la vez que le prometió que si le obligaba a tomarse la leche del desayuno le contaría a todas las criadas que era un viejo pervertido. Cumplió la promesa. Así que, aún posiblemente jugándose el puesto de trabajo, decidió que lo mejor era complacer al niño y sobrevivir.

- ¿A qué te apetece jugar, Edo?

Una amplia sonrisa satisfecha se dibujó en el rostro de Ed mientras jugaba con Maes. Pero el pensamiento del niño que había conocido aquella mañana no tardó en cruzarse de nuevo por su mente y su rostro volvió a ensombrecerse.

- Maes...- llamó débilmente, captando la atención del mayor- ¿Cómo se trata a los amigos?

- Desde luego, dándole patadas y diciendo mentiras acerca de ellos no...- reprochó a modo de broma, sin conseguir arrancarle una sonrisa- ¿Por qué?

- Es que... Hoy hice un amigo y... No sé cómo comportarme con él...

- ¿Por qué no lo invitas a casa? Seguro que los señores estarán encantados de recibirlo.

- ¡No! No puedo hacer eso... Es que...

De nuevo el silencio y Edo se mostró dubitativo.

- Maes, ¿puedo contarte un secreto?- le hizo gracia el aire misterioso del menor y asintió con una sonrisa- ¿Me prometes que no se lo contarás a nadie?

- Te lo prometo, Edo-sam... Edo.

- Es que mi amigo... Es diferente...- esquivó la mirada curiosa del mayordomo- Él es un niño... pobre... Y si papá se entera... No se lo digas, Maes, por favor...

El adulto le revolvió el cabello cariñosamente al comprobar que Edward no seguía los mezquinos pasos de su padre y era mucho más humilde. Sin embargo, una punzada de preocupación lo asaltó.

- No le diré nada, pero hay que tener cuidado. No todos los niños pobres son malos, pero sí los hay que pueden engañarte sólo porque tú tienes cosas que ellos no.

- Entonces... ¿Está mal?

- Claro que no. Pero sería bueno que comprobásemos las intenciones de ese niño, ¿no?- miró su reloj- Aún falta un rato para la hora de comer... ¿Te apetece dar un paseo por el parque?

- ¡Sí!- Edo dio un salto de alegría y corrió hacia la puerta de su cuarto.

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Nos leemos en el siguiente capi!

Annie-chan Diethel