.. Título: Ojos Pardos ..
.. Capítulo IV ..
.. Autora: Annie-chan Diethel ..

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Aquella tarde, Edo arrastraba a Maes hacia el parque de la mano. Al adulto no le hacía gracia tener que hacer de intermediario en las amistades del pequeño, pues podría acarrearle serios problemas con los señores Elric, pero los ojos dorados del menor sabían mirar de tal forma que fuese imposible negarles nada. Caminaba deprisa, pero se le veía desbordar alegría, y el hombre moreno no podía reprimir una sonrisa al ver la emoción resplandecer en el rostro de Edward.

El lugar rebosaba en árboles, matorrales y demás espacios verdes, guiados por caminos de arenilla y con un lago en el centro. Al llegar, Maes se sentó en el banco de costumbre mientras Edo buscaba nervioso con la mirada. No pasó mucho rato hasta que divisó a Aru sentado a la sombra de un árbol, esperándolo. Se acercó por detrás con sigilo y le tapó los ojos.

- ¿Quién soy?- preguntó, divertido.

- ¡Edo! ¡Al final has venido!- exclamó alegremente el niño.

- ¿Qué te hacía pensar que no vendría?- Edo tomó asiento sobre la hierba junto a él, apoyándose en el árbol y juntando su hombro con el de Aru. Notó que temblaba,

- Es que... No pensaba que dijeras en serio lo de ser amigos... Quiero decir, no todos los días un niño de tu clase va a jugar con uno de la mía...

- Pero yo sí lo dije de verdad, quiero ser tu amigo... Pero si tú no quieres...

- ¡Yo no he dicho eso! ¡Claro que quiero! Mira, he traído mis juguetes.

Alphonse le mostró una bolsa de tela marrón, de donde sacó un muñeco de trapo, un cochecito de cartón y un caballito de arcilla, y los depositó los tres con cuidado sobre el césped, mostrándoselos a Edo.

- ¿Los has hecho tú, Aru?

- ¡Sí! En el orfanato no nos compran juguetes porque no tienen dinero, pero yo aprendí a hacérmelos solo. ¿Te gustan?

- ¡Son muy bonitos! Yo nunca sabría hacer cosas así...

El rubio tomó en sus manos el caballito de arcilla y lo inspeccionó detalladamente. Definitivamente, no era una obra de arte pero aún así tenía una belleza infantil que lo hacía mejor a cualquiera de todos sus juguetes. De los tres, aquel fue el que más le gustó. Se lo devolvió a su dueño, quien se lo prestó para jugar y las horas pasaron entre sus risas cristalinas. Cuando el sol vespertino comenzó a teñirse de rojo y el cielo mostraba una gama de colores anaranjados y rosados, Maes decidió que era hora de volver, pero al joven Elric le pareció poco el rato que había disfrutado de la compañía de su nuevo amigo. Entonces, se le ocurrió una idea.

- Maes...- murmuró, acercándose al mayor- ¿Puede venir Aru a jugar un ratito a casa?

- ¡De ninguna manera! Si el señor se enterase me tiraría a la calle y...

- Porfa...- suplicó Edo con ojitos llorosos y la mirada que le ablandaría el corazón hasta a una piedra, juntando sus manitas a modo de ruego- En casa me siento muy solo...

- Pero...- quiso resistirse, de verdad que lo intentó, pero finalmente se llevó una mano a su oscuro cabello y suspiró derrotado, llevando a los niños a la mansión Elric, murmurando cosas no muy claras sobre su futura situación.

Los tres entraron con mucho sigilo y, una vez en el piso de arriba, los niños corrieron hacia la habitación de Edo, seguidos por Maes. El rubio cerró la puerta tras de sí cuando su mayordomo pasó y se apoyó en ella jadeando, con Aru a su lado, jadeando también.

Oyó ahogar una exclamación y cuando se giró a observar a su amigo vio que tenía la sorpresa en su rostro mientras miraba con curiosidad y los ojos bien abiertos todo a su alrededor.

- ¿Todo esto es tu habitación?- preguntó incrédulo- En un sitio como este dormimos quince en el orfanato…

No era un reproche, sólo una observación que a Edo no le acabó de gustar. Le produjo una sensación en el estómago, como si estuviese haciendo algo malo. Aru no se movía de su lado, temeroso de romper cualquiera de aquellas cosas que parecían tan valiosas.

- Juega con lo que quieras, Aru. Como si fuese tu habitación.

- ¡Quiero jugar contigo!

Ambos se pusieron a corretear por la habitación, saltando sobre la cama y haciendo guerra de almohadas. Riendo a carcajadas que no tardaron en ser escuchadas por Trisha Elric.

El jolgorio se detuvo cuando los pasos de la madre se oyeron resonar por el pasillo, acercándose a la habitación. Edo y Aru supieron enseguida que el de los ojos pardos debía ocultarse… ¿Dónde? Al pequeño Elric le brilló una idea en la cabeza: el montón de peluches. Alphonse se ocultó entre ellos justo en el momento en el que la mujer de cabellos castaños entrase en la estancia.

- Edward, ¿qué es ese escándalo?- preguntó seriamente.

- Es que… Estaba jugando y…

Pero su madre distinguió casi de refilón una pequeña mata de pelo entre el peluche del león y el de la cebra y se acercó al montón de muñecos, apartando algunos y descubriendo al pequeño que se acurrucaba entre ellos. La habitación quedó en silencio mientras Trisha miraba a Aru detenidamente y este le devolvía una sonrisa nerviosa. Detrás, Edo sentía escalofríos.

- ¿De dónde ha salido este peluche?- preguntó la mujer con curiosidad.

Edward no entendió en un principio, pero cuando la señora Elric le dedicó una sonrisa cómplice, de nuevo se sintió alegre.

- Me lo ha regalado Maes.- respondió. La mujer miró al mayordomo, que se tensaba esperando un regaño.

- Maes, ¿quién te ha dicho que puedes regalarle algo así a Edward? Ese peluche está muy sucio y tiene la ropa rota. Encárgate de darle un baño y de ponerle ropa más decente.

Trisha se encaminó hacia la puerta y justo antes de salir ordenó que nadie le contase a Hohenheim la presencia del nuevo amigo del joven Elric. Cuando la puerta se cerró tras ella, el rubio se abalanzó sobre el castaño, abrazándolo cariñosamente, contento de que su madre no lo rechazara por tener un amigo con aquellas condiciones.

Más tarde, Maes lo bañó y le dio algo de ropa de Edo. Parecía otro niño después de aquello. Cuando casi anochecía Trisha volvió e informó a su hijo de que su padre no los acompañaría en la cena, con lo que dejó el camino libre para que Alphonse los acompañase en la mesa.

Antes de irse aquella noche, Aru le regaló a Edo el caballito de arcilla.

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Nos leemos en el siguiente capi!

Annie-chan Diethel