.. Título: Ojos Pardos ..
.. Capítulo VI ..
.. Autora: Annie-chan Diethel ..

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Los años pasaron deprisa y la amistad entre los dos niños fue estrechándose cada día más. Crecieron juntos entre juegos y risas, a escondidas del padre de Edo y sus cuadriculadas ideologías. Edward se había convertido en un jovencito de 17 años bastante apuesto. Se había dejado crecer sus rubios cabellos y se los solía recoger en una trenza, aunque de altura escasease un poco. Sus ojos dorados habían ido adquiriendo una forma rasgada y fiera, y por todo ello era muy popular entre las chicas de su escuela.

Con sus 16 años, Alphonse había alcanzado en altura al joven Elric, y también se había dejado crecer su cabello castaño, recogiéndoselo usualmente en una pequeña coleta. Sus ojos tenían una forma más redondeada que la de Edo, y el hermoso color esmeralda relucía en cada mirada. Su expresión amable no había cambiado en absoluto, si bien se había incrementado con el paso de los años.

Aquella tarde se encontraban sentados en un banco del parque, junto al lago. No cruzaban palabra, pero estaba bien así. Las ondas del agua cristalina le daban un aspecto hermosamente curioso a los reflejos que caían sobre ella, los patos nadaban dejando una estela transparente de olas en miniatura, haciendo sonidos que cautivaban el oído de Aru. Un suspiro colmado de molestia sustituyó el rumor de las aves y el agua, y el muchacho supo entonces que algo no marchaba bien con Edo.

- ¿Ocurre algo?- preguntó, viendo cómo su amigo entornaba los ojos como si el mundo lo fastidiase.

- Nada.- dijo el otro, secamente.

Aru se incorporó en su asiento y se acercó mucho a Edo, mirándole fijamente, y volvió a preguntar. Era el único método por el cual su amigo no podía evadir darle las respuestas.

- El sábado es el baile de la escuela...- respondió el rubio con amargura, dejando caer pesadamente la cabeza hacia atrás, apoyado en el respaldo del banco.

- ¿Y qué tiene eso de malo?- curioseó Aru, imitándolo. Quedaron mirando el cielo azul y las esponjosas nubles blancas flotando, como miles de algodones juntos formando figuras abstractas.

- Me han pedido varias chicas que las acompañe, pero... ¡yo no quiero ir con esas tontas que cada vez que paso por su lado se ponen a reír como hienas!

Aru rió levemente al ver la expresión de casi enojo que ponía Edo.

- Pero tendrás que ir, ¿no? Tendrás que elegir a alguna.

- Yo no quiero ir con nadie si no eres tú, Aru.

- ¡Yo no sé bailar!- bromeó, sabiendo que a ese baile iban parejas de chicos y chicas.

- No es tan difícil, simplemente nos quedamos sentados en un rincón y ya está.

El de los ojos pardos volvió a reír y devolvió su mirada al atardecer reflejado en el agua, tranquilamente. Pocos minutos después, volvió a escuchar la voz del rubio.

- No digo en broma lo de ir al baile contigo.- admitió en un murmullo audible. Aru lo miró unos instantes y luego puso una expresión muy conocida para Edo: se le había ocurrido una idea.

- Señor Elric, ¿de verdad me está usted invitando al gran baile de su refinada escuela?

- ¡No te quepa duda!

- Quizá no sea del todo imposible...

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- ¿Qué te parece este?

- No lo dices en serio, ¿verdad?

- ¡Pues claro! Dime, ¿este te parece bonito?

- ¡Dime que estás bromeando!

- ¿Quieres que te acompañe o no?

Edo guardó silencio, sin poder reprimir una amplia y divertida sonrisa. Se encontraba apoyado en la pared de una tienda de ropa, y Aru no hacía más que sacar vestidos de gala. Había tenido la idea de hacerse pasar por una chica para poder acompañarlo al dichoso baile.

- Por supuesto que quiero pero, ¿estás seguro de que tú quieres hacer esto?

- ¡Será divertido! Como una fiesta de disfraces. Estoy seguro de que me lo pasaré bien si voy contigo. Pero si no estás de acuerdo entonces...

- Ese está bien.

- A mí también me gusta... Pero es muy caro, elijamos otro.

- ¿Qué más te da? Si lo voy a pagar yo. Me gusta ese, cógelo.

Aru permaneció en silencio durante unos instantes, mirando el vestido. Y, de pronto, murmuró:

- Edo...

- Dime.- respondió el otro, curioso.

- ¡No pienso ponerme corsé!

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El sábado por la noche, Edo viajaba en el coche con Maes de camino a recoger a Aru. Se retorcía los dedos con nerviosismo, pero a la vez con diversión. Aquel muchacho estaba loco. Se echó una mirada más a sí mismo: llevaba un traje de chaqueta negro, una camisa blanca y una corbata del color del traje. Se había recogido el cabello en una pequeña coleta dejada caer por la espalda.

Llegaron a la puerta del orfanato y Edo bajó corriendo a buscarlo. Lo encontró en su habitación con Glacier, quien lo ayudaba a terminar de arreglarse. Llevaba el vestido blanco y liso, de media manga que habían elegido días antes en la tienda, con unos pendientes, un pequeño colgante y una pulsera que seguramente le había prestado la mujer y se había dejado el brillante cabello castaño suelto. Junto a sus rasgos faciales tan hermosos, cualquiera lo confundiría con una preciosa jovencita. Le ofreció el brazo de manera cortés, metiéndose ya en el papel y haciendo reír a Alphonse. Luego se metieron en el coche.

- ¿Crees que funcionará?- cuestionó el menor.

- Estás irreconocible... ¡Es increíble! Hasta yo empiezo a creer que realmente eres una chica...

- Yo tengo miedo, Edo.

- ¿De qué?

- De que tus seguidoras me maten por sus celos.

- ¡Tonto!

Cuando comenzaron a adentrarse por los pasillos de la escuela, Aru tomó a Edo de la mano, nervioso. Y éste le devolvió el gesto para tranquilizarlo. Entraron al gran salón, donde se escuchaba una música suave de fondo, bajo el murmullo de la gente al hablar. Algunas chicas se giraron a ver a los recién llegados y le dedicaban miradas recelosas al pobre Aru.

- Ignóralas.- susurró Edo al notar que su acompañante se cohibía, con su propia inquietud quemándole las entrañas- Pero si te sientes incómodo y quieres irte, avísame y nos largamos.

- No, está bien. Te dije que me matarían tus enamoradas.

Anduvieron por el recinto, deteniéndose junto a una larga mesa con algunas bebidas, cerca de un grupo de chicas. Una de ellas se acercó a curiosear.

- Hola, Edward. Me alegro de que hayas venido al final.- saludó una jovencita de cabellos castaños recogidos en un bonito peinado y un vestido rosa pálido.

- Hola, Nelly.- respondió de modo aparentemente amable, pero su amigo lo reconoció como aburrido.

- ¿No vas a presentarme a esta chica?- hizo un gesto con la mano, señalando a Aru.

- Eh... Claro... Ar... Quiero decir, esta es Nina. Nina, esta es Nelly, una compañera.

Aru saludó con timidez a la chica, tratando de aguantar la risa por su nuevo nombre.

- ¿Y sois novios?

Ambos se miraron un momento, tratando de decidir la respuesta. "Nina" desvió la mirada hacia el suelo, sonrojada y habiendo pensado que lo mejor era que Edo se entendiese con su compañera.

- Sí, bueno... Sí, lo somos. Desde hace tiempo.

- ¡Y nadie sabía nada! Muy mal, Edward.

La chica continuó regañándolo unos minutos más y finalmente se marchó. Ambos notaban un calor intenso en las mejillas tras todo aquello, y Edo volvió a tomar la mano de Aru con fuerza.

- ¿Estás seguro de que quieres quedarte?- temía que el muchacho disfrazado estuviese agobiado por la farsa, cansado de ir de aquella manera y fingir.

- Es divertido.- sonrió el menor- Muy divertido. Nadie se da cuenta.

- ¿Aru?- inquirió una voz a sus espaldas- ¿Qué haces vestido de ese modo?

Ambos se giraron sorprendidos, encontrándose de bruces con la mirada divertida de Roze, la prima de Edo y buena amiga de los dos. Solía jugar con ellos en sus visitas a la mansión Elric e iba a la misma escuela que el rubio. Llevaba un vestido algo pomposo, blanco con adornos florales en rosa. Llevaba su castaño cabello dejado caer por la espalda, recogido ligeramente con un gancho en forma de flor, con dos mechones rosados dejados caer a ambos lados del rostro. Aru comenzó a sentir algo de vergüenza al ser reconocido, pero la chica no le reprochaba nada, conociendo de sobra la fuerte amistad que los ataba.

- No sois capaces de separaros en una ocasión como esta...- rió ligeramente, luego esbozó una dulce y cómplice sonrisa- En el fondo me alegro de que mi primo esté vigilado por ti en lugar de ir acompañado de alguna de aquellas arpías.- dirigió una mirada al grupo de chicas que había abandonado a sus acompañantes sólo para chismorrear acerca de la pareja de Edo y la envidia que le tenían. Aru sonrió con ella.

- Por favor, no le cuentes a nadie quién soy realmente.- rogó el muchacho de ojos pardos, aún sabiendo que Roze no lo haría de ningún modo.

- ¡Pues claro que no lo haré! Vigila bien al cabeza hueca de mi primo, que no haga ninguna travesura.- tranquilizó la joven, lanzando miradas acusadoras a Edo, quien se defendió alzando las manos en señal de rendición.

- Prometo que me portaré bien.- aseguró.

- ¡Más te vale!

Pronto llegó el acompañante de Roze, un muchacho de cabellos cenicientos y mirada enrojecida, y se alejó con él hacia la zona del buffet para tomar alguna cosa. En aquel momento, la orquesta anunció que había llegado la hora de los bailes y comenzó a sonar un vals. Aru miró dudoso al rubio quien, con una sonrisa pícara, alzó la mano del chico de ojos pardos y se inclinó levemente ante él.

- Nina, ¿me harías el honor de concederme este baile?

- Ya te he dicho que no sé bailar...

- No puede ser tan difícil... ¿Quieres?

Alphonse se lo pensó un segundo antes de dejarse llevar hacia la pista por el joven Elric. Una vez allí, y con varias parejas más bailando a su alrededor, Edo colocó una de las manos de Aru en su hombro y tomó la otra con la suya, depositando la restante en la cintura del menor.

- Y ahora, ¿qué?- murmuró Aru.

- Tú sólo déjate llevar.

Al principio la danza era torpe, Alphonse no podía evitar pisar de vez en vez a Edward e incluso en una ocasión por poco se cae, pero el rubio sujetó su cintura con fuerza y lo estrechó más contra él. Finalmente, el ritmo de ambos se acompasó.

- Aprendes rápido, "Nina".

- Esto es mejor de lo que imaginaba. ¡Y deja de llamarme Nina o te doy una paliza!

- ¡Qué agresiva!

Bailaron hasta que el cuerpo les pidió un descanso, momento aprovechado por ambos para huir a los jardines de la escuela. Descansaron junto a una gran fuente de piedra, mirando las estrellas. El firmamento parecía como un bote de purpurina plateada derramada sobre una tela oscura, resplandeciente. La luna brillaba con fuerza sobre el despejado cielo nocturno, iluminando el jardín de un modo bello, que lo resguardaba de las miradas del interior del recinto, pero que permitía ver con claridad a los que estaban fuera. Una ligera brisa fresca les acarició el rostro a ambos, las hojas secas que descansaban sobre el húmedo césped sonaron al contacto con el aire.

- Tengo algo para ti.- anunció suavemente Edo de pronto, rebuscándose por todos los bolsillos del traje algún objeto. Aru lo observaba con curiosidad, y sin haberse esperado para nada algún tipo de regalo. Finalmente, Edo sacó una pequeña caja azul marino y se la ofreció al joven de cabello castaño, quien la tomó y la abrió con curiosidad. Contenía dos anillos plateados- Si tú te pones uno y yo otro, significará que estaremos siempre juntos. También tiene algo escrito dentro.

Aru tomó uno de los anillos y leyó la inscripción grabada: "Aru y Edo, por siempre juntos". No lo dudó dos veces y se lo colocó en el dedo antes de abrazar con fuerza a su amigo y agradecérselo. Edo también se puso el suyo mientras sonreía. El suave viento llevó hasta sus oídos una nueva canción, un nuevo baile que pedirle a su acompañante y que nuevamente le fue concedido, de modo distinto.

Alphonse rodeó el cuello de Edo y apoyó la cabeza en su hombro mientras que él estrechaba su cintura y apoyaba su cabeza en la de él, meciéndose al compás de la lenta melodía como si el mundo se redujese a aquel lugar, a ellos dos. Poco a poco la tentación de perderse en el momento se hizo poderosa, y acabaron evadiéndose de las cosas con sentido lógico, de la concepción de la realidad, ahogando la mente y la razón entre notas musicales y el calor humano del otro.

- No me dejes solo, Aru...- susurró en su oído, como si alguien fuese a escucharlo. El aludido alzó levemente la cabeza, quedando a escasos centímetros de su rostro.

- No podría hacerlo aunque quisiera, ¿sabes?

De manera automática, como si la distancia entre ellos fuese realmente molesta, fueron acortándola lentamente hasta que sus labios se rozaron con delicadeza. La respiración cálida del uno chocando en la piel del otro era una sensación dulce pero quemaba a la vez. Como siguiendo un guión, cerraron los ojos y se permitieron hacer un contacto real, simplemente besando los labios del otro hasta que dejó de ser suficiente, y entre besos los labios se abrieron. Las lenguas temerosas de ambos se encontraron casi sin querer, apenas tocándose al principio, torpemente y sin saber qué hacer, y explorando tímidamente después. La insistente falta de aire fue lo que los obligó a separarse, para descubrir un rubor y temblor mutuos, sin ser realmente conscientes de lo que acababa de ocurrir.

Entonces se soltaron rápidamente, como si de ese modo se pudiese volver atrás y borrar lo que acababa de ocurrir. Se miraron unos instantes sin decir nada, sorprendidos de sí mismos, sin poder darse una explicación razonable a aquello. No se podía pedir disculpas, no quedaban palabras de explicación, no había nada que arreglase aquel error.

- Será mejor que olvidemos esto.- la voz de Aru sonó mientras desviaba la mirada hacia el suelo, pero pareció marcharse de nuevo con el viento. No podía asegurar que Edo le hubiese escuchado, pero no podía repetir de nuevo algo de lo que trataba de convencerse sin poder apartar la sensación de intrusión de aquella boca ajena en la suya.

- Aru...- oyó su nombre, le pareció muy distante. Vio de reojo que Edo se sentaba en el borde de la fuente, como si el peso de sus acciones lo agotasen por segundos- No puedo.- acabó por admitir finalmente, de modo que parecía haberse quitado un peso de encima al decirlo.

- Esto no es normal, Edo.- razonó el otro, sin embargo- Tú... Sobre todo tú no puedes ir haciendo estas cosas conmigo. Deberías hacerlo con chicas... ¿Qué diría la gente si te viese? Tienes una respetable posición social que puedes tirar por tierra por una estupidez como esta...

- ¿Realmente ha sido una estupidez para ti?- miró fijamente a Aru, tratando de obtener la respuesta en sus ojos, pero no pudo. Y, al no obtenerla de ningún modo, prosiguió- Aunque te suene raro, me importa bien poco lo que la sociedad pueda decir de mí por algo así. Lo único que me importa es lo que tú tengas que decir al respecto, ¿entiendes? Quizá escucharme decir esto te parezca demente, pero el error ya está cometido y estará bien si después no quieres seguir sabiendo de mí. Aru, desde hace un tiempo me siento solo sin ti. Cuando te vas, no importa que me rodee mucha gente... Yo no dejo de sentirme...

- Solo y perdido.- finalizó el otro muchacho la frase, cortándolo por un momento.

- Exacto. Pero cuando estoy contigo el mundo es de otro color, siempre es alegre y me siento bien. Es como si...

- Como si, estando contigo, no hubiese ningún problema. No importa el modo en el que la vida gire a mí alrededor, porque siempre está bien a tu lado.

- ¡Exacto! Es como si fueses un ángel, ¿sabes? Cuando veo que te alejas o que algo no está bien contigo, me duele mucho aquí.- depositó su mano en la parte izquierda del pecho- Como si se rompiese, como si el mundo dejase de lado su felicidad. Sin embargo, cuando paso las horas contigo, riendo, en paz y tranquilidad...

- También duele, pero de modo distinto. Es un dolor agradable, el corazón palpita deprisa y siento un vacío en el estómago cubierto por el aleteo de mil mariposas juguetonas. E, inconscientemente, quiero que se repita, que esa sensación nunca me abandone.- Aru no dejaba de completar sus frases, como si estuviesen estudiadas palabra por palabra, coma a coma, en algún libro. Edo lo miró unos instantes con curiosidad y luego se levantó.

- No sé exactamente qué es, ni si está bien o mal... Pero no quiero que se vaya, y odio pensar que puedo perderte aquí y ahora. Y te prometo que estoy esforzándome por no sujetarte con fuerza para que no puedas escapar.

El joven de ojos pardos esbozó una pequeña sonrisa y avanzó dos pasos hacia él, dejando apenas medio metro de espacio entre ellos.

- Eso, Edo, quieras creerlo o no, se llama amor. Y, antes de que hagas lo de siempre y me preguntes cómo lo sé, te diré que se lo pregunté a Glacier cuando comencé a sentir lo mismo. Está mal porque realmente no soy una chica ni tengo un apetecible estatus en la sociedad para aplacar un poco las críticas, es un pecado...- lo abrazó con ternura, rodeando su cuello de nuevo, acomodándose en su hombro- Pero, si tú quieres, quisiera pecar contigo.

- ¿Estarías dispuesto a tanto?

- No soy yo el que más arriesga en esto, Edo. Tienes que pensártelo bien, no quiero ser el culpable de que arruines tu vida, si tu padre se llegase a enterar... o la gente.- Aru se separó un poco del rubio, como si temiera hacerle daño tocándolo- ¿Qué dirían de ti en los círculos sociales? Es posible que te dejen de lado, que pierdas todo lo que tienes... Sabes, creo que no es una buena idea...

Edward vio que le temblaban las manos y que se le empañaban los pardos luceros de su rostro. Lo acalló poniéndole el dedo índice sobre los labios, mirándolo con los ojos llenos de seguridad y una sonrisa que por más que quería no podía borrar: era lo que sentía estando cerca de él. El menor, sin embargo, lo miraba con inquietud y duda, ahora en silencio, notando como el calor de la piel de Edo rozando gentilmente sus labios expandirse por toda su columna vertebral, fortalecer el nudo en la boca del estómago. Tragó saliva cuando observó que el de los ojos color oro abría la boca para hablar, dejando unos segundos para terminar de pensar lo que iba a decir antes de pronunciar la frase.

- Te quiero, Aru.

El silencio volvió a apoderarse del espacio, ni la música llegaba ya a sus oídos, perdida en el remoto lugar que ya habían olvidado que existía. Alphonse notó la mano del joven Elric desplazarse por su mejilla, acariciándola con suavidad, y así pudo sentir el temblor que también se apoderaba de él. Estaban nerviosos e, incluso, les temblaba un poco la voz al hablar. Pero no era lo importante. Nada importaba salvo ellos dos, el uno para el otro. El muchacho de cabellos castaños tardó unos segundos en pronunciar verbalmente lo que su expresión proclamaba a gritos desde hacía rato.

- Yo también te quiero, Edo.

- Entonces no hay nada más que me interese en el mundo. No me importa que no sea lo común, que no sea lo que mi padre quiera, que la gente no vaya a entenderlo o quedarme sin nada si puedo estar contigo.

Las manos de Aru se alzaron para posarse en la nuca de Edo, filtrando sus dedos entre sus suaves hebras cobrizas, para atraerlo y facilitar un nuevo beso, más dulce que el anterior. El rubio estrechó su cintura con seguridad: no pensaba dejarlo marchar jamás.

Después de quedarse juntos mirando el firmamento un rato más, volvieron al recinto para despedirse de Roze y marcharse. No se molestaron en llamar a Hughes siquiera para que fuese a recogerlos, prefirieron ir andando y detenerse a jugar en un parque cercano.

- Diablos, qué frío hace...- se quejó Aru. Su vestido era de media manga y no abrigaba nada.

Enseguida Edo se quitó la chaqueta del traje y se la dio para que se la pusiera y, aunque en un principio trató de rechazarla, el rubio puso su mirada especial que nadie podía resistir, así que se la puso, sintiendo después su cálido abrazo por la espalda, rodeando su torso y entrelazando sus dedos, susurrándole un "te quiero" en el oído que le causó escalofríos, le provocó una sonrisa. Echó su cabeza hacia atrás, buscando la boca de Edward con la suya, atrapándola una vez que la encontró, saboreándola y disfrutándola sin temor. Estaban solos, nadie podía verlos, eran libres de corresponderse. Y, así, llegaron a altas horas de la noche.

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Nos leemos en el siguiente capi!

Annie-chan Diethel