.. Título: Ojos Pardos ..
.. Capítulo VII ..
.. Autora: Annie-chan Diethel ..

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- Porfa...

- ¡He dicho que no!

- Venga...

- ¡Que no!

- Anda...

- ¡Pesado!

- Si sabes que me lo vas a dar...

- No, no te daré nada.

- Sólo uno...

- Ninguno.

Edward y Alphonse estaban en la habitación del primero, quien perseguía al segundo, reclamándole algo. Aru corría, negándose, pero finalmente Edo le dio alcance y lo atrapó, sosteniendo su cuerpo y sus muñecas pegadas a la pared, inmovilizándolo. Comenzaba a mirarlo lastimeramente, rogando mientras se acercaba lentamente a él.

- Quita, Edo, ¡va a vernos alguien!

- ¿Quién? Nadie vendrá. Vamos, dámelo...

- No pienso hacerlo.- Aru mostró finalmente un brillo de diversión en los ojos, descubriendo finalmente que estaba jugando.

- ¡Maldito! Sólo me haces rabiar...- dio un corto beso sobre la comisura de los labios de Aru y luego los lamió con lentitud- Quiero un beso.

- No te lo voy a dar.

- En ese caso lo robaré.

Posó sus labios sobre los de él, casi bruscamente, pillando por sorpresa al joven castaño, quien no tuvo tiempo de reaccionar. Edo movió sus labios, abriéndolos para poder explorar el interior de la boca que hasta ese momento le había negado. Aru no tardó en responder al beso. Cuando se separaron, Edo lo liberó, tomando su mano.

- Te dije que al final me lo darías.- Aru lo empujó juguetonamente.

- Idiota...

Maes tocó entonces a la puerta y se separaron cautelosamente, fingiendo que nada especial había entre ellos. El hombre pasó y, con expresión seria, informó al chico rubio de que su padre lo esperaba en el estudio para hablar seriamente con él. Edward le quitó importancia y, pidiéndole a Aru que lo esperase, se encaminó por el pasillo hacia las escaleras que conducían al piso de abajo, en dirección al estudio. Aru quedó asomado por la puerta, junto a Maes, que tosió para llamar su atención.

- Sé que tú también quieres enterarte de eso tan importante. Así que no te diré que cuando bajas las escaleras, si giras a la derecha en dirección al comedor y pasado este, encontrarás el estudio y una hermosa y gran planta de interior en la cual cualquiera de tu tamaño podría ocultarse, porque sé que eres capaz de ir a espiar. Así que me reservo el dato y me voy.- se giró y, tras dar dos pasos, se detuvo- Y tampoco te voy a decir que vayas sin hacer ruido o el señor Elric te descubrirá.

Aru esbozó una amplia sonrisa y corrió sin hacer ruido escaleras abajo tras darle las gracias en un murmullo a Maes. Siguiendo sus indicaciones, finalmente encontró la maceta de interior tras la que se ocultó y desde la que se escuchaba perfectamente la conversación ya iniciada entre los dos varones Elric.

- Deja de dar rodeos ya. Sé perfectamente que pronto voy a cumplir los 18, no hace falta que me lo recuerdes.- era la voz desafiante de Edo, de quien no recordaba haber oído jamás una palabra amable o respetuosa hacia su progenitor.

- Sólo intento decirte las cosas como se las diría a un adulto, explicando las circunstancias que me obligan a tomar decisiones, Edward, pero por lo visto tú jamás maduras.- la voz más grave era la del padre de Edo, Hohenheim Elric, quien le hablaba pacientemente, pero se notaban dejes de exasperación hacia la actitud de su hijo.

- Pues ya conozco las malditas circunstancias. Ahora dime, ¿qué es eso tan importante que tienes que decirme? ¿Planeas dejarme vivir solo porque pronto seré mayor de edad?

- No, algo mucho más importante y que, aparte de beneficiarnos a todos, creo que te parecerá una estupenda idea. ¿Conoces el apellido Rockbell?

- ¿Rockbell? ¿No es el hombre que posee una gran industria de artículos mecánicos? Claro que lo conozco, ¿por qué?

- Ese hombre tiene una hermosa hija de tu edad. Da la casualidad de que es un buen amigo mío y hemos hablado del tema, y hemos pensado en que lo mejor que podríamos hacer es prometerte con su única hija para establecer una alianza financiera de la que todos saldríamos bien parados, Edward.

- Estás bromeando, ¿verdad?

- En absoluto, ambos opinamos que es una oportunidad de fortalecer relaciones empresariales y afectivas. No tienes nada que perder.

La estancia se sumió en un tenso silencio, mientras fuera un Alphonse impactado se sentaba en el suelo, apretando las rodillas contra su pecho, esperando escuchar una respuesta de Edo que le rompería el alma. Sentía unas ganas horribles de correr y llorar, sin embargo la duda no le dejaba moverse de allí. Era evidente que Edward aceptaría la propuesta, en beneficio de su familia y el suyo propio y no lo culparía, pues él no debía ser más que las personas que le dieron la vida y todo lo que poseía, la vida que tenía y que él le estaba destruyendo. Tras unos minutos de silencio, le sobresaltó un fuerte golpe y un grito.

- ¡No lo acepto! ¡No quiero que manejes mi vida a tu antojo como si fuese un negocio tuyo! ¡No voy a casarme con alguien a quien no conozco ni quiero!

Culpabilidad y alegría le rebosaron el cuerpo a partes iguales, pero no tuvo opción de escuchar la réplica de Hohenheim ya que la presencia de Trisha lo asustó.

- No deberías estar espiando a los demás, Aru.- murmuró gentilmente para no ser oída por los dos que discutían en el interior del estudio. Le tendió la mano- Ven, vayamos a esperar a Edo a su habitación.

El joven, sintiéndose un niño pequeño ante la maternal esencia de la mujer, aceptó su gesto y la siguió hasta el lugar indicado. Una vez allí se sentaron en el borde de la cama y ella le ofreció un pañuelo para que se enjugara las lágrimas que estaban por salir de sus ojos pardos.

- ¿Hasta qué extremo aprecias a Edward?- preguntó ella en un susurro lleno de dulzura.

Aru la miró con gesto sorprendido, como si le estuviesen dando a entender que lo que sentía por el chico rubio ya no era un secreto de dos, sino de tres. Y estuvo a punto de sincerarse con ella, de no ser que el aludido entró furioso en el cuarto, cerrando la puerta de un portazo y tumbándose de golpe sobre la cama tras ellos, hundiendo la cara en la almohada, gritando "mi padre es un imbécil" una y otra vez, ante la divertida mirada de los otros dos. Su madre se levantó.

- Supongo que tendré que hablar con él, aunque no vaya a servir de nada.- dijo mientras se marchaba.

Una vez que se quedaron solos, Aru se recostó junto a Edo en la cama y deslizó un brazo sobre la cintura del rubio, quien seguía con la cabeza inmersa en la tela de la almohada.

- Si sigues así te acabarás ahogando.- observó el menor con una sonrisa.

- Tengo que hablar contigo, Aru.- informó seriamente ladeando la cabeza hasta quedar mirándole, aún tumbado- Y es importante...

Quiso decirle que ya lo sabía, pero prefirió esperar a ver lo que el rubio le contaba y le tenía que decir. Edward puso una expresión de rabia y dolor antes de iniciar el discurso, entrelazando sus dedos casi disimuladamente como para darse ánimo.

- Mi padre quiere prometerme con una chica para que, cuando nos casemos, se fortalezca una alianza comercial entre las dos empresas que las haga más ricas y poderosas. Ni siquiera la conozco y tampoco tengo interés... Pero... Digamos que mi padre nunca me da opciones, siempre elige por mí.

- Eso significa que...- Aru apretó la mano de Edo como si fuese a evaporarse, cerrando los ojos tratando de mantener la calma- Se acabó el juego.

Edward se incorporó sobre la cama de golpe, quedando sentado, mirando fijamente al joven de cabellos castaños, desprendiéndose bruscamente de sus dedos. Lo observó unos instantes, y luego desvió sus ojos hacia el vacío de la nada, dolido.

- ¿Realmente es eso lo que quieres?

- Es lo mejor para ti y para tu familia, Edo. Lo mejor es que te cases con esa chica... Sabes que tú y yo nunca podríamos...

- ¿Cómo puedes hablar tan tranquilamente? Parece como si nada de lo que hemos vivido significase para ti, como si no supieses que me importa todo un cuerno si te tengo a mi lado...

- Sé cómo eres, y claro que significas demasiado para mí... Como también sé que por más que queramos no pertenecemos a los mismos mundos, y el tuyo está reclamándote. Entiende por tu propio bien que conmigo sólo tienes las de perder.

- ¡Pues yo pienso que sólo pierdo parte de mi alma cada vez que te alejas de mi, Alphonse! Y me da rabia que no lo entiendas...

- ¡No me pidas que arruine tu vida aún más porque no pienso hacerlo! No voy a quedarme a tu lado sabiendo que de ese modo llevarás a la fortuna de tu familia a pique.

- Entonces vete con tu sentimiento de culpabilidad y no vuelvas...

- Será lo mejor para los dos...

Un tenso silencio se abrió paso entre los dos mientras el joven de baja clase se despedía de él en un susurro imperceptible, roto por el sonido de la puerta cerrarse, acompañado de los sollozos de los dos a ambos lados de ella.

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Nos leemos en el siguiente capi!

Annie-chan Diethel