.. Título: Ojos Pardos ..
.. Capítulo VIII ..
.. Autora: Annie-chan Diethel ..

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Parecía como si la ausencia de Aru en su vida lo hubiese desequilibrado todo. Se había quedado solo de nuevo, su padre lo había obligado a conocer a esa muchacha extravagante llamada Winry y a su voz aguda que le producía jaqueca, el compromiso estaba finalmente acordado e incluso habían marcado una fecha de boda. Pero lo peor de todo era que su madre estaba muriendo.

Se encontraba sentado a su lado, con su helada y delicada mano yaciendo casi inerte entre las suyas. Si piel estaba fría como un témpano, sin embargo tenía mucha fiebre y su hermoso rostro estaba perlado de sudor. La oía respirar con dificultad, aunque estaba dormida. Trató de retener las lágrimas, pero no pudo.

- Mamá, no te mueras... No me dejes solo...

Pero sus palabras resonaron en la estancia como un eco burlón, sin respuesta alguna. Su padre se había refugiado en el estudio, ocupado en su patético mundo de las finanzas para evadir la realidad de que su esposa se consumía en cada segundo que pasaba. Los médicos ya no le daban ninguna esperanza y Edward no quería hacerse falsas ilusiones acerca de verla levantarse y sonreír de nuevo.

- Te lo suplico, no te vayas... ¿Qué haré sin ti? ¡Estoy solo, mamá!

Ante el ruego desesperado, Trisha abrió los ojos, sus esferas verdes que brillaban lacrimosos por su enfermedad incurable. Tenía un aspecto frágil, como si el aire pudiese romperla, como si no quedase ni un ápice de fortaleza en ella. Miró a su hijo y esbozó una sonrisa, apretando débilmente su mano.

- Edo... No estás solo... Nunca vas a estar solo...- las palabras de la mujer que le dio la vida se perdían en el aire, como si no tuviese apenas voz para pronunciarlas.

- Si me dejas, sí.

- No digas tonterías... ¿Quién te ha dicho que te voy a dejar?- cerró los ojos, cansada- Ni Aru tampoco... Ambos te adoramos, Edo... Mucho...

- Mamá...

- No llores... Aquí no puedo ayudarte... Iré a un lugar donde... pueda hacerlo... Pórtate bien... Edo...

Su poca esencia terminó de desvanecerse, como una flor al caer su último pétalo. Edward se aferró a lo único que quedaba de ella y lloró con desesperación, aclamándola entre sollozos y gritos de frustración. Pero consciente, aún así, de que ella no volvería a despertar jamás.

El funeral se llevó a cabo por la tarde, que propiciaba el evento como si estuviese hecho a conciencia: llovía con pesadez en el marco de un día gris oscuro, los relámpagos iluminaban el escenario de vez en vez. Edward se encontraba en su cuarto, vistiéndose con un atuendo de luto para asistir, pero no podía. ¿Cómo soportar ver su angelical rostro, durmiendo plácidamente, sabiendo que jamás despertaría y, aún así, observarla a escasos metros sin poder ver su sonrisa una vez más?

Salió de casa, olvidando cualquier tipo de protección para la lluvia. No le resultaba molesta, sino que disfrazaba sus propias lágrimas. Su cuerpo se arrastró con parsimonia por las calles, sin ser consciente de adónde se dirigía. Sólo lo supo cuando se descubrió a sí mismo frente a la puerta del orfanato. Golpeó la puerta como su fuese algo casual y cuando la mujer de ojos verdes le abrió, preguntó por Alphonse. Ella lo invitó a pasar, conduciéndolo hacia el cuarto en el que se escuchaba bastante jaleo infantil. Abrió la puerta y, tras pedirle que esperase, se introdujo en la vieja estancia, donde había varios niños jugando con los cojines y gritando. Junto a una ventana, pudo distinguir el cabello castaño y liso de Alphonse recogido en una coleta y la vista fija sobre un libro. Glacier lo avisó de su llegada y, con expresión confusa, fue a su encuentro.

Realmente tenía un aspecto patético, empapado de los pies a la cabeza, con los ojos enrojecidos de llorar y bolsas bajo ellos. Preocupado, su primer impulso fue abrazarlo con fuerza mientras le preguntaba lo ocurrido.

- Mi madre... Ella... Se ha... Ido.- balbuceó incoherentemente el rubio, recibiendo otro abrazo por parte de Aru.

Glacier les ofreció amablemente su habitación para alejarlos del infernal escándalo de los demás chiquillos, comprendiendo que era una situación delicada, y los dejó solos. El menor, rodeando entre sus brazos a Edward, lo condujo hasta la cama, acompañándolo a sentarse para que se relajase y pudiera contarle lo ocurrido. Le afectó bastante conocer el fallecimiento de Trisha y no pudo evitar derramar algunas lágrimas.

- Aru, no me dejes tú también... Perdóname si te dije cosas que no debía, pero no te alejes de mí, por favor... Eres lo único que tengo en este mundo...

Oculto en su regazo, el joven Elric le rogaba entre lágrimas que no lo abandonara una y otra vez, hasta que el muchacho de ojos pardos le juró que no lo haría. Comenzó a acariciar casi inconscientemente el cabello rubio de Edo, tratando de calmarlo, y lo vio sonreír mientras lo abrazaba con más fuerza.

- Mamá solía hacerme eso cuando tenía miedo o estaba triste...

Una lágrima rodó traicionera por la mejilla de Aru al oír aquello, pero no se detuvo. Al cabo de un rato, pudo darse cuenta de que se había dormido, imaginando que había pasado más de una noche sin dormir, en vigilia del sueño de su adorada madre. Y quedó en vela toda la noche ahuyentando sus pesadillas con suaves caricias en el pelo, sin separarse de su lado.

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Nos leemos en el siguiente capi!

Annie-chan Diethel