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Título: Ojos Pardos ..
.. Capítulo IX
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.. Autora: Annie-chan Diethel ..
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Por la mañana temprano, Edward abrió los ojos, encontrándose de bruces con el rostro dormido de Alphonse muy cerca del suyo. Se incorporó ligeramente, sin recordar muy bien qué hacía allí, para ser invadido de inmediato por unos dolorosos recuerdos de lo que había ocurrido. Glacier no tardó en aparecer y otorgarle una mirada compasiva.
- ¿Estás mejor?- susurró, recibiendo como respuesta un confuso asentimiento- Por favor, no despiertes a Aru. Ha estado despierto toda la noche cuidando de ti y está cansado, ven, desayuna con nosotros.
El joven siguió a la mujer hacia un comedor donde los niños del día anterior y algunos más ya organizaban un ruido horrible que Edo apenas escuchaba.
"- ¿Por qué lo ha hecho? Debería odiarme..."
Después de juguetear con el desayuno, que más tarde le quitaron los niños sin que se diese cuenta de lo sumido en sus cavilaciones que estaba, fue de nuevo al encuentro de Aru, quien continuaba durmiendo tranquilamente. Se sentó cuidadosamente a su lado, tratando de no despertarlo, sin embargo él abrió los ojos y lo miró somnoliento.
- ¿Cómo te encuentras?- preguntó mientras se frotaba los ojos, cansado.
Abrió los ojos con sorpresa cuando Edo lo abrazó con fuerza sin previo aviso, susurrándole miles de agradecimientos al oído. Correspondió al gesto, sonriendo sin querer, habiendo echado de menos aquellas situaciones durante aquellas semanas en las que no habían establecido ningún tipo de contacto. Sintió las cálidas lágrimas caer sobre su hombro, atravesando su fina y arrugada camisa blanca. Deslizó con cuidado sus manos por la espalda de Edo, tratando de aliviar un poco su dolor, esperando de alguna manera ser un fuerte apoyo para él.
- Quisiera...- oyó la débil voz murmurar apagada en su oído, lejana, dolida- Quisiera pedirte algo, Aru...- el muchacho de ojos pardos sonrió, separándolo de él unos centímetros y mirándolo con ternura- Acompáñame al entierro, por favor...
Alphonse quiso negarse en un primer momento. Los lugares lúgubres y mortecinamente fríos no le gustaban nada, y mucho menos le agradaba la idea de ver enterrar a la persona que más apoyo le había prestado desde que conoció a Edward, la persona que descubrió su secreto y que no los rechazó. Sin embargo, no tuvo corazón para hacerlo. Era la madre de la persona que él amaba, quien lloraba frente a él rogando su compañía en un momento especialmente doloroso de su vida, le suplicaba un apoyo estable donde sostenerse cuando las fuerzas lo abandonaran. Así que esbozó su mejor sonrisa y lo abrazó asintiendo.
- No voy a dejarte solo, Edo... Nunca lo haré. Y menos ahora.
Lo besó en la frente, luego en la punta de la nariz, arrancando una sonrisa en los labios del rubio. Una sonrisa que quiso atrapar con su boca, y que aprisionó con dulzura. No lo abandonaría, no podía, lo necesitaba para respirar.
Ataviados de luto, caminaban parsimoniosamente por las grises aceras, bajo la molesta llovizna que chisporroteaba en sus rostros aquella sobria tarde. En silencio roto por sus pasos salpicar sobre los charcos, camino al recinto de campos verdes pintados de motas plateadas, de piedras que marcaban muerte, de vacío en el aire y dolor en el alma. Se acercaron a un pequeño tumulto que se reunía en torno a un ataúd de madera oscura que contenía el cuerpo inerte y frío de Trisha Elric. Edward, quien se había mantenido lo más firme que había podido, se desmoronó ante la imagen, arrojándose en llanto sobre la superficie marrón, sujetando con fuerza el crucifijo que lo coronaba, suplicando, rogando, aclamando a grito en el cielo a su madre que no se marchara.
Se vio obligado a apartarlo de allí, pues aquel gesto sólo lo hería más al ver que sus ruegos no eran escuchados. Un sacerdote inició una misa que no escuchó. Se centró en el rostro pálido de Ed, sentado ahora a su lado en la primera hilera de sillas, derramando más lágrimas de impotencia ahora callado, sin ruido, sin molestar el sueño eterno de su adorada madre. Las palabras del religioso se las llevó el viento al derramar las palabras de despedida hacia la mujer, mientras dos enterradores comenzaban a cubrir la superficie de madera. Una palada tras otra, enterrando la cordura de Edo con ella. Aru notó que los dedos del rubio se cerraban con fuerza en torno a su mano, acercándose a su oído con expresión de delirio.
- No les dejes que hagan eso, Aru...- murmuró- Ella no está muerta... Diles que paren, ¡diles que paren! Ella está viva, está dormida... ¡Ayúdame a sacarla de ahí! ¡Ella no puede estar haciéndome esto! ¡Me prometió que me protegería!
La proximidad de la cabeza rubia delató una terrible fiebre. Aru sostuvo la mano de Edo, sabiendo que el frío de la noche anterior, su debilidad por falta de alimentarse debidamente, de defensas y de sueño lo habían hecho enfermar. Olvidando lo que podía o no hacer en público, rodeó su cintura, sosteniéndolo con fuerza y llevándoselo casi a rastras de allí hacia su casa, donde planeaba acostarlo y darle alguna medicina que lo hiciese mejorar. Ignorando que eran observados por la mirada atenta de Hohenheim.
Lo llevó hacia su cuarto y lo ayudó a cambiarse, viendo que Edo se había convertido en un muñeco sin apenas voluntad para moverse o hacer cualquier otra cosa que murmurar incoherencias entre lágrimas carentes de un significado real. Con el pijama puesto, se desplomó medio inerte sobre la colcha y ahí quedó, inmóvil, en silencio. Alphonse se sentó a su lado, sosteniendo su mano con firmeza, alentándolo a ser fuerte aún cuando no podía serlo, tragándose su propia tristeza.
- Aru... ¿Qué voy a hacer ahora?- preguntó con la mirada perdida en ningún lugar.
- Ahora tienes que continuar, seguir adelante y superarlo. Tu madre te adoraba, Edo... Pero nosotros no elegimos cuándo morimos o cuándo seguimos viviendo...
- Tú no me dejarás nunca, ¿verdad? No quiero que me dejes...
Aru sonrió tristemente y depositó un beso en su ya húmeda frente, sintiendo la fiebre quemarle en los labios.
- No lo haré si te metes en la cama y te duermes, estás enfermando, Edo.
El rubio obedeció sin protestar, cubriéndose bien, febrilmente somnoliento. La oscuridad iba tomando terreno en la habitación a medida que la blanca luna iba apoderándose del cielo nocturno, filtrando débiles rayos plateados a través del cristal. El joven de ojos parduzcos lo arropó y se giró para dejarlo dormir. Sin embargo, Edo lo sujetó de la manga de la chaqueta, mirándolo con ojos cristalinos.
- Quédate conmigo...
De nuevo, la negación cruzó su mente a modo de opción. Y, otra vez, no fue capaz de decirle que no a su enfermizo amigo. Se deshizo de la chaqueta, de los incómodos zapatos, la asfixiante corbata y la correa, introduciéndose después bajo las mantas junto al excesivamente cálido cuerpo de Edo. Sintió su abrazo, desesperado e inseguro, y su beso de propiedades idénticas, correspondiendo a ambos y viéndolo dormirse poco a poco.
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Nos leemos en el siguiente capi!
Annie-chan Diethel
