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Título: Ojos Pardos ..
.. Capítulo X ..
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Autora: Annie-chan Diethel ..
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Se despertó al notar ajetreo en el cuarto. Lo primero que observó fue la ausencia de Ed a su lado, aún en mitad de la noche. Al buscarlo con la mirada lo encontró a los pies de la cama, encarando ahora en silencio a su padre. Se sintió nervioso y no supo ni qué hacer ni qué decir. Sabía que estaban discutiendo, y que él era el motivo, se sintió culpable y perdido. Hohenheim lo miró con frialdad a través de los cristales de sus pequeñas gafas, interrogándolo con los ojos. Pero antes de gesticular palabra, Edo lo cortó.
- Ya te he dicho que te vayas de aquí, ¡no tienes derecho a recriminarme nada!- su voz se quebraba debido a las molestias que le daba la garganta, pero no dejaba de ser amenazadora.
- ¿Y qué quieres que haga si entro a la habitación de mi hijo y lo veo acostado con otro hombre?- se podía sentir en el paladar el veneno de las palabras de aquel hombre.
- ¡Es mi mejor amigo! ¡Tiene derecho a estar aquí y a dormir donde le plazca!
- ¿Y también a cogerte de la mano y abrazarte y a besarte? ¡Pues tienes unas amistades muy raras, Edward!
- ¡Te he dicho que te largues!
Pero para entonces, Alphonse se había levantado y colocado sus escasas pertenencias, listo para irse para evitar más discusiones por su culpa. Intentó decir algo coherente, algo que no implicase meter en problemas a Edo, pero él mismo no le dejó.
- No tienes que irte porque este desgraciado quiera.- dijo, mirándolo con seguridad.
- No… Es mejor que me vaya… Es tarde y…
- Eso, ¡márchate de aquí! Y no vuelvas jamás, ¿me oyes?- Hohenheim intervino, hirientemente.
Su cuerpo temblaba de nerviosismo y miedo, y la inseguridad lo carcomía por dentro a medida que caminaba por las calles en mitad de la oscuridad.
"Quizá debí quedarme y ayudarlo a hacer frente a su padre…"- cavilaba- "Pero eso sólo le hubiese dado más quebraderos de cabeza…"
Oyó pasos tras él, que corrían frenéticos repiqueteando en los charcos de la acera. Se giró, esperando enfrentar a un ladrón o algún tipo similar. Sin embargo, se topó con el cálido abrazo de Edo y, seguidamente, un beso de sus enfermizos labios en el que podía fácilmente aspirar su fiebre, centígrado a centígrado. Sus oídos pudieron escuchar todo tipo de disculpas cargadas de rencor hacia el adulto, y sus manos se sintieron tironeadas por las suyas, conduciéndolo de nuevo hacia la mansión. Los dedos ajenos se entrelazaron con delicadeza con los suyos, mientras un nuevo beso acontecía, correspondido y dulce. Mas se negó a volver al lugar, al menos aquella noche. Sabía que Hohenheim estaría alerta y que trataría por todos los medios de alejarlo. Y, tratando de evitar otra pelea entre los dos hombres Elric, prefirió volver al orfanato.
Semanas después tuvo lugar su encuentro oculto, en el callejón oscuro en el que se conocieron. Edward no hacía más que deshacerse en disculpas, aferrado a la cintura de Alphonse como si en ello le fuese la vida, recibiendo en sus hebras doradas las más suaves caricias del muchacho de ojos pardos y sus susurros despreocupados, asegurándole que lo único importante era estar a su lado en aquel momento. Edo no alcanzaba a comprender por qué Aru siempre lo perdonaba de todo, por qué fingía que nada había sucedido, y siempre le sonreía dulcemente fuera cual fuera la situación.
- Ahora que me acuerdo, te dejaste la corbata en mi cuarto.- informó Edo, aún sin desasirse de la cintura del joven de cabello castaño- Podemos ir a cogerla ahora, si quieres.
- No creo que sea buena idea, si me ve tu padre tendrás problemas...- ante su recuerdo, Aru se sentía intranquilo, tan sólo al pensar que Edo podía estar mal por su culpa.
- Se fue de viaje de negocios hace unos días. No tiene que volver hasta la semana que viene.- informó Edo con una sonrisa.
- ¿Estás seguro?
- ¡Claro! Vamos.
Lo tomó de la mano y tiró de él hacia su casa, sin soltarlo ni para ir por la calle, ignorando las miradas ajenas llenas de confusión y sorpresa, de veneno social. Y, entre aquellas miradas, una desde un coche, desde el otro lado de un cristal. Unos ojos dorados como los de Edward, cargados de rabia. Hohenheim los miraba con auténtico odio, deseoso de escapar de aquel maldito embotellamiento para recordarle a su hijo las normas impuestas en su casa. Había vuelto antes porque la reunión a la que debía asistir se había cancelado, y al regresar se encontraba con aquello…
Definitivamente, Edward Elric se acordaría de aquel día.
Ambos jóvenes llegaron a la casa y subieron rápidamente al cuarto del rubio, donde buscó durante unos minutos la dichosa corbata. Aru comenzó a mirar a su alrededor como si hiciese siglos que no entrase, hasta que Edo llamó su atención tendiéndole el objeto de su búsqueda. El chico de ojos pardos le sonrió, antes de sentir que los labios del muchacho rubio se posaban sobre los suyos a modo de un apasionado beso.
Edo no podía dejar de pensar en cómo y cuánto lo adoraba, en el miedo que le daba perderlo. En que no era nada sin él. Y era feliz así.
Pero, de pronto, sus pensamientos fueron interrumpidos por el sonido de la puerta principal cerrarse con fuerza, por un escalofrío que recorrió su columna al oír los pasos acelerados de su padre subiendo las escaleras. ¿Qué hacía allí? ¿Por qué el destino le odiaba tanto?
No se le ocurrió otra cosa que taparle la boca a Aru con la mano y meterlo con rapidez en el armario, suplicándole en susurros que no hiciese ningún sonido.
- Pase lo que pase,- murmuró- no salgas de ahí ni digas nada.
Y el otro entendió ya que también escuchaba la voz de Hohenheim llamar a su hijo mientras se dirigía hacia la habitación. Edo trató de hacer algo, pero no sabía qué, así que se tumbó en la cama fingiendo no estar haciendo nada en especial. La puerta se abrió de golpe, apareciendo el señor Elric tras ella. Edo rezó a cualquier dios que lo pudiera escuchar que no se pusiera a buscar a Alphonse.
- ¿Dónde está?- rugió el adulto.
- ¿Dónde está quién?- cuestionó Edo, en una perfecta actuación de ignorancia.
- ¡El renacuajo mugroso con el que te tengo prohibido juntarte!
- ¿De qué demonios estás hablando?
- ¡Te vi con él hace un rato, cogidos de la mano! ¿Dónde está?
- ¡No ha venido aquí!
El adulto pareció creer sus palabras, pero lo escudriñó con la mirada hasta el último detalle. Y, entonces, descubrió el color rojizo que adornaba los labios de Edward por la fricción del beso de hacía escasos minutos. Sin esperarlo, recibió un puñetazo en la mejilla y cayó sobre el colchón de la cama.
- ¡Te has estado besando con un hombre!
El joven rubio no dijo nada. Se tocó la mejilla que le dolía y trató de incorporarse, pero otro golpe lo hizo caer de nuevo. Su padre lo cogió del brazo y le obligó a darse la vuelta, quedando boca abajo en la cama. Por el rabillo del ojo, vio que su padre se quitaba el cinturón. Vio también que, desde una rendija que dejaba la puerta entreabierta del armario, Alphonse lo veía todo y tenía intenciones de salir a ayudarlo. Lo frenó con una mirada segura, indicándole que no se moviera ni hiciera nada.
El primer latigazo le recorrió toda la espalda, quemaba como el fuego.
- A ver si de este modo aprendes a respetar las normas de esta casa y el buen apellido que llevas.
- No me interesa respetar el apellido de un cabrón como tú...
Recibió otro latigazo, y luego otro. Sus gritos inundaron la habitación durante varios minutos, acompañados del chasquido que producía el cuero del cinturón golpeando la piel ensangrentada de Edward. Aquel líquido rojizo manchaba la camisa blanca, ya muy rasgada. Sus lágrimas empapaban las sábanas, que también apretaba con fuerza entre sus manos. Tras unos minutos, Hohenheim se retiró, jadeando por el esfuerzo, y se encerró en su estudio de un portazo.
Alphonse salió de su escondite con rapidez, llorando al ver el aspecto de Edo. Estaba tirado sobre la cama sin poder mover ni un músculo, gimiendo a duras penas, y algunas lágrimas aún caían de sus párpados. Hughes, al ver que el señor de la casa había abandonado la habitación, entró para saber qué había pasado y, al ver a Edo de aquel modo, ayudó al joven de ojos pardos a llevarlo a un hospital. Entre los dos lo subieron al coche, y Hughes condujo a toda velocidad mientras Aru lo abrazaba sin poder dejar de llorar.
- ¿Por qué? ¿Por qué no me has dejado ayudarte? ¿Por qué te has dejado maltratar así?
Pero, cuando quiso darse cuenta, Edo se había desmayado.
Una vez en el hospital, y tratadas sus heridas, los médicos lo depositaron en una habitación. Alphonse le pidió a Hughes el número de teléfono de Hohenheim y, enfadado, lo llamó desde una de las cabinas del recinto, dejando al adulto al cuidado del joven rubio. El padre de Ed cogió el auricular pasados tres tonos.
- Al habla Hohenheim Elric, ¿quién es?
- ¡Es usted un maldito hijo de puta! ¿Tiene idea de qué estado se encuentra su hijo?
- ¿Quién eres? ¿Qué sabes tú de mi hijo?
- Se encuentra en el hospital, inconsciente a causa de los golpes que usted le propinó, estúpido cabrón.
- Eres esa rata rastrera y mugrienta, ¿verdad? Voy a encargarme personalmente de que Edward...
Colgó. No quiso saber nada más de él, y se marchó de allí sabiendo que pronto llegaría. Tenía miedo de que hiciese algo que los separase, pero no podía hacer nada. Después de todo, no se atrevería a golpearlo más en aquel lugar.
Cuando Edward despertó, lo primero que sintió fue que la luz le hacía daño en los ojos, y después que le dolía todo el cuerpo. Cuando pudo abrir bien los ojos y enfocar su visión, vio a una preocupada Winry a su lado, cogiéndole la mano.
- ¡Oh, Edward! ¡Al fin despiertas! Tranquilo, avisaré a una enfermera... ¡Qué contenta estoy!
Salió corriendo de la habitación llamando a voces a alguien. Una enfermera joven y bajita entró a examinarlo y, tras sonreírle amigablemente y decir que se encontraba mejor, salió de la estancia dejándolo solo con la chica rubia.
- Has pasado dos días aquí, sin despertarte. ¡Estábamos tan preocupados!
- ¿Dónde está Aru?
- ¿Quién?- Winry lo miraba confundida, sin saber a quién se refería. Y Edo decidió que lo mejor sería no darle explicaciones.
- Nadie... Me habré equivocado...
- Tu padre viene para acá en cuanto acabe unos asuntos.
Tras unas horas de charla unilateral de Winry, Hohenheim apareció en el cuarto.
- Tenemos algo que anunciarte, Edo.- dijo, sin saludar- Vengo de poner la fecha a vuestra boda. Os casáis dentro de un mes.
Winry se emocionó y se abrazó a su futuro suegro con alegría, sabiendo que si tocaba a Ed le haría daño. Sin embargo, el rubio se sintió amargado y triste, y en su mente no cabía otra cosa que no fuese Al. Miró a su padre con desprecio a escondidas de la chica, y este le devolvió una mirada dura y amenazadora. De aquellas que decían con claridad que, por su propia seguridad, no hiciese ningún comentario.
Dos semanas después, le dieron el alta a Ed. Sus heridas estaban medianamente curadas y, junto a Hughes y el señor Rockbell, comenzó con los preparativos de la boda de mala gana. Fueron dos semanas ajetreadas y cansadas para todos, y además frustrantes para Ed.
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Lamento la tardanza (cada vez me tardo mas -.-U). Pronto el siguiente. Nos leemos!
Annie-chan Diethel
