.. Título: Ojos Pardos ..
.. Capítulo XII ..
.. Autora: Annie-chan Diethel ..

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Cuando Edo llegó a su cuarto, se abalanzó sobre la cama y lloró hasta que no le quedaron fuerzas para continuar. Winry lo acompañó en silencio, haciendo oídos sordos a los gritos que el rubio le lanzaba, exigiéndole que saliera de la estancia y de su vida. Pero ella sabía que el destino de ambos estaba más que firmado,

Las familias de ambos se congregaron en la iglesia de la ciudad. Todo estaba decorado con adornos florales blancos, a juego con el vestido de la novia. Las palabras del clérigo emocionaban a los invitados mientras los novios recitaban sus votos frente a todos, en una celebración solemne y hermosa. Winry, al escuchar las últimas palabras del religioso comenzó a derramar lágrimas de alegría en un beso vacío de sentimiento, mientras Edward las derramaba por la tremenda angustia que lo devoraba. Los invitados salieron del edificio para esperar su salida. Mientras caminaban hacia la puerta, él trataba de detener sus lágrimas y le confesó a la joven en susurros que no quería estar allí, que deseaba irse lejos y no volver jamás. Ella hizo una mueca disimulada de dolor, pero no dijo nada y continuaron su camino hasta la puerta para recibir los vítores y los aplausos de la multitud invitada.

Ed fingió emoción y recibió los saludos de todo aquel que se acercaba a darle la mano, sin muchas ganas. Y, casi sin querer, al alzar una de las veces la vista, divisó una figura que le pareció angelical. Alphonse estaba allí, a lo lejos, observando desde la sombra del edificio más cercano, mostrando una triste sonrisa y ocultando miles de lágrimas que luchaban por salir de sus ojos. Cuando la multitud decidió ignorarlo, se escabulló hacia él: necesitaba hablar con Al, verlo una vez más para poder respirar.

- Aru... Gracias por haber venido...

- No, no debería estar aquí. Yo... yo no sé... No quería... no debía pero... Lo siento, yo...

- Te quiero.

Alphonse calló. Sabía que Edo era capaz de leer en sus ojos que lo amaba más que nunca, que no podía vivir con la idea de estar más tiempo separados, que no podía renunciar a él. Y entonces, casi inconscientemente, pronunció las palabras que daban forma a un pensamiento que jamás pensó que dejaría escapar.

- Huye conmigo. Vámonos muy lejos, donde nadie pueda encontrarnos.

Una sonrisa tonta cruzó la cara de Edward al escuchar aquello, y tomó su mano con fuerza.

- Huyamos.

Corrieron riendo con locura a toda la velocidad que las piernas se lo permitían, como si tan sólo se tratase de un juego. No se detuvieron sino mucho más tarde, cuando apenas podían respirar debido al cansancio, al llegar a la casa de Ed. Se miraron un instante antes de echarse a reír con nerviosismo. Era como un juego, como una partida ganada. Y tras unas carcajadas alegres y triunfantes, sellaron la promesa de un futuro lejos y juntos con un beso. Luego, recogieron dinero y algunas pertenencias para marcharse.

Ella los había visto huír y no podía reprimir más sus lágrimas. No sabía qué hacer. Pensaba que realmente iban a abandonar aquella aventura loca que se traían entre manos. No podía creer que otro hombre había apartado de su lado al que era su marido desde hacía unos instantes muy breves. Demasiado escasos. Comenzó a llorar y el tumulto comenzó a hacer preguntas que no quería contestar. Corrió hacia el interior de la iglesia, seguida de un Hohenheim preocupado. Sentada en un banco, entre sollozos, le explicó lo sucedido, aceptando dolorosamente que no podía luchar contra el verdadero amor que ellos sentían. Lo entendía muy bien, y no les reprochaba nada. Después de todo, aquella boda había sido una imposición para él.

Pero no pudo predecir lo que iba a suceder. Hohenheim salió enfurecido del edificio, con la cara congestionada anunció que Edward Elric había sido secuestrado y que debían encontrarlo. Winry salió tras él tratando de explicar que aquellas palabras no eran ciertas, pero el hombre la sujetó por el brazo, llevándola de nuevo adentro y, apretándole el cuello, le advirtió que callara.

En la ciudad se armó un gran alboroto: coches de policía corrían por doquier, hombres armados peinaban la ciudad calle por calle. Y ellos, Ed y Al, corrían asustados, pues sabían que ellos eran su objetivo. Pero de pronto estaban cercados, y su única salida era el callejón donde un día se hubieron conocido. Se metieron en él y corrieron hasta descubrir que no había salida. Una docena de policías impedían ya su salida, apuntándolos con sus armas como si fuesen un par de criminales desalmados. Y, entre ellos, Hohenheim Elric, apuntándolos también con una pistola.

- ¡Es él! ¡Ese tal Alphonse ha secuestrado a mi hijo!

Ambos lo miraron perplejos, pues nadie había cometido tal acción. Pero poco les importaba a la multitud que estaba dispuesta a cualquier cosa para impedir que escaparan.

- ¡Es un error! ¡Él no me ha secuestrado!- intentó explicar Edo.

Mas fue inútil, pues cuando los policías apartaron las armas y miraron con confusión al señor Elric, él causó dos disparos dirigidos al joven de ojos pardos, aún a pesar de los intentos de los policías por bajar su arma.

Al sintió el dolor de una bala perforarle la zona del estómago y, a la vez, el que le produjo ver a Edward interponerse en el trayecto de la primera bala. Ambos se desplomaron. Aru cayó sentado debido a estar pegado a la pared y Ed cayó a su lado, boca arriba. Al se sostuvo la herida con una mano e hizo el esfuerzo de aproximarse a la persona que amaba, pero al verle el rostro sabía que ya no respiraba y aquella imagen que le desgarraba el alma se grabó a fuego lento en sus pupilas: de su pecho, del lado izquierdo, una mancha rojiza no dejaba de emanar sangre. Su corazón estaba perforado, y él estaba muerto. Gritó, lloró con rabia con las fuerzas que le quedaban y se abrazó a él como pudo, ignorando el disparo que él mismo portaba.

- Lo siento, perdóname... Perdóname, Edo...

La cabeza comenzaba a darle vueltas y las imagenes se difuminaban lentamente, pero no le importaba. Le pareció escuchar la voz lejana de aquella chica, Winry. Pero no podía asegurarlo pues todas las voces estaban tan distantes ya...

- No te mueras, por favor... Tú eres mi vida, ¿qué seré yo sin ti? Gracias por cambiar mi destino... y por hacerme la persona... más rica del mundo... Tú siempre has sido... mi tesoro más preciado, Edo... Por favor, perdóname...

Comenzó a dejarse caer sobre el cuerpo inerte del joven rubio, ya casi sin fuerzas. Y entonces sonrió ampliamente, rozando apenas con la yema de los dedos los labios mortecinos de Edward.

- Realmente... Huiremos juntos...

Y cerró los ojos para siempre.

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Fin.

Y así acaba un fanfic que ha tardado ni más ni menos que… ¡¡2 años!! Y todo, claro, por mi retraso al subir los capítulos… ¡Escritores/as de fanfiction, nunca toméis mi pésimo ejemplo!

Bien, dicho esto, quiero agradecer de todo corazón a todas esas personas que han seguido el fic desde el principio (aunque se desengancharan por no poder esperar, mi culpa) y a las que se engancharon en el último momento. No me veo capaz de decir nombres, pero a todas y cada una de ellas: GRACIAS por su apoyo en los reviews! E, incluso a los que no dejaron review: GRACIAS por leerlo.

Antes de dar por terminado este fanfic, me gustaría terminar con una anotación que ya mencioné al comenzar:

Dedicado a Nao, quien me animó a escribirlo, lo siguió mientras lo escribía y me lo beteó. Aunque ya no sea mutuo, te sigo echando de menos y para mí siempre has sido y serás mi mejor amiga. Espero que lo recuerdes, aunque sea cada vez que recuerdes el título. Gracias por todo siempre.

Annie-chan Diethel