Hoooooolis again! Antes que nada, queria daros las gracias por no solo haberos tomado tiempo para leer esta chapucilla sino para dejar un review, lo cual me halaga muchisimo. De verdad, es lo mas parecido que los escritores de fanfics tenemos por un aplauso y nos ayuda mucho a seguir escribiendo porque nos motivais a no dejar la historia en el olvido. Asi que muchisimas gracias y me alegro de que haya empezado con buen pie ^^.

Bueno, ya no me enrollo más. Os dejo el capítulo 2, espero que no baje el listón! :D


2

Ya era de noche cuando llegaron a su casa.

Los Hamptons eran el oasis en medio del desierto de cemento que era Nueva York, apartado del ruido de los claxon, el olor a gases de escape, gente empujándose entre sí subiendo y bajando las calles y la sensación de asfixia laboral. Allí la vida parecía hecha de otra pasta, lejos de esos convencionalismos pero no tanto como para sentirse como una especie de forastero pisando por una nueva ciudad.

A simple vista era una barriada tan tranquila como ostentosa, con casas —la más pequeña de toda la zona estaba a caballo entre chalet y mansión— lo bastante separadas entre sí como para disfrutar de una relajada intimidad, con amplios parques bien preservados, calles limpias y vecinos agitando una mano, saludándote mientras con la otra riegan su jardín sujetando una manguera. Todo un monumento a la vida familiar.

Castle salió primero del coche. Ella se quedó un rato sentada, admirando la fachada de la mansión —porque era digna de película de familia adinerada— con la boca medio abierta y la cabeza inclinada. Llevaban tanto tiempo trabajando codo con codo que se había acostumbrado a verle como un compañero y no como el novelista de prestigio que era. Pero ahí estaba, una pieza más de su identidad. La otra cara de la moneda. El Rick Castle que encontraba su fama y su fortuna entre best-seller de misterio.

Su puerta se abrió, sacándola de su enajenación.

—¿Hola? Ya hemos llegado. Claro que si te quieres quedar a dormir en el coche yo no te lo voy a impedir.

Ella se ruborizó ligeramente, intentando ocultarlo mirándole con suspicacia mientras salía del coche. Castle se encogió de hombros como un niño pequeño.

—¿Sabes? —la detective vuelve a mirar la mansión— A veces me olvido de que eres un tipo rico y famoso.

—Tampoco soy un Bill Gates, ¿eh? Pero sí, vivo cómodamente. Para qué negarlo —ella ladeó su cabeza, frunciendo sus labios, ponderándolo.

Muy cómodamente. La hilera de farolas iluminaba tenuemente parte de la casa. Estaba algo aislada de las demás, lo cual en parte la tranquilizó. Eso era lo que quería; él y ella apartados del mundo. Un respiro en mitad de todo el caos emocional al que se han estado sometiendo durante semanas.

Pero como todo, tenía un contra y era lo poco que realmente lo conocía y, aún peor, lo poco que se conocía a ella misma ante la falta de costumbre. No sabía hasta que punto le gustaba compartir esa soledad con él ni cómo arrastrarían lo que no han hablado pero que probablemente acabaría saliendo a la luz porque, después de todo, sólo son ellos dos en un lugar donde la única distracción era ver al otro en bañador.

—Por cierto —comienza el escritor, dirigiéndose al maletero para abrirlo y sacar el equipaje—, he hecho una reserva en uno de los restaurantes de la zona. Supuse que después del viaje estarías cansada y te daría pereza vestirte para la ocasión, así que cenaremos en una hamburguesería. Es un poco más elegante que cualquiera que hayas visto, pero… —la observó, analizándola de arriba abajo mientras abría la boca con tentación como si la estuviera desnudando. Primer día y ya estaba a punto de perder la cabeza— no creo que te miren mal.

—Deja de hacer eso —suplicó, apretando la mandíbula.

—¿El qué?

El novelista sonrió con fingida inocencia, dirigiéndose hacia ella con una maleta en cada mano. Antes de que Beckett pudiera coger la suya, Castle se adelantó y se dirigió hacia la entrada. Caballeroso como siempre lo ha sido, qué se iba a esperar. Ella resopló frustrada, o se lo estaba poniendo demasiado difícil o no lo bastante, y esa duda estaba empezando a quemarla por dentro.

No estaba acostumbrada a no tomar las riendas.

—Eres mi invitada de honor, detective —explicó, deteniéndose enfrente de la puerta mientras se metía las manos en los bolsillos, rebuscando algo—. Considérame tu mayordomo a partir de ahora.

—¿Y mi mayordomo me llevaría el desayuno a la cama?

—Tu mayordomo te llevaría a la cama si hiciera falta —respondió escueto, sacando las llaves.

Ambos enmudecieron a la vez. Se miraron de soslayo, agachando sus miradas y sintiéndose cerca y a la vez lejos y no queriendo moverse como si aproximarse o alejarse un centímetro les doliera. Castle estaba inmóvil, su mandíbula temblando y sus dedos enroscados en el llavero. Ella rompió el contacto visual mirando las llaves que tintineaban lentamente con suavidad.

—Yo… era… bueno —tartamudeó su compañero. Ella contuvo la respiración y de las llaves, pasó a mirarle los labios—, no es que quisiera… quiero decir —él suspiró. La detective quiso que se callara y pensó que el único remedio que le quedaba era cerrar los labios del escritor bajo los suyos y dejarse llevar. Pero no le dio tiempo—. En fin, que ya me entiendes. Que si necesitas cualquier cosa, pídemela.

Ella no contestó, sólo se limitó a asentir con nerviosismo.

La mano de Castle temblaba al intentar encajar la llave en la cerradura y ella se alteró aún más. No supo en qué momento habían pasado a ser dos desconocidos cruzándose casualmente sacados de la típica película que ensalzaba el amor a primera vista. Pero ahí estaban, ella con sus nervios de acero de policía derritiéndose y él no atinando a abrir la puerta de su propia casa.

Con suerte en un par de semanas se reirían de esto.

El escritor finalmente la abrió y soltaron un suspiro de alivio a la vez. Agitó el brazo con elegancia delante de ella invitándola a pasar y Beckett asintió con timidez. Con la cabeza agachada y cuidado, no pudo evitar soltar un guau cuando contempló el recibidor.

—Y yo que pensaba que era difícil impresionarte, Beckett —se regodeó su compañero detrás de ella, cerrando la puerta.

—Y yo. Pero es que… guau —repitió—. Es enorme, Castle.

El escritor contuvo una carcajada y ella se dio cuenta, dándose la vuelta y fulminándole con la mirada.

—Pero qué cerdo.

—Lo siento.

—Dime, ¿todos los escritores sacáis el sentido sexual a todo lo que os dicen o es sólo algo propio de ti?

—He dicho que lo siento. Pero eh, tienes que admitir que era fácil de… malinterpretar —la detective se cruzó de brazos, escrutándolo suspicaz. Él resopló—. ¿Sabes qué? Vamos a dejarlo antes de que te emociones.

—¿Emocionarme yo? ¿Perdona?

—Vamos, te enseñaré el interior —dijo, desviando el tema mientras caminaba hacia el interior. Le estaba dando la espalda y Beckett casi podía ver esa sonrisa tan típica de él que rezumaba sorna—. Hay bastantes habitaciones, no creo que tengas problemas para elegir una.

Beckett se resignó, echando su cabeza hacia atrás con cansancio y echando aire antes de seguirle. Cuando empezaron a subir las escaleras, Castle soltó:

—Y sí, tienes razón. No es por echarme flores pero es enorme.

No supo a qué se refería ni indagó para que especificara, sólo se limitó a dejar caer la mandíbula mientras le observaba subir los escalones.


El espacio resultó ser un problema más por lo excesivo que era. Tenía seis o siete habitaciones de invitados, creyó recordar, repartidas entre los dos pisos, cualquiera de ellas alejada de la habitación de Castle que estaba en la planta baja —lo cual la disgustó más de lo moralmente aceptable para ella—, así que no había preferencia por ninguna de ellas.

Esa falta de capacidad para decidir por su parte la hacía sentir pequeña y más estando en un lugar ajeno y envuelta de sensaciones de las que estaba acostumbrada a huir.

Eran nimiedades que se complicaban.

—¿Ya has elegido? —le preguntó su compañero a su espalda.

Miró de reojo la última habitación que le quedaba por ver. Decidió que lo mejor sería escurrir el bulto.

—Es tu casa. Recomiéndame —se encogió de hombros.

Castle se acerco a ella, sugerente, lentamente hasta casi rozar su pecho con la espalda de la detective. Un escalofrío recorrió su cuerpo erizándole cada ínfima parte de su piel e hizo que exhalase con dificultad.

—La que tiene vistas al mar es mi favorita —le susurró tan cerca del oído que las piernas le temblaron.

—¿Cuál de todas? —tragó saliva, recatada.

—Hay una en especial.

El novelista se separó de ella con la misma tranquilidad, alejándose hasta apoyarse en el marco de la puerta. Beckett inspiró mientras cerraba los ojos; estaba a unos cuatro pasos de ella y todavía olía el aroma de su colonia saturando el aire alrededor de ella. Como una dulce droga. Cuando se hubo preparado mentalmente, se dio la vuelta y caminó hacia él, que la estaba esperando.

Resultó que la habitación en cuestión era la primera que había visto, en el primer piso, y que a simple vista no pareció destacar sobre las demás —era todo lo lujosa y acogedora que podía ser siguiendo la estética de la mansión—. Al entrar, no encendieron la luz. Castle la tomó de la mano con cuidado y la guió a través del dormitorio hasta llegar al gran ventanal que iba desde el principio hasta el final a lo largo de la pared, tapado por una cortina.

El escritor la apartó con suavidad como si estuviera haciendo magia; tras la tela se alzaba el imponente panorama marítimo, distinguiéndose únicamente por la luz de la luna. Y entendió a Castle. Le entendió cuando vio la luna reflejada en el agua del mar que se ondeaba con calma haciendo que pareciera un rayo bailando sobre el océano. Le entendió cuando la habitación se iluminó ligeramente pero no lo bastante como para romper el encanto de la oscuridad que les regalaba la noche.

El espacio entre ellos se hermetizó como si formaran parte de un cuento de ensueño. Era maravilloso.

Se apoyó en el cristal delicadamente. Esa habitación también podría ser su favorita.

—Me gusta estar aquí, ¿sabes? —le cuenta el escritor. Ella pone su mirada sobre él— Cuando vengo a los Hamptons, siempre me gusta subir aquí para admirar esto y olvidarme de lo demás. Me ayuda bastante cuando estoy a falta de inspiración.

—¿Y con Nikki Heat… ? —él niega con la cabeza.

—Desde que empecé a seguirte no he vuelto a subir —confiesa, manteniendo el contacto visual casi sin pestañear—. Es curioso, es la primera vez que consigo terminar un libro sin bloquearme.

Era obvio que Castle tenía puestos sus cinco sentidos sobre la detective. Era obvio hasta para ella, cosa que hacía que aquello marchara cuesta arriba. Se sostuvieron las miradas, en silencio, con sus labios entreabiertos y el aire colapsándose cuando salía de sus bocas. Ella echó un vistazo a sus labios casi de manera autónoma y rezó para que Castle no se diera cuenta.

Pero lo hizo. Dio un pequeño paso hacia ella. Se había dado cuenta. Beckett agachó la cabeza mientras se apartaba un mechón de pelo y se lo colocaba detrás de la oreja.

Quizá la noche les confundía.

—Me alegro de ser útil como musa —respondió. Fue lo más coherente que pudo haber articulado y al pensarlo se sintió estúpida.

—Kate.

Le miró. Estaba quieto, enfrente de ella, erguido y conteniendo el aire como si estuviera a punto de dejar de darle la espalda al mundo para librar una batalla. Su mandíbula temblaba. Le iba a decir algo que ella no quería oír. O mejor dicho, no estaba preparada.

Simplemente atajó, desviando el tema.

—Gracias —él alzó una ceja, confundido—, por todo esto, quiero decir. Por dejarme venir, haberme acogido. Por haberme enseñado esto. Y… haberme dejado conocer una pequeña parte de ti.

Era suficiente.

Castle sonrió con ligera frustración, retrocediendo como si pudiera leerla. Le dejó mal sabor de boca a la detective, pero acababan de llegar; hacía menos de un día que las cosas habían empezado a regularse entre ambos y parecían fluir con una estabilidad que no creyó alcanzar tratándose de ellos y ya se estaban sometiendo a más tensión de la que habían estado aguantando desde que se conocieron.

Sin prisa pero sin pausa, se dijo mentalmente. Era algo que su profesión le había enseñado. Si el tiempo estaba a su favor, les acabaría encerando el camino.

—Es lo mínimo que podía hacer —contestó el escritor, encogiéndose de hombros. Ella le sonrió agradecida, golpeándole con cariño el brazo con su codo cuando se dio la vuelta para salir de la habitación.

—Bueno, ¿no decías que teníamos una reserva?


Decidieron ir andando a la hamburguesería.

Castle le dijo antes de salir por la puerta que estaba a un cuarto de hora a paso ligero de su casa y que no merecería la pena coger el coche pero que, si estaba muy cansada y no tenía ganas de andar, no le supondría ningún problema. Y Beckett estuvo de acuerdo.

Estaban caminando a una distancia prudencial el uno del otro, no lo bastante lejos para parecer que estaban de huyendo del otro y de sí mismos pero sí para darse un poco de espacio personal. La detective inspiró largamente; olía suavemente a sal marina, a leña quemándose y a pino. Olía a libertad.

Esa era una de las razones por las que quería ir a pie. Esa y aliviar de alguna manera el pequeño desequilibrio emocional que lleva arrastrando desde que puso las cartas sobre la mesa, porque era una sensación tan estática que la única forma para despejarse que le parecía viable era moviéndose.

Miró a su compañero, entregado en cuerpo y alma a contarle una historia sobre Alexis y unas piezas de lego.

—Con cinco años aprendió a dormir sola en el loft. Antes se metía en mi cama por los pies, gateando debajo de las sabanas cuando no me daba cuenta y me despertaba con ella agazapada sobre el estómago —sonrió con nostalgia, mordiéndose el labio—, pero al final hicimos un trato en el que había helados, chucherías y un viaje a Disneyworld de por medio y consiguió pasar su primera noche en su cama. Pero esto en el loft. Aquí era otro cantar.

El escritor se empezó a reír, llevándose una mano a las sienes y masajeándolas ante el recuerdo. Beckett lo escrutaba con curiosidad.

—¿Qué pasa? —pregunta, sonriendo de medio lado.

—Las cosas no estaban en nuestro favor. Por aquel entonces nos habían alertado de una oleada de allanamientos con hurtos, te puedes imaginar cómo estaba Alexis en casa. Le prometí que no iba a pasar nada porque teníamos un sistema de seguridad fiable, pero ya sabes lo cabezota que es. Siempre ha sido así —Castle lo relataba con un brillo en los ojos que le hizo sentir que flotaba. Había una devoción ahí que normalmente no tenía la oportunidad de ver y era todo un diamante en bruto—. En fin, el caso es que conseguí convencerla para que durmiese sola. Parecía un milagro; lo dijo ella sola de repente con una determinación que pocas veces la había visto tener.

—¿Y ya está? —él negó.

—Antes de irse a dormir, me pidió que le subiera el cofre de legos a su habitación. Supuse que querría entretenerse un rato jugando y así se le haría más llevadero porque tendría una distracción y se dormiría fácilmente. Pero resultó que no quería los legos para eso.

—¿Y entonces para qué?

Tomó aire, cerrando los ojos mientras se concentraba. Después prosiguió:

—A la mañana siguiente, me levanté y me sorprendí bastante al ver mi cama vacía. Alexis no se había escapado, lo cual era todo un logro y me pareció tan raro que fui a su habitación preocupado. Tenía la puerta cerrada. La abrí, entré en la habitación y estaba tan obcecado en Alexis que ni siguiera mire el suelo. Normal, ¿quién se fijaría en cualquier otra cosa cuando se trata de tu hija? —Beckett asintió— Fue poner el pie en el suelo y notar como un bloque de piezas de lego se me clavaba en toda la planta. Te puedes imaginar cómo dolió eso, tanto que me caí al suelo. Y me clavé aún más piezas en la espalda. Había diseñado una trampa. No sé ni cómo salí vivo de ahí.

—¿Había usado legos para protegerse?

—Me dijo que un día pisó una pieza y le dolió tanto que se tuvo que recorrer su habitación cinco veces saltando. Y pensó que podría dominar a sus enemigos haciéndoles cruzar por un pasillo lleno de legos y que si algún ladrón entraba conocería el verdadero significado de la tortura. Desde aquel día no sé realmente con quién estoy compartiendo casa.

Beckett se rio, parando en seco y doblando su cuerpo hacía el suelo. Era patético imaginárselo. Muy patético. Pero a la vez se deshacía como si fuera un cubito de hielo. Era amor de padre, en todo su esplendor. Se acordó de Jim y una sensación cálida le recorrió el cuerpo.

Le gustaba que Castle le hiciera sentir como si estuviera en su hogar.

—Sí, tú ríete. Tuve que tener los pies metidos en agua con sal lo que quedaba de día porque ni siquiera podía andar. Además, yo… —se detuvo, observándola con el ceño fruncido y sonrisa divertida— ¿qué pasa?

Beckett agitó la cabeza. No se dio cuenta hasta ese momento de que no había dejado de mirarle como si se lo quisiera comer.

—Es sólo que… me gusta verte así. No como el niño favorito del alcalde ni el mono escritor ni todo eso que eres cuando estás fuera de tu casa. Me gusta verte a ti. A tu verdadero yo.

Si se hubiera visto a sí misma hace un año no se lo creería, y si hace un año hubiera visto a Castle habría pensado que desviaría el tema hacia algo que probablemente acabase con una de sus sutilezas eróticas sobre acabar compartiendo cama o sus clichés de Romeo barato que usaba en sus firmas de libros con las rubias de plástico de turno que sólo querían un poco de fama y calentarle las sábanas.

Pero se veía en ese momento a sí misma y veía a Castle que se acercaba ligeramente a ella con una sonrisa y no parecía estar urdiendo un malévolo plan para llevársela a su habitación después de cenar ni una segunda intención que la acabaría incomodando tanto que se cerraría a cal y canto como hacía las primeras veces que estaba con él.

Y ella se relajó; había una seguridad entre ellos ahora mismo que parecía imperturbable y no se desestabilizaría a no ser que pusieran todo su sudor en presionar hasta que se viniera abajo. No iba a pasar. No estando en los Hamptons. No cuando se están desnudando emocionalmente poco a poco. No cuando se han empezado a conocer tal y como son.

No cuando eran simplemente Rick Castle y Kate Beckett haciendo algo tan cotidiano como dar un paseo para ir a cenar. Nada de pseudónimos, ni buena o mala fama, ni profesiones, ni ningún tipo de verdad relativa que nublara lo que el uno sabía del otro.

Beckett se acercó a él hasta que sus brazos se tocaban cuando andaban y los dedos de sus manos se estiraban a propósito para rozarse tímidamente sin llegar a agarrarse pero buscando en todo momento un contacto que les hiciera vibrar. Y le gustó.

Le gustó comprobar que ambos tenían la misma percepción del tiempo sobre ellos mismos porque les hacía caminar al mismo ritmo.

—Beckett.

—¿Sí?

—Gracias por no rendirte tan pronto conmigo.

Y sus dedos acabaron entrelazándose.