Buenaaas! :D Este fic va rapidillo (lo cual es un milagro viniendo de mi), tan rapidillo que aqui esta el capi 3. Digo lo de siempre: gracias por leer, las reviews, vuestra pequeña dedicacion significa muchisimo para mi y bueno, que espero que os guste :).
3
Era adorable cuando estaba así, para qué engañarse.
Tenía los labios y parte de la barbilla manchados de kétchup, consecuencia de haber pegado dos mordiscos seguidos y tragar casi in masticar para ir a por un tercero. No le culpaba. Ir allí había sido todo un acierto, no sólo por la tranquilidad y la ligera pero destacable elegancia sobre cualquier restaurante de comida rápida de Manhattan, sino también por el toque que tenían las hamburguesas.
Tenían sabor a parrilla, marinadas con alguna especia que no acertaba a atinar y estaba segura de que no llevaba era el tradicional queso cheddar. Era algo más refinado. Era algo distinto.
Era algo a lo que no estaba acostumbrada. Y romper la rutina en esos detalles tan minúsculos la ayudaba a desconectar de una manera que no creyó imaginar.
—Dios, cómo te he echado de menos —suelta Castle mirando su hamburguesa, la detective entendiéndole a duras penas porque hablaba con la boca llena.
—¿Eres consciente de que estás hablando con una hamburguesa? —el escritor asiente mientras traga, se estaba llenando de kétchup aún más si cabía y ella no pudo evitar reírse.
—¿Qué pasa?
—Es que tienes un poco de… —se inclina hacia él, llevando el dedo pulgar a su labio inferior y pasándolo por el rastro de tomate hasta quitárselo, volviendo a erguirse en su sitio y chupándose el dedo con sugerencia sin apartar la vista de él.
El escritor resopló, dejando caer la hamburguesa y levantando una ceja mientras la observaba impresionado. Parecía confuso, nervioso y, más importante, ferviente. Sus pupilas se habían dilatado. Ella se agitó. Ser lo perspicaz que era la detective no siempre era una ventaja, pero en ese momento no parecía ni un pro ni un contra.
Parecía… normal. Parecía normal darse cuenta de eso y parecía normal estar receptiva, y se asombró al comprobar lo poco que le importaba que Castle tuviera en mente que su hamburguesa no fuera lo único que quería comerse esa noche.
—Se te va a enfriar eso, Castle —apuntó Beckett, mirando su plato.
—Sí, sí. Claro.
Sonrió al verle intentando coger la hamburguesa de manera que no se notara que el pulso le temblaba. Salvo que sí lo hacía. Vale, lo de limpiarle el kétchup había sido un golpe bajo, pero era un hábito propio de ellos jugar sucio en ese tipo de situaciones. Además, todo iba como la seda. Lo importante es que estaba ganando terreno. Eso era lo que quería y más después de cómo el parecía tirar del carro cuando llegaron a su casa. Era su turno; quería ser ella la que se sintiera poderosa.
La detective pegó un bocado a su hamburguesa mientras miraba a su alrededor. Lo que más había era familias, parejas y matrimonios. Se pregunto cómo encajarían ellos a los ojos de los demás y se sonrojó ante lo obvio que sería presuponer que estuvieran juntos y más después de ver cómo se miraban sin decirse nada.
Al fondo del restaurante había tres chicos de no más de veinte años, uno llevaba una beisbolera con el logo de su universidad, supuso. Había un ambiente doméstico y acogedor en aquel sitio, sin gritos ni alborotos ni colas kilométricas enfrente del mostrador. Todo discurría bajo un ordenado equilibrio.
A lo mejor un fin de semana se le haría corto.
A su izquierda vio a dos mujeres de en torno a treinta años que no dejaban de mirarles. O mejor dicho, no dejaban de mirar a su compañero, que milagrosamente estaba masticando y tragando con moderación. Sus miradas eran transparentes. Estaba acostumbrada a ver esa expresión, no exacta pero algo parecida. Desde hace unos meses la apreciaba cada vez que se miraba al espejo.
Quizá no era tan obvio.
—Parece que alguien está disfrutando —comentó Beckett.
—Ya te digo —contestó él, relamiéndose los labios con placer antes de volver a dar un mordisco.
—No, no me refiero a eso —se rió, acercándose sutilmente a él, apoyando su barbilla sobre su puño—. A mis nueve —murmuró.
Castle mordió su hamburguesa tranquilamente mientras miraba alrededor, con normalidad. Como si fuera algo típico, con toda la discreción que podía usar en esos momentos.
Al captar lo que quiso decir su compañera, sonrió entretenido.
—Bueno, no es algo anormal en mi vida, si te soy sincero.
—Baja, modesto.
—Es verdad. Aunque fuera más feo que un pie, soy famoso. Hay gente que sólo busca aprovecharse de esto —le explicó, estando tan seguro de lo que salía de su boca que a Beckett le recorrió una sensación extraña por el pecho.
Cuando se conocieron, Rick Castle era un tipo tan frívolo que lo raro era no juzgarle a primera vista. Había elaborado una fachada como pocas veces había visto y se había ganado una fama basada en una mentira. Quizá el también se protegía de algo. A su modo, pero lo hacía.
—De todos modos, no tienen ninguna posibilidad —continuó, con simplicidad. Ella se cruzó de brazos.
—¿No son tu tipo?
—Ni aunque lo fueran —sonrió, provocativo—. Sólo tengo ojos para una mujer.
Beckett contuvo el aliento. Llevaban toda la cena jugando al tira y afloja manteniéndose en un punto en el que estaban a punto de pisar la línea pero sin llegar a hacerlo. Como una distancia de seguridad. Rozando el peligro sin dejar que les domine. Lo suficiente para dejar que la adrenalina fluyese libremente sin que se les saliera el corazón.
Castle había pasado de rozarlo a bailar con él y tenía un pie a un lado de esa línea y otro fuera, y de un momento a otro todo había pasado a ser demasiado frágil. El escritor apoyó sus codos sobre la mesa, encorvándose hacia ella hasta que sus rostros estaban tan cerca que respiraban el aire del otro. Sus mejillas ardían tanto que se quedó inmóvil. Y el escritor le susurró:
—Estaba hablando de Nikki Heat, por supuesto.
Ella abrió la boca, medio sorprendida, medio decepcionada. Tenía que haberlo sabido. Castle era impulsivo, pero no insensato. Le estaba brindando la falsa confianza de creer que llevaba la batuta. Pero no lo hacía. Casi por arte de magia, era él el que la estaba dominando.
Sonrió con desaprobación. Castle seguía cerca de ella, mofándose; se lo estaba pasando bien. Y ella se rebatía entre estamparle la hamburguesa en la cara o poner fin a esa distancia —porque era como tener un caramelo en la mano— y presionar sus labios contra los del escritor porque parecía el remedio de oro ante sus problemas de liderazgo emocional.
—¡Ricky! —exclamó una voz a su lado.
Los dos apartaron sus miradas a la vez, buscando al que pareció ser la campana de la salvación. De pie, mirando al escritor, había un hombre de mediana edad con la indumentaria típica de jefe de cocina. Constitución fuerte, víctima del paso de los años al igual que las arrugas de expresión de su cara, pelo que en su día fue moreno; Beckett pensó que veinte años atrás ese hombre probablemente fuera atractivo. No, mejor dicho, más atractivo, porque no dejaba de tener cierto encanto.
—¡Alfred, jefe! —el escritor se levantó, abrazándole con camaradería— Me alegro de verte. Oí que habías dejado el restaurante totalmente a cargo de tu mujer.
—Tuve un pequeño accidente en las cocinas y tuve que pillarme una baja temporal, nada grave. Pero vuelvo a estar en la línea de fuego —sonrió abiertamente, llevándose ambas manos a sus caderas y echando un vistazo rápido al restaurante—. Ni siquiera se ha notado que no he estado por aquí. Mi mujer es todo un prodigio. Y hablando de mujeres —se dirigió hacia Beckett, tomando su mano con elegancia—, la tuya es toda una belleza.
La detective se sonrojó.
—Sólo somos compañeros —contestaron a la vez, dedicándose una furtiva mirada ante la sincronía que compartieron, sonriendo tímidamente—. Soy Kate Beckett, encantada —se presentó, estrechando su mano.
—Alfred DeGraw, todo un placer —apoyó su mano sobre la mesa—. Siento haberme precipitado. Como hacía bastante que no veía a Rick…
—Oh, no, no pasa nada —le restó importancia.
—Decidme, ¿hasta cuándo os vais a quedar? —el cocinero miró al escritor, que se volvió a sentar.
—No sé, la palabra la tiene la detective —señaló a Beckett con la barbilla. Alfred abrió la boca formando una "o".
—Espera, ¿eres Nikki Heat? —asintió. No quería entrar en detalles nominalistas, era algo que ya consideraba superado.
—Ten cuidado, jefe. No le gusta que la llamen así.
La detective dirigió su mirada a Castle, que estaba bebiendo de su vaso sin apartar los ojos de ella. La miraba con desafiante seducción. Ella se mordió el labio inferior, escrutándole con suspicacia sin poder evitar sonreír.
Parecía un baile verbal.
—Bueno, señores. No os entretengo más —el dueño se apartó, alzando su mano. Probablemente se habría dado cuenta de la tensión fluyendo entre los dos—, espero que el menú haya estado a la altura.
—Sabes que sí, Alfred —respondió el escritor.
Cuando se hubo ido, la detective miró con interés a Castle. Había una historia detrás y quería conocerla.
—Llevo viniendo aquí con Alexis desde que era una cría. Tenemos muy buena relación, además se lleva bastante bien con ella.
—Parece agradable.
—Lo es —aprueba, tomando su último trozo de hamburguesa—. ¿Por qué no le has dicho que tenías pareja?
—¿Qué?
—Cuando nos ha malinterpretado. ¿Por qué no se lo has dicho?
Ella se encogió de hombros, relajada.
—¿Por qué iba a decírselo?
—Para despejar dudas, no sé. Supuse que–
—No tengo.
Castle entornó los ojos y frunció el ceño al mirarla, parecía perdido. Ella agachó la cabeza con timidez, jugueteando con sus manos.
—Pensaba que Demming y tú…
—Lo hemos dejado. Hoy.
—¿Ha pasado algo? ¿Iban mal las cosas?
—No, no es eso. Es sólo que…
Suspiró. Se limitó a sonreír con amargura mientras le miraba deseando que la comunicación verbal hiciera el resto. No iba a decirle la causa. No cuando tenía nombre y apellido. No ahí. Quizá más tarde. Quizá mañana. O quizá no encuentre el valor para decírselo.
Pero ese no era el momento.
El escritor se levantó, caminando lentamente hacia su sitio hasta ponerse a su altura y tenderle la mano. La detective le observaba insegura, agarrándola con cuidado y él la ayudó a levantarse. Ya en pie, se quedaron quietos, mirándose, uno enfrente de otro, cerca y con sus manos aún unidas.
Habría sido fácil olvidarse de dónde estaban y aislarse en los ojos del otro.
—¿Nos vamos? Quiero enseñarte algo.
Ella asintió, dejándose llevar.
El camino de vuelta fue más bien silencioso.
Sólo intercambiaron monosílabos ocasionalmente, cuando algo era lo bastante llamativo para que captase su atención, pero sólo se limitaba a apuntar cosas. Nada trascendental. Si algo salía a colación era sobre cosas banales y breves, sin que pudieran romper aquel silencio largamente. Tampoco les urgía hablar a la fuerza; se trataba de un silencio tranquilo y amigable, el típico al que podrían acostumbrarse sin problemas y que dejaba paso a todas esas cosas que quedaban por encima de lo que pudieran expresar mediante palabras. No era incómodo. Era aliviador. Había cierta armonía en él.
Cierto encanto natural que les ayudaba a fundirse con el ambiente.
En algún punto Beckett se dio cuenta de que andaban agarrados de la mano y recordó que no se habían soltado desde que salieron del restaurante. Tampoco dijeron nada ni pusieron ningún tipo de pega, simplemente siguieron con normalidad. Con cotidianidad. Lo ponderó una vez más; darse la mano. Se miró a sí misma y miró a Castle de reojo, era como si llevaran toda la vida haciéndolo.
Como si, realmente, siempre hubieran estado al otro lado de la línea pero se lo hubieran negado constantemente a sí mismos.
Al llegar a su casa, Castle sólo le soltó la mano cuando abrió la puerta. Una vez lo hubo hecho, volvió a cogerla y la condujo por el interior de la casa, a través de las escaleras hasta llegar al segundo piso bajo el mismo silencio. Se dirigieron al fondo, donde había una puerta —la recordó de haber pasado por delante, estaba cerrada— la cual Castle abrió, dando a un amplio desván con una gran ventana en la inclinación del tejado a modo de tragaluz, con unos escalones bajo ésta.
Le soltó la mano nuevamente para abrirla, dejando que todo el calor concentrado del día fuera saneándose.
—Sube.
—¿Qué?
—A la ventana. Súbete —ella frunció el ceño—. Confía en mí, Beckett. Venga.
La detective asintió, dudosa e hizo lo que le pidió. Subió por los escalones cuidadosamente, procurando no resbalarse cuando llegase arriba. El tejado no era muy empinado, así que no tuvo problemas para manejarse por él. Después subió su compañero, que gateó hasta sentarse a su lado.
Castle se tumbó sobre las tejas, usando sus brazos a modo de almohada y ella le imitó. El cielo estaba oscuro e imponente, tan natural que se podían apreciar todas las estrellas y el rastro que aclaraba el cielo y formaba la Vía Láctea. Una suave brisa acariciaba su cabello. Beckett creyó estar flotando en el universo junto a él.
Cerró los ojos; lo único que se oía eran los grillos, las olas rompiendo contra la orilla y Castle respirando a su lado. Manhattan le gustaba, pero la otra cara de la moneda también era digna de ovación.
—Cuando Meredith y yo nos divorciamos, me tiré todo el verano aquí. No podía pisar Nueva York sin que no hubiera algo que me recordase a ella. Fue una de esas épocas en las que toqué fondo —tomó aire—. Estar aquí arriba me despejó un poco.
—Gracias, Castle, pero estoy bien —se incorporó ligeramente, inclinándose hacia él. El escritor la miró inseguro—. Estoy bien, de verdad —insistió—. No te preocupes.
—¿Acabasteis bien?
—Todo lo bien que se puede acabar cuando rompes con alguien.
—¿Fuiste tú? —asintió— ¿Por qué?
Beckett se mordisqueó el labio inferior, ponderándolo. Su compañero la observaba con curiosidad y leve desesperación, como si ambos supieran el porqué pero no se atrevieran a verbalizarlo, lo cual era bastante sabio tratándose de ellos. Y aunque no fuera una herida muy grande, todavía estaba abierta.
Necesitaban tiempo.
—Pregúntamelo mañana.
Se volvió a tumbar a su lado, tan cerca de él que juraría que podía sentir su corazón latiendo con velocidad. Cuando apoyó su cabeza sobre el brazo del escritor, lo notó acelerarse aún más.
