Buon pomeriggio! Sé que he tardado un poco y lo siento, ya he empezado a la uni y me da bastante por saco para escribir estas cosillas. Pero bueno, lo importante es que lo he terminado xdd. Muchas gracias por haber esperado pacientemente (y si no ha sido pacientemente lo siento en el alma) a el capítulo 4, muchas muchas MUUUUUUUUCHISIMAS gracias por los reviews, sois maravillosos *heart eyes* y bueno, qué más decir. Que espero que os guste este capítulo ;)
4
Se le olvidó volver a correr la cortina.
El día anterior ni siquiera reparó en hacerlo —siendo sinceros, nadie repara en eso cuando lo que quieres es dormir a la luz de la luna—. Pero en ese momento, al pestañear y gimotear mientras escondía su cabeza bajo la almohada, memorizó que la próxima vez lo cerraría porque tratándose de un ventanal tan grande era obvio que el sol se colaría como si lo tuviera ahí dentro.
Suspiró, buscando su móvil a tientas en la mesilla que había al lado de su cama. Posteriormente recordó que no había dejado ningún móvil ahí. Para empezar, ni siquiera había llegado hasta esa cama. Lo último que recordaba era…
Se irguió de golpe, mirando a su alrededor. Llevaba la ropa del día anterior, le faltaban sus zapatos, la cama estaba deshecha pero no demasiado deshecha, no como para que ella lo hubiera hecho a conciencia. Respiró tranquila, volviendo a tumbarse en la cama y dándose un par de minutos para asimilar que ha empezado el día. Al volver a enterrar su rostro en la almohada, un olor familiar la inundó. Un olor fresco, suave, que la hacía sentirse acogida.
El mismo olor que la envolvía cada vez que entraba en su casa. El mismo olor que se dejaba notar tímidamente cuando estaban tan cerca el uno del otro que todo lo demás parecía polvo deshaciéndose en el aire.
Y desplegó sus labios.
Cuando hubo decidido que era hora de hacer algo que no fuera dormir, se levantó de la cama y se dirigió a su maleta, rebuscando hasta encontrar algo cómodo con lo que estar por casa. Pensó en ducharse, pero tenía demasiada hambre como para obviar el desayuno. Eso, y que ya echaba de menos a Castle.
En cuanto abrió la puerta reconoció el vago aroma a café recién hecho, bacon y algo dulce, probablemente recién preparado; quizá crepes o tortitas. Bajó por las escaleras disfrutando del olor intensificándose a medida que se acercaba y parecía que estaba en su casa. A casi doscientos kilómetros, bajo techo desconocido y presionando los límites a los que ella estaba acostumbrada, el novelista se la apañó para que esa dulce familiaridad no acabara desapareciendo del todo, cosa que la detective agradeció.
—Buenos días —saludó ella al entrar, observando a un Castle tras la barra de la cocina americana organizando el desayuno y sirviendo los cafés con entusiasmo.
Ver la cara más doméstica del escritor era todo un diamante en bruto. No pudo evitar morderse el labio como si eso sirviera para contenerse a sí misma y no delatarse delante de él.
—Buenos días, Beckett —el escritor cogió los dos cafés, dirigiéndose a la mesa del comedor pero ella le detuvo, sentándose frente a la barra. No había necesidad de hacer de eso algo menos modesto de lo que en realidad era—. ¿Has dormido bien?
—Como un bebé —rodeó la taza de café con sus manos, llevándosela a sus labios y soplándola con suavidad—. Ayer me quedé dormida en el tejado, ¿verdad?
El escritor asintió prudentemente.
—Espero que no te importe, es sólo que te vi ahí dormida, con tanta paz que no quise despertarte. Además, estabas muy guapa —la detective entreabrió los labios con sorpresa, lo que le hizo tomar una pausa nerviosa durante la cual tartamudeó ligeramente—. Quiero decir, estás guapa siempre, pero especialmente cuando… —ella sonrió de medio lado. Castle suspiró— Es… es igual. Lo siento.
Castle agachó la cabeza con una inseguridad que la detective estaba poco acostumbrada a ver, por no decir que no lo estaba. Como si, por primera vez en los dos años que llevan caminando juntos, se hubiera dado cuenta de que pasa por arenas movedizas. Como si lo emocionalmente desconocido fuera un sitio oscuro y peligroso. Entrando poco a poco en la boca del lobo.
Parecía tener tanto miedo como ella tenía a lo que el horizonte les prometía, pero el miedo sólo les hacía dar vueltas sobre sí mismos y era algo que no necesitaban. Era peligroso, pero no mortífero. No ahí, que estaban juntos. No cuando ambos divisaban finalmente un objetivo común con el mismo compromiso.
Se levantó ligeramente del taburete y inclinó hacia él, llevando una mano a su mejilla para acercar su rostro al de ella y depositó un suave beso sobre la otra mejilla, más cerca de la comisura de sus labios de lo que dos amigos harían pero no tan cerca para ser amantes. Era un punto medio. Era un gesto paralelo a lo que les definía. Cerca, pero no en la meta. No todavía.
Simplemente estaba despejando la niebla. No era la panacea, pero ayudaba.
—Gracias —susurró sobre su piel antes de volver a sentarse, tomando su taza de café y dando un sorbo sin romper el contacto visual.
—Yo… de nada —balbuceó él.
Sus labios le temblaron aún más cuando sonrió, tanto que enseñaba su dentadura. Beckett dejó la taza sobre la encimera, observando cómo su compañero la veneraba con una sola mirada. Estaba ahí de pie, estático, con ese brillo especial en sus ojos y conteniendo la respiración como si el tiempo hubiera dejado de fluir y le pareció tan divertido como maravilloso.
En ese momento de sinceridad por parte del escritor, se levantó una empatía que la ayudó a esclarecer la duda que había surgido dos semanas atrás. Un tipo como él estando en modo pasivo-agresivo, llamando la atención, madrugando para ir a la comisaría casi tanto como lo hacía ella y mirar hacia otro lado cuando Demming se asomaba por la puerta; sólo había que sumar dos más dos.
Era obvio. Le había hecho daño. Y Esposito tenía razón. Ella era su cómo y porqué. Era su motivo personal.
—Se te va a enfriar eso, Castle —apunta, señalando su café con su dedo índice. Él se sobresaltó levemente, cogiendo la taza con tanta inquietud que casi se le cae al suelo—. Dime que no has madrugado mucho para hacer todo esto.
—No demasiado. Era lo mínimo que podía hacer.
—Deberías haberme levantado.
—Beckett, por favor. ¿Te acuerdas de lo que te dije ayer? —no contestó, era una pregunta retórica— Eres mi invitada de honor. Y yo tu mayordomo.
—¿Y eso compensa no verte hecho un cocinillas? Creo que no.
—¿Por qué? ¿Te pone, detective?
Ella se encoge de hombros.
—Aparte, así tendría algo con lo que coaccionarte cuando estemos en la comisaría.
—¿Qué? —pregunta con tanta efusividad que parece asustado. Ella se muerde el labio, mirándole con fingía inocencia.
—Que así tendría algo con lo que coaccionarte cuando estemos en la comisaría —repite.
El escritor la escruta seductor, echándole un vistazo de arriba abajo y de abajo a arriba como si no tuviera suficiente, en silencio, apoyando el peso de su cuerpo sobre sus codos para acercarse a ella. Beckett no se movió un centímetro, tentándolo.
—Lo que tengo que aguantar por ser tu compañero.
—No es más que una parte de la letra pequeña en todo ese papeleo que firmaste hace tiempo sin pararte a leer nada. La próxima vez piénsatelo mejor, Castle.
—¿La próxima vez?
—La próxima vez que tu trabajo de documentación requiera meterte de lleno en algo que puede costarte una pierna como mínimo.
—¿Y si no hay próxima vez?
—¿No vas a dedicarte a algo más?
—¿Y si sólo quiero dedicarme a ti? —ella enmudeció. El duelo de palabras era una cosa, pero esto ya tocaba otro tipo de asuntos. No es que no le gustara, simplemente no estaba preparada— Bueno, a Nikki Heat, quiero decir.
Beckett bebió otro trago más de su café, pensativa. La última vez que hablaron sobre el tiempo que le quedaba para terminar la documentación vivían bajo circunstancias diferentes. Vivían bajo una mentira común. Día tras día, resoplando a propósito cuando le oía maquinar otra de sus estúpidas teorías, tomando un poco de esto y de lo otro en cuanto a cultura popular, fingiendo que no le hacía gracia. Fingiendo que no echaría de menos esos momentos.
Que no le echaría de menos cuando se fuera.
Pero en ese momento, en el que estaban los dos solos, semi conviviendo durante un fin de semana sin nada en el entorno que pudiera condicionarlos, todo era diferente. Ellos eran diferentes.
—El contrato rescindía cuando escribieras tres libros más, ¿no? —preguntó, con más pesar del que le hubiera gustado enseñar. Él frunció los labios.
—Burocracia pura. Es simplemente algo a lo que tengo que ajustarme; tres libros como mínimo. A la editorial no le importa el personaje, ni la trama, ni la saga, sólo el dinero.
La pregunta estrella chocó contra sus dientes. Beckett contuvo el aire, de golpe. Podría haber vivido con esa duda, pero hasta hace un día pensaba que no volvería a ver a Castle, al menos no como a ella le gustaría.
Y todo porque no quiso decirle la verdad.
—¿Y si te ofrecieran una oferta mejor? Como la del… —entrecerró los ojos, pensativa—, espía británico.
—No creo que eso pasara. Nikki Heat, ahora mismo, es como tener la imprenta de billetes en casa para ellos.
—Vale, pero imagina que te la hacen en un futuro. ¿Tú qué harías, Castle?
—Me lo pensaría —responde con sencillez. Ella agacha suavemente su cabeza, centrando su atención en el color de su café. No es que se sintiera menos especial; él no dejaba de ser un escritor, después de todo—. Pero la última palabra la tendrías tú.
Ella alzó su mirada, sosteniendo la de su compañero, confundida. Él le sonrió con dulzura, aliviando el sabor agridulce que le estaba dejando esa conversación.
—¿Yo? —Castle asiente— ¿Por qué?
—Porque si me pides que me vaya, me voy. Y si me pides que me quede, me quedo.
—Pero sería una gran oportunidad, podrías escribir el Santo Grial de los escritores y… —el novelista dejó escapar una suave risa. Ella frunció el ceño— ¿Qué? ¿Qué pasa?
—Después de estos dos años trabajando juntos, ¿aún no te has dado cuenta de que eres mucho más que una simple oferta de trabajo para mí, Kate?
Enmudeció instantáneamente. Era todo lo que necesitaba saber.
Castle estaba cerca, lo suficiente para poner un pie sobre el suelo, inclinarse sin mucho esfuerzo y presionar su boca sobre la de él. Parecía demasiado fácil. Tanto que lo consideraba peligroso. Pero acababa de levantarse, no eran más de las diez de la mañana y todavía le quedaba día por delante.
Quería hacerlo, pero la vida le había enseñado a ser una persona paciente. Y esto merecía paciencia.
—Además, no podría consentir que me echaras tanto de menos —soltó, en un intento por romper el hielo, mientras le guiñaba un ojo. Ella lo agradeció mentalmente.
—Tranquilo, Castle. No te lo tengas tan creído.
Afortunadamente, ambos estaban en la misma página.
Fueron a la playa por la tarde.
No tenían intención de bañarse, sólo pasear. Admirar el paisaje. Sentir el agua fresca acariciando sus pies, sus dedos hundiéndose en la arena cuando las olas rompían en la orilla, oír el graznido de las gaviotas; había pasado mucho tiempo desde la última vez que vio el mar y casi se había olvidado de cómo era.
Echó un vistazo al océano mientras caminaban; el agua reflejaba los colores cálidos del ocaso y brillaba como si hubiera estrellas en él. Castle y ella estaban hablando de temas sin mucho sentido mientras aprovechaban la mínima ocasión para chincharse el uno al otro. Daba la sensación de estar de vacaciones. En un ambiente cotidiano, como si ni siquiera fuera la primera vez que hacen eso. Juntos. Como un hábito. Como algo normalizado.
Estaba normalizado. O por lo menos a punto de serlo.
Se sentaron cerca de la orilla, en donde la arena empezaba a estar seca. Dejó sus chanclas a un lado y abrazó sus rodillas mientras apoyaba su barbilla sobre éstas. Llevaba tantos años refugiándose de los demás y de sí misma que había dejado de apreciar el lado bonito de la vida.
—Me sorprende que teniendo esto no pases aquí tanto tiempo como el que cualquiera supondría. ¿Nunca has pensado en mudarte?
Él ladeó su cabeza, frunciendo sus labios.
—Quizá alguna vez, pero siendo impulsivo. Aunque Los Hamptons sean una maravilla, soy un chico de ciudad. Me gusta la tranquilidad en pequeñas dosis. ¿Y tú, detective? —ella se giró, mirándole— ¿Te mudarías aquí?
—En otras circunstancias, quizá lo habría hecho si hubiera tenido la oportunidad. Pero en las mías no creo que pudiera aguantar tanta paz. Me he acostumbrado a tener un ritmo desequilibrado de vida.
El escritor se acercó con cuidado a ella, tanteando, llevando su mano a su hombro y acariciándolo con tanta delicadeza que la detective parecía estar hecha de porcelana. Cuando se trataba de Castle no hacía falta ser demasiado explícito para que el mensaje oculto no pasara desapercibido por él, lo cual hacía que todo fuera un poco más fácil.
—Y yo que pensaba que te estaba ayudando a que fuera un poco menos desequilibrado.
—Bueno, lo intentas. O casi.
—Dame tiempo, detective. Algún día lo conseguiré. Lo conseguiremos —rectifica.
Ella sonrió, dándose la libertad de deslizarse hacia él hasta que sus cuerpos se tocaron.
—Y cuando lo hagamos me mudaré aquí —bromea.
—¿Dejarías Nueva York? —pregunta, con una leve consternación que le hizo gracia a la detective.
—¿Ahora quién va a echar de menos a quién?
—Sólo preguntaba. Por curiosidad —se defendió, hablando entre dientes. Beckett le escrutó con escepticismo.
—Qué poco convincente suenas, Castle. Esfuérzate más.
—Muy bien. Vale. Sí, te echaría de menos. Ya lo he dicho. ¿Y? ¿Te vas a reír de mí?
Beckett golpeó su hombro con dulzura, mirándole con una devoción que no se molestó en esconder. Volvió su vista al frente, observando al horizonte oscurecerse ligeramente. En ese momento de contacto directo con la naturaleza, no supo si era chica de campo o de ciudad; lo que sí supo es que no era chica de añorar lo que pudo ser y no fue.
No quería ser chica de evitar lo inminente. De alguna manera, se vio reflejada en ese horizonte, en ese progreso natural.
—Puedes estar tranquilo, Castle. No podría consentir que me echaras tanto de menos —se regodeó, imitándole.
—Oh dios, sabía que esto iba a pasar. Lo sabía —gimotea como si estuviera relatando un monólogo existencial—. Tener amigos para esto.
—No he dicho que yo no fuera a echarte de menos, Castle.
Castle recobró seriedad, observándola atento con una expresión solemne, ligeramente inclinado hacia ella. En silencio.
—Porque te echaría de menos, ¿lo sabías? Al igual que te habría echado de menos si te hubieras ido de la comisaría como dijiste. Lo habría hecho —ratificó, en voz baja y despacio como si no quisiera que el tiempo pasara demasiado rápido—, y más de lo que nunca me hubiera imaginado cuando decidiste meterte en todo esto.
Sus ojos volaron del mar hacia el escritor. Su mirada era ligeramente triste, melancólica, perdida en algún pensamiento que intentaba verbalizar mientras abría y cerraba la boca como una especie de reflejo autómata. Finalmente, articuló:
—Lo siento. No sabía que…
—¿Qué me importabas de esa manera? —le interrumpió— Después de dos años, hay cosas de las que tú tampoco te has dado cuenta.
—Sí me doy cuenta de ellas. Créeme, Beckett, lo hago. Otra cosa es que quiera reconocerlo.
—¿Por qué?
—Porque no sé si tú lo haces.
Su mirada había pasado de desprender melancolía a desprender miedo.
Quizá se hayan mareado el uno al otro durante demasiado tiempo. Quizá hayan estado a punto de que se les fuera de las manos. Y quizá vuelvan a navegar por aguas peligrosas, pero ahora parecían querer buscar tierra firme juntos. El juego de la inocencia fingida era divertido hasta cierto punto, pero ahora no quieren nada que pueda ser mentira.
Quieren hechos. Quieren la verdad.
—Ahora sí lo hago —responde la detective, tan austero que si se hubiera visto dos años atrás no se lo habría creído.
Y se estaban acercando.
Cuando Castle le sugirió que se pusiera algo elegante, no se imaginó que acabarían en el que probablemente fuera el restaurante más caro de la zona. De ornamentación moderna, muebles minimalistas y tres pequeñas velas colocadas en forma de trébol en el centro de las mesas, aquel restaurante era el paradigma de lo que se consideraba vivir en el apogeo de la fama.
Al principio se sintió como un pez fuera del agua, intentando acostumbrarse a un mundo al que nunca había pertenecido. Una vida que le quedaba grande. Hasta que Castle agarró su mano en cuanto cruzaron la puerta. No se la soltó esperando a que el maître les atendiera. No se la soltó cuando éste les llevó hacia su mesa y no se la habría soltado si no hubiera sido necesario cuando se sentaron.
A partir de ahí, todo fue como la seda.
Castle le estaba sirviendo una copa de vino que había traído hace poco uno de los camareros, de etiqueta francesa y precio inimaginable. Le sonrió cuando terminó.
—Dios, Castle. Este sitio es… —echó un vistazo a su alrededor— guau.
El escritor se rió en silencio.
—Es uno de los pocos restaurantes de cocina moderna que no escatiman en cantidad, lo cual es de admirar —levantó su copa de la mesa con elegancia, acercándola hacia ella. La detective le imitó, chocando ambos cristales con delicadeza—. Chin, chin.
—Tu cumpleaños fue el mes pasado, para el mío quedan meses todavía. ¿Qué estamos celebrando exactamente?
—¿De verdad se necesita una ocasión especial para ser un poco romántico, detective?
—¿Romántico? —alzó una ceja, con picardía. Él bebió un sorbo.
—Detallista —rectificó.
—Romántico está bien.
No iba a negárselo. Era romántico. Para empezar, aquello era prácticamente una cita. No lo habían dicho en voz alta, pero era lo obvio. Sinceramente, nadie invita a su amigo o amiga a cenar en un sitio de alto estándar para brindar por la amistad. Quizá desde su punto de vista era complicado, pero desde fuera ambos sabían lo que era —o al menos, parecía— evidente. Tan evidente que rozaba lo ridículo.
Empezando por Castle, que no despegaba su embobada mirada de la detective.
—¿Pasa algo?
—No, nada —ella insistió con la mirada—. Es que… bueno, nada. Olvídalo.
—Castle —presionó.
—Que no estoy acostumbrado a verte así y… me impresiona. Es sólo eso.
—¿Así cómo?
—Siendo tú. Sólo tú. Nada de placas, ni pistolas, ni títulos; nada de Detective Kate Beckett, de la policía de Nueva York. Sólo tú —repitió—. Y me gusta ver esa faceta tuya.
Se quedó ligeramente asombrada. No rechazaba que el escritor fuera un tipo que contase los pequeños detalles, pero esa sinceridad y devoción por lo simple era algo que pocas veces había tenido ocasión de ver. Le sonrió como si estuviera flotando en una nube, agachando suavemente la cabeza mientras se mordía el labio inferior.
—Además, ese vestido te hace unas caderas y un…
—Vale, estabas teniendo tu momento de encanto. No lo estropees.
—Perdón.
Lo del vestido lo había hecho a propósito. Lo metió en la maleta a conciencia sabiendo que en algún momento caería la oportunidad perfecta para contonearse delante de Castle con él puesto. Fue todo un acierto.
—Gracias —le respondió—. A mí también me gusta verte así, cuando eres más humano.
—¿Humano? —preguntó, casi con miedo. Ella se rió.
—No me malinterpretes. Ya me entiendes, siendo tú. No el Castle de la prensa rosa, ni el Castle de la comisaría. Este Castle. Nunca he tenido la oportunidad de…
—De verme siendo así contigo —Beckett asintió con precaución—. Sé que viniendo de mí no tiene mucha credibilidad por razones obvias, pero no sólo soy lo que dicen las revistas. Soy más que un rumor. Y puede parecer que encaja, pero no siempre lo hace.
—Lo sé, Castle. Que me cueste expresarlo no quiere decir que no confíe en ti. Porque confío en ti —tragó saliva. El escritor se acercó, poco a poco, tanteando terreno. Ella hizo lo mismo. Todo lo que buscaba decirle encajó armónicamente en su cabeza y chocó contra su garganta. Reunió fuerzas y prosiguió:— Y por eso, yo...
—Buenas noches. ¿Ya saben qué van a desear?
Se giraron con frustración hacia el camarero, que les miraba atentamente sosteniendo una especie de libreta electrónica en la mano izquierda. Suspiraron, poniendo su atención en el camarero mientras le decían lo que iban a pedir. Cuando se hubo ido, Beckett no se vio capaz de retomar algo tan íntimo y personal después de la oportuna interrupción —el momento estaba adquiriendo demasiada intensidad—, así que decidió dejarlo escapar.
El escritor, para su suerte, colaboró y sacó temas de conversaciones banales. Cosas triviales, chistes malos. Nada que pudiera comprometerles. Y, desgraciadamente, nada que pudiera hacerles volver a donde estaban, cosa que no la ayudó. Pero no se opuso. Por experiencia propia, sabía que por muy inevitable que fuera un suceso, forzarlo sólo daría malos resultados.
Y esto era importante.
—¿Sabes de qué me estoy acordando? —preguntó la detective— Del caso de la momia maya y tu supuesta maldición.
Estaban hablando sobre hechos anecdóticos y Beckett no pudo evitar sacar ese a colación.
—Por favor, dime que no está entre tus predilectos —ella soltó una carcajada—. ¿Tú sabes lo mal que lo pasé? Creía que iba a morir.
—Admitamos que siempre has sido muy supersticioso, Castle.
—No, no. No tiene nada que ver —ella arqueó una ceja—. Vale, sí, quizá lo sea. Un poco. Pero resultaba muy convincente —el escritor se cruzó de brazos—. Ahora sé sincera, ¿lo del ascensor fuiste tú?
—No, Castle. Era divertido meterse contigo, pero hasta tanto no llegué. Aunque he de decir que verte usar las escaleras durante dos semanas fue bastante gracioso.
—Porque tengo demasiado apego por la vida. Hay cosas maravillosas por las que merece la pena seguir. Puede parecer una tontería, pero durante todo ese caso pensé en cada una de las cosas que no podría vivir si de verdad me pasaba algo. Qué aventuras me perdería —ladeó la cabeza, pensativo—. En esos momentos en los que crees rozar la muerte te das cuenta de lo poco que has hecho por este mundo y lo mucho que te quedarás sin aportar a tu propia historia.
Los dos se quedaron en silencio, sosteniéndose la mirada como si bajo sus pies no hubiera nada y eso fuera un paracaídas. Con el corazón en un puño. Conteniendo el aliento. Desvaneciéndose cualquier elemento visible que no fuera ellos. Y su túnel de visión se volvió a reducir.
Él mismo camarero volvió con sus platos y tuvieron que sacar todo su sudor en volver a poner los pies en la tierra para darles las gracias y concentrarse en su comida. Pero se deshacía en su boca como si fuera arena y no sabía a nada porque cualquiera de sus cinco sentidos estaba puesto en el otro y no en lo que tenían sobre el plato.
Y todo parecía mundano y nimio salvo la persona que tenían enfrente.
—Por eso lo mío con Demming nunca habría funcionado.
—¿Qué?
El escritor alzó su mirada, masticando y tragando y no volviendo a prestar atención a la cena. Ella dejó caer sus hombros, cansada y encorvándose hacia la mesa.
—Lo nuestro. Nunca habría funcionado. Aunque no lo hubiéramos dejado, habría pasado esto en algún que otro momento. Quizá al cabo de un par de días o la semana siguiente o, quien sabe, igual habría puesto toda mi fe en que pudiéramos ir a buen puerto si hubiéramos puesto de nuestra parte y habríamos aguantado un mes más. Pero ya está —sonrió con amargura, agitando la cabeza—. No era algo en lo que pensaría antes de morir. No era una de las maravillas que me había regalado la vida. Nunca había sido algo estable. Por dios, ni siquiera estaba segura.
—Entonces ¿por qué lo hiciste?
—Porque tenía miedo.
Castle estuvo a punto de decir algo, abriendo ligeramente su boca. Pero en seguida la cerró, echando el aire mientras la observaba con desesperación. Deslizó su espalda por el respaldo, removiéndose sobre su sitio.
Habían vuelto a entrar en vereda.
—Pensé que podría darle una oportunidad. Lógicamente, me equivoqué. ¿Quién en su sano juicio se metería en una relación cuando, en el fondo, sabe que no va a ir a ninguna parte?
—Todos cometemos errores, Kate —el escritor se encogió de hombros.
—No me gusta cometerlos cuando hay personas de por medio. Y podría haberlo llevado mejor si sólo nos hubiéramos estado haciendo daño el uno al otro. Pero ese no era el caso —miró a su compañero con lástima, que abrió los ojos en sorpresa—, ¿verdad?
Castle se inclinó hacia ella, sus manos se apoyaron en la mesa, titiritando. Sus pupilas estaban dilatadas y su respiración se estaba haciendo pesada progresivamente. No recordó ninguna situación en la que presenciase cómo el escritor tenía un duelo interior por no perder el control.
—Por eso me dijiste que ese sería nuestro último caso. Por eso me dijiste que te ibas.
—Kate, yo… —se relamió los labios— lo último que hubiera querido es que por mi culpa, Demming y tú…
—¿Por tu culpa? No —le interrumpió. Negó con la cabeza, deslizando su mano sobre el mantel hasta que encontró la de Castle, agarrándola con firmeza—. Por tu culpa, no, Castle. Fue por la mía.
—¿Y por qué rompiste con él?
—Porque no es lo que estaba buscando. Nunca lo ha sido.
—¿Y qué estás buscando?
La voz del escritor sonaba rasgada y sin aliento, entrecortada porque hablar y respirar a la vez, en ese momento, era la tarea más difícil que podría llevar a cabo. Ella apretó su mano, observándole con una dulzura ligeramente entristecida.
Tom Demming le hizo la misma pregunta el día anterior.
—¿Por qué te crees que estoy aquí?
La expresión de Castle se relajó como si no quedase nada en él que necesitara una respuesta inmediata. Tras varios segundos manteniendo contacto visual, volvieron a incorporarse, centrándose en acabar lo que les quedaba en el plato.
No volvieron a intercambiar una palabra.
El silencio era aún más consistente que el del día anterior.
En cuanto salieron del restaurante, entrelazaron sus manos como si fuera algo vital. Algo típico en su vida. Ni siquiera parecía un contacto ajeno, ni incómodo. Ni extraño.
No sólo pisaban sobre la línea emocional, sino que bailaban sobre ella.
A mitad de camino parecieron ponerse de acuerdo para estrecharse aún más. Castle soltó su mano, llevándola a su cintura y envolviéndola con su brazo. Ella hizo lo mismo, apegándose a él mientras apoyaba su cabeza sobre el hombro de su compañero. Los dedos de Castle acariciaban su piel por encima del vestido, ascendiendo y descendiendo lentamente sobre el hueso de su pelvis, tan cerca y a la vez tan lejos.
Siendo y no siendo. Categorizando qué eran exactamente, porque resultaba una obviedad que en algún momento de la noche hubo un punto de inflexión y nada seguía siendo lo mismo entre ellos.
La detective sintió la mejilla de Castle sobre su cabello. Sus brazos apretando más sus cuerpos. Cuando andaba notaba su cadera moviéndose contra la de ella. Inspiró hondamente; la fragancia de Castle impregnó sus fosas nasales provocando que un escalofrío sacudiera su cuerpo de arriba abajo.
Parecía tóxico. La situación era tan abrumadora que le temblaban las piernas.
Cuando finalmente llegaron al porche, se separaron. Ella se apoyó de costado en la pared contigua a la puerta observando cómo el escritor la abría. Se mordió el labio inferior mientras taconeaba aceleradamente, impaciente por alguna razón.
Cuando lo hubo hecho, la dejó pasar primero como hizo el día anterior. No se miraron. Entró en la casa, agachándose para quitarse los tacones mientras se dirigía al interior. Oyó a Castle cerrar la puerta. Siguió avanzando hasta detenerse frente a las escaleras. Las observó; su habitación estaba justo enfrente de éstas.
Su habitación ponía el fin a la noche.
Castle pasó detrás de ella, en silencio, dirigiéndose hacia su dormitorio. La detective cerró los ojos, tomó aire y dejó sus tacones en el primer peldaño. Dejó caer su cabeza hacia atrás. Tomó aire por la nariz. Lo soltó por la boca. Una, dos, tres veces. Se giró de medio lado, divisando la puerta de su dormitorio semi entornada. Y caminó hacia ella.
Caminó como si sus piernas se movieran solas. Caminó como si fuera la luz al final del túnel. Caminó como si un imán ejerciera fuerza sobre ella. Caminó sin pensar. Caminó con el corazón.
Y abrió la puerta. Entró en su habitación, lentamente; parecía que el tiempo no pasaba por ella. Estaba oscura, la única iluminación que tenía era la lumbre que había en la chimenea, al fondo. Siguió caminando hacia ella, las sombras del fuego se ondeaban proyectándose en las paredes dando sensación de movilidad, como una lograda ilusión óptica. Se detuvo a un par de metros de ella. Cerró los ojos. Escuchó el sonido de unos pasos acercándose. Al principio débil, intensificándose segundo a segundo. Lento. Tanteando. Beckett se tensó cuando el sonido se detuvo, tan cerca que parecían sus propios pies moviéndose.
Instantáneamente notó unos dedos acariciando sus brazos, desde sus hombros desnudos, descendiendo a lo largo hasta llegar a sus manos. Tragó saliva. Sus dedos se entrelazaron con los otros con tanta veneración que creyó que su piel ardía. Su espalda, cubierta por el calor de otra persona y unos brazos rodeando su cintura. No soltó sus manos en ningún momento. Estaban unidas sobre su vientre.
Podría volar en cualquier momento.
—¿Qué estás buscando, Kate? —susurró su compañero, apoyando la frente sobre su cabeza. Su cálido aliento le hizo temblar.
—A ti —responde, abrazándose más a él—. Te estoy buscando a ti.
El escritor se separó lo justo y necesario para darle la vuelta suavemente. Sin despegar sus manos de su cuerpo. Cerrando el espacio entre ellos tan rápido como lo había hecho. Sus pechos subían y bajaban juntos. Los brazos de la detective envolvieron el cuello de su compañero. Quizá por no ser lo bastante consciente de lo que estaba pasando o tal vez siéndolo demasiado, tenía la sensación de que todo transcurría a cámara lenta. Fraccionado. Como si quisieran eternizar la noche.
Pero lo que empezó siendo una concepción confusa del tiempo se esclareció en el momento en el que sus labios se rozaron. Abrieron sus bocas, buscándose como si fueran agua en mitad del desierto. Y se encontraron. Sus labios se deshacían mientras sus lenguas exploraban la boca del otro como si necesitaran grabarse a fuego el sabor del otro y fuera lo único que quisieran tener en su boca mientras les quedase cordura.
No parecía real. Sus cuerpos agitándose, sus manos vagando por cada parte de su cuerpo y agarrándose en las prendas del otro como si fuera lo único que les ayudase a no precipitarse al vacío. Como si les diera alas.
La intensidad del beso disminuyó, limitándose a besos fugaces. Un simple roce de labios. Una chispa entre ellos, detrás de otra. Como pequeñas dosis de adrenalina. Como descender en caída libre y volver a ascender.
Hasta que finalmente se separaron. Unieron sus frentes, las puntas de sus narices se rozaban, sus ojos estaban puestos en los labios del otro. Enrojecidos. Hinchados. Si los observaba durante más de tres segundos le volvía a urgir devorarlos hasta sentir que le faltaba el aire; era tan insaciable que daba miedo.
Y eso le encantaba a la detective. No tener suficiente.
—Castle —murmuró. El escritor musitó algo que no llegó a entender antes de volver a unir sus labios. Con vehemencia. Parecía una bomba de relojería—. Castle —repitió, la voz le temblaba.
El escritor mordisqueó su labio inferior. Ella se estremeció, gimiendo sobre su boca cuando notó su lengua lamiéndolo mientras lo succionaba. Cuando hubo terminado, establecieron contacto visual.
Sus ojos parecían un abismo. Sus pupilas estaban tan dilatadas que casi no se apreciaba el color azul. El reflejo del fuego bailaba sobre sus ojos. Y todo eso se lo estaba dedicando a ella.
—Castle —insistió una vez más. Él ronroneó, interrogante—, vamos. Por favor.
—¿Estás segura? —asintió— ¿Quieres esto?
La detective asintió una vez más, respondiendo antes de volver a unir sus bocas:
—Llévame a la cama.
