La luz de la tarde se filtraba por las ranuras de aquel viejo castillo, que había pasado de ser la base de la Legión de Reconocimiento, a algo que no tenían desde hace mucho tiempo; un hogar. La mayoría de los jóvenes soldados se encontraban aprovechando esos días para despedirse de la ciudad cuyas murallas los habían vigilado desde que eran cadetes.

Jean suspiró mientras miraba a la nada; sólo quedaba una semana para la última misión que tendrían y a pesar de haber tenido casi tres semanas para prepararse y despedirse, él seguía sin saber qué hacer. Por un lado quería despedirse de su madre y asegurarle que volverían a verse, pero por otro lado, no podía comprometer la misión contándole a su madre los detalles de ésta.

-Si sigues pensando tanto, te saldrá humo por las orejas- dijo una voz a su lado.

-Marco- dijo Jean sobresaltado.

-¿Damos un paseo?- sonrió.

Estuvieron andando en silencio bastante rato, cada uno metido en sus propios pensamientos. Pronto llegaron a un pequeño descampado con un par de rocas, donde se sentaron y Marco rompió el silencio.

-Jean- comenzó-, si mañana fuera nuestro último día aquí, ¿qué harías o qué dirías?

Se miraron mutuamente por unos minutos, ambos sabían que la misión podía fracasar estrepitosamente, morir en batalla, ser capturados y encarcelados e incluso ejecutados, eran algo que los llevaba persiguiendo en sueños todas las noches desde que hace un par de semanas les confesaran el plan.

-Te pediría un montón de dinero- contestó sonriendo-, y después compraría un montón de comida para Sasha para ver cuánto es capaz de comer.

Sabía que Marco estaba preocupado por ese futuro tan oscuro que se cernía sobre ellos, pero al menos prefería intentar hacerle sonreír durante los pocos días que les quedaban.-¿Y tú, Marco?

-¿Yo?- preguntó mientras se acercaba a Jean posando una mano en su hombro. Con la otra mano le sostuvo suavemente la cara y le depositó con cuidad un tierno beso en los labios.-Posiblemente te diría que a diferencia de lo que los demás piensen, yo creo que tú serías mejor como dirigente. No te enfades si te lo digo pero...

Un pitido estridente comenzó a resonar en la habitación a oscuras. Jean se despertó sobresaltado y rebuscó a tientas en la cama algo con lo que protegerse. Su respiración agitada y los fuertes latidos eran lo único que oía además de los pitidos. Intentó buscar alguna salida, con tan mala suerte que chocó con algo y tiró su contenido, haciendo que se sobresaltara de nuevo.

-¡Jean!- gritó Marcus abriendo la puerta y encendiendo la luz- ¿Estás bien?¿Qué ha pasado?

La mirada de ambos se cruzaron. Ya no estaba en un mundo lleno de titanes, sus compañeros habían desaparecido al igual que muchos de sus recuerdos y aquel hombre delante suyo, era el nieto de Marco.

-Estoy bien- se miró el brazo derecho por el cual caía una fina línea de sangre-, más o menos. ¿Qué es ese ruido?- preguntó mirando la estantería con la que se había chocado y los libros desparramados por el suelo.

-Es la alarma de tu despertador-contestó Marcus apagando los molestos pitidos.

-¿Despertador?

-La verdad creo que no ha sido muy buena idea de mi parte- sonrió avergonzado- date una ducha y ven a verme cuando termines, te curaré el brazo.

Quince minutos más tarde y vestido con ropas más acordes a la época, Jean se dirigió a la cocina guiado por el olor a comida.

-Te he hecho un par de tostadas y en esa taza tienes café. Desayuna mientras te pongo una venda.

Como si de un niño pequeño se tratara, Jean acataba todas las órdenes que Marcus le decía.

-¿Has recordado algo mientras dormías?-preguntó sonriente.

-Soñé con algo que sucedió hace una semana- se interrumpió-, bueno, para mí ha sido una semana, aunque quizás hayan pasado miles de semanas.

Una sonrisa triste se cruzó por los labios del joven, que continuó su relato:

-Estaba con Marco hablando sobre cosas sin importancia, él me...-se sonrojó y carraspeó para intentar alejar ese hermoso recuerdo de la conversación- él estaba diciéndome algo y me quedé a la mitad.

-No sé cómo sería en esa época tuya- comenzó, llamando la atención del joven- pero en esta época, no pasa nada ni nadie te dirá por salir con otro chico.

Jean intentó replicar pero sus propios gestos le daban la razón al anciano.

-Mis padres murieron cuando yo era pequeño, por lo que mi abuelo, es decir, Marco, me crió y me enseñó un montón de cosas y me explicó mucho de otras. Además me habló mucho de ti, podría decirse que te conozco tan bien como él.

Como si recordara algo pasado y triste, el rostro del anciano se ensombreció, aunque Jean pareció no percatarse de ello.

-¿Damos un paseo?-preguntó el joven.-Quiero conocer más de este mundo para que no me dé un ataque cada vez que suena un despertador o alguna de esas cosas modernas.

-Guau- exclamó Jean impresionado. Todo ese mundo era tan... diferente.

-Pareces un niño pequeño en su primera excursión al zoo- rió Marcus.

-¿Qué es un zoo?

Marco suspiró conteniendo una sonrisa.

-Parece que tendré que enseñarte muchas cosas de este mundo.

Eran las seis de la tarde cuando Jean y Marcus se encontraban descansando en un parque.

-Entonces en esta época, no hay rey sino algo llamado presidente, que es elegido por el pueblo; no se utilizan velas ni aceite, sino que en lugar de eso hay electricidad; la gente se desplaza en coche y no en caballo; las mujeres pueden vestir enseñando las piernas y nadie les dice nada y se puede pagar con unas tarjetas de algo llamado plástico en lugar de con monedas... ¿Me olvido de algo?

-Creo que has cogido las ideas generales de estos tiempos- sonrió.

-Este mundo es tan extraño. No puedo creer que hace un tiempo la gente temiera ser devorada por titanes y encerrada en tres murallas, mientras que ahora sólo tienen que preocuparse porque no los atropelle un coche. Seguro que al estúpido de Yeager lo habrían atropellado hace tiempo.

-¿Recuerdas a Eren?-preguntó incrédulo-¿Te... te acuerdas de alguien más?

-Ahora que lo pienso, estaba Mikasa, Eren, Armin, Ymir, Sasha...-un montón de rostros conocidos asomaban por su cabeza, pero le era imposible recordar los nombres de esas caras que le miraban-, no recuerdo más.

-Está bien, Jean, no hace falta que te fuerces, con el tiempo tus recuerdos se irán desbloqueando de forma natural. De momento volvamos a casa, se está haciendo tarde.

El calor de la tarde había dado paso al frío de la noche mientras ambos esperaban en la estación de tren a que éste llegara.

-Jean- dijo para llamar la atención del joven.-Me gustaría pedirte un favor.

-Mientras que sea algo que pueda hacer, no tengo ningún inconveniente.

-Creo que el resto de tus compañeros de la Legión de Reconocimiento, siguen vivos y han despertado, al igual que tú lo has hecho. Y teniendo en cuenta que yo nunca les he visto, ¿podría encargarte a ti la misión de buscarles y traerles hacia mí?

En esa misma estación, al otro lado del andén, un joven bajaba del tren con unas llaves en la mano derecha y un maletín en la izquierda. Miró por un momento hacia el otro lado, donde se encontraban un anciano y alguien quien seguramente sería su nieto. Sin darle más importancia se encaminó hacia su coche y tras acomodarse en su interior perfectamente limpio y cuidado, condujo en dirección al centro de la ciudad.

Estaba realmente cansado, al menos mentalmente, por lo que pensó que un baño relajante le vendría bien, pero al llegar a casa lo único que hizo fue limpiar un poco, darse una ducha e ir a dormir. El trabajo de abogado era algo que requería mucho de uno.

-Sargento-dijo un joven de brillantes ojos amarillos-ya he terminado de limpiar, ¿puedo retirarme?

-Mocoso, ven aquí- ordenó.

El joven parecía dubitativo, pero se acercó, atravesando la habitación, para cumplir la orden que le había dado su superior.

-Faltan dos días para llevar a cabo la misión y no quiero que estés pensando cualquier otra cosa y que por ello te maten, ¿lo entiendes?

-No se preocupe, Sargento, no me distraeré durante la misión, comprendo todo lo que está en juego.

-Si eso es así, debemos hablar de lo que sucedió hace tres días.

El rostro del joven se enrojeció violentamente antes de intentar responder algo coherente.

-Le... le aseguro Sargento, que fue por el alcohol que bebimos junto a los demás reclutas y seguramente en ese momento le confundí con otra persona y...-poco a poco fue bajando el tono de voz hasta que prácticamente quedó en un susurro.

Se acercó sin dudar al joven y le tomó con tanta fuerza del cuello de la chaqueta que sus labios quedaron a escasos centímetros.

-Sabes tan bien como yo que eso no fue lo que pasó, mocoso.-tiró de la chaqueta hacia él, haciendo que sus labios por fin se encontrasen.

El joven se estremeció dejando escapar un suspiro, a lo que el mayor aprovechó e introdujo su lengua en la boca del otro. Ansioso, comenzó a desvestir al joven mientras lo empujaba hacia la cama de la habitación. Aprovechando un momento en el que ambos separaron sus labios, le dio un pequeño empujón haciendo que cayera de espaldas a la cama.

Por la notoria diferencia de estatura, se sentó encima de aquel joven, rozando contra su entrepierna. Éste se tensó un poco antes de volver a tener la boca ocupada con la lengua de su Sargento. El mayor le cogió suavemente de las muñecas, dibujando suaves círculos en ellas con sus pulgares y separó nuevamente sus labios, para centrarse en su clavícula. Poco a poco comenzó a degustar el sabor salado de esa piel ligeramente empapada de sudor. Subió nuevamente a su cuello, mordiendo y lamiendo por el camino, haciendo que ese cuerpo que estaba debajo suyo se estremeciera.

Dejó que una mano se encargara de mantenerle sujeto por las muñecas, mientras que la otra se deslizaba lentamente por su pecho, trazando lentos círculos, provocando que suaves gemidos salieran de la boca del joven. Pasó de largo su ombligo y llegó a su entrepierna, que por el estado en el que se encontraba, requería de atención. Sin pensarlo dos veces metió su mano en el pantalón del joven y comenzó a acariciarlo por encima de la ropa interior. El joven lo miraba con sus brillantes ojos dorados entrecerrados, intentando contener los gemidos que luchaban por salir de su boca.

Impaciente tras contemplar aquella imagen, introdujo su mano por debajo de la fina tela de la ropa interior, acariciando más fuertemente la erección del joven.

-¡Ah! S-Sargento-exclamó el joven retorciéndose bajo el control del otro.

La respiración agitada de ambos resonaba en la habitación, mientras que aumentaba la velocidad de su mano, haciendo que enseguida el joven arqueara la espalda, tensándose y corriéndose en la mano de su Sargento.

-¿Crees que esto también ha sido por culpa del alcohol?-preguntó liberando las muñecas del joven soldado.

El menor se subió inmediatamente los pantalones y salió corriendo de la habitación, con lágrimas cayéndole por las mejillas, dándole a entender que no iba a responder.

-Mierda-dijo dándole un puñetazo a la pared.

Abrió los ojos y se retiró el flequillo de la cara. Otra vez el mismo sueño que se repetía desde hacía varios días. Con cuidado tanteó por las sábanas de su cama hasta que encontró su móvil.

Eran las doce menos cuarto y viernes por la noche, lo que significaba que todavía habría gente por la calle. Se levantó enseguida de la cama y se puso un par de pantalones negros y una camisa. No parecía hacer mucho frío por lo que se puso una chaqueta de cuero y cogiendo las llaves salió de su casa y se dirigió al ascensor. En la planta baja se acercó a la zona donde estaban los buzones y miró el suyo: Rivaille Ackerman.

Como casi siempre, se encontraba vacío. Era una persona solitaria, por lo que era improbable que recibiera carta de alguien que no fuera su propia empresa o alguna factura.

Comenzó a caminar pasando por diferentes calles con más o menos gente centrada en sus propios asuntos al igual que él. ¿Quién era el joven con el que había estado soñando todo ese tiempo? ¿Y por qué parecía ser siempre tan real? No le recordaba a nadie que hubiera conocido, ningún cliente de su bufete de abogados y mucho menos un familiar. No tenía ninguno, o al menos no los recordaba. A sus veinticuatro años sólo recordaba cosas a partir de cuando tenía unos doce o trece. Lo anterior a esa edad no existía.

Tan sumido en sus pensamientos estaba, que no se percató de que una chica muy maquillada y con poca ropa le había ofrecido pasar un buen rato. El sonido de la música de un local le llamó la atención, por lo que entró sin dudar por un instante lo que estaba haciendo. Era uno de esos sitios en los que las chicas solían bailar de forma sugerente y ligeras de ropa, girando y danzando en barras de forma sensual.

Aunque lo que le llamó la atención es que a diferencia de los locales dónde había ido con sus compañeros de trabajo, más por obligación que por placer, éste también tenía chicos bailando.

Se sentó en una mesa cerca de una de las barras y pidió a la camarera que se le acercó, un vaso de vodka. El alcohol era una buena forma de olvidar esos sueños que lo perseguían.

Las luces de su zona bajaron de intensidad, centrándose en la barra que había delante de Rivaille.

-Y ahora con todos vosotros... ¡Prometeo!-anunció el presentador por los altavoces.

La gente aplaudía mientras un joven vestido con unos ajustados pantalones militares, simulando ser un soldado, comenzaba a subir y bajar por la barra a la vez que giraba. A veces se mantenía en una posición fija sujetándose únicamente con los brazos firmemente extendidos y otras veces lo hacía simplemente con las piernas. Al igual que los demás que se encontraban por esa zona, Rivaille se encontraba embelesado por la gracia y la agilidad con la que se movía el joven. Al terminar de bailar el joven se puso firme, saludando como lo haría un soldado hacia el público.

-¿Qué le ha parecido, Sargento?-preguntó el joven mirándolo con aquellos ojos amarillos.