Más allá del lago

Serie: Merlin

Advertencias: contiene spoilers del final de la serie. Aunque no lo parezca al principio, después de algunos capítulos será slash, es decir, mostrará la relación de Arthur y Merlín siendo más que amigos (aunque posiblemente sea muy leve).

Resumen: Arturo sabía que la espera no sería fácil, y eso lo supo desde el mismo momento en el que vio el reflejo de Merlín en el agua. Sin embargo, nadie le advirtió de lo difícil que sería la vuelta.

Disclaimer: para mi desgracia, la serie no me pertenece, y tampoco sus personajes. Hago esta historia solo por el mero hecho de entretener sin ningún tipo de lucro.


625 días tras la muerte de Arturo

A veces los rumores sobre Camelot llegaban a Ealdor.

Rumores sobre como el reinado de Gwenivere complacía a sus habitantes. Rumores sobre el levantamiento de la prohibición del uso de magia (en otra época Merlín hubiera saltado de alegría al oírlo, pero ya no le importaba lo más mínimo).

Rumores acerca de los nuevos caballeros, entrenados por Percival.

Rumores sobre el nuevo matrimonio de su reina con León, quien ocupó el papel de rey consorte.

Rumores sobre la supuesta infertilidad de Gwen.

Pero Merlín nunca llegó a saber si aquellos rumores tenían algo de cierto o no, no se esforzó demasiado por descubrirlo.

Pensó que era mejor vivir en la ignorancia.

29 de diciembre de 2012

Ninguno de los dos comentó nada sobre aquella noche.

Arturo no quería forzar a Merlín, y Merlín no estaba dispuesto a hablar aún.

Esa noche Arturo volvió a depositar a Merlín en la cama, se dirigió al sofá e intentó conciliar el sueño. Horas más tarde, Merlín se despertó sobresaltado una vez más, y Arturo volvió a ocupar el lado izquierdo de la cama.

1598 días tras la muerte de Arturo

Gaius murió un día soleado, en el que las nubes poblaban un cielo azul y hermoso.

Tal y como ocurrió con Gwaine, Merlín lo notó, y no pudo sentirse más desdichado.

4865 días tras la muerte de Arturo

Hunith abandonó el mundo rodeada por seres que la amaban, entre ellos su hijo. Merlín pensó que tras las muertes de Arturo, Gwaine y Gaius no debían quedarle lágrimas, pero se equivocaba.

Murió en su cama, y al contrario de lo acontecido en la muerte de Gaius, aquel día no era soleado, aquel día llovía.

Merlín abandonó Ealdor para siempre, con las últimas palabras de su madre escritas en la mente:

"Él va a volver, solo tienes que esperar".

30 de diciembre de 2012

—Tal vez un día podrás contarme todo lo que hiciste —soltó Arturo, sentado en el sofá, al lado de Merlín.

Observó cómo Merlín se levantaba, y por un instante Arturo pensó que no debería habérselo pedido tan pronto.

Quería saber su versión de los hechos, desde el día en el que llegó a Camelot hasta el día en el que Arturo murió, pero podía esperar. Había esperado quince siglos, podía aguardar unos años más.

Se maldijo por haberle pedido aquello con tan poco tacto, mas Merlín volvió a su lado una vez más, sin emitir palabra, con lo que parecía un viejo libro en las manos.

Arturo lo miró sin comprender, y Merlín le tendió el libro.

—Será más fácil así.

Arturo asintió, sin saber a lo que se refería, y Merlín dirigió su mirada a la televisión una vez más.

El rubio abrió el libro y comenzó a leer la letra cursiva que aparecía en sus páginas antiguas.

"Ningún hombre joven, por muy inteligente que sea, puede conocer su destino".

13589 días tras la muerte de Arturo

Merlín despertó una mañana fría y se estremeció al no poder recordar con claridad Camelot, sus muros de piedra y sus pasadizos.

Recogió hojas de papel de inmediato, dirigió una mirada al lago donde Arturo descansaba, y comenzó a escribir, sin ni siquiera pensarlo demasiado.

Escribió su historia, su llegada a Camelot, describió en profundidad de detalles a Gaius, Gwen, Morgana e incluso a Uther. Plasmó en el papel a toda persona que alguna vez dejo una impresión en su vida. Su gran amigo Gwaine, el caballeroso León, la gentileza de Percival, la audacia de Elyan y la nobleza de Lancelot. Escribió sobre Kilgharrah, sobre sus consejos en forma de adivinanzas. Sobre Tristán e Isolda, quien murió combatiendo valerosamente con el fin de recuperar un trono en el que no creía, tan solo por bondad. Habló acerca de Aithusa, la pobre dragona que no llegó a cumplir con su destino. Describió la dulzura de Freya, y de cómo acabó convirtiéndose en la Dama del lago que tanto amó. De la gentileza de Morgana, que poco a poco, fue dando paso al odio.

Pero sin duda, lo más difícil fue escribir acerca de Arturo. De sus cálidas sonrisas, de sus muecas al despertar, de su forma de hablar y de sus berrinches de niño mimado. De la forma en la que sostenía su espada, de sus conversaciones absurdas, de sus viajes de caza, de sus entrenamientos... De todo.

Fue entonces cuando Merlín se respondió a sí mismo la pregunta que se había hecho años atrás.

¿Realmente vale la pena esperar?

.

31 de diciembre de 2012

Arturo solo leía. Leía y leía sin parar, hasta que finalmente no hubo más que leer.

Acarició con sus dedos las últimas palabras escritas en el cuaderno, esas que estaban emborronadas por algo que muy posiblemente habían sido las lágrimas de Merlín hacía siglos; y no pudo evitar que un nudo se le formara en la garganta.

—Cumplí mi promesa —dijo Merlín desde el otro lado de la sala.

Posiblemente el mago había estado aguardando a que el rey cerrara las tapas del libro para hablar.

Arturo fijó sus ojos azules en él.

Y yo te juro que te protegeré o moriré a tu lado.

Arturo bajó la mirada tras escuchar las palabras del mago, recordando el momento en el que Merlín había estado a su lado en la espesura de la noche, huyendo de Morgana, con la intención de recuperar a sus hombres.

Se habían encontrado escritas, en la esquina de una de las páginas, tal y como si aquella promesa le pesara al escritor en el alma. Y aunque a Arturo le había dolido leer aquella frase, no fue nada comparado a escucharlas una vez más de boca de su sirviente.

—Lo hice —continuó—. Una parte de mi murió el día en el que tú lo hiciste.

Merlín se dirigió a la cocina.

Arturo no respondió, no hacía falta.

Esa noche, Arturo se aventuró a rozar los dedos de Merlín bajo las mantas, y el mago no se apartó.

1 de enero de 2013

—Es uno de enero —Merlín frunció el ceño mientras leía el periódico que misteriosamente se había transportado a su cocina (Arturo pensó que sería magia, y no andaba muy desencaminado).

Al no oír respuesta alguna por parte de Arturo, Merlín volvió su cabeza hacia él y dijo:

—Es año nuevo.

Esta vez Arturo emitió un pequeño oh que convenció un poco más a Merlín. Dudó en preguntar qué año había comenzado, pero para su sorpresa, Merlín se adelantó.

—Es 2013 —La voz de Merlín se fue apagando con cada sílaba pronunciada, hasta que finalmente bajó su mirada una vez más al periódico, buscando catástrofes nucleares, guerras, hambrunas o penurias. Algo que le explicara el hecho de que el mismísimo Rey Arturo estuviera sentado en su sala de estar.

—¿Cuánto tiempo…?

Arturo quería haber preguntado "¿Cuánto tiempo me esperaste?", pero las palabras no le salían de la boca. Quería pronunciar aquellas palabras desde que había puesto un pie en esa casa, y sin embargo no se atrevía. No sabía cómo reaccionaría Merlín ante aquella cuestión, e incluso le daba algo de temor descubrirlo.

—Mil cuatrocientos ochenta y nueve años —soltó el mago, sin emoción alguna en su voz. Tal y como si se hubiera aprendido el número de memoria y ni siquiera conociera el significado de él.

Arturo observó a Merlín tomar aquella postura que significaba "no quiero hablar de esto, cambiemos de tema", pero pensó que si no lo hacían en ese momento, si no hablaban, no lo harían nunca.

—Sabía que el tiempo pasaba —confesó Arturo—, pero no sabía cuánto exactamente.

Merlín seguía sin mirarle a la cara, por lo que Arturo prosiguió.

—Te veía desde el lago —dijo, con un matiz de vergüenza en su voz. Esta vez Merlín le sostenía la mirada con un atisbo de curiosidad— Veía todo lo que hacías.

—¿Cómo…?

—Freya —continuó Arturo—, ella me dijo que aunque aún no pudiera volver, siempre que quisiera podría mirar el agua. No sé cómo, ni porqué, pero me permitió ver todo lo que ocurría al otro lado.

—¿Veías todo? —preguntó con voz temblorosa.

Arturo asintió.

—Vi como Gwen reinó, como volvió a casarse con León.

Merlín hizo afán por hablar, pero Arturo lo cortó.

—No, no digas nada. Estaba en todo su derecho a hacerlo. Me alegré por ella, era feliz y eso fue lo único que quise siempre.

Merlín bajo la mirada una vez más.

—No volviste a Camelot.

Era una afirmación, no una pregunta, Merlín se dio cuenta de ello.

—No.

—¿Por qué?

Aquello era algo que se había preguntado durante todo el tiempo en el que le veía desde el lago. ¿Por qué no volver a Camelot, con sus antiguos amigos? ¿Por qué aguardar junto a un lago, completamente solo?

—Porque todo en Camelot me recordaba a ti.

Merlín mantuvo sus ojos en algún lugar indeterminado del suelo, no quería ver la mirada de compasión que seguro se encontraba en los ojos de su amigo. Ya había tenido bastante compasión para toda una vida.

Esta vez Arturo no sabía cómo continuar.

Debió esperarse aquello, sabía que Merlín siempre lo sorprendería, e incluso en momentos como ese, no era raro que lo hiciera.

Y de pronto la percepción de Arturo cambió. Porque delante suya no estaba el niño flacucho que había llegado a Camelot. Ese que lo insultaba sin importar su estatus social. Tampoco aquel que había crecido un poco menos delgado con el paso de los años. Ni el que le acompañaba en sus cacerías entre quejido y quejido.

No, ante sí se encontraba el mago más poderoso de todos los tiempos.

El mago que había esperado por su rey, no… su amigo, durante mil cuatrocientos ochenta y nueve años.

—Te eché de menos —confesó Arturo.

—Yo también —susurró Merlín.

Esa noche, Arturo volvió a rozar los dedos de Merlín, y este le devolvió el gesto.

2 de enero de 2013

Sabían que ese momento iba a llegar, por mucho que Merlín se empeñara en posponerlo.

Los víveres empezaban a escasear (y para qué mentir, Arturo estaba empezando a hartarse de tanta pizza), sumándole el hecho de que Merlín debía compartir su escasa cantidad de ropa.

Fue por esto que durante el desayuno (que constaba de un puñado de cereales y poco más), Merlín se aventuró a preguntar:

—¿Te gustaría salir?

Arturo levantó la cabeza de su bol de cereales y fijó su atención en el mago.

—¿A la ciudad?

Merlín asintió sin demasiado entusiasmo. Claramente, la idea no le hacía demasiada gracia.

—Tengo que comprarte ropa, la mía te queda pequeña —sonrió—. Además, nos empezamos a quedar sin comida… y sin papel higiénico —añadió—. Lo último puedo arreglarlo con un hechizo multiplicador, pero con la comida no es recomendable.

Arturo sonrió. Le gustaba que Merlín volviera a ser el mismo de siempre (o al menos, que lo fuera durante unos minutos).

—Quiero ir —Arturo asintió con entusiasmo. Había estado preparándose para aquello durante días, conocía los vehículos con ruedas, y las cajas para llamar a otras personas, además de la televisión. Ya nada podría impresionarle.

—De acuerdo, pero… no te separes de mí —concluyó Merlín.

Ese día, Arturo abandonó la pequeña casita por primera vez desde que había vuelto del lago, y aunque la primera vez no se permitió pasar demasiado tiempo observando su alrededor, esta vez era diferente.

Merlín le explicó que debían viajar en un vehículo llamado tren, que los llevaría hasta Londres (le había dicho que la ciudad era algo parecido a Camelot, pero muchísimo más grande), porque aunque en el pueblo en el que se encontraban había supermercados (palabra extraña que Merlín había utilizado con anterioridad), era mejor comprar su ropa en la ciudad.

Arturo observó los gigantescos edificios que parecían realizados en algún tipo de cristal. Sonrió ilusionado al observar el movimiento de los automóviles, y se volvió rápidamente al ver los carteles con fotografías de otras personas (Merlín le había explicado esa misma mañana lo que era una fotografía).

Fue ese día cuando se dio cuenta de lo sumamente protector que era Merlín. Es decir, sabía que lo era, no había que ser un genio para notarlo, y más habiendo leído sus escritos acerca de su vida en Camelot. Incluso en sus años como rey, y aunque fuera prácticamente un ignorante, Arturo podía notar lo mucho que se preocupaba, como siempre mantenía sus ojos en las personas que le importaban. Pero aquello… aquello era demasiado.

"Arturo, no te acerques a las vías".

"No te separes de mí".

"Ten cuidado con el escalón".

"Ni si te ocurra acercarte a ningún perro…

"…tampoco a gatos".

"Mucho menos a los coches. No te acerques a los coches".

Fue el momento en el que Merlín le agarró del brazo para cruzar la calle que Arturo no pudo soportarlo más.

—Para —le dijo.

—¿Qué? —Merlín lo miraba confuso.

—Para —repitió—, para de hacer eso.

—¿El qué? —preguntó aún más confuso que antes.

—Tratarme como si fuera a tener un accidente mortal de un momento a otro.

Arturo se arrepintió de la elección de palabras casi al instante de haberlas pronunciado.

Observó como la mirada de Merlín se oscurecía y de cómo este reanudaba su paso una vez más.

El resto del día lo pasaron comprando ropa, visitando tiendas y caminando.

Finalmente, cuando comenzaba a atardecer, con bolsas en las manos, se dispusieron a volver al pueblo y comprar allí la comida que necesitaran.

Arturo avanzó por el tren (sintiendo los ojos de Merlín en su nuca) hasta encontrar un asiento con ventanilla. Le gustaban las vistas, ya que pese a lo que se había imaginado en un primer momento, casi todo el trayecto contaba con paisajes de verdes prados y bosques.

Fue cuando el tren comenzó a moverse que Arturo habló.

—Lo siento.

Merlín no dijo ni una palabra, simplemente mantuvo su mirada fija en el exterior, con las manos apoyadas en la mesita que los separaba.

—Merlín —lo llamó, con un deje bromista en su voz—. Sabes que no puedes estar enfadado conmigo por una tontería como esta.

—No estoy enfadado.

Arturo lanzó un sonoro suspiro.

—Lo siento —repitió por segunda vez.

—¿Dos lo siento en un mismo día? Soy afortunado —Arturo observó cómo los labios de Merlín se curvaban, aunque fuera muy ligeramente (podría haber pasado desapercibido para cualquiera).

—¡Vamos, Merlín! —Resopló— Sabes que no me gusta tu verborrea, pero mucho menos tu silencio.

Merlín continuó sin pronunciar palabra, por lo que Arturo gruñó una vez más. Dándose por vencido (al menos por ahora), metió una mano en una de las bolsas para sacar un refresco que le había comprado el mago en la ciudad. No lo había probado aún, pero sintió curiosidad sobre como sabía cuándo vio a los niños beberlo.

Tomó la lata entre sus manos y procedió a arrancar el extraño artilugio que la mantenía cerrada, pero algo pareció salir mal, porque la lata soltó espuma, después líquido, y de un momento a otro Arturo se encontraba mojado completamente.

—¡¿Pero qué…?!

Arturo no llegó a terminar la frase, porque todo lo que pudo hacer fue escuchar la risa de Merlín. Fuerte, clara y sincera.

Era la primera vez que le oía reírse en mil quinientos años, ya fuera a través de un maldito lago, o durante los días que habían pasado juntos.

Merlín rio y rio, y pareció que había pulsado un interruptor, porque no paró durante mucho tiempo.

Arturo sonrió, y el problema del refresco pareció desaparecer entre la risa de Merlín.


Notas de la autora:

Aquí dejo la tercera parte, espero que os guste.

¡Muchas gracias por vuestros comentarios!