Más allá del lago
Serie: Merlin
Advertencias: contiene spoilers del final de la serie. Aunque no lo parezca al principio, después de algunos capítulos será slash, es decir, mostrará la relación de Arthur y Merlín siendo más que amigos (aunque posiblemente sea muy leve).
Resumen: Arturo sabía que la espera no sería fácil, y eso lo supo desde el mismo momento en el que vio el reflejo de Merlín en el agua. Sin embargo, nadie le advirtió de lo difícil que sería la vuelta.
Disclaimer: para mi desgracia, la serie no me pertenece, y tampoco sus personajes. Hago esta historia solo por el mero hecho de entretener sin ningún tipo de lucro.
3 de enero de 2013
Merlín llevo a Arturo ese día a una cafetería.
Al parecer, tras el día anterior Merlín parecía estar de bastante buen humor, pese a su discusión ya olvidada. Una vez que volvieron al pueblo, Merlín y Arturo se dirigieron al supermercado, y pese a las creencias del mago, la situación no fue tan complicada como se la imaginaba.
Arturo llevó bien aquella experiencia (no tan bien cuando vio como la carne era envasada en plástico, pero acabaría por acostumbrarse), e incluso compró un par de bolsas de patatas fritas con el fin de probarlas.
Por lo tanto, y como su anterior excursión había sido satisfactoria para ambos, Merlín decidió ir al café que visitaba de vez en cuando.
No estaba muy lejos, a unos cinco minutos andando, por lo que Arturo caminó con entusiasmo por el filo de la carretera, tal y como Merlín le había pedido, o más bien ordenado. El mago evitó fijar su mirada en el lago, e intento sacarse de la cabeza que hasta hacía unos días había estado completamente solo.
Merlín nunca había prestado demasiada atención al nombre de la cafetería, solo lo consideraba una casualidad poco divertida, pero sonrió cuando Arturo dijo sorprendido:
—¿Se llama Avalon?
El mago asintió y se apresuró a entrar.
—¿Vienes por aquí a menudo? —le preguntó el rey, tomando asiento en frente de él, en una de las mesas vacías.
—No mucho, en realidad no salía demasiado de casa —confesó—. Lo necesario para no morir de hambre.
Ambos sabemos que no puedes morir, pensó en decir Arturo, pero después cayó en la cuenta de que esa afirmación haría que la conversación se tornara tensa. Aún no es el momento de hablar de ese tema, se dijo a sí mismo.
Arturo le permitió a Merlín pedir por él, conocía sus gustos, por lo que no le dio importancia (tampoco es como si supera que clase de bebidas servía en una cafetería).
Pocos minutos más tarde, una chica de pelo moreno y ojos castaños se les acercó con dos tazas que depositó en frente de cada uno. El café era distinto al que preparaba Merlín. Tenía más espuma, y en medio flotaba una pequeña galleta.
Arturo cogió la taza por el asa y se la llevó a los labios mientras su amigo lo miraba atentamente. Supuso que esperaba su reacción; que diera el visto bueno al café.
Supuso mal.
En cuanto que el líquido tocó sus labios lo apartó rápidamente.
—¡Quema! —gritó— ¡¿Por qué no me lo has dicho?!
—Pensé que querías que dejara de protegerte, sire —respondió con sorna—. Como buen sirviente que soy, debo obedecer a mi rey.
Arturo abrió la boca, en un gesto que le hizo parecer ofendido, aunque lo cierto fuera que quería echarse a reír.
Había sido la primera vez que Merlín había comenzado una de sus típicas peleas, y Arturo no podía estar más contento.
4 de enero de 2013
—¿La echas de menos?
Arturo se sorprendió al oír aquella pregunta. Desde que había despertado, siempre había sido él el que daba pie a las conversaciones sobre el pasado o Camelot, por lo que se sobresaltó un poco al escucharlo.
—A Gwen —continuó Merlín, aunque sabía que Arturo lo había entendido perfectamente.
Arturo meditó durante unos minutos en silencio. Lo cierto era que no sabía cómo responder, porque dijera lo que dijera, aquella única sílaba les llevaría a una conversación que Arturo no quería tener aún.
Merlín aguardó expectante, hasta que finalmente Arturo habló.
—Sí —respondió, cabizbajo.
Merlín asintió en un movimiento de cabeza, convenciéndose a sí mismo de que era normal. Había sido el amor de su vida, lo extraño sería que no la echara de menos.
—Durante mis años tras el velo —Arturo a menudo se refería de esa forma al lago—, tuve mucho tiempo para pensar. Tal vez, demasiado. Veía a Freya de vez en cuando, pero no era lo normal. La mayor parte del tiempo lo pasaba solo. Mirando a través del agua.
Merlín asintió una vez más, instándole a continuar.
—Vi a Gwen una vez —confesó—. Muchos años después de su muerte.
El mago lo miró desconcertado. Notó el momento en el que la reina pasó a mejor vida, fue la última en morir. El primero fue Gwaine, más tarde Gaius, León, Percival y finalmente Gwen.
Todas y cada una de las muertes se llevaron una parte de él. De lo poco que quedaba del joven que había llegado a Camelot a través de una colina.
La mayoría de lo que quedaba de esa persona se lo había llevado Arturo.
—También hablé con Gaius.
Arturo observaba las reacciones de Merlín. Parecía tenso, listo para huir de un momento a otro.
—Vi a Gwaine —prosiguió—. Fue el primero en hablar conmigo.
Merlín temblaba, de pies a cabeza.
—Y… vi a Hunith —dijo—. Vi a tu madre.
Merlín se levantó de la silla que ocupaba y abandonó la habitación con paso rápido.
La conversación había acabado.
Año 621
Arturo sintió la tierra a su lado revolverse, y como alguien se arrodillaba junto a él. Volvió la mirada esperando ver a Freya, mas lo que vio le sorprendió.
—Hola, princesa —saludó Gwaine, con la sonrisa brillante y despreocupada que tanto lo caracterizaba, y con un tono de voz burlón.
Arturo sonrió y dijo:
—Después de tantos años, después de tanto esperar, ¿tengo que escuchar como premio tu cháchara?
—Ahora me has ofendido —respondió, soltando una carcajada.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Arturo, sin que la sonrisa de sus labios se desvaneciera. Era bueno tener alguien con quien hablar.
—Hacer que la princesa no se sienta sola —respondió, aún con tono burlón.
El rey fijó su mirada en el lago una vez más. Las aguas ondeaban, de un lado a otro, y en el centro podía vislumbrarse la imagen de Merlín, con sus ropajes extraños, arrodillado junto a la orilla del lago.
—Siempre supe que había algo especial en él —dijo Gwaine, observando a Merlín introducir sus dedos en el agua—, desde que os conocí en aquella taberna. Supe que había algo oculto en él, pero nunca supe que era.
Arturo asintió lentamente.
—Nunca me lo contó —dijo el rey.
—Ni a mí —respondió Gwaine—. Conociéndolo, no querría ponernos en una situación difícil.
Las aguas fluían lentamente, y ambos observaron cómo Merlín suspiraba y escondía la cabeza entre sus brazos, en una posición fetal.
—Nunca lo supe —dijo el caballero—. Pero cuando morí todo fue mucho más claro. Todo aquello que nunca había tenido sentido acerca de él, comenzó a tenerlo. Y finalmente, recordar mi último viaje con Merlín fue la respuesta a todo.
Arturo frunció el ceño.
—Me pidió que le llevara al Valle de los Reyes Caídos —aclaró—, a la Cueva de Cristal. Por eso no te acompañó a la batalla. Quería serte de utilidad, y para eso debía estar en otra parte.
Esta vez Arturo lo miraba fijamente, logrando comprender un poco algunas de las incógnitas que se cernían en su mente.
—Por eso estoy aquí —dijo—. Tenía que contártelo.
El rey le mostró una pequeña sonrisa, a la que Gwaine correspondió de la misma forma.
—Gracias —le dijo.
Ambos volvieron una vez más su vista al lago. Merlín seguía en la orilla.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Aunque te dijera que no, terminarías haciéndolo —rio Gwaine.
Arturo dudó, pero finalmente dijo:
—¿Cómo moriste?
Observó como la sonrisa de Gwaine se desvanecía un poco, y como este miraba el cielo.
—Morgana.
Arturo notó como se le formaba un nudo en la garganta. Lo había intuido, había intuido que había sido a manos de su hermana, pero quiso asegurarse de que era cierto.
—Pero no le guardo rencor —suspiró.
—¿Qué harás ahora? —preguntó una vez más.
—Quién sabe… —respondió Gwaine—. Quizás viaje a otras tierras. Allá donde el viento me lleve —dijo, sosteniendo un dedo, sintiendo la brisa irreal de aquel lugar. Arturo sonrió al recordar la última vez que había escuchado aquellas palabras por parte del caballero, en tiempos mejores, cuando no había más preocupación que una absurda prueba en tierras lejanas.
—¿Volveré a verte? —Arturo se esforzó por no soltar alguna lágrima. Supuso que Gwaine se encontraba en la misma situación.
—Quién sabe, Arturo. Quién sabe.
Cuando Arturo dirigió una vez más su mirada al lago, supo que Gwaine se había ido.
201829 días tras la muerte de Arturo
Merlín compraba fresas en un mercado de Pierrefonds. Una niña de cabellos pelirrojos y ojos miel se le había acercado corriendo. "Freises, monsieur", había dicho la niña, al mismo tiempo que recogía una de las fresas rojas de la cesta y se la tendía.
El mago tomó una moneda y se la entregó, y la niña, agradecida, le dio la fruta. "Merci, monsieur", le dijo, y correteó de nuevo hacia otro posible cliente.
A Merlín le gusta Francia, le gustaba el idioma y sus gentes. Pero sobretodo, le gustaban sus mercados.
Fue un día como otro cualquiera, en el que Merlín paseaba despreocupado, llevándose a la boca la fresa que acababa de entregarle a la niña, cuando lo vio.
Gwaine.
Hacía años que el mago había olvidado su rostro, pero supo que era él. Su forma de andar, su sonrisa, su pelo y sus ojos. Era Gwaine.
Y aunque supo que era él, también supo que no lo era, al menos no en esta vida. Por lo que sonrió, sintiéndose un poco menos desdichado aquel día, y siguió su camino.
5 de enero de 2013
Merlín abrió los ojos en la oscuridad de la noche para encontrar, tal y como esperaba, a Arturo a su lado.
—¿Una pesadilla? —susurró.
Con el paso de las noches, Arturo se había acostumbrado a los despertares forzosos de su amigo, por lo que nunca llegaba a tener un sueño profundo, siempre se encontraba alerta, tal y como hacía en sus viajes de caza o sus misiones.
Pero esta vez, Merlín no había gritado. Simplemente había abierto los ojos, y aun así, Arturo sabía que estaba despierto. A veces se sorprendía a si mismo de lo mucho que conocía a su compañero.
—No —respondió feliz—. Era un sueño. Uno bonito.
Arturo le sonrió, y observó cómo Merlín apoyaba su cabeza en la almohada una vez más, dispuesto a seguir durmiendo.
Año 699
No había pasado mucho tiempo de la visita de Gwaine cuando Gaius se presentó.
Al igual que ocurrió anteriormente, Gaius apareció a su lado, solo que al contrario que el caballero, el anciano no se arrodilló.
Arturo sonrió volviendo la vista hacia él, y Gaius le devolvió el gesto.
—Lo hiciste bien —le dijo Gaius, palmeando su hombro en señal de orgullo, tal y como lo había hecho cientos de veces con Merlín.
—Pero morí.
—Eso no importa —respondió el anciano—. Ambos, Merlín y tú, cumplisteis vuestro destino. No había nada que pudierais hacer, nada ni nadie puede escapar de lo que ya se ha predicho.
—Pero Merlín lo intentó —dijo el rey. Con el paso de los años, tenía muy claro en su mente que su amigo había intentado con todas sus fuerzas romper lo que había sido escrito desde antes de su nacimiento.
—Sí, y gracias a él estamos donde debemos estar —Gaius fijó su mirada en el agua, donde la imagen de Merlín prevalecía, y su mirada se entristeció—. Él está esperando, al igual que lo haces tú.
—¿Por qué espera? —le preguntó, ya que había sido algo que se había cuestionado desde el principio. ¿Por qué esperar a alguien que podía o bien no podía volver?
—Tal vez, tú mismo deberías hacerte esa pregunta —le contestó—. ¿Por qué esperas, Arturo Pendragon?
Gaius le dio una palmada más en el hombro.
Arturo volvió su mirada hacia el lugar que había ocupado el anciano, mas este se encontraba vacío.
15 de enero de 2013
Los días fueron pasando con rapidez. Ya no se sentían como un peso sobre los hombros de Merlín, sino que disfrutaba cada minuto de ellos. Cada minuto al lado de Arturo.
A veces iban a Avalon, y siempre que lo hacían Merlín se aseguraba de no mirar hacia el lago. Tomaban café, bromeaban, y de vez en cuando se acercaban a Londres.
En una ocasión Arturo se había acercado a un escaparate en el que descansaban dos cachorros. "Es una tienda de animales", le había dicho Merlín, "Te sorprenderías de los animales que pueden tener las personas de esta época como mascotas".
Arturo le había sonreído, y más tarde ambos siguieron su camino.
19 de enero de 2013
—¿De dónde sacas el dinero?
Merlín apartó su mirada del televisor y la dirigió a Arturo.
—¿Qué? —El mago se encontraba confuso.
—El dinero —dijo el rubio—. ¿Cómo lo consigues? En todo este tiempo no te he visto trabajar ni un solo minuto, y dudo que en esta época lo regalen porque sí.
Arturo terminó la frase con una sonrisa, mirando a su amigo expectante.
—Trabajé durante muchos años —respondió.
—¿Y…?
—Y después de tantas vidas —continuó, haciendo especial énfasis en la palabra tantas—, me cansé de trabajar.
Arturo arqueó una ceja.
—¿Robas el dinero? —La voz de Arturo se había alzado unas milésimas más del tono de voz adecuado para una conversación tranquila.
—¡No! —Gritó Merlín ofendido— ¡Nunca he robado!
—¿Entonces como lo consigues? —Arturo cada vez se encontraba más y más confuso acerca de la dirección que estaba tomando aquella conversación.
Merlín suspiró y le lanzó una de esas miradas que significaban espera aquí antes de levantarse del sofá.
Minutos más tarde volvió a aparecer, con un trozo de papel en sus manos y un billete de cinco libras en la otra.
—Calla —le reprendió a Arturo al notar como este abría la boca dispuesto a argumentar lo que fuera— y mira.
Merlín tomó en su mano derecha el billete de cinco libras, y en la izquierda el trozo de papel. Recitó una serie de palabras que Arturo no conocía, y sus ojos brillaron en dorado.
Poco a poco, el papel en blanco comenzó a tomar forma y color. Segundos más tarde, Merlín sostenía en su mano una réplica exacta.
—¿Falsificas los billetes? —la sonrisa de Arturo se ensanchó.
—Casi podría decir que no es una falsificación —respondió—. Lo cierto es que son exactamente iguales.
Arturo soltó una carcajada.
—No tienes remedio.
4 de febrero de 2013
Tras casi un mes y medio de convivencia, Merlín notó como Arturo comenzaba a tornarse nervioso.
Paseaba por la casa de aquí para allá, se levantaba del sofá innumerables veces, e incluso cerraba la puerta del baño con pestillo (aun sabiendo lo mucho que odiaba Merlín eso. Aún tenía la sensación de que el rey iba a caer muerto en cualquier instante y el no estaría ahí para ayudarlo).
Merlín había observado y meditado cada uno de los indicios, y sin embargo no se había esperado la situación que se encontraba viviendo en ese momento.
—¿Qué?
—Te he preguntado —repitió Arturo— si te importaría que fuera a dar un paseo.
Merlín no reaccionaba.
—Yo, solo —dijo con cautela.
Al no observar aún reacción alguna por parte de Merlín, Arturo añadió:
—Sin ti. Sin nadie, a decir verdad.
—¿Por qué? —preguntó Merlín, que no sabía muy bien como sentirse.
Arturo se reprendió a si mismo al observar la mirada de Merlín. Tenía la misma mirada en sus ojos que cuando a los niños les decían sus padres que los dragones no existían.
—No es por ti —añadió rápidamente—. Es porque me empiezo a sentir… agobiado.
—¿Agobiado?
—Sí, es decir —continuó, sin saber cómo explicarle la situación de forma correcta sin que se lo tomara a mal—, estamos todo el día juntos. Todo el día. Desayunamos juntos, almorzamos juntos, vemos la televisión juntos, cenamos juntos e incluso dormimos juntos.
Merlín notó como la cara le empezaba a arder. Ninguno de los dos había admitido nunca eso último, aunque era un hecho que ya Arturo no intentaba dormir en el sofá.
—En Camelot también pasábamos mucho tiempo juntos —le reprendió el mago.
—Sí, ¡pero no tanto! Tú hacías tus tareas, y yo hacía las mías. Tú dormías en tu cama, y yo en la mía.
—Con Gwen —añadió Merlín, arrepintiéndose tan pronto como esas palabras abandonaron su boca.
Arturo enmudeció.
—¿Es todo esto porque preferirías dormir con Gwen en vez de conmigo?
—¿Qué? —Arturo lo miraba anonadado. No sabía cómo la conversación había degenerado a esa situación— ¡No! ¡Es…! ¡Es diferente!
—¿En qué se diferencia? —con cada palabra que escuchaba Merlín se sentía de peor humor.
—¡Por el amor de dios, Merlín! ¡Ella era mi esposa! ¡Y tú eres…!
Arturo paró al notar la expresión en la cara de Merlín.
—¿Tu sirviente? —dijo el mago con tono ácido.
—Mi amigo —respondió.
Merlín destilaba odio. No hacia Arturo, por supuesto que no, nunca podría llegar a odiar Arturo. Pero le enfurecía la situación. No comprendía nada, no sabía por qué Arturo quería distanciarse de él, ni por qué se sentía agobiado, ni por qué le costaba tanto dejar que fuera a caminar solo.
—Solo es un paseo —susurró el rey—. Estaré de vuelta en menos de diez minutos.
Arturo sonrió, intentando así que la situación perdiera tensión.
—Te prometo que no me pasará nada —dijo, acercándose a la silla en el que el mago se encontraba.
Merlín suspiró derrotado, y asintió en un leve movimiento de cabeza.
Arturo sonrió y soltó un gracias a toda prisa, recogiendo su chaqueta del perchero.
Sabía que no estaba preso, ni mucho menos, pero había hecho bien en pedírselo. Después de todo, lo último que quería era a un histérico Merlín utilizando su magia para buscar a un rey perdido.
—No te acerques al lago —fue lo único que le pidió.
Momentos más tarde, lo único que pudo escuchar fue el ruido que hizo la puerta al cerrarse.
5 de febrero de 2013
1:22
Hacía días que Merlín no soñaba. La presencia de Arturo a su lado había facilitado su sueño, y si soñaba eran cosas que lo reconfortaban. Nunca pesadillas.
Sin embargo, esa noche, Merlín en sus sueños volvió a ver la figura de Arturo siendo absorbido por el lago. Vio el paso de los años, la soledad, la tristeza, la muerte y a Mordred.
Mordred, quien había atravesado con su espada el costado de Arturo. Vio a Aithusa, incapaz de hablar y condenada a un destino que no era el suyo por culpa de su propia necedad. Y vio a Morgana, cuya amabilidad había tornado a furia, a odio y a locura gracias a todos los errores que Merlín había cometido durante su vida.
1:36
Merlín despertó con una respiración ahogada, incorporándose en la cama de un solo movimiento. Sintió como Arturo se sobresaltaba a su lado, y abría los ojos.
—Solo ha sido una pesadilla, Merlín.
—No —Sintió como se le contraía el pecho y comenzaba a sollozar, tal y como lo había hecho el día en el que Arturo había muerto—. Moriste. Estabas muerto, y me dejaste solo.
Arturo se incorporó, en el vano intento de que Merlín se calmara.
—¡Me dejaste solo durante mil quinientos años! —le gritó, tirando de las sábanas y abandonando la cama.
—Merlín —La voz de Arturo era suave.
—¡No! —gritó de nuevo— ¡Me dejaste solo! ¡¿Y crees que tienes derecho a decirme que te agobio?!
Arturo presenció cómo los ojos de Merlín brillaban en dorado, para a continuación, observar como el vaso de cristal que residía en la mesilla de noche explotaba en mil pedazos.
Merlín hiperventiló al observar el vaso roto, y se apresuró a tocar los pedazos.
—Lo siento —sollozó—, lo siento.
Arturo se acercó a él, arrodillándose en el suelo a su lado, y acercándolo, frotando sus manos por sus brazos una y otra vez, tal y como hacía con sus caballeros más jóvenes cuando sentían pánico antes de la batalla.
—No pasa nada —susurró—, déjalo, lo recogeré por la mañana.
Arturo le sonrió de forma cariñosa, esperando que así comprendiera que podía contar con él, y Merlín se acercó aún más, apoyando la cabeza en su hombro.
Durante su vida en Camelot, Arturo había abrazado a Merlín únicamente una vez, cuando pensó que lo había perdido, que estaba muerto y no lo volvería a ver nunca más.
Más tarde, Merlín lo sostendría en sus últimos minutos de vida, pero para Arturo ese recuerdo no era tan feliz como el anterior. No era feliz en absoluto. No le reconfortaba.
Sin embargo, ahora, y tras la discusión unilateral que había protagonizado Merlín, sentía como si abrazarlo fuera lo más adecuado del mundo.
Arturo apoyó su barbilla en la cabeza de Merlín, dispuesto a esperar lo que hiciera falta para que su amigo sonriera una vez más.
¡Muchas gracias por vuestros comentarios!
