Más allá del lago

Serie: Merlin

Advertencias: contiene spoilers del final de la serie. Aunque no lo parezca al principio, después de algunos capítulos será slash, es decir, mostrará la relación de Arthur y Merlín siendo más que amigos (aunque posiblemente sea muy leve).

Resumen: Arturo sabía que la espera no sería fácil, y eso lo supo desde el mismo momento en el que vio el reflejo de Merlín en el agua. Sin embargo, nadie le advirtió de lo difícil que sería la vuelta.

Disclaimer: para mi desgracia, la serie no me pertenece, y tampoco sus personajes. Hago esta historia solo por el mero hecho de entretener sin ningún tipo de lucro.


Comentarios al final del capítulo, leedlo por favor.


17 de marzo de 2013

¿Crees que podríamos…? —los ojos de Merlín brillaban en la oscuridad con ese extraño tono dorado que adoptaban al hacer magia.

Arturo apoyó su cabeza en la almohada, sin apartar la mirada del mago, quien le observaba con una tenue sonrisa en sus labios.

¿Podríamos qué? —preguntó Arturo sin comprender a lo que se refería.

Ya sabes… —susurró.

Arturo arqueó una ceja y Merlín sonrió aún más. El rey sentía que su amigo se estaba riendo de él, pero "qué demonios", estaba sonriendo, y eso en Merlín era un milagro dados los últimos días. Más que un milagro en realidad, así que Arturo estaba bien con eso.

No sé a qué te refieres.

Tan pronto como esas palabras escaparon de la boca del rey, este observó cómo Merlín, en un movimiento sinuoso que jamás hubiera asociado con él, se sentaba a horcajadas sobre sus caderas.

Espero que ahora entiendas a qué me refiero.

Arturo presenciaba la sonrisa descarada de Merlín con los ojos muy abiertos cuando este movió ligeramente las caderas contra él, provocando que un gemido saliera de su boca.

Observó como este se acercaba muy lentamente, y lo último que supo es que lo estaba besando. No como había besado a Gwen, con cariño y dulzura, durante su corto matrimonio. Este beso era diferente, era pura necesidad, era todo gemidos y era… era Merlín.

Era Merlín, era el que había sido su sirviente durante diez largos años, era el que había sido su amigo durante una eternidad, aunque él no hubiera estado presente; era el que le había enseñado que la lealtad está más allá de una capa y una espada. Era Merlín, y por eso, porque era Merlín, esto estaba mal, muy mal.

Espera —susurró Arturo, tomando toda su fuerza de voluntad y apartando al mago por un leve toque en su hombro.

¿Qué?—preguntó el moreno con una sonrisa, moviendo una vez más sus caderas e inclinándose hasta tocar con sus labios el cuello de Arturo.

No puedo hacerlo.

¿Qué? —repitió Merlín, mas esta vez no sonreía, sino que miraba directamente a los ojos al rubio, con una expresión severa.

No puedo hacerlo. No podemos hacerlo —dijo, llevándose la mano a la frente en un gesto de preocupación.

¿Por qué?

Arturo frunció el ceño ante aquella pregunta.

Porque somos amigos —le contestó, tal y como si fuera la respuesta más obvia del mundo—. Eres mi mejor amigo.

Y tú el mío —La expresión de Merlín cambió una vez más. Esta vez le dedicaba una mirada cariñosa—. Pero también eres mucho más.

Arturo enmudeció, y Merlín aprovechó para robarle otro beso, esta vez menos necesitado, y por el contrario más lento.

Seré feliz de servirte hasta el día en el que muera —susurró, rozando la nariz de Arturo con la suya propia, y Arturo sintió este gesto aún más íntimo que los besos.

Arturo escuchó aquellas palabras, sintiendo que tenía una vez más veinte años, vislumbrando el fuego de su habitación y observando los ojos sinceros de su sirviente.

Aunque tenga que esperarte otros mil quinientos años —sonrió, con ojos brillantes y tono esperanzado.

Ambos unieron sus frentes, y Arturo escuchó como Merlín respiraba de forma agitada, sintiendo que tal vez aquel gesto entre ellos ya había ocurrido mucho antes, justo en el día de la muerte del rey.

Arturo despertó cubierto en sudor, con el corazón bombeándole a mil por hora y con una sensación desagradable en la boca del estómago.

Fijó su mirada en el techo de la habitación por lo que podrían haber sido horas, y tras esto volvió su atención hacia la persona que dormitaba en su hombro.

La respiración de Merlín era lenta, armoniosa y leve, y Arturo comenzó a preocuparse un poco más por todos aquellos sentimientos que se le formaban en el pecho cuando observaba a su amigo. Recordó el sueño que había tenido momentos antes, el amor que Merlín le había procesado, y como este se había visto tan vulnerable al confesar lo que ambos ya sabían, que Merlín sería capaz de esperar hasta el fin del mundo siempre y cuando pudiera estar con él.

Fue entonces cuando Arturo se cercioró de todos los años que había esperado por Merlín. Porque no había sido el mago él único que había esperado, Arturo también lo había hecho. Había visto el reflejo de su sirviente durante mil quinientos años, y lo habría hecho durante muchos más.

Las palabras de Gaius resonaron en su mente: ¿Por qué esperas, Arturo Pendragon?

Mas Arturo no estaba preparado aún para aceptar aquella respuesta que había conocido desde mucho antes de su muerte, por lo que cerró los ojos e intentó volver a dormir.

18 de marzo de 2013

El caso es que cuando Arturo recapacita sobre lo que ha soñado, se arrepiente de no seguir en el fondo del lago. Porque una cosa es pensar acerca del sueño a las tres de la mañana, y otra muy distinta es hacerlo a las doce del mediodía.

A las tres de la mañana Arturo no le daría importancia. A las doce del mediodía preferiría estar enterrado bajo tierra.

19 de marzo de 2013

Dados los hechos, Arturo piensa que lo mejor es guardar una distancia prudente para con el mago. Se esfuerza con el fin de ser todo lo sutil que le es posible, despertándose antes cada mañana, sentándose en el lado más alejado del sofá, dando sus paseos con más regularidad…

El problema es que para lo que Arturo es "sutil", para Merlín es un grito de guerra.

—¿Por qué me evitas?

El rubio casi se atraganta con el refresco.

—No te evito —responde Arturo, con una sonrisa tan falsa que Merlín se pregunta cómo pudo pasar el hombre que tenía en frente suya por situaciones en las que tenía que mentir como todo buen rey que se preciara.

—Sí, lo haces.

Merlín observa a Arturo agachar la cabeza, de la misma forma en la que lo haría un niño al ser reprochado por su travesura.

—¿Pasa algo malo? —Le pregunta el mago, sintiendo como su molestia se esfuma para dejar paso a un sentimiento comprensivo— Arturo, sabes que puedes contarme lo que sea.

Arturo se encuentra bajo presión. Confesarle o no todo, acerca del sueño, de lo que siente (aunque lo cierto sea que ni el mismo lo sabe con claridad); citarle cada una de sus inseguridades, de sus preguntas… Porque Arturo tiene miedo, o más que miedo, temor de haber sido convocado una vez más por la Antigua Religión, no para quedarse con Merlín, sino para librar otra guerra. Y aunque el Arturo de veinte años que Merlín conoció hubiera estado encantado de batallar solo para impresionar a su padre, lo cierto era que después de mil quinientos años en un lago, el Arturo de ahora se sentía demasiado cansado como para hacerlo.

Tras lo que a Merlín le parecieron horas de silencio, Arturo se aventuró a decir:

—Quiero trabajar. Quiero sentirme útil otra vez.

Y Merlín pareció creerle (o tal vez se obligara a sí mismo a creerlo con el fin de no preocuparse de más). Tal vez, Arturo pensó, la distancia ayudara a que su relación volviera a ser la misma de siempre.

30 de marzo de 2013

Arturo comienza a trabajar en Avalon, y aunque al principio es difícil, termina por acostumbrarse a los clientes, los tipos de café, y la moneda de la época.

Debe cambiar su nombre, ya que Arturo Pendragón llamaría demasiado la atención, por lo que pasa de ser un Pendragón a ser un ordinario Smith. Merlín dice que hay tantísimos Smith en Inglaterra como sirvientes en Camelot, así que Arturo no se preocupa por ser descubierto (y aunque descubrieran sus compañeros de trabajo que están compartiendo sus horas extras con el rey Arturo, dudaba que lo creyeran).

Merlín pasa la mayor parte del tiempo en casa. Limpia, lee miles de libros buscando un motivo por el cual Arthur pueda haber regresado, prepara el almuerzo, la cena, practica su magia (hace años que Merlín no la utiliza, así que Arturo se siente feliz cuando este le dice que ha vuelto a practicar) y cuando se harta de esperar va a la cafetería a verlo trabajar.

La primera vez que Arturo le sirve un café, Merlín no puede evitar reírse. Piensa que es irónico que ahora sea el rey quien lo sirve a él.

28 de abril de 2013

10:05

Es domingo cuando Merlín se da cuenta.

Los domingos son el único día que Arturo no debe ir a la cafetería, es su día libre, y por lo tanto se permite dormir más de lo normal. La mayoría de los domingos, Merlín se despierta escuchando un muy leve ronquido en su oreja, y ese día no es la excepción.

Arturo duerme con la cabeza cercana a la de Merlín, su pecho sube y baja al respirar, y en ocasiones lanza uno que otro suspiro de paz. El mago ha visto aquella escena demasiadas veces, y aun así sigue sonriendo cada vez que la presencia.

Es en ese momento cuando se da cuenta, y se reprocha a sí mismo no haberlo visto venir. Porque debía de estar muy ciego, realmente ciego, para no percatarse de ello.

Merlín vive por Arturo. Le sirvió durante todos sus años en Camelot, lo protegió, lo cuidó, lo atendió, y cuando ya no estuvo, Merlín se sintió vació. Sin vida.

Su vida giraba (y gira) en torno a él. Su rey, su amigo.

Es en ese momento cuando Merlín se da cuenta. Está enamorado de Arturo, y tal vez, muy posiblemente, lo haya estado siempre.

—Destino… —susurró, sin apartar la mirada del rubio y notando como un nudo se le forma en la garganta.

Y por primera vez en su larga y fatigosa vida supo lo que realmente significaba aquella palabra.

10:43

Arturo se despierta al escuchar un leve sollozo. Abre los ojos y frunce el ceño al cerciorarse de que Merlín no duerme a su lado.

Aparta las sábanas de un movimiento, sale de la cama y se dirige hacia el cuarto de baño, de donde cree que proviene el llanto.

La puerta está cerrada, pero no con pestillo, por lo que Arturo gira el pomo y la empuja suavemente. Merlín está sentado en el inodoro, con los ojos rojos debido a las lágrimas, y con un sinfín de pañuelos usados en su regazo.

Arturo no le pregunta qué ocurre, ni siquiera por qué llora, simplemente se arrodilla a sus pies y envuelve los brazos en su cintura, apoyando la cabeza en su abdomen.

Merlín deja de sollozar a los pocos minutos, y dirige una de sus manos al cabello dorado de Arturo. Lo acaricia con los dedos tal y como si fuera su bien más preciado, y Arturo respira profundamente contra él.

5 de mayo de 2013

Ninguno de los dos comenta el incidente del cuarto de baño, al igual que nunca comentan ninguno de los incidentes que se dieron anteriormente. Parece ser que los momentos incómodos entre ellos son un tema tabú a la hora de hablar.

Todo vuelve a la normalidad; ven películas, almuerzan y cenan juntos, Arturo va a trabajar, y cuando vuelve duerme junto a Merlín.

Todo es como antaño, pero Arturo sabe que en realidad nada lo es.

A veces pilla a Merlín mirándole de reojo, con un semblante entristecido.

—Por favor, no vuelvas a irte nunca más —susurra una tarde cualquiera.

Merlín está sentado en el sofá junto a él cuando lo dice, mirándole con ojos brillantes. Arturo se arrepentiría durante muchísimo tiempo por lo que hace a continuación, pero al final termina por aceptar que de alguna forma u otra, hubiera ocurrido tarde o temprano.

El rey aparta su atención del televisor y se centra en Merlín, quien está abrazando sus rodillas tal y como si fueran su mayor protección. En ese momento se ve tan joven, solo y confuso que Arturo no puede evitarlo. Se acerca lentamente a él, colocando la mano derecha en su mejilla, haciendo que sus labios toquen, por lo que parecen ser horas pero que en realidad solo son segundos, los del mago.

Siente un escalofrío, y una sensación dulzona en el fondo de la garganta, pero se siente tan bien que desearía que no terminara nunca. Es simplemente un roce, no hay saliva, ni jadeos como en su sueño, pero es perfecto.

Dos minutos más tarde aquella sensación, al igual que los labios de Merlín, ha desaparecido, y el mago le observa desde una distancia prudente con una mirada aterrada.

Mierda, piensa Arturo.

Merlín abandona el sofá y corre hacia el cuarto de baño, cerrando el pestillo y refugiándose en su interior, mientras que Arturo se pregunta a sí que puede haberle impulsado a cometer aquella insensatez.


Como podréis haber notado, a partir de este capítulo la relación de Arthur y Merlín va a ser tratada como algo más que amigos, tal y como ya advertí en el primer capítulo, así que si no os gusta es el momento de abandonar el fic (no digais que no os lo advertí xD).

Espero que os haya gustado este capítulo, y que no se os haya hecho la espera muy larga.

Como siempre, si os ha gustado hacérmelo saber (y si no pues también, claro), que comentar no cuesta nada y solo son dos segundos. Eso sí, os advierto que si no os logeais no podré responder a vuestro comentario. Ya sois varias personas las que me mandáis reviews sin tener cuenta, y me gustaría muchísimo poder responderos pero no puedo si no os registrais.

¡Gracias por leer!