Más allá del lago
Serie: Merlin
Advertencias: contiene spoilers del final de la serie. Aunque no lo parezca al principio, después de algunos capítulos será slash, es decir, mostrará la relación de Arthur y Merlín siendo más que amigos (aunque posiblemente sea muy leve).
Resumen: Arturo sabía que la espera no sería fácil, y eso lo supo desde el mismo momento en el que vio el reflejo de Merlín en el agua. Sin embargo, nadie le advirtió de lo difícil que sería la vuelta.
Disclaimer: para mi desgracia, la serie no me pertenece, y tampoco sus personajes. Hago esta historia solo por el mero hecho de entretener sin ningún tipo de lucro.
Año 741
—Arturo.
Arturo escucha su nombre de labios de alguien a quien no esperaba volver a ver nunca más.
Vuelve la mirada y descubre a Gwen, quien lo mira con ojos brillantes y una sonrisa cálida.
Gwen corre hacía él y lo abraza con fuerza, susurrándole palabras de añoranza junto a su oído.
—Pensé que no volvería a verte nunca más —le dijo Arturo, aspirando el dulce aroma que emanaba de sus cabellos oscuros.
—Te he echado tantísimo de menos —dice, temblorosa y sonriente.
12 de mayo de 2013
Ninguno comenta aquel "desafortunado accidente". En realidad, ninguno comenta nada, porque desde el beso, Merlín no le dirige la palabra a Arturo.
Al principio Arturo está molesto, consigo mismo y con Merlín, por actuar de forma tan infantil y evadir el problema tal y como si se tratara de la peste negra. Más tarde, Arturo se deprime en el momento en el que el pensamiento "ya nada será igual nunca más" aflora en su mente.
Y finalmente, tras todas aquellas horas de meditación, conversaciones unilaterales y miradas esquivas, Arturo llega a la conclusión de que ambos necesitan un cambio.
Un cambio en su rutina, una distracción (tanto para él como para el mago) que les impida centrarse demasiado el uno en el otro.
Es así como Arturo comete la mayor estupidez que podría habérsele ocurrido nunca.
Año 743
Arturo pierde la cuenta de los días que pasa en compañía de Guinevere. Al principio se sorprende del hecho de que Gwen no tenga intención de irse de su lado, pero tras muchas conversaciones el rey termina por acostumbrarse una vez más a su presencia. Disfruta de tenerla cerca, tal y como la había tenido en Camelot.
Hablan de Camelot, de sus caballeros, los que él ya conoció y los que no. Hablan de León, y de los hijos que él y Gwen compartieron (con el paso de los años Arturo ha aprendido a no guardarle rencor. Aunque en realidad no se lo guardó nunca. El trono necesita un heredero, y eso es algo que Arturo había aprendido siendo un niño.)
13 de mayo de 2013
—¿Qué es eso? —pregunta Merlín, con los ojos entornados y una clara expresión de enfado en el semblante.
Arturo sabe que la pregunta es retórica, pero aun así no puede evitar responder.
—Un perro —dice sonriente, sujetando al pequeño animal entre sus brazos—, un cachorro en realidad.
—Sé lo que es —responde de forma tajante—, me refería a: ¿qué hace aquí?
Arturo empieza a pensar que tal vez no ha sido tan buena idea (en realidad se pregunta si lo fue alguna vez).
—Lo he comprado —confiesa Arturo—, siempre te han gustado los animales, cuidabas de mis perros en Camelot, ¿recuerdas? Te querían más que a mí.
Arturo sonríe, pero la expresión de Merlín no cambia.
—Pensé que te gustaría —La sonrisa de Arturo mengua—. Aún no tiene nombre.
Merlín fija su mirada en el cachorro y la aparta en el momento en el que el perro le devuelve el gesto. Y es estúpido pensar que un animal (y más uno tan pequeño) te está juzgando con sus tiernos ojitos negros, pero Merlín lo piensa en ese instante.
(También piensa que el motivo por el que Arturo ha comprado ese perro es porque se ve reflejado en él, pero eso nunca lo dirá en voz alta. Claramente se parecen mucho, el mismo cabello dorado y la misma mirada de súplica que hace que el mundo de Merlín se parta en dos.)
Arturo se acerca con paso lento, temiendo que si hace algún movimiento brusco, Merlín volverá a huir. Sin embargo, Merlín no se aparta, y Arturo le tiende al animal de pelaje dorado para que el mago lo pueda sostener en sus brazos.
Merlín lo acaricia con temor, y a Arturo le da la sensación de que su amigo está esperando que el animal se convierta en alguna especie de criatura mágica que intente matarlos a ambos (solo para tener un motivo coherente para no quedárselo).
—También compré comida para él, y una correa —le dice Arturo.
Merlín sigue observando al perro sin emitir ni una palabra, hasta que el cachorro se revuelve y en un gesto dulce le lame la mano.
Arturo conoce a Merlín. Lo conoció personalmente durante diez años, y más tarde lo observó desde un lago durante mucho más tiempo del que pudiera contar, y aunque sabe que su amigo ha cambiado, que no es el mismo chico inocente y despreocupado que conoció, también sabe que no es de piedra. Por esto, a Arturo no le extraña ver sonreír a Merlín tras esto.
—Solo se quedara una noche —dice el mago, borrando completamente la sonrisa de su rostro—. Mañana lo devolverás al sitio donde lo hayas comprado.
Ambos saben que es mentira, y Merlín lo sabe.
15 de mayo de 2013
Merlín se toma su tiempo para elegir el nombre de su nuevo compañero.
Pasa dos días enteros llamándole perro o cachorro o estarás aquí por poco tiempo, no te acostumbres a este sitio.
Finalmente, y sin que Arturo esté preparado para ello; Merlín se levanta del sofá y dice:
—Vamos, Pendragon, es hora de dormir.
Arturo sonríe, y aunque en otra época lo hubiera considerado una insubordinación (porque lo es), debe admitir que es una muy divertida.
20 de mayo de 2013
Arturo le había comprado a Pendragon una cesta para dormir, de estas que tienen cojines y mantas para que los perros no pasen frio y estén cómodos.
Y sin embargo, el dichoso perro se empeñaba en dormir en la cama junto a ambos, y si ya antes era pequeña, ahora es diminuta.
—Si mis perros hubieran dormido conmigo en Camelot…
—Lo hubiera encontrado muy divertido —le cortó Merlín con una sonrisa, evitándole terminar aquella frase.
Pendragon estaba entre ambos, con los ojos muy abiertos y la boca apoyada en el hombro de Arturo. Merlín le acarició detrás de una de sus orejas, y el cachorro emitió un pequeño ruidito de felicidad. El mago se rio y Arturo no pudo evitar sonreír un poco.
25 de mayo de 2013
—Nunca he tenido ningún perro —confesó Merlín una mañana, al poco de despertar.
Arturo volvió su cabeza y miró a su amigo, que acariciaba el lomo de Pendragon.
—Tampoco gatos, o mascotas en general —continuó—. Siempre que me decidía a recoger algún animal pensaba: tarde o temprano morirá, y seré aún más desdichado.
Arturo notó como se le formaba un nudo en la garganta al escuchar las palabras de Merlín, pero no dijo nada, sabía que el mago podría interrumpir su confesión de un momento a otro si escuchaba el más mínimo sonido.
—Una vez tuve un búho, se llamaba Arquímedes. Fue hace muchísimos años, ni siquiera recuerdo cuantos. Lo hechicé para que pudiera hablar —Una risa triste salió desde el fondo de su garganta—, ¿no es estúpido? Un búho que habla…
Arturo continuó observando en silencio.
—Creo que tras Camelot, los años que pasé con Arquímedes fueron los más felices de mi vida.
Merlín hizo una pausa, como si se encontrara pensando, y después añadió:
—Ahora que lo pienso, creo que ni siquiera puedo llamar a esa época feliz, porque no lo fue. Simplemente fue menos triste y solitaria, pero no feliz.
Arturo asintió lentamente, dándole a entender que seguía escuchando.
—Conocí a un niño durante esos años, y pensé… Por favor no me mates —se volvió hacia Arturo y sonrió de forma avergonzada—. Pensé que eras tú.
—¿Yo? —preguntó Arturo sorprendido.
—Sí, también se llamaba Arturo, tenía el pelo rubio y se parecía tantísimo a ti que llegaba a darme miedo. Pero… con los años me di cuenta de que no eras tú. Tal vez fuera una de esas malas bromas del destino que no parecen hacerle gracia a nadie.
—¿Qué pasó después? —le preguntó Arturo, aunque lo cierto era que ya conocía el final de aquella historia.
—Lo que tenía que pasar. Lo que les pasa a todos. Arquímedes murió de viejo, y Arturo le siguió años más tarde.
—¿Cómo murió?
—Murió en batalla siendo muy joven —Merlín volvió a reír de forma amarga—, he ahí otra broma cruel. El destino se encargó de recordarme lo que ya creí haber olvidado, o al menos superado.
—Odio esa palabra. Odio la palabra destino —confesó Arturo, una vez se hubo cerciorado de que Merlín no se vería afectado de forma negativa por ello—, no trae más que sufrimiento.
Merlín acarició una vez más al cachorro que se encontraba junto a él y dijo:
—No solo sufrimiento, también conlleva cosas bonitas —sonrió—. Trae felicidad, aunque esta sea corta y difícil de apreciar.
Arturo notó como el corazón se le aceleraba debido a la calidez del momento. Eran momentos como ese los que el rey había añorado tanto. Esos en los que su no sirviente le hablaba como si fuera la persona más sabia en nueve reinos; como si cada palabra que emitía desde su garganta fuera pura magia, magia fluyendo desde el interior de los bosques, y las aguas; esos en los que Arturo no podía apartar la mirada de él.
—Nada volverá a ser igual, ¿verdad? —preguntó Merlín con tono triste al presenciar la mirada que Arturo le dedicaba. Una mirada que reflejaba todo el pasado en ella, cada risa, cada broma, cada conversación, y algo más… algo nuevo.
—Te equivocas —dijo Arturo—, siempre seremos tú y yo.
—Siempre lo hemos sido —susurró Merlín, notando como sus ojos se humedecían.
Ninguno de los dos sabría nunca quién fue el que se acercó al otro primero, y tampoco les importaba demasiado.
Esta vez he tardado más en actualizar porque he estado de examenes, ¡siento la espera!
Espero que os haya gustado este capítulo.
