13 de julio de 2013
La primera vez que Merlín y Arturo hacen el amor sienten que han nacido para eso. Es lento, cuidadoso y mágico. Arturo embiste entre las piernas del mago y siente como una sensación cálida le recorre las venas. Nunca ha sentido nada igual, la magia fluye en el ambiente y cuando Merlín se decide a abrir los ojos, estos son completamente dorados. El jarrón de cristal que Merlín había llenado de flores frescas esa misma mañana, estalla en mil pedazos y Arturo ríe en voz alta.
—¿No puedes controlarte, Merlín?
—Si no estuviese haciéndolo la casa habría echado a arder hace mucho.
Le besa el cuello y Merlín sonríe de forma cálida.
—Te quiero —susurra el mago junto a su oído. Nota como Arturo se estremece entre sus brazos; Merlín siente ganas de llorar y reír al mismo tiempo, gime de forma silenciosa y siente como Arturo le muerde el hombro.
4 de agosto de 2013
21:28
Es raro que Arturo no lo haya notado antes. Tal vez sea porque nunca había esperado vivir una situación así en esta segunda vida, pero desde luego debería haberlo visto venir. Las mejillas de Merlín habían estado sonrosadas todo el día, tenía los ojos brillantes y su cuerpo estaba más cálido de lo normal.
—¿Por qué me miras tanto? —Incluso su voz sonaba un poco ronca.
Arturo acerca sus labios a la frente de Merlín. Recuerda como una de sus niñeras solía hacer eso cuando era pequeño y pasaba horas bajo la lluvia cazando ardillas. Nunca había entendido por qué lo hacían (hasta ahora).
—Estás ardiendo —susurra, aún con sus labios tocando la piel cálida de Merlín.
—Vaya, gracias. Creo que ahora es cuando debo responder: tú también lo estás.
Arturo se aparta y le lanza una mirada severa. Intenta con todas sus fuerzas no sonreír, pero al final no puede evitarlo.
—Hablo en serio —Arturo alarga el brazo hacia una de las esquinas del sofá y agarra la manta de color lavanda que Merlín siempre dobla una y otra vez todas las noches—. Tienes fiebre.
—¿En serio? —Parpadea de forma lenta y a Arturo le da la sensación de que podría quedarse dormido en cualquier momento— Hay un termómetro en el primer cajón del aparador, tráelo, sirve para medir la temperatura corporal.
—Cuando pienso que ya me he acostumbrado a esta época, siempre encuentro algo que me sorprende.
Merlín sonríe y se apoya contra el cojín. Observa como Arturo se aleja de su lado y cierra los ojos durante unos segundos que se convierten rápidamente en minutos.
22:03
Merlín abre los ojos lentamente al sentir como Arturo le levanta el brazo y retira el termómetro.
—Ey —Le dice, sonriendo y apartando unos cuantos mechones oscuros de su frente—, te has quedado dormido.
—¿Desde cuándo sabes cómo se utiliza un termómetro?
—Lo busqué en Google —responde Arturo, todo orgullo y socarronería.
Merlín sonríe una vez más y cae en la cuenta de que hace mucho que no ha parado de hacerlo. Estar junto a Arturo cada día es una nueva aventura, no había sido tan feliz desde sus días en Camelot.
—No estoy demasiado enterado de cuál es el procedimiento contra la fiebre en esta época, pero según he leído en Internet, el helado ayuda mucho.
—En realidad no ayuda nada, es solo un capricho que tienen la mayoría de los enfermos —susurra Merlín divertido.
—Aun así, tenemos helado de pistacho, de menta y de chocolate.
—¿Desde cuándo compartes el helado de pistacho?
—Desde que estás enfermo y me he convertido por lo tanto, en el rey bondadoso y benevolente con el que todo el mundo desearía compartir su tiempo.
Merlín no puede evitar soltar una leve risita que hace que le escueza la garganta.
—Sigues siendo tan arrogante como el primer día.
—Es uno de mis muchos encantos —Arturo levanta las piernas de Merlín y se sienta en el sofá junto a él, con sus pies sobre sus muslos. Frota las rodillas del mago a través de la manta y dirige su atención a la televisión una vez más.
—Sí, es cierto… y tu cabezonería, y tu mal humor por las mañanas…Auch —Arturo le pellizca el dedo meñique del pie de forma juguetona y le da palmaditas en la pierna—. Y aun así eres lo mejor que me ha pasado. Incluso cuando te odiaba al principio, porque admitámoslo… eras un grano en el culo.
—¿La fiebre te obliga a ser sincero? —Arturo vuelve la mirada a Merlín una vez más. Se encuentra tendido contra los cojines, la manta lavanda cubriéndole hasta los hombros y las mejillas sonrosadas. Le ve alargar el brazo para acariciar una de las orejas de Pendragon y este se roza contra su parte del sofá.
—Tal vez…
—Tú tampoco eras el mejor sirviente del mundo, ni siquiera uno de los cien mejores de Camelot. Incluso yo hubiese sido un mejor sirviente.
—¡Te salve el culo miles de veces! ¡Incluso al final…! —Merlín calla de forma abrupta. Arturo observa como el mago mira al techo y se aguanta las ganas de llorar. Es una expresión que ha visto miles de veces y a la que ya debería estar acostumbrado, pero aun así sigue doliendo.
—Ey —Arturo se acerca a él de forma cautelosa y acaricia una de sus mejillas—, no pienses en eso ahora. Estoy aquí, ¿recuerdas? No voy a irme a ninguna parte.
Merlín le sonríe y asiente con la cabeza. Es una sonrisa verdadera, de esas que le alegraban las mañanas en sus días como rey pero que cesaron con los años.
Año 1158
Arturo ve el tiempo pasar frente a sus ojos, observa las mil y una vidas que Merlín se obliga a vivir un día tras otro. Lo ve pasar junto al lago una y otra y otra vez, hasta que al final un día, pierde la esperanza y pasa de largo.
Arturo siente unas ganas inmensas de gritar y llorar cuando esto ocurre.
Año 1285
Arturo puede contar con los dedos de una mano las veces que había visto a esa mujer en su vida en Camelot, pero aun así podría reconocerla en cualquier lugar, momento o situación.
—¿Hunith? ¿Qué haces aquí? —Arturo siente la increíble necesidad de levantarse de la arena y darle un abrazo. Merlín solía hablar de ella con tanto cariño y amor que al final Arturo no podría haber evitado sentirse de la misma forma.
—Arturo —dice su nombre con cariño mientras le estrecha en sus brazos y Arturo siente como una sensación cálida se le instala en el pecho.
Hunith se aleja sin prisa alguna y acaricia la mejilla del hombre tal y como había hecho cientos de veces con su hijo.
—¿Qué tal estás?
Arturo agacha la cabeza avergonzado. Tal vez hace unos años podría haber fingido sentirse bien, estar orgulloso del hecho de esperar, de ser un héroe. Ahora ya no podía hacerlo. Quería salir de esa maldita orilla infinita de una vez por todas, reencontrarse con Merlín y sentir que todo había sido un sueño; pero aun así los días y noches seguían pasando a través del lago y a cada minuto que pasaba sentía que la esperanza de volver a verle se desmoronaba un poco más.
—Le volverás a ver —susurra Hunith con una sonrisa tan cálida como lo era la de Merlín—. Ya falta muy poco.
—¿Qué quieres decir? —Arturo levanta la mirada y siente como se le forma un nudo en la garganta. Sus palabras habían sido un atisbo de esperanza, un rayo de luz en la más larga oscuridad.
—Muy pronto os encontrareis —continua—, y cuando lo hagas, por favor, dile que le quiero y que me siento orgullosa del hombre en el que se ha convertido.
—Lo haré.
—También me siento orgullosa del hombre en el que te has convertido tú.
Arturo sonríe y estrecha la mano de Hunith contra las suyas.
—No me permiten quedarme mucho más, pero querría pedirte algo.
—Lo que sea.
—Hazle feliz.
Arturo cierra los ojos y cuando los abre, Hunith ya ha desaparecido.
—Ni siquiera tienes que pedirlo.
11 de noviembre de 2013
Merlín se siente listo para volver de una vez por todas y Arturo se emociona tan solo de pensarlo. El aeropuerto de Londres es enorme y Arturo no para de hacer fotos porque todo le resulta fascinante: los aviones, las pantallas gigantescas, las tiendas…
—No es como montar en dragón, pero se le parece bastante —Merlín camina con el sonido que hacen las ruedas de la maleta al ser arrastrada—. Al principio notarás la presión pero todo pasará en unos instantes.
Arturo asiente y le entrega el billete a la azafata.
—¡Buen viaje! —le dice sonriente.
12 de noviembre de 2013
10:25
Se le corta la respiración cuando lo ve después de tanto tiempo. Ambos esperaban ruinas, piedras sobre piedras que insinuarían las sombras de lo que en otros tiempos fue el castillo en el que pasaron los mejores años de su vida. Esperaban ver escombros y polvo. No el castillo que recordaban, perfectamente conservado después de mil cuatrocientos ochenta y nueve años.
—¿Sabías esto…?
—No —responde Merlín con un nudo en la garganta—. Todos piensan que Camelot es un mito, es una ironía que estén pisándola por el módico precio de cuatro euros.
Arturo ríe y se deleita con la vista de una ciudad que pensaba que nunca más volvería a ver.
—Vamos —dice agarrando el brazo del mago.
11:02
Recorren los pasillos de Camelot y sonríen con diversión al escuchar las explicaciones del guía turístico.
—No tiene ni idea…
—Tengo la teoría de que se han inventado los hechos históricos para así poder cobrar por la visita guiada —susurra Merlín.
Arturo lanza una carcajada y sonríe avergonzado cuando todas las miradas se posan en él. Merlín ríe por lo bajo y cuando Arturo le dirige la mirada, aprecia como sus ojos se tornan dorados. Los susurros cesan y el completo silencio se apodera de la escena.
—¿Acabas de…?
—¿Parar el tiempo? No, solo he petrificado la escena. Y a todo aquél que se acerque a menos de un kilómetro —Merlín se encoge de hombres quitándole importancia.
—Es… lo más impresionante que has hecho nunca. Ya entiendo por qué todos dicen que eres el mejor mago de todos los tiempos.
—Deja de intentar avergonzarte y date prisa —Merlín le coge de la mano y avanza con paso rápido hacia el interior del castillo.
Merlín lo guía a través del castillo en un recorrido que ha hecho miles de veces. Arturo suspira al notar en que ha envejecido la madera de la puerta que da a sus aposentos; ahora es oscura, llena de humedades y defectos.
—Los reyes primero —le dice Merlín, sin ningún tipo de sarcasmo, y Arturo oye la forma en la que la puerta chirría al ser empujada.
La sala ha envejecido tanto como la puerta, pero las cortinas han sido cambiadas (sin duda para las visitas de los turistas), en la mesa hay un cuenco lleno de fruta y dos copas de plata antigua.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —pregunta Arturo. Pasa uno de sus dedos por el reposabrazos de la silla que tanto había utilizado.
—Todo el que quieras.
Arturo avanza hasta su cama y se sienta en ella. Las sábanas están limpias y se asemejan bastante a las que Merlín solía lavar cada día, por lo que se echa hacia atrás y se recuesta contra el cojín de plumas. Cierra los ojos, sonríe y da un par de palmaditas al lado desocupado del colchón.
—Ven aquí.
Merlín se acerca con paso lento y se tumba junto a Arturo. Nunca había ocupado esa cama en todos sus años como sirviente en Camelot. Era algo impensable, un sirviente en la cama de un rey…
—Es… bastante incómoda.
Arturo ríe y gira la cabeza para encarar al mago.
—No te lo hubiese parecido cuando me servías. Aunque las camas de ahora son muchísimo más cómodas.
—Sin duda —Merlín sonríe y cierra los ojos. Es como si hubiesen vuelto al pasado. El piar de los pájaros inundaba sus oídos, el ruido que hace el fluir de la magia contra la tierra. Si se esforzara incluso podría oír el tintineo que emite el metal de la espada al ser golpeada contra otra.
Pero prefiere no esforzarse. Si lo hace tal vez nunca más sea capaz de vivir en la realidad, y ha pasado demasiado tiempo esperando a Arturo como para sucumbir ahora que lo ha encontrado.
—Tenemos que irnos, Merlín.
—Solo un poco más, por favor —Siente como le escuecen los ojos y no puede evitar apoyar la cabeza contra la de Arturo.
—Siempre podremos volver, Merlín… —susurra contra su oído—. Camelot siempre estará aquí para nosotros.
—Lo sé —Llora y ríe a partes iguales, y por primera vez en años se siente en paz.
Año 1489
La última visita es a más inesperada.
Siente como se le forma un nudo en la garganta y las palabras son incapaces de abandonar su boca, porque esperaba muchas cosas, pero no esperaba verla a ella.
—¿Morgana?
Es ella, está completamente seguro de que lo es. El odio y la tristeza la han abandonado, vuelve a ser la misma chica sonriente a la que quiso como una hermana. Esa que era capaz de reír y llorar al mismo tiempo, aquella que adoraba montar a caballo y desafiar a medio mundo.
—Hola, Arturo —Rompe a llorar de tan solo decir su nombre y Arturo siente el arrepentimiento en cada poro de su piel.
Arturo sonríe con tristeza, ha pasado demasiado tiempo como para guardarle rencor, por lo que abre sus brazos y espera a que Morgana entienda el gesto. Corre hacia él y se aferra a su capa tanto como puede.
—Lo siento, lo siento, lo siento… —No para de repetir.
Arturo es incapaz de decir nada. La perdonó incluso antes de morir, porque por muchas cosas horribles que hubiese hecho, Morgana siempre sería Morgana.
—Lo siento mucho —Repite con voz llorosa.
—Lo sé… Te perdono —Siente como un peso se esfuma de su cuerpo. Por fin está en paz. Se ha despedido de todos aquellos a los que quiere y ha visto a Morgana una vez más— ¿Qué ocurrirá ahora, Morgana?
Morgana se aleja y sonríe tanto que Arturo vuelve a sentir esa esperanza que se había perdido hace tiempo.
—Tu tiempo en Avalon ha terminado. Sentí que era yo quien debía despedirte.
Arturo sonríe por primera vez en años.
—¿Qué haré a partir de ahora? —pregunta Arturo temeroso.
—Vivir.
Morgana le sonríe por última vez y acerca su mano al pecho del rey.
—Sé muy feliz, hermano.
Le empuja con fuerza y Arturo cae sobre el agua cristalina del lago.
15 de noviembre de 2013
—Volveremos en unos meses si lo deseas —susurra Merlín, apoyado en el respaldo del asiento. Las nubes varían en el cielo y la luz del sol traspasa la ventanilla del avión—. Tal vez incluso podamos crear Albion, esta vez.
Arturo frunce el ceño y sonríe porque no puede ser que sea tan idiota.
—¿Aún no lo has entendido? Albion no puede ser creada, porque Albion ya existe. Existió desde el principio.
—¿Qué quieres decir?
—Tú eres Albion —Arturo sonríe al observar la expresión confundida de Merlín—. Siempre eterno, siempre junto a su rey. Tú eres mi Albion, Merlín. Siempre vas a serlo.
25 de diciembre de 2012
00:05
Todo está oscuro al principio, pero pronto vislumbra las ráfagas de luz que tanto había echado de menos. Siente que los pulmones se le inundan de agua y lo único que puede hacer es nadar y nadar. Se lleva las manos a la cabeza y grita de alegría al ver la orilla que tantas veces había observado a través del lago.
Por fin.
00:07
Observa la mirada atónita de Merlín y siente que todo ha valido la pena.
Sale del agua a trompicones, lo único que escucha es estás vivo una y otra vez, y de pronto Merlín echa a llorar. Arturo siente ganas de hacerlo también, porque todo ha acabado.
El rey y su fiel mago vuelven a estar juntos una vez más.
Y esta vez será para siempre.
