-¿Tienes idea de lo que tus actos implican, Dean?- los ojos de Castiel brillan zafiro bajo la luz que los ilumina a través de la ventana.

Dean acaricia con las yemas de sus dedos la cicatriz que gloriosa ha quedado impresa en su piel.

-Más bien ¿tienes idea de a lo que has renunciado?- se corrige el de oscura cabellera.

-Sabes perfectamente porque lo he hecho.

-Lo sé, pero simplemente no lo entiendo.

Y Dean no lo culpa, no era fácil comprender el haber aceptado la marca de Caín, condenándose una eternidad más por una simple y única razón: la seguridad del dueño de todos y cada uno de sus sacrificios.

Mucha gente dice ser capaz de hacer locuras en nombre del amor, pero ¿cuántos en verdad han realizado todo lo que presumen?

Él no dijo nunca nada, y con hechos demostró amar como nadie en esta tierra lo ha hecho.

Nunca fue necesario pronunciar una sola palabra para expresar todo el amor que profesaba a aquel chico por el que dio todo y más que eso.

Dean Winchester, dueño de risas, miradas, caricias y sonrisas ajenas, renunció hasta al mismo cielo, por quien amaba más que eso.

Sam Winchester.