Venticinco

Capítulo Tercero.


La besé con los ojos abiertos. Ella no me necesitaba, ella solo quería un poco de diversión antes de que su esposo volviera a su casa. Imaginaba qué era lo que Joe le faltaba y lo que a mí me sobraba, pero solo podía pensar en yo no tenía dinero, no tenía trabajo ni tenía a Hikari. Maldita castaña lesbiana. Las hebras finas y castañas de Mimi se burlaron de mí y de un golpe arranqué un par mientras le tiraba la cabeza hacia atrás. Maldita Hikari.

Mimi abrió los ojos de golpe y me abofeteó. Indignada, se llevó una mano hacia la nuca en donde sentía el escozor de los folículos pilosos desmembrados. Se dirigió hasta el baño, con su lejanía el cuarto color azul cielo se ensombreció. Las palabras escritas en las paredes se ennegrecieron y gritaron más fuerte. Las castañas, las castañas, las castañas. Lesbiana, lesbiana, lesbiana.

—Eres un imbécil —dijo Mimi cuando volvió—. ¿Cómo le explicaré a mi esposo este sitio sin cabello?

—¿Cómo le explicarás que te revuelcas conmigo mientras no está?

—Jamás le dirías… —me dijo con una sonrisa de autoconvencimiento, pensaba que yo la necesitaba. Necesitaba sus cuidados, sus cariños. Me eché sobre el colchón roído que ocupaba, todo se volvía viejo, inservible y desechable en esa habitación azul cielo. Como yo—. Jamás, ¿verdad?

—Siempre he sido mejor escribiendo —contesté disfrazando mis intenciones. Iba a decirle, claro que sí, a Joe y al mundo que las castañas son las peores. Unas mentirosas, unas manipuladoras, y lo peor de todo, yo las quería a todas. A Hikari, a Mimi. Sin embargo, la esposa del médico sonrió complacida, pensando simplemente que mis palabras solo eran una negativa ante su pregunta. Todo estaría en un manuscrito, lo escribiría cuando a Mimi la acariciara su esposo y estuviera ocupada fingiendo. Escribiría al compás de sus suspiros porque, lo que no sabía ella, era que las paredes de la habitación color cielo eran tan delgadas como un papel y por eso me gustaba escribir en ellas.

Mimi sonrió, olvidó el asunto del cabello. Fue a acurrucarse junto a mí al colchón deteriorado y nos quedamos así hasta que la noche se cerró sobre nosotros. Se durmió un par de veces y se levantó cuando se acercaba la hora en que su esposo llegaría, inocente y sonriente, a besarla sin nada más que cariño.

—Debo irme —me dijo, no le respondí porque nunca lo hacía. Odiaba que lo hiciera, negarme era como si me apuñalara en el pecho. Mimi se estiró relajada y me dedicó un último beso—. Nos veremos mañana.

—No te vayas —respondí con voz plana, sin expresión alguna en el rostro. A Mimí le gustaba desde que poseía esa faceta dura, luego de que perdiera la esperanza en la humanidad. Maldita lesbiana, malditas castañas.

—Debo hacerlo —dijo susurrante, ya en la puerta abierta—. Vendré temprano, te adoro.

—Mentirosa. —Lo que no sabía Mimi era que la señora de la puerta del número veinticinco nos espiaba por la mirilla, como todas las tardes. Estaba en el manuscrito que había escrito, ella lo hubiese sabido si lo hubiese leído.


Estoy en una cruzada de seguir las historias inconclusas.

Espero que te haya gustado, HikariBlossom.

Te quiero :)