Crepúsculo no me pertenece… aunque me gustaría
¡LLAMA, LLAMA, LLAMA!
Bostón, Domingo, 15 de noviembre de 2009
Bella POV
Tardé ocho minutos y treinta y tres segundos en ducharme, cuatro minutos y cincuenta y seis segundos en vestirme y dos minutos y tres segundos en llegar al coche y cuarenta y dos segundos en ponerme en marcha a casa de mis amigos a recoger a mis hijos. No era el reloj el que marcaba mis tiempos sino mi propia cuenta, contaba los segundos uno a uno, lentamente como lo haría un segundero suizo, respetando el ritmo sin acelerarlo como todo el mundo suele hacer en un deseo de avanzar ni retrasarlo en el vano intento de parar el tiempo.
Desde que había escuchado la voz de Edward a través del contestador mi mundo se había desecho, todas aquellas mentiras levantadas a nuestro alrededor, aquellos falsos muros construidos durante años para desguarecerme del dolor se habían derruido como chocolate derretido. Inconscientemente había tomado una decisión iba a volver a Washington, iba a dar la cara, no solo porque Esme me lo había pedido sino porque era algo que tenía que hacer. Era mi responsabilidad y ya hacía tiempo que venía considerando la idea aunque el terror y el miedo a volver a ver a aquella mirada cargada de reproche me orillaba a volver a esconder mi cabeza en el agujero que tenía por vida. Además estaba el hecho de que mis hijos no se merecían crecer sin el amor de una parte de su familia, acaso eso no era una razón suficiente.
El caso es que ahora mismo no quería seguir especulando con mi vida y por eso contaba los segundos. Desterré todos los malos recuerdos y me volví a concentrar en el camino y en el conteo.
Once minutos dieciocho segundos llevaba en la carretera. Si mis cálculos eran correctos y debido al escaso tráfico que había en seis minutos más llegaría a mi destino. Había estado una semana fuera, había participado en un congreso ginecológico en San Diego, no me había hecho ninguna gracia asistir pero ya que se presentaba un proyecto de investigación en el que había colaborado mi presencia era inevitable. Siete días separados de mis hijos, de las niñas de mis ojos. No era la primera vez que me separaba de ellos por un tiempo: viajes, vacaciones con mis padres… pero no podía evitar la sensación de vacío que me inundaba mi cuerpo cada vez que se alejaban de mí. Esta vez, y sin saber muy bien la procedencia de esa sensación, era mucho peor… no entendía por qué pero una extraña sensación de perdida atenazaba mi corazón. Mejor no pensar en ello. Mejor concentrarme en mis hijos. Apenas quedaban unos instantes para volver a verlos, abrazarlos y besarlos… ya podía ver la calle donde se encontraba la casa de Rose y Emmett e inconscientemente aceleré.
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Inicie la cuenta atrás mientras aparcaba el coche frente a la puerta,
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Me baje corriendo cerrando de un portazo el coche
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corrí por el sendero que separaba la calle de la entrada
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DING DONG
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– Mami, mami… – gritaban sobre excitados mis hijos, lanzándose a mis brazos en cuanto al puerta se abrió. Evitando que las lágrimas recorrieran mis parpados me puse de cuclillas para llegar a su altura y así poder prestarles toda mi atención. Mis pequeños apenas tenían cinco años y eran lo suficientemente grandes como para no poder cogerlos a la vez. Extrañaba mucho aquella sensación de protección que me brindaba el poder cargarlos a los dos, uno en cada brazo. Inevitablemente se estaban haciendo grandes.
– Pitufines! – les grite aprisionándolos a los dos fuertemente contra mi pecho. Por fin este volvía a estar completo. O al menos esa era la impresión que tenía durante los años anteriores. Ahora cuando me concentré en volver a respirar con normalidad por la carrera pude percibir, allí escondido, entre las diversas cicatrices de mi alma un pequeño rasguño no muy grande pero si lo suficiente para que a través de él se colaran las evocaciones y emociones pasadas. – Cómo os eche de menos – les susurré demasiado emocionada.
Tanta energía malgastada en mi conteo de segundos para que bastara sostener a mis niños entre mis brazos durantes unos instantes y perder toda consciencia de lo que ocurría a mi alrededor. Ellos eran mi remanso de paz, eran la mejor medicina para mis males, siempre lo habían sido. Habían llegado en el peor momento de mi existencia y habían sido lo único que me había mantenido a flote aquellos meses. La gente diría que ellos me debían a mí la vida, pero mentían yo les debía mi vida a ellos, no se que hubiera sido de mí sin mis angelitos.
– Mami, me apachugas – exclamó mi niña con una sonrisa en su boca y en sus ojos verdes.
– Jajajaja eges una blanda – le recrimino su hermano.
– Chicos… porque no dejáis que mami entre en casa. – Comentó Emmett mientras me tendía una mano para ayudarme a incorporarme.
– Mamá, mamá, mamá... esta semana leímos un cuento de una pincesa – chilló mi princesa agarrándose a mi pierna derecha intentado llamar mi atención.
– Mamá, mamá, mamá... estuve jugando al futbol y… metí tes goles – le interrumpió mi principito agarrándose también con gran fuerza a mi otra pierna.
– Mamá, mamá, mamá... Eddy me gompió la muneca.
– Mamá, mamá, mamá... Nessie me gobó el coche tele-tele-digido.
– Mamá, mamá, mamá... porque no entras de una vez y cenamos – chilló el grandullón de mi amigo imitando la voz de mis niños mientras los subía a sus hombros y avanzaba hacia el interior de la casa.
Haciendo caso a su sugerencia les seguí hasta la cocina donde se encontraba mi querida amiga acabando de preparar la cena. Rose no dijo nada, no hacia falta, sólo se acercó a mí, robando por un instante la atención que prestaba a mis hijos para darme un achuchón y lanzarme una pícara mirada de "no te vas a librar de mí".
Cenamos tranquilamente los cinco comensales, entre risas mis peques me contaron todo lo que habían hecho a lo largo de la semana. A Nessie se le había caído otro diente y lo tenía escondido para enseñármelo antes de vendérselo al ratoncito Pérez. Edward tenía una herida bastante fea en la rodilla después de una caída en el patio del recreo. Había salido tan buen deportista como su padre pero tan propenso a las heridas y los golpes como yo.
Las horas que siguieron la cena pasaron volando, estuve jugando un poco con ellos, escuchando el resto de sus aventuras, acompañándoles en el baño y finalmente leyéndoles un cuento después de acostarlos en la habitación que mis amigos siempre tenían preparados para ellos en su casa. Eran muchas los fines de semana que pasábamos con ellos. No tardaron demasiado en dormirse, realmente estaban agotados por la sobreexcitación del día, y yo de no ser porque sentía la profunda mirada violeta de Rose en la puerta de la habitación conminándome a ir a su encuentro yo misma me hubiera acurrucado entre ellos dejándome llevar por sus sueños.
– Bella, no estás durmiendo – comentó impacientemente Rose – te espero en dos minutos, hice mi café especial –.
Oh Dios! Si Rose había hecho su café normalmente extrafuerte y supercafeinado es porque me esperaba una larga noche.
Me deslicé silenciosamente de la cama donde descansaban los cuerpecitos de mis niños para una vez después de asegurarme que estaban bien dormidos darles un beso a cada uno de ellos en sus frentes. Después de una última mirada desde la puerta y comprobar que permanecían bien tapados me preparé para enfrentarme al más que seguro cuestionario que me esperaba en el salón de estar. Sin querer pensármelo demasiado baje las escaleras y sin mirar mas allá de la punta de mis zapatos me senté en el sofá junto al cual humeaba una taza de café. Después de oler su esencia alcé mi mirada para hacer frente a las personas que frente a mi me miraban intrigados, lista para su interrogatorio di una fuerte respiración apresando todo el aire que cabía en mis pulmones.
– Me vais a poner unos focos intimidatorios –. Ironicé para descargar un poco de tensión.
– No creo que haga falta – respondió Rose demostrando su hastío.
– Pero si te resistes – concluyo su marido en una sonrisa.
– No, no lo haré… – prometí riendo suavemente junto a él. Había llegado el momento de tomar decisiones, de coger el toro por los cuernos y que mejor que el consejo de mis mejores amigos para ello. Di un profundo trago el café que aún humeaba, deteniéndome en saborearlo y sintiéndolo bajar caliente por mi garganta. La tensión de mis amigos aumentaba ante mi silencio. Yo estaba dispuesta a ser sincera pero tampoco les iba a dar pie a nada.
– Como crees que consiguió el teléfono –rompió el silenció Rose.
– No tengo ni idea – Yo también me había estado preguntando por aquel hecho.
– Crees que tu madre…
– No, no creo que se atreviera a volver a hacerlo… sabe las consecuencias. – Si, mi madre había sido muy consciente del castigo que traía el traicionarme, se lo había demostrado cuando había chivado la dirección de mi escondite a Edward. Estuve cuatro meses sin darle señales de mi vida.
– Oye Peach – me llamó Emmett riéndose socarronamente entre sus dientes. Mierda como se enteró. Rose le pegó juguetonamente en su pecho evitando también mostrar su sonrisa. Bruja no había tardado nada en cotilleárselo.
– Compórtate cielo – le soltó antes de darle un beso en la mejilla. Y tú, –me dijo ahora señalándome amenazadoramente con el dedo. – Eso me lo debes –. Peach, ya se me había olvidado que me había llamado Peach, como era que se había acordado y cómo es que siquiera se había atrevido a recordármelo. Odiaba aquel sobrenombre con toda mi alma pero al fin y al cabo era una broma privada, una reminiscencia de nuestros encuentros más pasionales y ahora no tenía ningún sentido recordarlo.
– Bells, ¿qué vas a hacer? – Me preguntó Emmett, que viendo mi eminente ansiedad se había acercado a mi situándose detrás del sofá para apretándome ligeramente los hombros darme un mensaje.
– Voy a llamar a Jasper.
– Buff… con ese nombre que tiene, ¿te fías?
Giré el cuello para mirarle aturdida, cómo él, precisamente él se atrevía a criticar un nombre. – En fin… – le dije rodando lo ojos al ver su mirada divertida.
– Muy bien Emmett, creo que ahora sobra el humor. – Le regañó su esposa. Dando una palmada a su lado en el sofá invitándole a sentarse de nuevo. – ¿Y cuándo le vas a llamar?
–Mañana, – le contesté rápidamente. Tenía que pensar seriamente que decirle antes de llamar, posiblemente hasta escribiría una especie de guión. – cuando vuelva a casa, se me olvidó recoger el número de teléfono. – Le expliqué cuando ví que ambos ponían cara de incrédulos.
– Ahora… – me respondió mi "queridísima amiga". – 555-55-98-27 ¿Marcó yo o lo haces tú? – Me amenazó descaradamente mientras me tendía su móvil.
– Cómo… –dudé muy sorprendida.
– Simple, grabé nuestra conversación con el móvil. Quería escucharlos en una segunda ronda y Emmett nunca me hubiera perdonado si… –me aclaró sin ningún ápice de vergüenza mirando alternativamente a mí y a su marido. – Además te conozco y sabía que ibas a poner alguna excusa para no llamar hoy.
– LLAMA!, LLAMA!, LLAMA! –Gritaba Emmett, imitando la voz de mis pequeñines mientras que con sus puños golpeaba la mesa sobre la que reposaban las tazas de café haciéndolas temblar.
– Bells, prepárate por que voy a darle a llamar en tres, dos… –señaló marcando rápidamente el número sobre su móvil y tendiéndomelo – uno.
RING, RING, RING
– Si –. Respondió una voz femenina al otro lado del teléfono. Por supuesto que estaba en manos libres. Par de cotillas
– Ehh… hola… ¿está Jasper? – pregunté intentado aclararme la voz.
– No, lo siento en este momento mi novio no se encuentra en casa – Mierda, es Alice, Joder! Es verdad que el otro dijo que vivían juntos – ¿quieres dejarle algún mensaje?.
– Ehh…. Ahh, no, no hace falta… –iba a colgar sin decir nada más cuando vi a mis amigos rodando la muñeca de sus manos conminándome a continuar la conversación. – ¿Me puedes decir cuando volverá? – pregunté recibiendo la aprobación de las dos "marujas" de enfrente.
– Si…, claro… – La voz de Alice no había cambiado nada con el paso del tiempo, todavía seguía teniendo aquel timbre semejante a las campanitas. Ella había sido la última persona que había visto de la familia Cullen. Yo la había echado de mi lado, no soportaba su alegría ni su parecido a Edward. Ella era mi mejor amiga y también me deshice de ella a sabiendas que era la única forma de poder dejar mi pasado atrás. "Nunca te perdonaré lo que nos estás haciendo" fueron sus palabras de despedida. Supongo que aún no me había perdonado. – Bella… ¿eres tú?
– eh, mmmhmmm… si Alice soy yo. ¿Cómo estás? – que pregunta más estúpida.
– Oh, Bella, gracias por llamar, muchísimas gracias…. –realmente por su tono de voz parecía estar alegre y agradecida por hablar conmigo, igual si que me había perdonado– ¿sabes lo que pasa verdad? – señaló añadiendo una nota a su voz demasiado dolorosa para proceder de ella.
– Más o menos Mr… tu hermano… algo me dijo en un mensaje –. Mierda casi se me escapa el sobrenombre de Rose. – Se trata de Esme, ¿cómo está?
– Mal Bella, no te voy a mentir… está mal. Tiene cáncer de pecho, se le reprodujo… perdona Bella esta sonando el horno ahora vuelvo.
Sus palabras calaron profundamente en mi pecho ahoyando un poco más el profundo agujero oscuro que se me había instalado junto a mi corazón tantos años atrás. Solo el calor y las sonrisas de mis hijos había podido curar mis heridas pero aún con todo su amor, recientemente había descubierto que la cicatriz todavía permanecía latente. Ahora aquella noticia, intuida tras los mensajes del susodicho, cobraba realidad y podía sentir como las costuras de esa cicatriz empezaban a resquebrajarse.
– Bells – llamó Rose en un susurró y dándome un golpe en la rodilla, advirtiéndome que todavía estaba hablando por teléfono.
– Bella sigues ahí…
– Si, si, dime.
– Perdona la interrupción. No se que te estaba diciendo, pero… ¿vas a venir? – pregunto demostrando cierta ansiedad.
– Si, Alice por eso os llamaba. Llego ¿mañana? – pregunté más que a mi interlocutora a Rose que blandía delante de mi el recibo de compra del billete por Internet. –Puta bruja calculadora y controladora. Me las pagarás. – escribí en el bloc de notas que estaba al lado del teléfono provocando unas sofocadas risas en mis ¿amigos? Si, supongo que si.
– No busques hotel. Te quedarás en mi casa…
– Alice no creo que… – Desde luego que no era buena idea, una cosa era verlos, hablar con ellos, si acaso tomar un café… pero dormir en su casa… eso ya era demasiado.
– Lo se Bella, lo se… pero hace mucho que no te veo. Y aunque nunca entendí muy bien que fue lo que ocurrió y te dejé tu espacio, nunca volviste a llamarme… – otra vez la nota triste traspasó su voz. Y ahora era por mi culpa, la había echado tanto de menos… me hubiera gustado poder continuar siendo su amiga, dejarla estar a mi lado como ella realmente quería pero era imposible, por mi propia salud mental no lo podía permitir. – Perdona no quiero echarte nada en cara, no es el momento. Por favor quédate con nosotros y… te he echado muchísimo de menos.
– Y yo Alice…
– Entonces te quedarás
– Si, Alice pero… –acabé cediendo… ya de perdidos al río.
– Bien, no te preocupes por nada. Te iremos a recoger al aeropuerto. ¿A qué hora llegas?
– A las siete y media – le dije volviendo a echar un vistazo a los documentos que me había tendido Rose.
– Ok perfecto entonces allí te veo. Adiós– colgó aceleradamente no dando tiempo a arrepentimientos
– Adiós.
Colgué el teléfono y los tres nos quedamos unos minutos en un cómodo silencio. Iba a ir a Seattle, a ver a los Cullen, seguramente vería a Edward y ¿me atrevería a hablarles de la existencia de mis hijos?
– Bella, cariño… estás asustada – preguntó Rose mientras se acercaba a mí con la intención de darme un abrazo
– Como la mierda – contesté apoyando la cara entre las manos abiertas.
– ¿Qué vas a hacer con los niños?
– En eso pensaba ahora.
– Puedes dejarlos con nosotros – Me invitó Emmett provocando unas sonrisas en nosotras.
– Eso ya lo sabe osito… no estamos hablando de eso – le aclaró cariñosamente su esposa.
– Ahh ¿hablan del palo escoba?
– ¿Qué vas a hacer? – me volvió a decir mientras le asentía a su esposo.
– No estoy muy segura… creo que de momento no les voy a decir nada, primero veré que tal las cosas por allí y luego ya veremos.
– Tarde o temprano se lo tienes que decir.
– ¿Creeis que se enfadarán conmigo? –. Pregunté inclinando la cabeza hacia la dirección donde mis peques dormían ajenos a todo.
– No se Bells, ellos son unos cielos, los mejores niños que conozco, son inteligentes y muy maduros para su edad… además adoran a Edward.
– Si lo se… pero… esto no es lo mismo… ellos lo quieren con locura pero… – y si me recriminan algo, y si se enfadan porque les aparté de su padre y les negué su cariño.
– No te preocupes por ellos, son pequeños lo superarán. Además el problema no es cómo se lo tomaran ellos sino cómo se lo tomara su papá cuando se entere que tiene dos hijos de cinco años.
Mientras tanto, en la otra punta del país…
– Por fin llegas tío – me espetó mi cuñado cuando coincidí con él a la entrada de su casa.
– Lo siento, hubo complicaciones con uno de mis pacientes y me tuve que quedar haciéndole un último reconocimiento –. Quería estar seguro, no me gustaba dejar a los pacientes más delicados al cuidado de subalternos. Ellos eran mi responsabilidad y si bien yo me encargaba de instruir algunos de los jóvenes médicos era consciente que a veces no podían con la presión y cometían errores, y yo no iba a arriesgarme a que alguno de mis estudiantes metiera la pata por mi culpa.
– Oye, hoy… ¿la llamaste? –Inquirió curioso mientras me cedía algunas bolsas del supermercado.
– Si, – le confirmé hastiado y de mal humor, la había vuelto a llamar apenas había salido del hospital – Estoy harto de ella. Toda la semana y no dio señal de vida.
– Eddy – me llamó en un tono demasiado pedante provocando aun más mi enojo. – no todo gira en torno tuyo, y si por algún motivo ella no escuchó los mensajes, y si los escuchó y está enfadada por tu maravilloso trato del viernes.
– Y si, Y si… – medio gruñí – Hoy le pedí perdón por lo de... ya sabes, los mensajes. También le dije lo de Esme… ahora ya solo depende de ella.
– Pues no dudes que llamará – me dijo abriendo la puerta de su casa. Desde mediados de la semana pasada las pocas noches que no había pasado en el hospital me había quedado a dormir con ellos. De ningún modo volvería a la casa de mis padres sin estar ellos allí, el lunes había sido distinto pero porque no estaba solo, Alice me acompañaba. Mi casa tampoco era una opción y mucho menos ahora que Bella se aproximaba como un tren de alta velocidad a nuestras vidas podría soportar vivir en el mismo piso que había compartido con ella, sus recuerdos estaban demasiado presentes en él.
Desde que ella se había ido apenas había pasado unas cuantas noches en él. Tampoco es que lo hubiera necesitado pues los primeros años sin ella apenas había estado en el país y cuando lo hacía me quedaba en casa de mis padres y en los dos últimos años que me había establecido en el antiguo hospital donde había hecho mis prácticas de medicina me dividía mis noches entre el cuarto de descanso del hospital y mi antigua habitación en casa de mis padres. Muchas veces había pensado venderlo o alquilarlo, pero al final siempre por alguna extraña sensación de añoranza acababa echándome atrás.
– Mal Bella, no te voy a mentir… esta mal. Tiene cáncer de pecho, se le reprodujo…. –
Quedé helado, congelado, junto a la puerta del piso de mi hermana cuando oí a Alice, debía ser ella con la que hablaba al otro lado del teléfono. De repente una debilidad desconocida obligó a mis piernas a buscar un punto de apoyo para no caerme. Cuando me deje caer hacia atrás para descansar sobre la puerta debí dar un fuerte golpe puesto que mi hermana se giró bruscamente mirándonos con una mueca asustada – perdona Bella esta sonando el horno ahora vuelvo. – Dijo presionando el móvil para colocarlo a modo de espera mientras se acercaba rápidamente a mí.
– Estas hablando con… – le pregunté entre susurros huyendo de ella hacia la cocina antes de que me alcanzará su abrazo consolador.
– Si –confirmo mis temores corriendo detrás de mí.
– Pásame el teléfono– le insté mientras me giraba de repente provocando que chocara contra mí. – Déjame hablar con ella –le exigía intentando arrebatarle el móvil.
– No, ella no te llamo a tí – me dijo agarrando fuertemente el teléfono en sus pequeñas manos y escondiéndose detrás de Jasper.
– ¿Acaso te llamo a tí? – me atreví a preguntarle ácidamente a sabiendas que había pocas posibilidades que fuera así.
– No, tampoco… llamó a Jasper, –confesó cabreada– Te olvidaste el móvil –le explicó a su pareja que la miraba entre extrañado y divertido. – pero ahora estamos hablando y no voy a dejar que estropees nuestra conversación –. Exclamó volviendo a dirigirse a mí.
– Yo no voy a estropear nada… solo… solo quiero escuchar su voz. Jass por favor – Rogué por un poco de ayuda.
– No creo que sea lo mejor Edward, ella pudo haberte llamado pero decidió no hacerlo. Tienes que respetarla –. Bien creo que me había vuelto bipolar, ni yo misma entendía mis sentimientos o mis deseos. No quería verla, no quería haberla llamado pero ahora me moría por escuchar su voz. ¿Me habría vuelto loco ya?.
– Bien – cedí – pero quiero escucharla… eso me lo concederéis ¿no? – les exigí no dando pie a una más que posible negativa.
– Creo que eso podemos concedértelo. Pondré el móvil en manos libres…. Pero a la primera señal de tu presencia aquí cuelgo –. Me amenazó muy capaz.
Tenia miedo de escuchar su voz, de comprobar si seguía causando los mismos estragos de siempre, y demostrarme que a pesar del tiempo y de todos mis esfuerzos aún no había superado ni su ausencia ni su abandono. Por supuesto, a estas alturas de la película, yo ya sabía que no la había olvidado.
– Bella sigues ahí…
– Si si, dime . – Dios, todos mis temores se vieron confirmados cuando al escuchar su dulce voz al otro lado de la línea un escalofrío recorrió mi cuerpo. Me obligue a olvidarme de mí mismo y concentrarme en la conversación, ya tendría tiempo después para penar por mis desgracias.
– Perdona la interrupción. No se que te estaba diciendo, pero ¿vas a venir? – preguntó mi hermana dejando evidente cierto estado de ansiedad, supongo que era un reflejo de mi propio estado.
– Si Alice por eso os llamaba. Llego… ¿mañana?. – mañana, ¿MAÑANA?… en venticuatro horas estaría aquí… no me lo podía creer. Y ahora que iba a ser de mí.
– No busques hotel. Te quedarás en mi casa…
– Qué! – vocalicé exageradamente delante de mi hermana. YO me estaba quedando en su casa!.
– Alice no creo que…
– Lo se Bella, lo se… pero hace mucho que no te veo. Y aunque nunca entendí muy bien que fue lo que ocurrió y te deje tu espacio, nunca volviste a llamarme… – Dios, ya estaba mi hermana otra vez utilizando sus malas artes… Se que ella también lo había pasado mal con la desaparición de su mejor amiga, pero yo la conocía bien y aunque el tono de su voz dejaba traspasar una profunda tristeza el brillo travieso de su mirada daba que pensar.
– ¿Qué coño estás haciendo? – volví a dibujar las palabras con mis labios. Cuando vi el gesto irreverente que me estaba haciendo con la mano me di la vuelta para sentarme en el sofá y ocultarme entre los cojines de este y seguir escuchando en la sombra. Bien, confirmado si no me había vuelto loco ya al cabo de una semana lo estaría.
– Perdona no quiero echarte nada en cara, no es el momento. Por favor quédate con nosotros y… te he echado muchísimo de menos. – ¿Por favor? Perfecto ahora mi hermana también le rogaba por su compañía.
– Y yo Alice… – su voz era tan dulce y tan apagada, parecía que llevaba mucho tiempo sin reír. Acaso no habría nadie que la hiciera feliz. ¿Por que no era feliz…? ¿acaso ella no era feliz? Sería capaz de alegrarme de su infelicidad.
– Entonces te quedarás.
– Si, Alice pero… – parecía confusa pero a saber que pasaba por su caprichosa cabeza. No solo venía a enturbiar mi vida sino que iba a invadir mi espacio. Lo que me faltaba.
– Bien, no te preocupes por nada. Te iremos a recoger al aeropuerto. ¿A que hora llegas? ¿Iremos? Ni de coña. Si quería sobrevivir a aquello esta tía no me vería el pelo.
– A las siete y media.
– Ok perfecto entonces allí te veo. Adiós
– Adiós.
En cuanto mi hermana colgó el teléfono corrió a abrazarme, yo al sentir sus brazos rodeando mi cintura me tensé, la conocía perfectamente y sabía, era plenamente consciente, que algo estaba planeando. Tenía el ceño fruncido y los ojos medio cerrados marcando sus líneas faciales, su cabeza parecía echar humo de tanto pensar. Eran bastantes indicios para sospechar.
– Estarás contenta – Le escupí sin meditar mucho mis palabras. No me gustaba que me manejara a su antojo.
– Sip – sin palabras me dejó.
– ¿Qué pretendes? – le pregunté tras salir de mi asombro.
– Recuperarla….. estoy segura que es lo que quiere mamá – aclaró al ver mi cara de estupefacción. Me preguntaba cómo podía estar tan tranquila.
– Espero que seas consciente que estas tratando con una bomba de relojería…. Y que lo más seguro es que de explotar me explotará en toda mi cara.
– Eso no sucederá – dijo condescendientemente levantándose del sofá y dirigiéndose a la cocina – ¿cenamos? – preguntó despreocupada agarrando la mano de Jasper el cual nos miraba sin perder palabra ni atreverse a participar.
– Eres una egoísta…. –le dije siguiéndoles a la cocina – Eres capaz de arriesgar mi propia salud mental con tal de recuperar un poco de una amistad antigua, perdida… Acaso no te das cuenta de que todo era una mentira. – Chillé desesperado ante su tranquilidad.
– No Edward, ya llevo un tiempo pensándolo tu vida no fue una mentira, nuestra relación con ella, tu relación con ella no fue una mentira…. – me enfrentó pausadamente. – Aquí la única mentira que se contó y que vivimos fue la de los últimos meses antes de su partida.
– Ja… que tiene que demostrarte, que más tiene que decirte… ella fue una egoísta, una... – si paré no fue por falta de ganas sino porque sentí la mano de Jasper presionando mi hombro – me dejó solo. – confesé en un susurro modificando el tono de mi discurso, acaso no se acordaban que ella me dejó solo, tirado, hecho mierda, cuando más la necesitaba.
– Edward nunca nos contaste todo lo que pasó… ella nunca me contó lo que pasó… – me dijo acariciando mi mejilla suavemente, como si fuese un niño pequeño – Me alejé de ella porque Bella me lo pidió y no te voy a negar que yo estaba muy enfadada, me quede contigo por que tú me lo pediste. Pero nunca me creí ni una ni otra versión. Ambos tenéis veintinueve años y sufristeis mucho por quien sabe que mierdas… pero mira a nuestro alrededor, mamá está enferma, mamá se muere, el tiempo pasa, la vida es una mierda…
– Me lo vas a decir a mí – la interrumpí imitando infantilmente su mismo tono irónico.
– Por eso hermanito, por eso…. Espabila y lucha por tu felicidad… por si te sirve de algo yo todavía confió en mamá… y además recuerda que se lo prometiste.
-.-
Buff, yo si creo que Edward se nos ha vuelto loco ya… y mas que se nos va desestabilizar… pobre la situación le supera un poco y no sabe lo que quiere. Aunque ella tampoco esta mucho mejor.
PD-. No se si os fijatéis que me gusta titular todos los capítulos con una frase dicha por algún personaje y os puedo adelantar que el próximo capítulo se titulará: "Y ¿Qué pasó después?" y es una gran pista para saber de que va el capítulo ;)
He procurado contestar lo mejor que he podido a las preguntas que me haceis en los reviews, pero hay una chica que me ha mandado un anónimo, en ese caso me encantaría que firmarais y así poder contestaros personalmente por aquí. Entendiendo que leerá este comentario y se reconocerá aprovecho para agradecerle las molestias de escribirme y mandarle un besazo
Espero que os haya gustado, gracias por leer y estar ahí detrás.
