Crepúsculo no me pertenece… aunque me gustaría

Con este capítulo entramos de lleno en el epicentro de la historia, espero que os guste

ESTÁS PRECIOSA

Seattle. Lunes, 16 de noviembre de 2009. 21:04 horas

BELLA POV

Llevaba más de 20 minutos apoyada en la pared enfrente de la puerta tras la que estaría Esme. Todo había pasado tan rápido y habían sido dos días con tanto ajetreo que en realidad apenas había podido analizar con tranquilidad y aplicando la lógica toda la información que primero Edward a través de los mensajes y ahora Alice habían podido transmitirme. Esme estaba gravemente enferma y quería verme, yo también quería verla, estar con ella y asegurarme de que nada se podría hacer por ella, Edward decía que se moría pero siempre había sido un poco exagerado y escandaloso para estas cosas, seguro que algo podríamos hacer por ella. Joder! No éramos todos médicos acaso, alguna solución encontraríamos entre todos. Quería verla, sin duda, la había echado tanto de menos, sus abrazos, sus sabias palabras, su amor incondicional, solo tenía que traspasar la puerta y seguro que la encontraría con los brazos abiertos para mí, pero llevaba ya 22 minutos y no podía llamar a la puerta y entrar, no podía y el único motivo al que debía achacar mi parálisis era la vergüenza que me daba. La misma que me había impedido ponerme en contacto con ellos cuando nacieron los gemelos o los años posteriores. Vergüenza por los secretos que oculté, por las mentiras que no revelé y, sobre todo, por huir sin darme ninguna explicación, sin un adiós, sin un "buena suerte". Y ahora tenía que hacer frente a todo, de golpe, sin preparación previa, a una mujer que había sido como mi madre y ahora se encontraba en una cama de hospital, a un hombre que había sido mi mentor y que de ser cierto lo que me habían dicho la vida de su gran amor pendía de un hilo, a una amiga que había sido como mi hermana y que había dejado un hueco vacío junto a mí imposible de rellenar, pero, sobre todo y posiblemente lo más difícil de enfrentar, era el encontrarme con un viejo amigo que había sido todo para mí, mi centro, mi luz, mi puerto seguro… con el que tendría que hablar, al que tendría que perdonar y al que tendría que pedir perdón. No había dudado al coger el avión, me había emocionado al ver a Alice pero ahora, de cara a esa puerta, el chute de adrenalina se había bajado y al pensar en todo ello el miedo me atenazaba y me impedía avanzar tanto física como emocionalmente. Nunca había sido una cobarde, nunca había tenido miedo a los cambios, a evolucionar… pero esto era muy diferente. Era abrir el cajón de los recuerdos y analizar una a una cada conversación, cada acontecimiento… ellos no se iban a conformar con "esto es lo que hay y punto", querrían explicaciones, merecían esas explicaciones y las tendrían. Además, a quién cojones quería engañar, yo tampoco podría mirarlos a la cara y seguir ocultando la existencia de una pequeña parte de su familia. Todos ellos, abuelos, tíos, padre y, sobre todo, hijos se merecían encontrarse, conocerse y amarse. En medio estaría yo con mi vergüenza y mi parte de culpa, pero también con mis motivaciones y mis razonamientos. Por ellos, por mis pitufines, y por mí, por mi tranquilidad personal, iba a dar un paso adelante, iba a cruzar esa puerta y hacer frente a todo lo que hubiera tras ella con la cabeza alta.

Con esta nueva línea de pensamiento avance hasta la puerta y después de picar suavemente en la jamba de la misma abrí. Estaba oscuro tan solo una floja bombilla iluminaba la habitación. Avance lentamente por el pasillo de entrada hasta que mi línea de visión alcanzó a ver toda la estancia. Esme se encontraba dormida en la cama. A su lado, en un sofá negro y bajo una lámpara se encontraba Carlisle leyendo una novela con unos auriculares puestos. Ambos estaban pálidos, ojerosos y sumamente delgados, me emocioné muchísimo al ver ese extraño, por infrecuente, pero familiar cuadro. Sentí una lágrima deslizarse por mi mejilla y apenas pude ahogar un sollozo en mi garganta. Carlisle, que no me había sentido entrar, levantó la vista en ese momento. Durante unos instantes no nos movimos, el tiempo se congeló, solo nos mirábamos a la cara, yo sin saber muy bien que hacer. Él, creo yo, que fue por la sorpresa, por la intrusión, porque poco a poco el rictus que dominaba su boca se fue deslizando a los lados hasta dibujar una sonrisa bellísima. Con muchísima calma y parsimonia, supongo que para no despertar a Esme o para no asustarme a mí que debía parecer un ratoncito atemorizado dejó a un lado el libro abierto a la mitad, sobre la mesita de noche posó sus gafas de lectura y de una manera muy suave y elegante, como si de un paso de ballet se tratará, se levantó y abrió los brazos para recibir a la hija pródiga. Ni siquiera lo había procesado cuando me vi arrojada a su brazos, y fue entre ellos cuando pude volver a llenar mis pulmones de oxígeno, cuando sentí que llegaba al hogar y cuando, recordando todos los momentos que habíamos vivido juntos me arranqué a llorar. Poco a poco Carslile consiguió consolarme con palabras llenas de cariño, con besos llenos de amor y con caricias llenas de reconocimiento.

A medida que me fui calmando sentí sus manos apretar mis brazos alejándome de él. – Déjame que te vea bien pequeña. – Me pidió con cariño. Cogidos de las manos me hizo separarme completamente de él y yo, con muchas ganas de aceptación, hice lo que me pedía y le dejé que me observará, volcando a la vez mi observación en él. Sus ojos brillaban con diminutas lágrimas peleando por salir, en su boca aún se mantenía una sonrisa fatigada, su rostro denotaba la situación. − Estás preciosa. − Me dijo emocionado arrastrándome hasta el sofá – Se durmió hace un rato – añadió cuando vio que yo volvía mi rostro hacia Esme. – Ya eres toda una mujer.

– Carslile, yo quería… yo, verás. – Quería pedir perdón, desahogarme, cuanto antes empezara antes terminaría. – os quería pedir perdón.

– Hey – me cortó− nada de pedir perdón. Ahora estamos ya todos juntos. Quiero que me lo cuentes todo de ti. Se que acabaste la carrera con unas notazas y que te has convertido en una gran ginecóloga.

– ¿Cómo lo supiste? – le pregunté entre sorprendida y agradecida porque, a pesar de todo, siguieran preocupándose por mí.

– Tengo mis métodos – me respondió con una sonrisa.

Estuvimos hablando de todo y nada, de mis pacientes, de mis investigaciones, de mis lecturas, le respondí a todo lo que me preguntó sobre mi vida profesional, como si no hubiera pasado el tiempo, como si hubieran sido unas pocas horas las que había pasado desde la anterior vez que nos vimos. Desde que éramos unos niños Carslile se había ocupado de nuestra formación bio-sanitaria, primero dándonos clases de primeros auxilios y luego cuando Edward y yo mostramos interés por su profesión buscándonos trabajos de media jornada bien en el laboratorios bien en el centro de salud y, finalmente, cuando ambos emprendimos la carrera universitaria orientándonos en nuestros gustos primero y en nuestras especialidades después. Había sido un gran mentor y yo lo había extrañado muchísimo.

No fui muy consciente del tiempo que habíamos pasado juntos, hablando en voz baja y aparentando una calma que ningún de los dos tenía, como si nada nos preocupara a nuestro alrededor, como si Esme no estuviera allí debido a una enfermedad, como si Edward no pudiera entrar en aquella habitación de un momento a otro. Él no quería hablar del tema, bien porque yo tampoco. Por suerte para mí, no fue él quien abrió la puerta al rato, sino su hermana que tal y como habíamos quedado venía a buscarme. Por un momento sentí mi corazón paralizarse, eran cuatro y conmigo estaban dos, si entraba otro había un cincuenta por ciento de posibilidades. Alice entró en la habitación como siempre, como un vendaval, con una gran sonrisa y grandes ojos de pillastre.

− Papá veo que ya encontraste a Bella. Bella si te parece bien le voy a enviar un mensaje a Jasper para que te lleve al hotel. ¿Qué tal hoy mamá, hace mucho que se durmió? Hoy vas a dormir a casa que no tienes guardia y tú Bella, cuando hayas descansado, mañana puedes venir y desayunamos las tres juntas. – Parecía que el cansancio no hacia mella en ella, disparaba preguntas y órdenes sin concierto alguno, dirigiéndolas tanto a su padre como a mí.

− Alice – me atreví a llevarle la contraria. − Yo, si no os importa a vosotros y ya que aún no he podido saludar a Esme, me gustaría quedarme esta noche.

− Pero Bella, tienes que estar agotada. – susurró Carlisle asumiendo que al menos él no se quedaría esa noche y recogía sus cosas del armario.

− No, de verdad, prefiero que sea así.

− No insistas papá −dijo rápidamente Alice, cogiéndole de su brazo y tirando un beso volador hacia su madre que dormía ajena a la conversación, mientras se encaminaban hacia la puerta. − Vendré yo mañana a primera hora.

− No te apures− le aseguré acompañándolos al pasillo.

− No hay problema y no te preocupes por tu amigo. Nosotros le llevaremos hasta el hotel− apuntó cuando los dos ya estaban espaldas a mí.

No regresé a la habitación hasta que no los vi desaparecer por el pasillo y me aseguré de que no iban a volver. Era cierto que estaba cansada, que necesitaba una ducha y una buena cama, pero también era cierto que en cuanto vi que se producía esta oportunidad no dudé en cogerla al vuelo. De verdad que lo prefería hacer así, por alguna intervención divina había podido esquivar a cierto individuo y si me quedaba esa noche y me retiraba gran parte del día siguiente sería ganar un poco más de tiempo para no encontrarlo o al menos retrasarlo un ratito más, y si, de hecho no lo encontraba de aquí al miércoles por la noche que volvía de regreso pues mucho mejor. Podríamos decir entonces que era él quien se estaba ocultando.

Cerré la puerta de la habitación tras de mí y me dirigí al sofá con la intención de tumbarme para leer y con un poco de suerte coger el sueño. Me tumbé en él y estiré una manta que yacía sobre uno de los reposabrazos. Me disponía a recoger el libro de mi bolso cuando sentí una mirada sobre mí. Sin demasiado tiempo para alterarme, giré mi rostro hasta la cama para encontrarme a Esme con los ojos abiertos y una sonrisa perezosa en su rostro.

– No te quería asustar – habló con la voz un poco grave debido al sueño y a la ronquera que producían los medicamentos. – Hola.

– Hola – repetí sin moverme de mi posición y sin tener demasiado claro que decir o que hacer.

– ¿Cuando llegaste?

– Hace un ratito, Carslile y Alice se fueron a casa a descansar – Le expliqué sin ninguna necesidad, simplemente por decir algo.

– Que guapa estás, pareces otra y a la vez eres la misma… −comentó mientras con un leve gesto de dolor levantaba su brazo lleno de viales para llamarme y señalar el otro lado de la cama−. Túmbate aquí, como cuando eras pequeña.

Igual que me había ocurrido antes con Carslile fueron esas palabras de aceptación las que despertaron mi cuerpo del letargo. Me acerque a la cama hasta sentarme junto a ella y espere a que ambas nos hubiéramos acomodado en la nueva posición para, con todo el cuidado del mundo, arrojarme a su pecho y nuevamente romper a llorar. Esme olía a agua de rosas, a canela y a amor. Creo que ambas, entre lágrimas, besos y sonrisas, perdimos la noción del tiempo. Y no fue hasta mucho después cuando ya teníamos los ojos rojos, secos e hinchados y todos los clínex húmedos cuando, aún cogidas de la mano, nos tumbamos en la cama mirando el techo.

– ¿Qué hago aquí? – le pregunté en un susurro sin querer romper la magia y la calma que nos envolvía.

– Me muero.

– No… seguro que no. – Su respuesta había sido fría, sin pasión. Una corriente helada se me coló por el cuello y recorrió toda mi espalda y se alojo en mis pies, dejando mi cuerpo tenso y con la piel de gallina.

– Me han visto ya un montón de médicos y no hay nada que hacer, tranquila cielo, he tenido tiempo para asumirlo.

– Estuviste ya enferma – le siseé enfadada, se había rendido. Había superado una enfermedad, o eso había entendido, y con el rebrote se había rendido.

– Hace tres años – me contestó acariciando mi cabeza y mi pelo, intentado relajarme.

– Y porque ahora... – no terminé la frase ¿hacia falta? Porque ahora me lo contaba y no hace tres años, porque ahora me llamaba, porque ahora se iba a morir, cuando ya lo había superado.

– Porque antes sabía que lo iba a superar pero ahora… ahora ya no − me dijo atragantándose al final− Tenía que volver a verte. – Añadió tirando de mi barbilla hacia su rostro.

– Tenemos que hablar, tengo muchas cosas que contarte – le espeté yo también toda atragantada y emocionada con más lágrimas penando por salir.

– Ya lo sé, cariño... podemos hablar luego, mañana cuando tú quieras. – Respondió comprensiva a lo que me negué.

– Preferiría hacerlo hoy… como una tirita. – Cierto, no hay peor cosa que ir poco a poco en estas cosas, coges de un extremo y tiras cuanto más fuerte y rápido mejor. Con la depilación a la cera también funciona.

– ¿Qué pasó? – Disparó tras unos minutos en silencio, directa, tal y como le había pedido. Quizás me arrepentiría en cinco minutos, quizás en unas horas o quizás al día siguiente. Pero el proceso se había iniciado y ya no había marcha atrás.

– ¿Qué sabes?

– Nada, poco, lo que he podido intuir.

– ¿Qué has intuido?

– Te voy a hacer un favor, se que tienes que ver a Edward y hablar con él así que no te quiero poner en un brete y te veas obligada a mentirme. He pensado mucho en esta conversación y creo que este sistema es el mejor: yo hablo y tú me escuchas.

La mire asustada, parecía muy segura de lo que decía y más todavía de lo que iba a decir.

– Hasta hace unos tres meses no sabía nada o muy poco, tu te fuiste sin decir nada y él te estuvo unos meses buscando, se que al final te encontró pero supongo que volvisteis a discutir. Edward nunca quiso contarnos nada. – señaló a modo de reproche.

– ¿Qué pasó hace tres meses?– le pregunté realmente intrigada por el giro de los acontecimientos y obviando para otro momento los recuerdos sobre los últimos meses que pasamos juntos, sobre mi huida a la cabaña, sobre su aparición en ella y sobre lo que le dije y no le dije aquel último día.

– Una cosa muy importante, si tengo yo razón, algo maravilloso ¿sabes? No me quiero hacer ilusiones… pero hace tres meses fui a Boston a hacerme unas pruebas médicas. – Explicó muy despacio dejando que las palabras fueran calando en mí. – Un amigo de Carslile nos recomendó un oncólogo y fuimos al…

– St. Mary – interrumpí demasiado ansiosa. El St. Mary era el hospital donde yo trabajaba y no me gustaba demasiado hacia donde iba encaminada la conversación. En otro contexto no hubiera tenido sentido pero en aquella situación en la que nos encontrábamos encajaba como el mecanismo de un reloj suizo.

– Si, y allí vi una cosa… que si es cierta me hace muy feliz. – Me lo dijo tranquila, pero con una nota de emoción en su tono, con una sonrisa demasiado esperanzada y un brillo en los ojos que si se cumplían mis temores iba a ser incapaz de borrar. – Te cuento un secreto. –continuó en voz baja, como si fuéramos unas delincuentes a punto de asaltar un banco.

Le asentí con la cabeza, dejando que percibiera mi movimiento, pero no me atreví a contestarle en viva voz. Precisamente había viajado y me había quedado esa noche en el hospital mentalizada para contarle un secreto, que era abuela, que tenía dos preciosos nietos y rogarle perdón por haberlos mantenido alejados. Ahora, que yo me había mentalizado a confesarme, ella me sorprendía insinuándome que ya lo sabía. Y yo, en ese mismo momento me cagué totalmente encima, metafóricamente hablando por supuesto.

– Creo que soy abuela.

– Esme... yo... – pobres intentos de titubeo emitía. Pero que se puede hacer cuando has escondido la cabeza bajo el brazo de la mujer que lejos de atosigarme a decirle la verdad, de interrogarme, increparme o vete tu a saber que hubiera hecho yo, me recogía el cabello tras la oreja que quedaba a la vista y me besaba la cabeza.

– Eso es un si… creo que tu silencio me vale. – gritó demasiado alborozada.

– Yo lo siento… pero cómo te… – cómo te enteraste, quién te lo dijo, por qué no me gritas... todas esas preguntas luchaban entre sí por salir de mi garganta... pero yo solo balbuceaba.

– Cielo, vamos a hacer una cosa… yo te cuanto una historia y luego tú me cuentas otra ¿ok? – propuso salvando el momento y facilitándome en gran cantidad mi existencia. Asentí. Era lo lógico. – Cuéntame lo que quieras y calla lo que quieras, solo no mientas a una moribunda.

Fue un chiste malo, sin gracia, pero nos obligó a ambas a mirarnos a los ojos y a llegar a un acuerdo tácito: la verdad parcial o total, pero solo la verdad.

– Ven aquí, como cuando erais pequeñas –volvió a insistir atrayéndome a su pecho al ver que yo me encontraba bastante inquita, me apoyé nuevamente en ella y respiré profundamente. El momento de la verdad había llegado, al menos el primero–. Como te dije, cuando descubrimos la reaparición del cáncer y vimos que se había propagado a algunos órganos colindantes al pecho, un compañero del hospital nos recomendó a varios especialistas del país, entre ellos al Doctor Spencer de Boston. Fuimos por el verano, y concretamente el 23 de agosto hacia las dos de la tarde, estábamos esperando en uno de los pasillos a que me llamaran para hacer un electro de control, Carslile estaba hablando con un colega en el otro extremo del pasillo. – Seguía hablando despacio, con un deje de cansancio en su entonación que contrastaba con el halo de felicidad que su rostro emitía. Hizo una pequeña pausa y buscó una de mis manos a ciegas, al dársela noté que estaban un poco húmedas, posiblemente de la ansiedad que le generó la conversación, al menos era así como yo me sentía. Respiró profundamente, y reinició su historia, a pesar de todo su voz se mantenía fuerte y segura. – Yo estaba sentada en una especie de salita de espera, la puerta estaba abierta debido al calor y aunque estaba leyendo una revista unos sollozos que venían de fuera me llamaron la atención así que miré. Y en ese momento, en ese momento justo vi pasar por delante de la puerta a una chica idéntica a ti con un niño idéntico a mi hijo cuando era pequeño. Yo me aproximé a la puerta, más lentamente de lo que hubiera querido, para ver si había sido una visión, si eras tú o me había equivocado. Cuando me asomé, solo pude ver como a lo lejos ambos se acercaban a otra chica rubia de pelo largo que los estaba esperando junto al puesto de enfermeras y el niño iba con una escayola azul en el brazo derecho.

Mierda! Esta no hubiera sido nunca la forma en la que hubiera deseado que se enteraran. Pero para que andarse por las ramas, ella lo había soltado de frente pues yo igual. Total parecía completamente ilusionada porque la historia fuese verdad. Y en realidad yo ya no podía más con esta carga.

– Se llama Rose, una gran amiga y una compañera en el hospital, me estaba esperando para llevarnos a casa.

– ¿Y el niño? – Preguntó llena de esperanza y con los ojos muy abiertos.

– El niño, el niño se llama Edward y tiene cinco años.

– ¡Oh dios mio!, entonces es verdad soy abuela. – Exclamó llevándose las manos a los ojos y para parar unas incipientes lágrimas.

– Lo siento, Esme, de verdad que lo siento mucho, se que no tenía que haberme ido, pero no pude hacer otra cosa...

– Ehhh –me arrulló con la voz entrecortada. – Ahora no te preocupes por eso, soy abuela y me haces muy feliz. – Me consoló ella a mí, enterré nuevamente mi cabeza entre su cuerpo y la almohada como una avestruz muy cobarde y abrí mi corazón un poco más.

– Edward no lo sabe.

– Me lo imaginaba.

– ¿No le has dicho nada?

– No, quería hablar primero contigo, no estaba del todo segura, y darte la opción a que se lo contaras en persona. ¿Lo vas a traer? ¿vas a dejar que lo conozca? – Suplicó moviéndose inquieta en la cama para poder ver mi cara.

– Si, si, no lo dudes – Le confirmé rápidamente mirándola a los ojos para tranquilizarla. No le iba a negar eso, ya les había causado suficiente daño a todos.

– No me queda mucho tiempo. – Siseó apresurando mi decisión. Supongo que no sería injusta si no acababa de confiar en mí.

– No te preocupes, ya pensaré en algo para que los puedas conocer esta misma semana. – Le prometí mientras me levantaba de la cama y recogía el bolso del suelo.

– ¿Los?

– Si, los. –Confirmé sin levantar la mirada del interior del bolso, buscando entre todos los bártulos el móvil. – Aquel día solo me viste con Edward, yo estaba de vacaciones y habíamos ido a la playa con unos amigos, la chica rubia que viste y su marido. Él se subió a un árbol del merendero y se cayó, por eso se rompió el brazo. Su hermana, al verlo llorar y con dolores, se asustó muchísimo y no quisimos que viniera con nosotros al hospital, así que un amigo la estuvo cuidando mientras tanto.

– Me estás diciendo que no solo tengo un nieto sino que tengo dos –. Señaló incorporándose de la cama conmovida.

– Si, son gemelos. Te gustaría ver unas fotografías. – Le ofrecí mientras, muy segura de su confirmación, abría la aplicación de fotos en iphone y buscaba una foto de ambos. – La llamamos Nessie– Le expliqué mientras le tendía el teléfono.

Esme estaba en otro mundo viendo las fotos, deteniéndose en todas y esperando callada por que yo le contase los detalles. No decía nada, y yo de vez en cuando la miraba de reojo. Reía a cachos y sonreía siempre, en ese momento era feliz y yo me sentía en parte dichosa de poder proporcionarle esos momentos, en parte sucia por haberle privado de otro muchos, aunque bien dispuesta a compartirlos con ella.

– ¿Me pediste que viniera solo por él, por ellos?. – Le pregunté cuando iniciábamos por segunda vez el carrete, más temerosa de la respuesta de lo que cabría esperar pues nos habíamos prometido sinceridad, y la sinceridad solía hacer daño, aunque no más que las mentiras.

– No, cariño no. –Negó sin dejar lugar a posibles dudas– Cuando fuimos al St Mary ya sabíamos que te encontrabas allí, yo ya tenía toda la intención de encontrarte y hablar contigo.

– ¿Por qué no lo hiciste?

– Cuando te vi, fue solo un momento, fue como una alucinación y tú no me viste. Yo quise correr detrás de ti pero no pude y te escapaste. Había ido con un plan preconcebido: preguntar por ti, insistir y colarme en tus horarios, pero al verte todo se desbarajustó. Estuvimos dos días más y no te volví a ver, pregunté a una chica de administración por ti y me contestó que no te conocía ¿raro no? pero tampoco insistí, tenía mucho en qué pensar y...

– ¿Quién te dijo que me encontraba en Bostón? – Interrumpí cuando al procesar la conversación me di cuenta de este hueco que quedaba en blanco. Me temía la respuesta y no quería ni volver a pensar que me había vuelto a traicionar.

– No te enfades con ella. – Adelantó Esme adivinando por donde iban mis pensamientos. Lo había vuelto a hacer, mi madre había vuelto a desobedecer mi orden expresa de no delatar mi ubicación a ningún Cullen – Ella no quería, de hecho en todo este tiempo no me decía nada concreto sobre ti, sabía que te enfadarías con ella, con lo que lo único que me decía era que te encontrabas bien y poco más. Cuando le conté sobre mi enfermedad y le dije que te quería ver fue muy renuente a darme más datos, solo fui capaz de saber que te encontrabas en Bostón. Carslile ni siquiera sabía que tu estabas allí. Cuando te fuiste le pedí, le rogué y supliqué que indagara por los hospitales, el podía hacerlo, era tan fácil, pero él no quiso hacerlo nunca, quería respetar tu decisión.

Le estaba agradecida a Carslile por haber respetado mi intimidad, Esme pensaba que podría haber sido fácil para él encontrarme, no hubiera sido así puesto que había modificado mi apellido y el de los niños. Pero quizás con un poco de interés, de imaginación y tiempo si que lo hubiera conseguido. Pero lo de mi madre era diferente, lo había vuelto a hacer y esta vez tendría que hablar muy seriamente con ella.

– ¿Y el teléfono? – Ahora todo casaba, seguramente también se lo habría dado ella, pero antes de matar a esa metomentodo tendría que asegurarme.

– También me lo dio tu madre… pero fue a la vuelta de ese viaje. Yo la llamé para preguntarle si lo que había visto era una alucinación o si había alguna posibilidad de que fuera una realidad. Estuvimos hablando muchísimo tiempo y, aunque no me quiso confirmar ni siquiera si había alguna posibilidad de que hubieras sido tú la chica a la que había visto, al menos cedió y me dio tu número de teléfono. Pero tuve que insistir muchísimo, no te enfades con ella, por favor, fue culpa mía. – Pidió apenada ante mi creciente gesto y sintiéndose culpable de quizás haber generado un conflicto madre-hija.

Hice mi mayor esfuerzo para olvidar la tensión que tenía en el cuerpo y fingiéndome despreocupada me volví a tender en la cama. Volví a encender el móvil, que durante la conversación se había autobloqueado y sin dar a Esme ninguna opción a seguir por esos derroteros comencé a contarle una nueva anécdota de mis peques. De mi madre ya me ocuparía más adelante, tendría consecuencias, eso seguro, pero estas dependerían enormemente de lo que pasaría en esos días y de si, terminada la experiencia, me arrepentía o no de haber regresado. De momento no era así, de hecho más bien una pepita grilla parecía querer surgir en el fondo de mi conciencia gritando: ¡hace mucho que tenías que haber dado la cara! Sí, lo se, pero con qué fuerzas.

Seattle. Martes, 17 de noviembre de 2009. 03:25 horas

Me desperté al sentir algunos extraños ruidos en la habitación. Esme después de ver una y otra vez las fotos de mis hijos y de contarle con sumo cuidado todas las anécdotas que protagonizaban en ellas, se había quedado dormida mientras la conversación languidecía. Yo me encontraba tan cómoda y tenía tanto miedo a despertarla, ya que entre una cosa y otra apenas la había dejado descansar, que preferí compartir con ella la cama en vez de moverme e ir al sofá. Sin molestarme en abrir los ojos me concentré en ese extraño zumbido que me había despertado intentado indagar si se trataba del gotero de Esme que se habría activado durante la noche o de algún otro aparato electrónico. A través de mi duermevela, me parecía que se trataba de un suave murmullo, casi hipnótico que me inducía a seguir soñando. Esa era mi intención pero un cambio de ritmo en el sonido constante, ahora más parecido a una respiración tosca y ahogada, así como la emisión de una exhalación que mi cerebro reconoció como un suspiro provocaron que todo rastro de sopor presente desapareciese de mí. Me esforcé, a mi vez, en continuar respirando por la boca y en mantener los ojos cerrados, a la par que ahora ya prestaba toda mi atención a cualquier ruido que se producía a mi alrededor con la intención de averiguar de qué o de quién se trataba. Bien podía ser un médico de guardia o bien una enfermera ambos haciendo su ronda, ya que se oían ruidos de papeles, pero probablemente ninguno de los dos supuestos se hubieran molestado, en esos mismos momentos a taparme con la que suponía que era la manta del sofá y seguramente ninguno de los dos, tampoco se hubiera acercado a nosotras para darnos primero a Esme y, por encima de ella, a mí un beso en la frente, y muchísimo menos ninguno de los dos colectivos olería a la colonia de Edward, y ninguno de los dos haría los ruidos que hacía él al moverse, y definitivamente ninguno de los dos habría ahogado un sollozo antes de abandonar la habitación.

-.-.

Espero que os haya gustado porque confieso que fue sumamente difícil y lento escribir este capítulo, tantas emociones y sentimientos me desbordaron; y de hecho veis que tiene una dinámica un poco diferente al resto. Era una conversación compleja la que tenían que tener, pero poco a poco vamos desvelando secretos, aún así todavía nos queda el reencuentro, como tal, más esperado de todos y ya queda muy poco. Quizás en el próximo episodio ya se produzca ;)

Me ha llamado la atención del capítulo anterior que os preocupasteis más por el estado en el que quedó Jasper que por el de Edward XD. Me encanta que os hayáis interesado tanto por él.

En este capítulo no hubo ninguna acertante sobre quien era el que decía el título, aunque muchas gracias por participar :P

El próximo capítulo se titulará: Me debes una conversación.

Un besazo y gracias por leer