Crepúsculo no me pertenece… aunque me gustaría
Estoy un poco preocupada y nerviosa con este capítulo ya que es "algo" diferente a todo lo que he hecho hasta ahora y en los que predominan los diálogos. Ya sabéis que me gusta experimentar un poco con la estructura de los capítulos y precisamente este capítulo será un poco especial puesto que nos colaremos en la mente de Edward y veremos de primera mano lo "bien" que le funciona. Espero que les guste tanto o más que los demás porque para mí se ha convertido en uno muy especial.
El capítulo va dedicado a Green'splace como única acertante del protagonista del POV.
DÍA DE MIERDA, SEMANA DE MIERDA, VIDA DE MIERDA
Seattle. Martes, 17 de noviembre de 2009. 12:45 horas
Edward POV
Siempre he pensado que la película de Matrix y los hermanos Wachowski habían hecho mucho daño a la humanidad. Ahora había llegado el momento de corroborarlo por mí mismo. Se supone que ellos, los muy hijos de su puta mami habían inventando "la ralentización del tiempo", es decir, todo se mueve a cámara lenta con la excepción de un elemento, que a su vez se convierte en protagonista de la escena: una bala perdida, una patada voladora…
Desde luego que el efecto matrix fue uno de los grandes inventos del séptimo arte en las últimas décadas y como todos los grandes productos fue imitado hasta la saciedad en el resto de películas de acción que le siguieron, bien para ser utilizado a modo de sarcasmo bien como un tributo. Un tributo que una vez tiene gracia y dices: "coño, como en Matrix", dos puede que digas irónicamente: "joder, esto ya lo he visto yo antes", pero a la tercera te cagas en la poca originalidad de los directores, productores y guionistas. Hasta ahora mismo yo siempre me cagaba en la puta madre de todas y cada una de las personas que alguna vez habían tenido algo que ver con la puta película y el puto efecto. Siempre, hasta hoy, pero ya no más. Porque el efecto matrix es real. Y es que cuando tú mismo te ves inserto en una escena matrix en la que se produce ese efecto la perspectiva cambia. Puede ser que si solo hubiera pasado una vez yo seguiría en mi política "matrix ha hecho mucho daño a la humanidad y la meca del cine nunca volverá a ser la misma". Posiblemente si ese efecto solo se hubiera producido una vez a mi alrededor, pensaría que había sido un producto de mi imaginación, el cansancio, el hambre, la falta de sueño, la carencia de vitaminas, proteínas o sexo. Alguna mierda de esa fijo que hubiera sido la culpable. Incluso con un poco de suerte y de mala hostia podría haber culpado a alguien de haberme echado algún psicotrópico en la bebida. Pero no pudo ser así. El problema fue que no solo se produjo en una ocasión, sino que se produjo hasta en tres ocasiones distintas a lo largo del último día. Tres putas ocasiones en las que sentí en mi propia piel como el mundo se paralizaba, como los relojes se detenían y como el objeto de mi deseo se seguía moviendo a un ritmo normal. Primero en la habitación de mi madre, después en el pasillo y por último en el parking del hospital.
La primera vez me pilló totalmente por sorpresa. La guardia había sido bastante tranquila, pequeñas cosas de rutina que me llevaron de un sitio a otro durante toda la noche pero nada realmente grave ni digno de reseñar. No fue hasta las 3 más o menos de la mañana que pude acercarme a la habitación de mi madre para cumplir la promesa que le había hecho a Alice. Preparé dos cafés en nuestra sala de descanso. Un caramel machiato para cada uno, con canela para ella y vainilla para mí, posiblemente era un poco tarde para tomar ese extra de cafeína pero en realidad yo tendría que mantenerme despierto el resto de la noche y la necesitaba y Alice era con el café como Obelix con la pócima, hiciera lo que hiciera o tomara lo que tomara siempre iba estar sobreexcitada e hipercafeinada, así que ya teníamos asumido que podía tomar café a cualquier hora del día, que no le surtía más efecto que el que le venía por defecto.
Cuando entré en la habitación nada me pareció fuera de lo normal, mi madre y mi hermana estaban dormidas juntas con lo que me senté en el sillón para tomar mi café. Cuando llegué al sofá, sin acercarme a ellas ni moverme demasiado para no despertarlas, todo parecía igual. En el suelo, junto al mismo, estaba tirado un periódico del día anterior, seguramente de mi padre así que lo recogí con la intención de leerlo, lo abrí por la sección de deportes, destapé la tapa de mi café para tomar primero el exceso de vainilla y caramelo que aún se conservaba sobre la espuma. Y en esas estaba cuando el mundo que conocía hasta ese momento dejó de existir para convertirse en algo frío e inhóspito. El oxígeno de la habitación se consumió en una única respiración y mis pulmones comenzaron a estrangular mi pecho locos por localizar un poco más de aire no viciado.
– Edward.
Fue lo que dijo una voz procedente de la cama. Una voz que no era de mi hermana y tampoco de mi madre. Una voz que aunque había escuchado pocas horas antes por teléfono se me hizo totalmente nueva al sentirla al otro lado de la habitación.
Me aproximé muy despacio a la cama y ahí me di cuenta de mi error, junto a mi madre se encontraba Bella, no mi hermana. Bella siempre había hablado en sueños, cosas inconexas, todas sin sentido, y pasaba el tiempo y seguía igual. De pequeña me llamaba en sueños y a mí me encantaba oírselo decir. Me hacía sentirme importante. Ahora todo seguía como entonces, ella me llamaba en sueños y yo como una polilla imbécil y estúpida corría a su lado para beber y vivir en su luz. Siempre que vi ese fenómeno pude comprobar que las polillas siempre, sin ninguna excepción, siempre se quemaban, mi caso no fue distinto.
– Nessie, Ness suelta a Edward. – Lo dicho, un montón de palabras sueltas e inconexas.
Aún así y a pesar de estar pensando en la carencia de sentido de sus palabras, no pude evitar que mi mente se desgajara de mi cuerpo y se fuera volando a un mundo mejor, dejándome solo a mi cuenta y riesgo, provocando, por su culpa que mi cuerpo obedeciese órdenes de algún loco desesperado que no era yo y que dominándome me obligó a acercarme a ella para después de darle un beso a mi madre cerrar los ojos y extender mi cuerpo más allá del bien y del mal para posar un beso sobre su frente. Yo no quería hacerlo pero tampoco lo pude evitar. Su piel, su olor, su tacto todo seguía igual que en mi memoria, con la única salvedad de que aquellos recuerdos en sepia que aún conservaba como tesoros ahora recobraban todas las tonalidades que el paso del tiempo habían desdibujado.
Tampoco quería llorar, pero tampoco lo pude evitar. Así que para no humillarme más aún, salí corriendo de la habitación con la pretensión, sin conseguirlo, de dejarlo todo atrás.
¡Mierda de día!
La segunda vez fue aún peor. Peor porque me pilló de frente, peor porque había testigos, peor porque aunque ya sabía que estaba por allí aún me había pillado por sorpresa y peor, mucho peor, porque metafóricamente me hice caquita y salí huyendo. Eran dos las opciones que tenía: esa o cumplir a rajatabla el plan que Alice había diseñado en la cafetería. Para mi desgracia, mi cuerpo tomó una decisión por su cuenta y se decidió por la primera: huir.
Después de salir de la habitación me tomé un breve pero intenso descanso sentado sobre la taza del water del servicio de caballeros de los quirófanos de la sexta planta. Fue un momento muy íntimo y personal en el que los recuerdos de nuestra infancia y juventud desfilaron delante de mí ocasionando que alguna u otra lágrima se deslizara de mis ojos. Solo fueron unos minutos los que me permití desahogarme, silencié el busca y el móvil, desenrollé unos 10 metros de papel higiénico con los que hice una bola gigantesca para tapar mis ojos y mi nariz. Y así me deje llevar. Al final los minutos previstos se alargaron un poco más pero es que no quería malgastar el papel desenrollado por lo que me permití un tiempo más de asueto, al menos hasta que se hubiera humedecido todo el papel. Una vez que no quedó ni una mínima esquinita sin mocos o lágrimas paré. Paré y saliendo del cubil me busqué en el espejo incapaz de reconocerme en el adefesio de tío que estaba delante de mí. ¡Ojos rojos, nariz hinchada, pelo grasiento y desgreñado! Ese era yo. Con un poco de vergüenza torera salí del baño para deslizarme por los pasillo y meterme en nuestros vestuarios. Estaban vacíos debido a la hora que era, con lo que pude meterme en la ducha y permanecer bajo el agua el tiempo suficiente para recomponerme y pensar, muy inteligentemente por mi parte, que la culpa de todo la tenía la hija de puta de mi hermana, que seguramente lo había planeado todo para tenderme una trampa. Seguí pensando en ello y le envié un mensaje con mis conclusiones: eres una HP. Que en mi cabeza dijera todas las palabras no quería decir que las fuera a mencionar en voz alta o, para el caso, dejarlas por escrito. Con las iniciales ella se daría por aludida.
El resto de la madrugada pasó tranquila y un poco ociosa, normalmente jugaba a las cartas con mis compañeros de guardia, leía o veía alguna película para entretenerme y matar el tiempo. En esta ocasión no hizo falta. Lo maté ideando 10 maneras de asesinar a mi hermana sin que nadie se diese cuenta, todas ellas dolorosas, por supuesto.
El tiempo pasa volando cuando te estás divirtiendo así que me pilló un poco desprevenido cuando me llegaron sus primeros mensajes. Seguía en la sala de descanso, pero no estaba solo, y si le iba a gritar quería que hubiera algo de intimidad. Además entre las 217 formas que se me ocurrieron de asesinarla ninguna de ellas ocurría por teléfono, todas eran cara a cara. Por lo que en vez de llamarla me limité a contestarle los mensajes. Cuando me dijo que ya se encontraba con nuestra madre, no me lo pensé dos veces y me dirigí hasta allí. Dudé un par de segundos pensando en la posibilidad de que la otra estuviera por allí, pero mi buen juicio me respondió que seguramente ya se hubiera ido al hotel una vez que había llegado Alice.
– Adiós buen juicio, hola mal juicio.
De todos modos el culpable de que nos volviéramos a encontrar tampoco fui yo, sino el puto ascensor en el que no había cobertura y que impidió que el aviso de mi hermana llegara a tiempo.
Puto ascensor, puta cobertura y puta madre de los hermanos Wachowski que los trajo al mundo para volverme loco. Y es que volvió a ocurrir. El ascensor se abrió a una velocidad normal, yo salí del mismo a una velocidad normal, vi como justo enfrente había tres chicas recogiendo papeles e instrumental médico a una velocidad normal, pero cuando una de ellas levantó su vista y sus ojos se engarzaron con los míos a la mierda la velocidad normal que se redujo todo a la primera marcha. Las tres se levantaron muy despacio y… y ya no supe que mierda más hicieron las otras dos. Solo tenía ojos para ella. Se levantó, estiró su ropa y… y… y perdí la perspectiva del mundo solo pudiendo asimilar como sus ojos se abrieron, sus pestañas se batieron, sus mejillas se sonrojaron, sus pupilas se dilataron, sus labios se abrieron y yo, yo me mareé. Evitando, eso sí, ole por mi, el vomitar quizás por la impresión, por su belleza o por la mierda de rimas que estaba haciendo. Ahora mismo que lo pienso soy consciente de que si no hubiera sido por el puto efecto de los cojones igual hasta hubiera visto pájaros cantando a nuestros alrededor, mariposas de todos los colores dibujando un arco iris multicolor y flores de mil olores enmarcando nuestros idílico y bucólico encuentro quizás, si me apuras, algún que otro cervatillo también hubiera hecho aparición. Y es que dejando las gilipolleces aparte ella estaba preciosa, mucho más que la noche anterior cuando apenas la había podido estudiar con atención, mucho más que la primera vez que la tuve entre mis brazos, aunque no tanto como la última vez que la había podido ver.
El hechizo se rompió justamente un instante antes de que mi baba se cayera al suelo. Cuando ella extendió sus brazos hacia mí y dio un pequeño paso en la misma dirección: ¡ZAS! Mi mente volvió a funcionar a un ritmo normal y recordé todo lo que aquella bruja me había hecho: cuando se atrevió a no pasar por alto mi enfado, cuando se atrevió a tirarme el anillo de mi abuela a la cara, cuando se atrevió a dejarme tirado en nuestra casa tras aquella discusión, cuando se atrevió a no responder a mis preguntas, cuando se atrevió a chocar contra aquel maldito árbol, cuando se atrevió a perder al niño… y todo en una misma noche. Y sobre todo, lo más jodido de todo, cuando después de estar buscándola como un jodido sabueso durante cuatro putos meses, no se atrevió a abrirme la maldita puerta de la puta cabaña para luego atreverse a correr a los brazos de otro.
Así que recogiendo la poca dignidad que me quedaba y guardándola en el bolsillo, me di la vuelta y me metí en el ascensor. No volví a mirarla a la cara por una muy sencilla y jodida razón, y es que aún me quedaba alguna que otra lágrima por verter y las muy jodidas apretaban en el lagrimal.
En cuanto se cerró la puerta y el ascensor se puso en movimiento me permití apoyarme en una de las paredes. Me hubiera gustado tirarme al suelo y aovillarme en mi mierda y mi desgracia, pero como un buen macho que soy, un macho llorón y mayor edad, saqué el teléfono y llamé a mi mamá. Soy un cabrón y la asusté como la mierda, además que le costó unos pocos gruñidos y suspiros entender mi discurso. Finalmente sus sabias palabras me dieron un sabio consejo: Jódete, bájate los cojones a su sitio, y habla con ella de una puta vez. Bueno, en realidad no fueron esas sus palabras pero casi… el sentido estaba implícito. Yo, en mi mejor versión de Scarlett O'Hara le dije que sí, que lo haría, pero que mejor lo dejaba para otro día. Era una estrategia que siempre había funcionado muy bien: deja para mañana lo que no quieras hacer hoy. Y en estas circunstancias siempre podría ser mañana. Pero mi madre, en su infinito conocimiento me jodió la estrategia y me forzó a prometerle que hablaría con ella antes de que se fuera. Lástima que una vez que yo terminé esa conversación con mi madre me llegarán un par de mensajes de mi hermana. Los primeros ni los leí, creo que eran insultos en contra de mi hombría y virilidad, mierda para ella. El último me interesó un poco más: No seas gilipollas y aclara las cosas con ella. Se va mañana. En ese mensaje la información realmente importante era que ella se iba mañana. Repito mañana miércoles se va. Qué pena que no nos fuéramos a cruzar más. Qué lástima que en mis planes no estuviera acercarme al hospital durante las 24 horas siguientes. Lo peor era esquivar también a mi madre y la promesa que le había hecho pero se tendría que conformar con que hubiera cumplido la anterior de traer a la bruja esa de vuelta. Una de dos cumplidas tampoco era un resultado tan malo. Además, acaso no había sido yo el que llevaba desde el lunes pasado con una tensión en el cuerpo que podría dar luz a todo Seattle durante un mes.
¡Mierda de semana!
La tercera vez que ocurrió yo ya me consideraba todo un creyente. Después del episodio del ascensor y tan solo a unas horas de acabar mi guardia me encerré en mi despacho a acabar de rellenar los partes del día y cerrar todo tipo de asuntos burocráticos que tenía pendientes y no ver a nadie más en lo que me quedaba de día, o de vida… lo que fuera más fácil.
También durante un rato me ocupó algo de tiempo limpiar, curar y vendar mi mano derecha así como recoger los cristales de una de las fotografías que adornaban mi despacho. En algún momento el cuadro cabrón y vengativo se acercó a mi puño cortándome los nudillos y autolesionándose al romperse en mil trocitos. ¡Hijo de puta!
La verdad es que tenía bastantes cosas en la cabeza y, sobre todo, dolor en la mano y en el corazón como para volver a plantear las distintas opciones de que el "efecto matrix" fuera real o un producto de mi imaginación. Pero como digo, cuando me volvió a ocurrir los hermanos Wachowski ya contaban en sus filas con un fiel creyente de toda su filosofía de vida. A partir de ese momento ambos serían mi Dios y mi guía espiritual, siempre y cuando esa asquerosa sensación no se volviera a repetir en lo que me quedaba de vida, que a este paso iba a ser corta, muy corta.
Si la primera vez el efecto tuvo lugar en un espacio reducido y se redujo a dejar en silencio una habitación con dos aparatos eléctricos y la segunda ocasión los efectos se habían ampliado a un espacio más grande implicándonos a más personas. La tercera vez me acojonó como la mierda al considerar que posiblemente hubiera una cuarta vez que todavía incrementara más el espacio, el tiempo y las consecuencias que podría conllevar. Y es que, esa tercera vez, el efecto envolvió a todo un aparcamiento del hospital: coches, taxis, ambulancias, transeúntes y enfermos todos se paralizaron cuando yo, que tranquilamente estaba tomándome un descanso y admirando la continuación de la vida a mi alrededor fijé mi vista en una pareja de enamorados que salía de la puerta principal del hospital en dirección a un taxi que los esperaba en la fila. Digo una pareja de enamorados porque iban abrazados, y porque él la abrazaba a ella por el hombro, y porque ella le abrazaba a él por la cintura, y porque él le daba un beso en la mejilla, y porque ella aún a espaldas a mí parecía reírse. Y digo que el mundo volvió a paralizarse porque ella era Bella y porque él era el hijo de puta cabrón que la había ido a buscar aquel día en la cabaña y al que sí le abrió la puerta, en vez de a mí.
¡Mierda de vida!
Por favor decirme que no se me ha ido la olla y este capítulo tiene sentido. Me metí en la piel de nuestro chico y creo que me dejé llevar… Lo escribí casi todo del tirón y estoy bastante satisfecha con el resultado, al menos de momento. Espero que todas esa locura de sensaciones que quise transmitir: dolor, amor, ira, pasión, locura, confusión… os hayan llegado. Es un capítulo bastante importante que nos da un montón de información así que espero que os haya gustado.
Muchas gracias por seguir por ahí.
El próximo capítulo se titulará: No, por favor, otra vez no.
PD-. Aprovechó para mencionar que desde el lunes he retomado otra de mis historias que había quedado en el olvido: Diez años después.
