Crepúsculo no me pertenece...

Como veis le he dado un poco de caña al fic, ya ha entrado en la recta final y tengo tantas ganas de avanzar que para qué esperar hasta el fin de semana. Creo que me he adelantado ya unas cuantas veces a lo dicho de publicar los domingos, así que lo retiro y en cuanto tenga el próximo lo subo.

Después del intenso POV de Edward veremos que pasó durante las 24 horas siguientes.

Capítulo dedicado a Mariam24, como única acertante ;)

NO, POR FAVOR, OTRA VEZ NO

Seattle. Miércoles, 18 de noviembre de 2009. 20:45 horas

Bella POV

– Estoy agotada Rose. Y esto ni siquiera a hecho otra cosa más que empezar –. Tan solo habían pasado dos días desde que había aterrizado en Seattle y parecía más bien que llevaba un mes. Las horas en el hospital, los reencuentros, las explicaciones, la falta de sueño y las malas noticias me habían dejado hecha un trapo.

– Tomate un chocolate caliente y acurrúcate en el sofá. – Ordenó mi amiga a través de las pantalla del ordenador. Había llegado a la casa hacía más de cinco o así de la tarde. Tras haber pasado por uno de los días más duros de mi vida, me había duchado y puesto un pijama de franela, había medio comido un sandwich de jamón y queso y me había sentado en el sofá de la salita con el portátil en el regazo para poder estar un rato con mis hijos, aunque fuera con Internet por medio.

– Estoy histérica no se que hacer–. Le dije perdida en mis propios pensamientos pero inconscientemente cumpliendo sus órdenes y trasladando todo el ordenador a la cocina.

– Coges una taza, le echas leche... –. Empezó a decir cuando me vio dar vueltas por la cocina.

– Si vieras la cara de asco que me puso.

– La calientas en el microondas...

– Me va a matar. – Le dije sentándome en el taburete que quedaba en frente de la pantalla.

– Le echas unas cuantas cucharadas de chocolate...

– Me quiero morir–. Sentencié dando pequeños golpes con mi cabeza en la barra de la cocina.

– Y revuélvelo bien es lo más importante... – Seguía ella a lo suyo. ¡Pesada!

–¿Me estás escuchando? – Le pregunté con la voz ahogada por la mesa y por mis brazos.

– No. –Me contestó toda ufana y dándome la razón a la par, me estaba escuchando perfectamente, lo único es que cagaba para mí.

– ¿Que qué hago? – Le pregunté levantando la cabeza y buscándole la mirada.

–¡Dios!, ni que fuera pato a la naranja. Abres la nevera, buscas la leche, sacas una taza, la llenas...

– Rose. – grité ya desesperada por su pasividad y cachondeo. Aunque nuevamente me levanté y cumplí a rajatabla sus instrucciones, introduciendo una taza con leche en el microondas y dejando al lado el bote con el chocolate en polvo.

– Por cierto, también me encanta la decoración de esa cocina–. Sacó un nuevo tema queriendo desviar mi atención. Los cojones le iba a entrar yo al trapo ahora. Ahora eso sí, la cocina, la casa en general, de Esme y Carlisle era preciosa.

– Me quieres prestar atención –. Le pedí a voces desde la otra punta de la habitación.

– ¿Más?

– Si.

– No. Llevo más de un día colgada al teléfono contigo. ¿Sabes cuántas veces me habéis llamado entre tú y Emmett en estas últimas 48 horas? –. Preguntó, desapareciendo ella esta vez de delante de la cámara.

– Serás bruja, si fuiste tú la que me llamaste – le contesté imitando un poco la chulería de ella.

– Y bendita mierda de Skype. Llevamos tres horas conectadas. TRES HORAS–. Gritó ella esta vez, volviendo a aparecer en la pantalla con una taza de café en la mano.

– ¡Eh! También estuve con mis hijos. Les estuve ayudando con los deberes.

– ¡No! Yo les estuve ayudando con los deberes. Tú solo los distraías para que te contaran cosas. – Cierto, pero es que ya tendrían tiempo para aprender a colorear sin salirse del circulo, yo necesitaba mimarles un poco.

– Son mis hijos. – Le dije un poco dolida. Entre unas cosas y otras había pasado muchos días sin estar a su lado, y los echaba cantidad de menos, sobre todo cuando a raíz de los últimos acontecimientos lo único que me apetecía era meter a cada uno de ellos bajo mi brazo y todos juntos meternos en la cama durante los próximos diez años. Todos los días hablaba con ellos por Skype, a excepción del lunes, aún así no era lo mismo.

– Bella...

– Ya , ya lo se. Estoy acojonada. – Le confesé finalmente. Los niños ya hacia un buen rato que se habían acostado, pero nosotras nos habíamos quedado hablando y repasando una y otra vez las mismas conversaciones y las mismas teorías e hipótesis.

– Me lo imagino.

– Vosotros llegáis el viernes por la mañana y... se me acaba el tiempo.

En cuanto supe que tenía que traer a los niños lo antes posible para que conocieran a su abuela habíamos estado organizando su viaje. En un principio consideré la posibilidad de volver yo a Boston, tal y como tenía planeado, y regresar con ellos en unos días, pero hablándolo con Rose, ella se había ofrecido para traerlos aprovechando que precisamente en la semana siguiente viajarían a Colorado a pasar las fiestas de Acción de Gracias con su familia. Juntas habíamos decidido que viajarían el jueves por la noche para que los niños pudieran dormir por la noche y sufrieran lo mínimo por el cambio horario. Así que yo había modificado mi billete de avión para dejarlo en abierto y aprovecharlo a mi vuelta y Emmett había decidido hacer un viaje relámpago a Kansas City para ver a una joven promesa.

– Aún te quedan 48 horas – Apuntó estirándose y ahogando un bostezo.

– Las mismas que llevo aquí y aún no he podido hablar con él.

– Cobarde – le insultó nuevamente. Miré el reloj del microondas, 20:58. No se como nos las habíamos arreglado pero habían pasado 24 minutos sin que ella o yo le insultáramos de alguna forma. Debía de tener las orejas ardiendo.

– No, Rose... cobarde ¿por qué? Simplemente no me quiere ni ver. – Intenté razonar. – Y yo en su lugar tampoco querría saber nada más de mí.

– Es un mierdero. – Continuó ella.

– No, no lo es.

– Me dices que lleva dos días escondido y ninguno de vosotros lo ha visto. – Explicó repitiendo lo que yo ya le había contado. – Es una cucaracha.

– Habló con su madre, y con Alice, y con Jasper –. Ninguno de nosotros lo habíamos vuelto a ver y yo tampoco quise preguntar directamente por él. No me parecía oportuno. Tampoco importaba porque el resto hablaban de nosotros dos como si yo no estuviera presente. Desde que Alice y yo nos habíamos encontrado con él en el pasillo del hospital nadie más lo había visto y solo sabía de él por los continuos mensajes que les enviaba.

– Muy majete Jasper. – Siseó Rose al otro lado de la línea.

– ¡Eh!

– A Emmett le cayó guay–. Aclaró al verse descubierta.

– ¿Guay? –. Le pregunte riéndome de ella.

– Si guay ¿qué pasa?

– Nada, nada... – Le contesté con una sonrisa. Le agradecía los esfuerzos que hacía para tenerme distraída, aún así no eran suficientes. – Me esquiva.

– Pues no va a poder pasarse toda la vida escondido. – Me contestó finalmente siendo consciente de que no iba a cesar en el tema.

– No.

– Pero cómo lo hago. ¿Cómo hago para hablar con él?

– Debería estar avisado antes de que lleguemos. –Insistió en lo mismo que durante el resto del día y de la semana. Tenía que hablar con Edward antes de que viera a los gemelos, si, la teoría estaba clara pero como coño la ponía en práctica si él no daba la cara.

– Debería, pero no lo localizo.

– Pero entonces, ¿Dónde anda? ¿Cogió vacaciones?

– No tengo ni idea.

– Vete a su casa.

– Si, hombre para que me de con la puerta en mis narices. –Le dije solo para cabrearla. Ya me había pasado por allí aquella tarde pero no había nadie. De hecho, Samuel, el portero, con quien estuve hablando largo tiempo, me había dicho que llevaba mucho tiempo sin pasar por allí.

– Pues le revientas el timbre.

– No – negué dispuesta a decirle la verdad. – Además... en aquella casa...

– ¿Demasiados recuerdos? – Me cortó ella al ver mi vacilación

– ¿Tú que crees...? yo allí no puedo volver. – Le contesté más para mí que para ella. Tampoco le había confesado a Rose que aún conservaba una llave del apartamento. Ni que había entrado aquella misma tarde y por ende, tampoco quería contarle a nadie lo que allí me había encontrado.

– Ya– Aprobó ella haciendo sus propias suposiciones.

– Hablé con tu madre – Continuó tras un breve silencio en la que cada una de nosotras se perdió en sus pensamientos. Bueno, más bien me perdí yo, ella solo estaba esperando a que yo me encontrara.

– ¿Por?

– Porque no le coges el teléfono. – Contestó altanera.

– Le envié un mensaje. – Totalmente cierto. Había llegado a contabilizar más de 25 llamadas con sus correspondientes mensajes de voz procedentes de mi madre. Llamadas que no iba a devolver pero que como no quería que se repitiesen le contesté al mensaje con un escueto. Hablaremos. Reducido pero eficaz. Así mataba dos pájaros de un tiro, más bien tres pájaros, sabía que estaba bien, sabía que estaba enfadada y sabía que en algún momento a lo largo de mi vida volvería a hablar con ella.

– Quiere hablar contigo y explicarse.

– No me apetece.

– No puedes ser tan orgullosa –. Señaló mientras se levantaba para lavar su taza que en algún momento de la conversación se había bebido sin yo darme cuenta. Yo ni siquiera me había acordado de sacar la leche del microondas.

– Lo se, pero ahora no puedo lidiar también con sus dramas–. Le dije mientras volvía a poner el aparato en marcha.

– Esta vez no está arrepentida.

– Me lo imagino. No es por orgullo, – Le aclaré una vez que percibí que su silencio se debía a que estaba esperando que continuase–. Es porque por una vez le doy la razón. Si, no me mires así. Por una vez lo hizo bien. Lo se y realmente es lo que me jode.

– Llámala. –. Volvió a ordenar.

– No, paso, de verdad. ¿Podemos cambiar de tema? –. Le rogué realmente cansada de todo aquella historia. Dónde coño estaba Edward, quería verlo, decirle que tenía dos hijos, guapísimos, presentarle los peques a su abuela, que se dieran unos cuantos besos y largarme. Meter a mis peques bajo mi brazo y meternos en la cama a esperar que pasaran como mínimo veinte años juntos y felices. Esos eran mis planes a corto y largo plazo.

– Si claro, si quieres hablamos del tiempo, de la crisis mundial, de la tasa de paro... ¿Qué tal se lo tomó Alice? – Era imposible hablar de otra cosa, que obsersión.

– ¿El que? Lo de los niños, no lo sabe.

– ¿No lo sabe? – Dudó para luego sisear – Me cae bien este Jasper.

– ¿Eh? – Algo había dicho entre dientes pero no le había entendido bien – ¿Por qué dices que te cae bien?

– Nada, nada..., tonterías mías. Ya te contaré. – Prometió un poco distraida mientras escribía un mensaje en el móvil.

– ¿A quién escribes?

– Emmett – contestó distraida.

–¿Dónde está? Desde por la mañana cuando marchó del hospital en dirección al aeropuerto que no he sabido nada de él.

– Iba a cenar con unos amigos de los Royals, el equipo de baseball de la ciudad.

–¿Confraternizando con el enemigo?

– Ya conoces a Emmett, hace amigos en todas partes – Respondió dejando el móvil a un lado. – Además, ¿acaso no es eso lo que llevas haciendo tú toda la semana?

– Idiota – fue mi respuesta totalmente madura y responsable.

– Estábamos hablando de Alice – Devolvió el tema a su cauce original.

– Bien, con Alice bien, se que está haciendo un gran esfuerzo por respetar mi silencio y no preguntar... estuvimos hablando ayer por la noche y sabe que hay algo que le estamos ocultando pero entiende que primero debo hablar con su hermano.

– Y Esme, ¿seguro que no le importa que vayamos todos a su casa? – Ayer por la tarde, en un rato que estuvimos a solas, le había comentado todo el plan a Esme que Rose traería a los niños y que se quedaría todo el fin de semana con nosotros, hasta el lunes que se marcharían a casa de los padres de Emmett. Esme había insistido muchísimo en que todos nos quedáramos en casa de ellos y así se lo había dicho esta mañana a Emmett cuando por fin la había podido conocer en el hospital, ya que el día anterior cuando había ido a buscarme se encontraba indispuesta y no eran oportunas las visitas de cortesía. Y aunque yo ya tenía otros planes no me pude negar cuando me insistió de que al menos esos días me quedara en su casa de Seattle – Yo y Emmett, preferiríamos quedarnos en un hotel. Ya tiene bastante como para encima alojar a unos desconocidos.

– La casa es enorme y ella está empeñada, no quiere separarse de los niños. Y Emmett le cayo guay –le dije con rintitin, repitiendo y adivinando los argumentos que Esme me había repetido hasta la saciedad esa misma mañana– pero se exactamente a lo que te refieres. Sobre todo con lo que nos dijeron hoy. Yo había pensado que nosotros seis nos podíamos quedar en la casa de mi padre. Supongo que estará sucia y eso, después de tanto tiempo, pero entre tú y yo la podíamos dejar limpia en un par de horas.

– Me parece bien.

– Creo que sería lo más cómodo. Las casas están a 500 metros una de la otra así que siempre estaremos mejor con un lugar para nosotros.

– Para esconderte –. Descubrió la muy lista mientras que con una sonrisa atendía más al móvil que a lo que le decía yo.

– Si, para esconderme.

– Y ella, entonces, ¿qué tal está? –. Preguntó poniendo nuevamente el móvil boca abajo y volviendo del mundo de las ensoñaciones.

– Le dan el alta el mañana. – Repetí con voz monótona, recordando el momento en que esa misma mañana Carlisle nos había reunido a Alice y a mí en su despacho para decirnos que se la llevaba a casa, que allí ya no podían hacer nada más por ella.

– Si ya me lo dijiste.

– Por eso quiere volver a Forks. – Continúe contándole nuevamente la historia mientras buscaba en la cocina el rollo de papel para secar las lágrimas y enjuagar los ojos.

– Es lo que yo también querría. – Concordó en voz baja y apagada, justo con se encontraba mi ánimo.

– Si, ella fue lo que quiso. Fue lo que entre ella y Carlisle decidieron.

– No estará sola.

– No, para nada. Tiene la familia llena de médicos. – Negué. Todos íbamos a estar pendientes de ella. Yo ya me había mentalizado en quedarme allí y pegarme a Esme como una lapa. Ya había hablado con Rose del tema y ambas creíamos que no iba a tener problema con pedir una excedencia en el trabajo por unos meses. Tampoco me preocupaba demasiado el tema del colegio de los niños, no tenía cinco años y hablaría con la profesora para que me pasara unos ejercicios que yo misma podría hacer con ellos durante lo que durara nuestra estancia en Forks.

– Tiene que ser duro.

– Si. Estoy tan arrepentida. Me siento tan mal. – Confesé cortando otro cuadro de papel y sonandome.

– ¡Ey! Cielo no llores que desde aquí no te puedo abrazar.

– Si vieras con que alegría escucha y pregunta por los peques y pensar que yo le quite eso. – Le conté a trompicones y emocionada al ver con cuanto amor y cariño Esme me hablaba de mis hijos. De unos nietos a los que todavía no conocía. No sabía como todavía me quedaban lágrimas... y lo que me quedaba aún por pasar.

– ¡Eehhh! No digas eso. No puedes sentirte así. Tienes que pensar que en estas semanas va a ser feliz.

– También estoy preocupada por ellos. –Le dije bajando la cabeza otra vez y escondiéndola entre mis brazos extendidos– Que clase de madre soy. El viernes van a conocer a su abuela y la van a perder en cuestión de semanas.

– Lo que realmente van a conocer es a una abuela que ya los quiere con locura y tendrán un buen recuerdo. También van a conocer a un abuelo, a unos tíos y a un padre. Créeme que les vas a dar más de lo que les quitas.

– Y lo que ya les quite a todos.

– No vayas por ahí, no te lo mereces. Todos cometisteis equivocaciones pero todavía no es tarde para que las enmendéis. Solo tenéis que procurar hacer las cosas mejor. Por el bien de todos. – Prorrumpió riñéndome –Por cierto, insisto, esa cocina es preciosa.

– ¿Te gusta? – Le pregunté aceptando el cambio en la conversación.

– Me encanta.

– La decoró Esme. Es genial con esas cosas.

– Si, si que lo es. – Confirmó revisando nuevamente su móvil– Cielo, te tengo que dejar. Acuérdate que aquí son tres horas más.

– Oh si, perdona, lo siento.

– No te preocupes. Aún me queda hablar con mi chico–. Me dijo mientras sacudía el móvil delante de la cámara

– Estará a punto de llegar al hotel.

– Si. Me imagino que no tardará.

– Un besazo cielo. – Canturreó lanzándome un millón de besos a través de la pantalla. – Y no te preocupes por nada. Acuérdate de que tienes un chocolate a medio hacer–. Mierda. Se me había vuelto a olvidar.

Me despedí de ella con un sincero beso. Rose y Emmett habían demostrado ser unas bellísimas personas desde el mismo momento en el que me los encontré y me brindaron su ayuda y yo no sabría que hubiera sido de mi vida si no hubiera contado con ellos desde entonces.

Cerré y apagué el ordenador, mientras volvía a calentar la leche, muy dispuesta a irme a la cama e intentar descansar. Mañana jueves era un nuevo día y tenía que hacer todo lo posible para componer mi mejor cara. Ya había decidido que en el caso de que no pudiera localizar y hablar con Edward antes de que mis peques aterrizaran en el Sea-Tac hablaría con Alice y Carlisle para prevenirles y que lo supieran de antemano. La situación ya era lo bastante jodida como para provocar más escenas de las inevitables. Con los niños sería diferente ya que tendría que hablar con ellos en el momento en que aterrizaran, pero confiaba en ellos, eran extrovertidos y amables además que ya sabían muchas historias de todos los integrantes de la familia Cullen no es como si fueran a conocer a unos completos desconocidos de repente.

Con esa nueva lista de tareas en mi agenda y un poco más tranquila tras mi desahogo con Rose me dispuse a abandonar la cocina para dirigirme a la habitación de Alice y acabar de beberme el chocolate ahora que ya estaba listo y todavía caliente, pero sentí un ruido tras de mí proveniente de la puerta del patio trasero que me detuvo. Me giré un poco ansiosa ante las múltiples posibilidades: un gato, un perro, un ladrón... cuando lo vi. Allí, apoyado sobre la jamba de la puerta, con la ropa chorreante y empapado por la intensa tormenta que había, estaba él. Mirándome con cara de cordero degollado, de perro abandonado, de fantasma acojonado.

No me atrevía a moverme ni a decir nada por miedo a que, nuevamente, huyera de la cocina para esconderse. Sin embargo, le observé muy atentamente para que, en cuanto hiciera el primer movimiento, cortar su huida y obligarle a reconocer mi presencia y a mantener una conversación conmigo.

Fue un momento delicado en el que ambos nos mirábamos el uno al otro, estudiándonos, analizándonos, intentando averiguar cuál iba a ser el primer paso, quien lo iba a dar y hacia qué dirección. Puede que fuera un reto, el primero pierde, pero yo ya no quería jugar más, así que respiré profundamente, llené al máximo mis pulmones y cuando, por fin, un "algo" iba a salir de mi boca él fue el primero en moverse, llevando sus dos palmas abiertas hacia los ojos, restregándolas con fuerza por su cara, y en hablar:

– No, por favor, otra vez no.

-.-.-.

Capítulo de transición pero importante, por un lado Edward, ¿Creéis que de esta puede escapar?, y por otro lado Esme, se que no os hace mucha gracia esta situación, y sinceramente a mí tampoco, pero la vida es así con sus cosas buenas y sus cosas malas, y en este sentido, aunque esto sea ficción otro final no sería realista.

Por otra parte, muchísimas gracias a todas las reviewers que han subido un montón con el capítulo anterior (junto con los favorites y followers) quiero que sepáis públicamente que me hacen muchísima ilusión cada uno de los mensajes que me enviáis y que en ocasiones leo dos y tres veces. Así que insistó en mis agradecimientos por seguir ahí y motivarme a seguir escribiendo.

Próximo capítulo: Abre la maldita puerta