Crepúsculo no me pertenece...

Edward está cogiendo una gran fama de cobward [cobarde + edward], pobrecito... yo romperé la primera lanza por él.

Por fin hemos llegado al punto fuerte del fic. Esta fue la primera escena en la que pensé y todo lo demás surgió alrededor así que espero que os guste.

Capítulo dedicado a todas aquellas reviewers que me acompañan capítulo a capítulo, mil gracias porque me hacéis inmensamente feliz. Especialmente Mariam24, como única acertante ;)

ABRE LA MALDITA PUERTA

Seattle. Miércoles, 18 de noviembre de 2009. 21:17 horas

Bella POV

– No, por favor, otra vez no.

Las palabras de Edward no tenían demasiado sentido para mí, pero tampoco quise perder más el tiempo en averiguarlo, con todo lo demás que nos traíamos entre manos era suficiente. Aún así me pareció importante dar el siguiente paso por lo que, y más viendo la actitud frenética de Edward al frotar sus ojos, después de darle un trago largo a mi chocolate abandoné la taza sobre la barra de la cocina antes de que se me cayera de las manos pues sin ser muy consciente de ello ni poder evitarlo, sabía que me estaban temblando. El chocolate estaba caliente, denso y amargo, justo como me gustaba. Suspire de gusto, aunque hubiera agradecido muchísimo más que hubiera sido un suspiro de alivio, de felicidad, de placer, pero no... Todas esas pequeñas y limitadas sensaciones me las habría proporcionado el chocolate si me hubiera ido a la cama media hora antes, o cinco minutos, o si me hubiera quedado en el hotel como insistí yo, o si me hubiera quedado en casa de Alice como ella insistió. Pero el estar en esa cocina en una noche de tormenta, en pijama, con los ojos rojos, la nariz hinchada justo delante de la única persona adulta a la que había amado en mi vida, y a solas, después de tanto tiempo, no ayudaba. Y menos teniendo el aspecto de una loca demente tal y como pude percibir a través del reflejo del cristal de la puerta que estaba tras él.

Había llegado el momento, lo tenía delante de mí, paralizado como una estatua, era la mejor oportunidad que tendría para decírselo.

– Edward eres padre. – Muy brusco.

– Edward tienes dos hijos. – Muy rudo.

– Edward me debes la pensión alimenticia de los últimos seis años, que multiplicado por dos son doce. – Muy miserable.

– Edward te acuerdas aquel día que me dijiste que no querías hijos, tarde. – Muy rencoroso.

– No querías un hijo, pues tienes dos. – Muy violento.

Mal, mal, mal y mal... Mierda, en vez de hablar tanto con Rose y Esme tenía que haber ensayado un discurso. Cerré los ojos durante un breve instante no fuera a ser que él aprovechara para desaparecer, visualicé las caritas sonrientes de nuestros hijos y me dispuse a tirarme a la piscina. Total de nada hubiera servido ensayar un discurso para que luego, como siempre que me pasaba con él, me hubiera puesto nerviosa y le hubiera acabado diciendo:

– Edward papá tú eres. – Muy idiota.

Bueno, seguro que así de mal no lo iba a hacer... ¿habría alguna fórmula peor? No lo se, pero sabía que con él no había manera de planear nada, siempre se me iba por la tangente así que: me planté delante de él, como a tres metros de distancia, separe las piernas y asenté bien los pies al suelo, me puse recta, levanté la barbilla y cuando… justo cuando yo iba a hablar y a acabar con toda esa miseria, él se movió. Muy, pero que muy despacio abrió los parpados y me miró fijamente durante unos instantes, después movió la cabeza para observar a nuestro alrededor como intentando recordar dónde nos encontrábamos ¿Estaría borracho? bajó una de las manos que aún mantenía sobre su rostro para tras mirar el reloj meterla en el bolsillo en un gesto cansado y cargado de desidia. A la vez movió su otra mano hacia la frente y agarrando un puñado de pelo tiró fuertemente de él hacia atrás. No se si queriéndoselo apartar de la frente donde le caía todo pringoso, si haciéndose daño como para comprobar si estaba despierto o si por algún motivo que yo desconocía quería arrancarse el cuero cabelludo en honor alguna deidad mistérica. ¿Estaría drogado? También en sincronía con estos movimientos exhaló una larguísima bocanada de aire, me volvió a mirar a los ojos y balanceando lánguidamente su cuerpo de delante hacia atrás dejo escapar un simple:

– Bella.

No gritó, no chilló, no era un reclamo, ni siquiera me lo podía haber tomado como un saludo. Sino solamente un simple nombre que a modo de reconocimiento dijo en voz alta y monocorde. Como un bebé que está empezando a hablar y nombra las cosas que tiene delante de sí: silla, casa, agua, Bella… imbécil, le podría haber dicho yo.

Dicen que no hay mayor desprecio que el no hacer aprecio y así fue como me sentí en ese momento, como un mueble más de la cocina. Alguna gente con carácter diplomático me diría que fue un saludo cordial, otros más soberbios dirían que si se hubiera inclinado un poco más hacía mí hubiera recibido una nota de ocho con cinco en protocolo, los más condescendientes añadirían que para la matrícula le hubiera hecho falta llevar sombrero de copa y terciopelo y hacer una floritura con él en mi honor. Por el contrario la gente de verdad, con sangre en las venas y no horchata lo hubieran llamado gilipollas, los que tuvieran además un poco de mala leche cabronazo y los que además de estos dos requisitos tuvieran la lengua muy suelta lo hubieran llamado gilipollas-cabronazo-hijo de puta-mamón. Sin ir más lejos, la mismísima Rose, además de todo eso, le hubiera tirado la taza a la cabeza con chocolate dentro y cuchara incluida.

Yo por el contrario me quedé con la boca abierta y cara de estúpida viendo como el muy idiota, con esa actitud indiferente de "a mí me importa todo una mierda" que siempre me sacaba de quicio y con un caminar perezoso y remolón se adentraba por la cocina, pasaba por delante de mí sin siquiera volver a mirarme y salía por la puerta de la cocina que daba a la entrada principal, a las escaleras y al salón comedor.

Cinco segundos justos tardé en reaccionar, en sacudir la pátina de estupidez con la que me había quedado y en salir corriendo detrás de él. Cuando llegué a la base de las escaleras Edward ya se encontraba al final del primer tramo, así que tuve que subir las escaleras de dos en dos para acercarme a él antes de que llegara al pasillo y pudiera encerrarse en alguna de las habitaciones. En su honor tengo que decir que subió a la misma velocidad antes de que yo saliera de la cocina que después cuando me debió de sentir, haciéndome realmente considerar que mi presencia le importaba una real mierda. Finalmente lo alcancé cuando subía el último escalón y llamándole por su nombre le agarré del codo para detenerlo. Apenas me había fijado cuando lo vi en la ropa que llevaba más allá de que estaba empapada, pero ahora que lo había cogido me di cuenta que se encontraba con una camiseta de color gris marengo. Eché un vistazo hacía atrás apenas creyéndome la posibilidad de que hubiera llegado así de la calle para ver como había dejado un abrigo de paño azul apoyado en la barandilla de la escalera.

Le cogí, le agarré, le llamé y le pedí que parase y él, después de insistir y recibir un par de tirones por mi parte, se detuvo pero no se volvió a mirarme. Volví a llamarle esta vez ya soltando su codo pero no mi agarre. Mi mano con vida propia e independiente a la mía soltó su articulación pero no se alejó de él sino que para mi vergüenza y sin dejar de tocarle descendió por el antebrazo, paralizándose unos breves momentos en su muñeca para, finalmente, alojarse en su mano y entrelazarla con sus dedos. Si se sorprendió por el gesto no lo demostró, si yo no me hubiera sorprendido por mi descaro no me hubiera puesto a temblar como lo hice. Al menos, el día de mi juicio final podría decir que si temblé era por el frío y si resulté ser una caradura era por la desesperación de hablar con él. Yo por el momento, podría conformarme con la pobre excusa de decir que fueron mis grandes reflejos los que hicieron que lo agarrara y así poder tirar de él para obligarlo a darme la cara. Mentira, mentira y mentira.

Edward, ajeno en todo momento a mi congoja, dio un par de pasos más hacia el pasillo alejándonos a ambos de la escalera, y sin volverse todavía susurró en voz muy baja, apenas audible.

– Necesito una ducha .

Asentí aún a sabiendas de que él no me estaba viendo.

– Tenemos que hablar – Insistí dándole otro tirón de la mano.

No me contestó, no confirmó, no negó, solo dio una ligera sacudida al brazo que me obligó a soltarlo para, cuando se vio libre de mis ataduras, meterse en la puerta que teníamos más cercana a nosotros. Nuevamente, se había repetido el patrón, yo lo dejaba libre y él salía volando.

Me senté a esperar en el pasillo, en el suelo, sobre la alfombra, apoyada en la pared, con las rodillas dobladas, con los brazos apoyados. Cansada, exhausta, asustada, acojonada... pendiente de los ruidos de mi alrededor. La tormenta exterior con la torrencial lluvia y el fuerte viento azotando tejados y ventanas; la tormenta interior en silencio, en calma, apunto de desatarse. Primero el ruido de una cisterna, después el agua de la ducha constante... pasaban los segundos, los minutos y yo me encontraba en mi propio corredor de la muerte, esperando una discusión inminente, reescribiendo mi propia crónica de una pelea anunciada. Una y otra vez, mi mente discurría mil y un discursos para llegar a un único fin. Todos los caminos llevan a Roma pero no todos son igual de pedregosos.

Cuando el agua de la ducha se cerró me incorporé y me acerqué a la puerta del baño. No se oía nada procedente del interior. Ni un frufrú de ropas, ni el movimiento de algún objeto, ni el secador de pelo. Nada, solo silencio. Y eso, precisamente en esas situaciones tan tensas, el silencio realmente acojona como la mierda. Me empecé a preocupar, a ponerme nerviosa, quería entrar, ver si estaba bien, preguntar qué pensaba, saber, hablar. En definitiva avanzar.

De repente, un golpe me sobresaltó, uno, dos, tres golpes seguidos, un alarido espeluznante que me puso la piel de gallina y finalmente un ruido sordo de cristales caer y después, otra vez, el silencio. No me pude contener más y piqué, primero suavemente con los nudillos, poco después con la mano abierta, y así poco a poco fui incrementando la fuerza de los golpes y los miembros de mi cuerpo con los que golpeaba: manos, piernas, rodillas, cadera y hombros. Seguramente la puerta no se abriría, seguramente me saldrían unos cuantos morados en el cuerpo, pero quería dejar muy claro mi punto. Tenía que entrar y ver qué había ocurrido al otro lado.

– Edward, – Lo llamé por primera vez en voz baja tras entender que a base de golpes no iba a entrar. – Abre la puerta.

Nada, sin respuesta. Así una, dos y tres veces más.

– Joder, abre la maldita puerta. Estoy asustada – Confesé a sabiendas de que le estaba dando a conocer una nueva debilidad. Ahora eso, no importaba – ¿Edward estás bien? Por favor, abre la puerta.

Y sin más, como si de un abrete sésamo se tratara la puerta cedió y se abrió. Y sabes esos momentos en la vida, en los que te da la sensación de que estas viviendo una película, que cientos de personas están al otro lado de la pantalla y saben exactamente lo que estás pensando, lo que estás haciendo pero desde una perspectiva mucho más global y panorámica. Yo había entrado en uno de esos bucles en los que la realidad se difumina y protagonizas una película, en este caso de terror. Y es que, precisamente, fue en ese mismo instante, cuando un rayo eligió para caer sobre un árbol, cuando un árbol cayó supuestamente sobre un cable eléctrico, cuando un cable eléctrico nos dejó sin luz... todo a la vez, todo a la par, sumando además que la puerta del baño se abría con un leve crujido dándome paso a un espectáculo dantesco.

Edward tras descorrer el pestillo volvía a ponerse de cara al lavabo. Un lavabo que si minutos antes era de color blanco inmaculado ahora diminutos puntitos rojos brillaban reflejando la luz de una lejana farola al otro lado de la calle. Grandes y pequeños trozos de cristal caídos se tiñeron con la sangre de Edward. No era mucha la que se había derramado de sus nudillos y de sus manos, más bien eran pequeñas y finas laceraciones las culpables. Aún así la puesta en escena y la ambientación con la habitación a oscuras impresionaba un poco.

– ¿Qué quieres? – Preguntó con una voz ronca y seca, mientras le empujaba para que se sentase sobre el wáter. Increíblemente había sido demasiado fácil para mí hacer que se moviese, por lo que mientras sacaba del armario del baño el botiquín de primeros auxilios permanecí en silencio, solo sintiendo su mirada fija en mí.

– Hablar – Le contesté por fin. Aprovechándome de su docilidad, remojé una toalla en agua fría y procedí a limpiarle las heridas.

– ¿Conmigo? – Volvió a preguntar con un más que ligero tono de sorna, tras unos minutos – Pensé que ya nos lo habíamos dicho todo.

– Edward, es importante. ¿Te mataría esforzarte un poco más? – Le reclamé un poco dolida con su actitud.

– ¿Tanto como te esfuerzas tú? – dijo señalando el conjunto de algodones manchados de agua oxigenada y sangre apilados en el lavabo.

– ¿Crees que quiero estar aquí, por encima de todo? – Le dije, mientas recogía la misma toalla sucia y hacía un rulo con ella para arrastrar los trocitos de espejo del suelo hacia una esquina.

– Supongo que no.

– Supones bien. – Le aclaré incorporándome del suelo y tirando a la papelera todo el material desechado. La conversación se avecinaba y no podía estar quieta. Que hubiera roto el espejo del baño me daba la oportunidad de mantener las manos ocupadas.

– Después de todo te fuiste para no volver. ¿Qué haces aquí? – Seguía sentado sobre la taza, con los pantalones del pijama puestos, con el torso desnudo y con una toalla gris que estirada sobre la cabeza frotaba con gran ímpetu llevándose toda la humedad. No le quería ni mirar.

– Tu padre me dio las llaves.

– ¿Por qué?

– Para entrar y no cometer una violación de propiedad privada. – Le contesté apartándome lo más posible de él y sentándome sobre la bañera.

– ¿Por qué?

– Tus padres no querían que me quedara en el hotel.

– Y siempre haces lo que dicen mis padres – soltó con una buena dosis de sarcasmo. No quería entrarle al trapo. No podía seguirle la corriente así que opté por seguir en silencio y no caer en sus provocaciones – ¿Y tu amiguito? ¿Te está calentando la cama? ¿Dónde está? ¿En la habitación de invitados, en la de mis padres o has sido tan generosa que le has cedido mi habitación?

Si me sorprendí y lo refleje en mi rostro fue por una causa justificada. El ataque además de frontal era barriobajero. Intuía que se refería a Emmett ya que no había visto a nadie más durante aquellos días pero había tantas incógnitas detrás de aquella ofensiva. Cuándo nos había visto, por qué pensaba que estábamos juntos, por qué tenía tan mala impresión de mí, por qué lo utilizaba como arma. Por un momento, y dejándome llevar por el cabreo me vi levantándome y saliendo del baño, conservando la dignidad. Pero era una persona madura con una misión, así que cerré los ojos, apreté los dientes, tragué la furia y contesté lo más parcamente posible.

– Se fue.

– ¿Sabe que estás aquí? – Volvió a insistir ignorando el tono acerado de mi respuesta.

– Si. – Le volví a contestar haciendo caso de mi política "eres madura y que se note" y obviando a mi conciencia "si fueras realmente madura le sacarías de dudas". Ja, que se joda.

– Y al grandote no le importa. – señaló con retintín incorporándose de su asiento.

– ¿Eh?

– Que estés conmigo.

– No sabe que estoy contigo.

– Y se lo vas a decir.

– Supongo que si, por qué no se lo iba a contar.

– O sea que no es tu novio… – Comentó en voz baja y subiendo la cabeza, como un gallo preparándose para la pelea – ¿Es tu chulo?

– Vete a la mierda, quién coño te crees que eres. – Exploté no pudiendo contenerme más. A la mierda la madurez, la diplomacia y todo lo demás. Me levanté y me encaminé hacia la puerta. Que hablara con él su madre, si de mí dependía le dejaba una nota por escrito.

– No pequeña, querías hablar – siseó agarrándome de la cintura y dejándome de cara al espacio donde antes estaba ubicado el antiguo espejo, apoyada sobre el lavabo. – Ahora habla.

– No tengo nada que decir. – Insistí testaruda intentado moverle uno de los brazos que tenía apoyados sobre la cerámica y me tenía encarcelada.

– ¿Ah no? ¿Quieres que empiece yo? – Dijo presionándome contra el lavabo, cerrando el cerco que había formado con su cuerpo.

– Ni se te ocurra – le indiqué mientras me apretaba contra la cerámica para escapar de su contacto.

– ¿Que no se me ocurra el qué? – Susurró en mi oído.

Estaba jugando conmigo lo sabía pero… cómo evitarlo.

– No lo hagas – Le supliqué con voz ahogada.

– ¿Hacer el qué? ¿Olerte? ¿Besarte? ¿Morderte? ¿Comerte? – Volvió a susurrar a la par que acompañaba cada una de las preguntas con su correspondiente acción. Primero olfateando mi cuello, después besándome detrás de la oreja, y por último mordiendo el lóbulo de la misma.

– Estate quieto. – Lloré retorciéndome entre sus brazos. Debía estar loca al permitirle que jugara así conmigo.

– No – Ordenó cogiéndome de la cintura.

– Suéltame.

– Me vuelves loco –gimió mientras me volvía suavemente. Era una marioneta en sus manos, así que cerré los ojos y abrí mi boca esperando, alentando un siguiente paso que ya tardaba en llegar.

–Tienes chocolate. – Me dijo cuando abrí los ojos de nuevo para buscarle. Se había separado de mí y ahora estaba rígido y ausente.

– ¿Qué?

– Ahí... chocolate. Llevas todo este maldito rato con una mancha de chocolate ahí – exclamó señalando su propia comisura de la boca. Yo un pelín avergonzada por hacer todavía un poco más el ridículo corrí a limpiarme. Pensé en quitar la mancha con mi lengua, pero intentado arrojar algo de agua fría entre nosotros, me decidí por frotar el índice contra ella.

– ¿Ya? – Le pregunté cuando pensé que ya lo había quitado todo.

– Si. – Afirmó mirándome de reojo.

– Bien, Edward. – Le llamé tras dar un par de respiraciones profundas y conseguir despejar mi mente y aplacar mi cuerpo. – Ahora que ya nos hemos serenado. Qué te parece si bajamos al salón, igual allí podemos encender la chimenea para tener algo más de luz y hablamos tranquilamente.

No le debió parecer mala idea porque asintió y se encaminó hacia la puerta. Pero cuando llegó debió de cambiar de idea porque otra vez, de la nada le dio un golpe al marco de madera.

– Joder no, no, mal, mal – Gritó remarcando cada palabra con un golpe suave – Era el otro lado – siseó.

Apenas me dio tiempo a asimilar lo que quiso decir con "era el otro lado" cuando él ya se había girado y se dirigía hacia mí decididamente. Fue todo tan rápido, en un suspiro, en un segundo tenía mi cara rodeada con sus manos. Suavemente, dulcemente me giró la cara hacia el lado izquierdo. Sin separar las manos de mi rostro extendió los pulgares acariciando en un vaivén las cuencas de mis ojos. El efecto era balsámico, consolador, hipnótico. Tanto que mis ojos se entrecerraron con la única esperanza de no ser testigos del error que iba a cometer. Estaba tan nerviosa que las rodillas me titilaban y mis manos temblando se dirigieron hacia las suyas, no para apartarlas como cabría esperar sino para apretarlas aún más contra mí. Con los ojos cerrados me abandoné al resto de mis sentidos, podía oír su respiración cada vez más próxima y mi corazón cada vez más acelerado, podía oler su cuerpo, podía sentir su hálito.

Su lengua me rozó la comisura de la boca varias veces con gran insistencia y aplicando un poco de fuerza.

– Ya está – susurró apoyando su frente contra la mía y dándome un lento y perezoso beso esquimal – Ya estás bien limpita.

Nuestros labios se apoyaron uno encima del otro, esperando, torturando… ninguno de nosotros dos se atrevía a dar el siguiente paso, a abrir la compuerta, a empezar de cero o a enrevesarlo todo aún un poquito más.

Muy despacio salí de mi estupidez y abrí los ojos, él aún los mantenía cerrados. Seguíamos a oscuras, tristemente iluminados, sin aire que respirar, quietos, tiesos, sentía mi cuerpo agarrotado, oxidado, pero con mucho dolor conseguí deslizar las manos por sus brazos y llevarlas a sus hombros todavía desnudos. Por mucho que deseara dar el paso, ambos sabíamos que dejarnos llevar no era lo más adecuado ni lo más oportuno con lo que llamando a mis neuronas y a mis hormonas al orden decidí alejarme de él. Era lo mejor, apartarse, retirarme, respirar, pensar.

Intenté moverme muy despacio para no asustarlo ni asustarme yo. Intenté mover la cabeza pero no me dejó acariciando nuevamente mi rostro, intenté dar un paso hacia un lado pero tampoco me dejó al bajar una de sus manos palpando mi cuerpo y posándola en mi cintura, así que intenté protestar pero tampoco funcionó pues en cuanto separe mis labios él los volvió a cerrar, esta vez con un recurso mucho más eficiente.

Fue un beso suave, de reconocimiento, lento y tranquilo, sus labios rozando los míos, acariciándome, embobándome. Quería moverme, quería gritar, apartarle, pegarle, besarle, pero no pude hacer nada. El miedo me tenía paralizada, miedo a lo que estábamos haciendo, miedo al silencio que había entre nosotros dos, a todo lo que teníamos que hablar, a los sentimientos latentes que me ahogaban, a mi respuesta o a mi carencia de respuesta. Mi cerebro me gritaba: sepárate, apártate, no vayas por ahí. Mi corazón me chillaba: muévete, bésale, abrázale, no lo dejes escapar. Finalmente obedecí al segundo y abrí los labios, cediendo, dejando la puerta abierta y él entró. Su lengua, húmeda, caliente, mimosa asomó entre mis dientes, con gran parsimonia exploró la entrada de mi boca, y cuando se retiró yo lo seguí repitiendo paso por paso todos sus movimientos, dejando que me succionara a su interior. Tras unos instantes los movimientos se fueron ralentizando y aunque ninguno amplió la distancia ambos aprovechamos para intentar normalizar nuestras respiraciones y racionalizar nuestras acciones. Fue entonces cuando me di cuenta de la locura que había cometido, del error que estábamos cometiendo. Me tensé y él lo percibió pues apretó un poco más su abrazo contra sí.

– Edward, no podemos…– Le supliqué intentando separarnos y que circulara un poco más el aire entre los dos.

– Ni se te ocurra moverte de aquí. – Fue su única respuesta antes de atacar de nuevo mi boca. Si el beso de antes lo podíamos haber catalogado como un beso de exploración, de prueba, pasivo, el de ahora era un beso de conquista, fuerte y agresivo, furioso, cargado de ira y de pasión. Tampoco fui capaz de responder como correspondía, de seguirle el ritmo, de adivinar su siguiente movimiento… Sus manos me recorrían toda la espalda y su boca se deslizaba por mis labios sin ningún control.

Sabía que tenía que pararlo, que tenía que detenerlo, pero cómo hacerlo cuando por fin uno de tus sueños más íntimos se está haciendo realidad. Cuando por fin, aunque de manera muy efímera, tu alma está sintiendo un poco de paz.

Perdida en sus besos y en mi escasa coherencia no fui demasiado consciente del momento en que me subí sobre el lavabo o cuándo me había desabrochado los primeros botones de la camisa del pijama. Cuando volví a la realidad él estaba posicionado entre mis piernas y su boca descansaba sobre mi cuello dibujando un camino entre mi mandíbula y el nacimiento de mis pechos. Se deslizaba por mi garganta, por mi escote, por mi hombro como si de una escalera se tratase, beso a beso, escalón a escalón. Dejando un rastro ahora húmedo y sensible al roce de su barba, en unos minutos rojo e irritado.

Le cogí del cabello y tiré un poco de él para poder mirarle a los ojos. Estaban rojos, húmedos, brillantes, dubitativos… él tampoco sabía muy bien lo que estábamos haciendo. Teníamos que parar. Sin apartar la mirada comencé a acariciarle el pelo, introduciendo mis dedos entre los suaves mechones peinándolos hacia atrás. Y de repente, en esa calma que estaba intentado imponer, algo cambio. Él se rompió. Sus ojos comenzaron a parpadear y los cerró con fuerza, dejando caer su cabeza sobre mi hombro desnudo. Nuevamente me volvió a abrazar, o más bien se agarró a mí como si fuera la única balsa en el océano. Me estaba haciendo un poco de daño en las costillas pero no quise interrumpir el momento así que le devolví el abrazo, intentando calmar sus temblores, y yo misma enterré la cabeza en su hombro.

– Edward– Lo llamé en susurro. Eran tantas cosas las que estaban entre él y yo.

– Mi madre se muere– sollozó entre suspiro y suspiro.

– Lo se.

– La mandan a casa a morir. – volvió a lamentar antes de comenzar a llorar.

Pocas palabras hubieran resultado ser algo consoladoras en ese momento, estaba desahogándose y sacando fuera todo el dolor que tenía acumulado. Supuse que en algún momento de la tarde habría estado con sus padres y le habrían comentado las últimas noticias. No le dije nada más, quería que lo sacara todo de él, olvidarnos del pasado y del presente, aislarnos del mundo, del rencor y de la ira, volver a nuestro espacio seguro, a aquella época en los que solo éramos él y yo contra el mundo, y que así pudiera encontrar en mí algo de consuelo.

Cuando por fin se fue calmando y los sollozos se espaciaron quise recordarle mi presencia y dándole unos pequeños besos en su cuello me limité a decirle.

– Estoy aquí. – Me hubiera gustado apuntillar "para acompañarte, para perdonarte, para amarte, para suplicar tu perdón, para superar esto juntos" pero no pude. Por desgracia él, ya más compuesto, compensó el reciente bajón de ánimo volviendo al ataque.

– ¿Seguro?

– Si. – Le confirmé dándole un pico en su boca. Habíamos pasado por mucho, había demasiada mierda entre los dos, el día había sido muy jodido y nos esperaba una temporada muy difícil. Pero él y yo habíamos acercado posturas tras una extraña y volátil situación. Y no sería muy inocente considerar que a partir de entonces todo iría a mejor.

– Cuando menos me lo espere te volverás a ir. – Lamentó devolviéndome el beso.

– No, esta vez no.

– ¿Qué voy a hacer sin ella? – Me preguntó desesperado. – ¿Qué va a ser de nosotros?

– No tengo ni idea, sweetie. – Le confesé dejándome llevar por la situación.

En el momento que él escuchó el viejo apelativo la atmósfera que habíamos generado se volvió contra mí. Percibí el cambio en su humor gracias a la tensión que una vena de su cuello mostraba. Levanté la cabeza para mirarle de frente, sabía que me había equivocado en mis predicciones, intuía que volvería al ataque y no me equivoqué. Lo sentí prepararse para la batalla y tampoco me defraudó.

También él levantó su cabeza de mi hombro donde la había vuelto a reposar y me miro de frente. Su mirada dura y la sonrisa sardónica que dibujaba su rostro me prepararon para lo peor. La alianza que habíamos creado no era ni sólida ni duradera, como yo muy inocentemente había pensado. Sin cesar en su pose y moviéndose como un gato montés me recogió un mechón de la melena y jugueteando con él lo colocó tras mi oreja, acariciando toda la mejilla en su camino. Igualmente me subió la camisa que se había deslizado por mi hombro colocándola en su sitio y abrochando los tres primeros botones como todo un caballero de buena cuna hubiera hecho. Lástima que él solo lo fingía.

No fue hasta que todo estuvo en orden cuando componiendo su mejor sonrisa volvió a colocar las manos en mis mejillas, se acercó para darme un casto pero demandante beso en la boca y susurrándome al oído sacó toda su artillería pesada a la calle.

Su misión era destruir, destrozar, aniquilar, acabar con el enemigo.

– No te preocupes, cariño, me encanta que las zorras como tú sean así de "dulces" en la cama – Siseó justo antes de darse la vuelta y salir del baño.

Objetivo cumplido.


¿Os ha gustado? No se si era lo que esperabais o no, pero de alguna manera tenían que romper el hielo, pero... son tan bipolares que vamos a ver cómo se toman esto.

El próximo capítulo se titulará "Fuera de servicio".