Crepúsculo no me pertenece… aunque me gustaría

Llega un poco tarde, he estado un poco mala y eso... pero espero que merezca la pena ;)

En el capítulo anterior os comenté que este se titularía Fuera de servicio, pero me equivoque saltándome el título de este (cosas de ir rápido y no pensar).

TORTITAS DEL PERDÓN

Seattle. Miércoles, 18 de noviembre de 2009. 10:11 horas

Bella POV

Después de que Edward abandonará el baño dejándome cabreada y confundida, regresé a la habitación donde me había instalado para coger del armario de Alice una gruesa chaqueta de lana y unos playeros cómodos. Tenía que poner algo de distancia entre nosotros, al menos durante un rato, para calmarme y poner las ideas en claro. De este modo y con mucho sigilo me deslicé hacia el patio trasero. Allí junto al garaje y la piscina había un pequeño cenador cerrado en el cual, además de guardar mesas, sillas y demás utillaje de piscina y jardín, contenía un antiguo sofá que años atrás había sido trasladado a aquel sitio para darnos un poco de espacio a los más jóvenes lejos de miradas indiscretas. De aquel humilde cuartucho nosotros habíamos hecho un hogar. Una mesa de estudio, una calefacción, lámparas, estanterías… poco a poco habíamos ido rellenando aquel espacio con nuestras pertenencias y tesoros. Ahora se había convertido es una especie de caseta de los recuerdos.

Me refugié allí a sabiendas de que con la tormenta que había, el corte de electricidad y que no me había dado la cabeza para vestirme decentemente, por lo que aún andaba en pijama, era lo más lejos que iba a poder alejarme del habitante sorpresa y dueño de mis pesadillas sin causarme ningún prejuicio con la justicia o con el sanatorio mental más cercano.

Al menos había tenido las neuronas lo suficientemente encendidas como para coger el móvil. A falta de luz, la pantalla podría iluminar mis pasos por aquel viejo cuarto de estudio y juegos. Con relativa sencillez localicé el sofá y una manta de piel sintética y borreguillo que descansaba en él. El cuarto se mantenía limpio y recogido, como yo había sospechado, así que no tuve ningún pudor en aovillarme en el mullido sillón y cubrirme con la manta.

Quería llorar, gritar, destrozar y no pensar, pero no podía permitirme el desgaste físico que todas esas acciones hubieran causado, por lo que antes de dejarme llevar por la congoja y aún a sabiendas de que no era la mejor opción pero si la única viable llamé a Alice para que me mantuviera un poco distraída. Por suerte, había tenido el teléfono un largo tiempo cargando antes del corte por lo que su batería no me iba a dar problemas. Alice me cogió el teléfono al tercer replique e inmediatamente comenzó a hablar. Había sido un inicio de semana muy intenso, y con Alice igual que con el resto de su familia, a excepción de Edward, la relación dentro de lo que cabía había adoptado cierta normalidad. Sin ningún género de duda nos quedaría mucho por arreglar y muchas aristas que limar, pero habíamos estado muchísimo tiempo juntas durante las horas interminables de hospital e íbamos en buen camino.

– Bella, qué casualidad te iba a llamar yo ahora mismo – Me dijo mucho antes de poder llegar a escuchar mi saludo.

– ¿Qué tal todo? – Le pregunté antes que nada. Mejor hablar de ella que de mí.

– Bien, mejor de lo que pensé. La casa está bastante limpia, solo hizo faltar pasarle un ligero repaso a las habitaciones principales. Lo único que la nevera está vacía pero mañana la rellenaremos Jasper y yo antes de que vengáis. – Explicó con una nota un tanto histérica en su voz.

Hoy por la tarde, en cuanto nos habían comentado que Esme iba a abandonar el hospital, ella nos dijo que quería ir a Forks y nos pidió, por favor, que la acompañásemos. Por eso mismo, Alice y Jasper se habían adelantado para adecentar la casa y que estuviera lista para cuando Carlisle y Esme llegarán al día siguiente.

– Pero no sé qué hacer con la comida de Acción de gracias. Nunca he preparado esa glotonada, siempre la hizo mamá y este año tiene que ser perfecta. – Continuó atragantándose un poco al final. Acción de gracias era el próximo jueves y yo ya me había comprometido a preparar la cena para todos y por muchas ganas que tuviera de que no fuera festivo sino un día normal y corriente en el que todos cenáramos pizza, Esme nos lo había pedido e íbamos a cumplir.

– No te preocupes, yo te echaré una mano. – Hubiera sido más sincero decir que yo me encargaría de todo, pero sabía que ella estaba muy ilusionada en hacer aquello por su madre y yo no iba a ser la que la iba a bajar del guindo. – Mañana vas a ver a la señora Clearwater y le pides que te reserve un pavo como para siete personas y que lo iremos a recoger el miércoles por la mañana. El resto de cosas las podemos comprar entonces.

– Ok, Clearwater, pavo, siete personas… – Decía ella al otro lado del teléfono a la par que seguramente lo iba escribiendo en una hoja. – ¿Siete personas? – Preguntó una vez que hubo terminado. – No me salen las cuentas, papá y mamá dos, Jasper, Edward, tú y yo somos seis. ¿Quién es el séptimo? ¿Vas a traer a Emmett? – preguntó un poco dudosa.

–¡Eh! No – Le contesté rápidamente. – Es por si acaso, que nadie quede con hambre. – Fue una mentira sencilla y rápida pero la odie con todas mis fuerzas. El séptimo comensal eran mis hijos, que por su edad podían contar como uno entre los dos, pero no se lo podía decir, y menos así. Fue una mentira asquerosa por la cual me sentí sucia y mala madre por esconderlos. Por última vez, prometí mirando por la ventana hacia el cielo.

– ¿Qué tal con Edward? – Me pregunté de repente y a bocajarro.

– ¿Cómo lo sabes? – Le devolví un poco preocupada por saber exactamente a qué se refería.

– Me acaba de llamar – Contestó ella a la ligera generándome un incipiente y futuro intenso dolor de cabeza.

– y, qué… pero por… qué te ha dicho.

– Nada, me llamó para preguntar por el generador. – Explicó sin ser consciente de la ansiedad hecha carne que esperaba al otro lado del teléfono por una respuesta. – Le dije cómo encenderlo y eso. Después le conté que estaba en Forks y él dijo que te había visto.

No me había acordado hasta que Alice lo mencionó de la posible existencia de un generador de emergencia. Algo muy útil para las ciudades del norte propensas a fuertes nevadas y a frecuentes cortes de luz.

– ¿Algo más? – Insistí preocupada por saber qué y cuánto le había contado. No es que Edward fuera una persona muy abierta con sus sentimientos y pensamientos, yo lo conocía bien y sabía lo difícil y críptico que podía ser. Aun así, el tono de voz de su hermana había sonado demasiado sugerente para mi gusto.

– No sabe qué va a hacer.

– ¿Qué? – le pregunté no sabiendo muy bien a que se estaba refiriendo.

– Con lo de venir a Forks, con nosotros – contestó ella como si fuera lo más evidente del mundo. Si claro, para ella, seguro– quiere pedir unas semanas libres pero no sabe cómo hacerlo, si cogerlo de las vacaciones, cambiar guardias o arreglarlo de otro modo.

– ¡Ah!

– Y tú qué vas a hacer ahí sola hasta el viernes ¿por qué no vienes mañana con mis padres?

– Quiero aprovechar para hacer unas compras – le volví a mentir descaradamente antes de confesar que tenía que recoger a dos paquetitos en el aeropuerto – pero iremos el viernes.

– ¿Iremos? – Preguntó ella rápidamente, antes siquiera de que yo me hubiera dado cuenta de que había metido la pata.

– Eh, si… anda, pues tu hermano ya debió de encontrar el generador porque se acaba de encender una luz en la cocina – Le dije aprovechando que veía como se encendía la luz para cambiar de tema.

– Pues tardó. – contestó entrando al trapo y quitándome a mí un peso de encima – Ya se lo he explicado a él, no os servirá para ducharos con agua caliente o ver la tele, pero si os servirá para encender una o dos lámparas y uno de los fogones de la cocina, como mínimo y no os preocupéis por la nevera o el congelador, también están cubiertos. Para dormir lo mejor sería que duermas en la habitación de mis padres, allí podrás encender la chimenea y será suficiente.

– Pero, cómo voy a dormir allí… – Le medio pregunté le medio chillé asustada por la idea. Nunca había sido muy amiga de entrar en casas ajenas y revolver en sus pertenencias. Una cosa era quedarme en la habitación de Alice, que para lo que la utilizó ella ya que nunca había vivido como tal allí, bien podía ser también mía o utilizar la cocina y el baño, pero la habitación de Esme y Carslile ya eran cosas mayores.

– No será la primera vez. – Respondió supongo acordándose de las tardes que habíamos pasado allí acostadas. Pero no era lo mismo, en aquellas ocasiones se encontraba la dueña de la casa con nosotras. – Además a mis padres no es que no les importé si no que no nos perdonarían a ninguno de nosotros que pasaras frío y te congelaras a lo tonto.

– Ya, vale, pero seguramente Edward también quiera dormir ahí. – Dije recordando al otro inquilino de la casa.

– No te preocupes por eso, ya lo hablé con él y me dijo que te la cedería a tí. –insistió sorprendiéndome. – Podías aprovechar para hablar con él. – concluyó sugerentemente en un tonito muy invitador que casi me mata al empapizarme conmigo misma. – A ver, está claro que tenéis mucho que hablar y qué mejor momento ahora que estáis solos… además mejor ahora que no la semana que viene cuando estemos todos juntos ¿no? – Continuó ella obviando mi silencio.

– Alice… no creo que…

– ¡Qué romántico, noche de tormenta, un fuego de chimenea en una habitación de matrimonio…! –interrumpió con voz cantarina antes de que yo le fuera a decir que no me parecía la mejor de sus ideas.

– Alice… – la llamé con toda la intención de reprenderla por sus locuras. Si ella supiera. Para romanticismos estaba yo.

– ¿Qué? – Devolvió toda alegre y entre sonrisas.

– Nada, déjalo… mejor me voy a la cama – No merecía la pena discutir ni debatir nada con ella. Había vuelto a posicionar el modo de celestina en piloto automático. Tal y como lo tuvo encendido durante toda su vida. Algún día le tendría que decir que precisamente por ese interés en la vida de los demás, y más concretamente en la de su hermano y mía, había sido el motivo por el cual nunca le había contado nada. Primero por no ilusionarla, después por no disgustarla. Si no hubiera sido tan efusiva o clara en sus intenciones igual habría encontrado las fuerzas para refugiarme en ella cuando todo se derrumbó.

– ¿Sola? – Insistió nuevamente volviendo a las andadas.

– Si, sola.

– Ok, buenas noches – claudicó demasiado rápido – ¿hablamos mañana?

– Si, mañana hablamos. Buenas noches – respondí y colgué lo más rápido que pude. Cinco segundos más y seguramente tendría que realizar unos cuantos requiebros más.

Después de colgar a Alice y viendo lo tarde que era consideré la opción que ella me había aportado de retirarme a descansar. Desde luego, era la única opción viable, hablar con Edward, nuevamente, estaba descartada. Corrí por el sendero de baldosas con la intención de mojarme lo menos posible. La entrada más cercana era la puerta de la cocina pero el hecho de que estuviera la luz encendida era una buena pista de lo que me podía encontrar en su interior. Así que antes de entrar cotilleé tras el cristal si al otro lado de la puerta iba a tener compañía o no. No es que fuera a colarme por una ventana o por el otro lado de la casa en el caso de que él estuviera allí, solo que lo haría con más o menos ligereza. Así que tras secar los playeros en el felpudo y confirmar que no había nadie al otro lado, abrí la puerta y entré corriendo en el interior, a paso largo y decidido, y también con la mirada baja, solo por si acaso se aparecía alguien y me veía en la obligación de quitarle la cara, subí corriendo hacía la habitación principal. Muy contenta conmigo misma por no haberme tropezado con nadie más. Piqué un poco temerosa antes de entrar, no es que esperara respuesta al otro lado pero me pareció lo más adecuado. Una vez que no recibí respuesta entré llevándome una gran sorpresa pues la chimenea ya estaba encendida y pequeñas llamas crepitaban en ella. Solo la podría haber encendido Edward, para que se fuera calentando, y el hecho de saber que le había dicho a Alice que esa habitación sería para mí caldeó un poco mi corazón derribando algunos de los muros que tras el bañogate se habían levantado. Aún tenía mucho que procesar sobre lo ocurrido con él: sus palabras, sus besos, sus lágrimas, mi respuesta activa a todo ello cuando quizás lo más seguro hubiera sido escribirle un post-it y dejárselo pegado en la puerta de su habitación, pero ahora mismo no tenía las suficientes fuerzas ni ganas como para intentarlo. Además todavía tendría que cargar el resto de la noche con la culpa por no habérseme ocurrido lo de la nota mucho antes.

No quería pensar, pero tampoco podía dejar de hacerlo, en sus ojos, en su boca, en el calor que de él emanaba. En lo seguro que se sentía mi cuerpo y mi alma cuando estaba él a mi alrededor, en lo traicionada que se sentía mi cabecita por no haber actuado de una manera más disciplinada. Me acosté en la cama e intenté evadirme con una vieja revista de decoración que Esme había dejado sobre la mesita pero no era capaz de concentrarme en los colores que se llevarían este mismo otoño ni en el hecho de que los estores chinos ya no se encontraban a la última moda. En vez de fijarme en colores, combinaciones y otras cuestiones hogareñas… mi mente recreaba una y otra vez conversaciones pasadas y conversaciones futuras.

Precisamente estaba pensando en una tantas grandes escenas que poblaban mi mente en las que un Edward sumamente arrepentido picaba en mi puerta, yo la abría enfurecida, él me pedía perdón de rodillas y con lágrimas en los ojos, y luego yo le cerraba la puerta en sus narices, aunque había ligeras variaciones en cuanto a los resultados, en esta más concretamente yo acababa rompiéndosela; cuando sonó un leve golpeteo en la misma puerta que protagonizaba una de mis múltiples fantasías. Me quedé callada, en silencio, con la vana esperanza de que me hubiera equivocado y que el ruido en vez de proceder del pasillo hubiera sido causado por una rama rota en la ventana. La fantasía duro muy poco, hasta que volvieron a picar.

– ¿Puedo pasar? – Preguntó en esta ocasión con voz suave y un tanto lastimera.

Tardé en contestar un poco, debatiéndome en mi respuesta. Las posibilidades eran amplísimas: dejarle entrar, echarle a patadas o cumplir la fantasía anteriormente descrita. En vez de todo eso, y más que nada por no levantarme de la cama ya que estaba demasiado cómoda y calentita le contesté de una manera bastante más borde de lo que pretendía pero dejando las cosas muy claras.

– ¿Qué quieres? – Podría parecer que había algo de asco en el tono y él que lo pensase acertaría de pleno.

– Déjame pasar. – Suplicó, o eso me pareció a mí.

– Si te quedó algo por decirme, puedes enviarme los insultos en un e-mail que lo meteré en la carpeta de Asuntos que me importan una puta mierda. – le respondí orgullosa de mi misma por la evidente sensación de pasotismo que ofrecía a pesar de los temblores de mis manos que evidenciaban todo lo contrario.

– Te traigo una cosa – susurró mientras había la puerta e ingresaba en la habitación sosteniendo una gran bandeja. – Tortitas del perdón – Añadió inclinando un poco el plato para que pudiera ver lo que había en él.

– ¿Vienes a sobornarme para que te perdone? – le pregunté fijando mi atención la revista y pasando la página después de haberla leído atentamente, o parecerlo.

– Ya sabes cómo funciona esto. – Me contestó entrando en la habitación y sentándose en una de las esquinas de la cama. La más cercana a mí – ¿Las aceptas? – Insistió colocando la bandeja a mis pies y cogiendo uno de los tenedores que había traido.

Las tortitas del perdón se habían convertido en una costumbre entre nosotros con el paso de los años. Desde que eramos muy pequeños nos habíamos dado cuenta de que ambos eramos demasiado orgullosos y tercos como para pedir perdón así que desde que Edward una vez en el parque cuando éramos pequeños me tiró un caramelo al suelo y su madre le obligo a darme el suyo, esta había sido nuestra peculiar manera de disculparnos. Al principio eran caramelos, luego bombones y desde que nos habíamos ido a compartir piso cocinábamos algo, generalmente dulce.

– ¿De qué son? – Le pregunté con el tono más desdeñoso que se me ocurrió y posando la revista al otro lado de la cama de matrimonio. Tenía que cerrar todos los flancos de la mejor manera que pudiera.

– Pasas y nata – Señaló él con una sonrisa de suficiencia que aunque no se la había visto, porque ni le había mirado ni pensaba, sabía que traía encima. Qué asco me dio, figuradamente claro. Eran mis favoritas y él lo sabía.

– Trae – Le ordené claudicando en favor del buen hacer y la buena educación. Edward se levantó y cogiendo la bandeja la depositó sobre mis muslos. Me retrotraje un poco, el máximo que la cama y la postura que tenía me permitió. Él a su vez recogió uno de los platos que había traido y se volvió a sentar a los pies de la cama.

Estuvimos un rato comiendo en silencio. Las tortitas estaban deliciosas, calientes y esponjas. Le salían riquísimas y a mí me encantaba cuando las preparaba. Normalmente solía dibujar caritas tristes sobre la masa con la fruta y los complementos… en esta ocasión no había sido así, sino que las había amontonado en grupos. Y le agradecí en silencio este hecho, pues de haberlas colocado a la antigua usanza me hubiera dificultado las cosas muchísimo más.

– Ni siquiera vas a pedir perdón – le dije entre bocado y bocado.

– Te hice las tortitas – respondió de igual manera señalándome con el tenedor.

– Me gustaría oírlo – insistí tras dar un trago a un zumo de albaricoque que también traía de acompañamiento.

– Perdón – Contestó con la boca llena y muy bajito, dejándome muy claro que no era lo que sentía.

– Te has pasado dos pueblos – insistí nuevamente señalándole yo ahora a él con el tenedor.

– Estás comiendo… – respondió con cierta guasa y quitándome un trozo de la nata que había reservado para el final en mi plato– no puedes seguir enfadada.

– Me llamaste zorra – recalqué elevando ligeramente el tono de voz mientras me incorporaba un poco más en la cama y le pasaba una buena porción de comida a su plato. Estaba llena y no podía comer más.

– Lo sé. Y lo siento. – dijo bastante sincero y buscando mi mirada. – Ya sabes cómo me pongo cuando me cabreo, suelto lo primero que se me ocurre sin pensar.

– De todos modos no es la primera vez que me lo llamas. – Le recordé haciendo un soberano esfuerzo por mirarle mal. Y no por falta de ganas, sino porque estaba pasando el dedo por los restos de nata que quedaban en ambos platos y chupándoselo– Por teléfono. – Aclaré cuando pude volver a centrar mi atención en la conversación – El otro día casi lo dices.

– Había bebido un poco. – Confesó incorporándose nuevamente de la cama y recogiendo todos los bártulos para posarlos sobre un sifonier de madera que había en la habitación.

– Antes también me llamaste puta. – Le recordé nuevamente aclarando mi punto. Que hubiera bebido un poco no era motivo de exclusión, ni siquiera aunque en realidad hubiera bebido tanto alcohol como se hubiera destilado en un año. – No lo niegues. Además, me preguntaste si Emmett era mi chulo. ¿De que vas Edward? Me casi insultas, te escondes, me insultas, me acosas, me besas, y me vuelves a insultar. – Le dije mientras le veía pasear de un lado a otro por la habitación sin rumbo fijo.

– No te puedes callar y dejarlo atrás. – Respondió quedándose quieto en medio de la habitación. – Vine a pedirte perdón y ya me estás tirando la mierda a la cara. Me pediste que pusiera de mi parte y eso hago. – Añadió cuando se volvió hacia mí.

– ¿Y por qué ahora?

– He hablado con Alice. – Confesó una vez que se acercó de nuevo a la cama y se sentó a mi lado.

– Lo se – le dije mientras me movía al otro lado de la cama y veía estupefacta como él se posicionaba donde me encontraba yo antes. Al menos no había tenido la intención de meterse entre la ropa.

– Me dijo que te ibas a quedar con nosotros, con mi madre una temporada. – Continuó perdiendo su mirada en la chimenea.

– Si – Confirmé con voz algo atragantada. Qué coño hacía allí, porque no se iba, había traído la comida, pedido perdón… porque no cogía y se largaba de allí. No se me ocurría ninguna posibilidad salvo que quisiese dormir conmigo. Bueno, conmigo no, ni yo iba a hacerme ilusiones tontas ni creo que él tuviera alguna intención. Pero al menos si en la habitación, habíamos dormido juntos muchas veces sin que hubiera pasado nada entre nosotros. Aunque de eso hacía muchísimos años, cuando éramos jóvenes y no había tantos muros ni secretos entre nosotros. Con todo, tampoco podría negar sin faltar a la verdad que durante el bañogate de haber continuado por ese vía ese hubiera sido el final más evidente. Cuando me di cuenta de toda esa línea argumental y de hacia dónde me hubieran llevado nuestras acciones suspiré llena de alivio. Desde luego que acostarse con él antes de hablar y sincerarnos hubiera sido un error garrafal.

– Pues ahí lo tienes, lo hago por ella. –Continuó él ajeno a mis debates internos.

– Cierto. – Afirmé a ambas cuestiones, tanto a sus argumentos como a los míos.

– Entonces también tú pondrás de tu parte.

– Si – También yo tendría que hacer un inmenso esfuerzo para calmarme, encontrarme cómoda a su lado nuevamente y volver a intentar tener una conversación tranquila con él. Y si para ello tenía que dejar el pasado cerrado y bajo llave lo haría.

– Así que Emmett – siseó en un tono acerado mientras se levantaba nuevamente y echaba un tronco al hogar. A la mierda mis propósitos de calma y tranquilidad.

– ¡Eh! – Le contesté haciendome la desentendida.

– Menudo nombre más ridículo. – refunfuñó colcándose frente a la chimenea.

– ¿No querías empezar de nuevo? – protesté dejándome llevar por la ira. – Creía que ibamos a cerrar filas e intentar llevarnos bien.

– No. – rechazó categóricamente – ¿Entonces es tu marido, tu novio…? –preguntó aún de espaldas a mi.

– Déjalo – Le pedí levantandome también de la cama. Me estaba poniendo bastante tensa con tanto movimiento y no me gustaba nada por donde estaba encaminando la conversación. – Es un amigo.

– ¡Ja! – se rió socarronamente dándose la vuelta y mirandome fijamente a la cara.

– Es un amigo – Repetí caminando hacia él.

– No me mientas– Refunfuñó de nuevo. Parecía enfadado y su cuerpo exudaba tensión. Se acercó a mí despacio y frunciendo los ojos y lanzándome una mirada bastante furibunda. Una mirada que podría rivalizar con la de Medusa por su efectividad a la hora de paralizar a su presa. Me quede quieta a la espera de observar su reacción. Edward había sido una caja de sorpresas en el pasado y esa faceta de su personalidad parecía seguir intacta, tal y como un rato atrás me había demostrado, pasando de la seducción, a las lágrimas y de estas a los insultos en menos que canta un gallo.

– No te estoy mintiendo. Solo es un amigo – insití cuando él me cogió de los brazos y me encaró.

– Un amigo con el que te acuestas– Afirmó muy seguro de sus palabras.

– No, joder. – protesté soltándome de su agarre y caminando hacia la otra punta de la habitación – ¿Te acuestas tú con todas tus amigas? – le devolví.

– No lo se. Dímelo tú. – contestó muy tranquilo confirmándome su bipolaridad. Durante muchos años había sido una mera sospecha, pero hoy quedaba definitivamente demostrada.

– ¿No te entiendo?

– Nada déjalo. – Pidió volviendo a echarse sobre la cama. – pero, me gustaría que me dijeras la verdad.

– ¿Sobre qué? – Pregunté temerosa.

– Sobre el ciclao ese – respondió mordiéndose una de sus uñas.

– ¿Ciclao?

– Si, musculitos. – explicó encogiéndose de hombros.

– Ya sé lo que significa ciclao. Te estoy diciendo la verdad – Le grité desesperada por su desconfianza. Podría tener motivos para pensar mal de mí pero nunca le había engañado en ese aspecto y no entendía porque estaba tan firme en sus afirmaciones.

– Ya. Así que ahora se le llama así. Ser amigos. Algo tenía que haber intuido. – Continuó en sus trece. – Pero que sepas que tú y yo nunca fuimos solo amigos. – Aclaró colocandose justo a mis espaldas y abrazándome por detrás apoyando sus brazos en mi cintura y su rostro en mi clavícula.

– Apártate – Medio pedí, medio supliqué. Tenía que soltarme y no volver a dejar que me distrayera. Por algún motivo él no me creía y desconfiaba de mis palabras. No es que fuera algo demasiado importante pero no quería que hubiera malos entendidos entre nosotros. Había vuelto con la intención de aclararlo todo y aunque de momento no había avanzado mucho en ese sentido no podía poner más obstáculos en el camino. – ¿Pero por qué no me crees? – Insistí revolviéndome imperceptiblemente entre sus brazos.

– Porque sé que me estás mintiendo – escupió soltándome de golpe y dejándome tambaleándome en medio de la habitación.

– Ok, pues piensa lo que quieras – me rendí finalmente. Estaba enfadada y no íbamos a llegar a ningún lugar continuando por ahí. Edward estaba estancado en esa conversación. Por algún motivo pensaba que Emmett y yo teníamos una relación y se negaba en redondo ni a creerme ni a cambiar de conversación. Ya poco más podía hacer sobre todo estando tan cansada física y mentalmente.

Consideré la opción de meterme en la cama, olvidar que estábamos compartiendo espacio, apagar la luz y dormirme, o hacerme la dormida si fuera necesario con tal de que se marchara y me dejara en paz, pero aún así y obviando las ganas que tenía de demostrar mi indifenrecia, me sitúe detrás de él y le posé una de mis manos en su hombro con la intención de hacerle saber que estaba ahí, que continuaba allí. Había sido un gran esfuerzo para mí dar ese paso y volver a tocarle. Me prometí que le concedería cinco segundos de mi madurez, solo cinco y una vez que hubieran pasado cumpliría el plan. Por lo que una vez que conté hasta cinco y ver que no se había movido ni dicho nada, ni siquiera parecía respirar, conté otra vez hasta tres, regalándole una nueva oportunidad. Una vez que la cuenta llegó a veinte decidí encerrar a mi conciencia en un cuarto oscuro y me predispusé a meterme en la cama tal y como había considerado.

Estaba a punto ya de apagar la luz cuando volví a mirar a Edward. No se había movido de la última posición que había adquirido y no me extrañaba, debía estar agotado de tanto movimiento. Y pese a que en el plan venía explícitamente detallado que me durmiese sin intercambiar ninguna palabra más, no podía soportar que se quedara en la misma habitación que yo. Sobre todo sabiendo lo propensa que era a hablar mientras dormía.

– Buenas noches, – Susurré de sopetón invitándole sutilmente a irse mientras me recostaba y apagaba la luz tenue de la mesita de noche que hasta entonces nos había iluminado junto a la chimenea.

– Te vi con él. – Confesó finalmente tras unos minutos que a mí me habían tenido en vilo ante su pasividad y en los que realmente llegué a considerar si tirarle una almohada y que espabilase o darle con el atizador y que espabilase. La solución era la misma, el instrumento del golpe marcaba la diferencia.

– Nos viste en el hospital… – comenté en voz alta, incorporándome nuevamente y apoyándome en el cabecero. Sabía que seguía hablando de Emmett y quería aclararle todas las dudas que pudiera tener– el martes me fue a buscar y hoy conoció a tus padres. Me acompañó aprovechando que tenía que hacer unas cosas de trabajo, nada más.

– No, te vi con él antes.

– ¿Antes? – pregunté extrañada por sus palabras.

– En la cabaña.

– ¿En la cabaña? – repetí como un lorito sus palabras mientras hacía un gran esfuerzo por recordar en que momento nos podía haber visto juntos. Era imposible que nos hubiera visto allí. Él solo había estado durante unos 20 minutos y en ningún momento se había podido cruzar con Emmett o Rosalie.

– Si, en la cabaña. Te fuiste a escondidas, por la puerta de atrás para irte con él. – me reprochó acercándose otra vez hacía donde estaba.

– No – negué con la voz temblorosa.

– Entonces, ¿dime tú cómo fue? – preguntó girándose. – ¿nos follabas a los dos a la vez? ¿ibas de cama en cama?

– Vete a la mierda. – le grité herida nuevamente por sus insinuaciones y tumbándome en la cama de espaldas. Había puesto mucho de mi parte para mantener una conversación correcta y decente, pero estaba obcecado con el mismo tema y no atendía a razones. Sabía que llegados a esta situación uno de los dos tenía que dar un paso atrás y recular, así que decidí ser yo. Cogí el nórdico y lo eché sobre mi cabeza para no tener que oírlo caminar ni moverse por la habitación, aun así su tono acerado sobrepaso las plumas del edredón. Estaba muy cerca de mí, demasiado.

– Qué gracia… que me vaya a la mierda, dice. Que sepas que he estado en ella durante todo este tiempo. – musitó despacio en mi oído justo después de empujar el edredón hacia abajo. Estaba tan cerca de mí como las mantas que me cubrían lo podían permitir. Reposó su cabeza sobre mi misma almohada y apoyando su nariz sobre mi cuello comenzó a murmurar – Pero porque no me sacas de esta miseria de una vez… Dime la verdad, por favor... Lleváis más de seis años juntos… Por qué lo niegas. Nos niegas a todos. ¿Así me negaste a mí también? Te acostabas conmigo y luego me abandonaste. Te acuestas con él y también lo niegas ¿Te vas a volver a acostar conmigo? ¿o ya tienes a otro en el punto de mira?

– Pero que estás diciendo, nunca te negué – Le contesté sorprendida por sus palabras e ignorando sus continuas insinuaciones y resentimiento.

– Hasta que te fuiste. – susurró nuevamente. – Me mandas a la mierda ahora, pero entonces me mandaste al infierno. Un infierno que aún no he abandonado… Al menos te cuida bien. Te quiere – Señaló tras un silencio aterrador que se había comido la habitación, poniéndose boca arriba y cubriéndose los ojos con su brazo.

– Edward, por Dios escúchame no es mi pareja, no estamos juntos. – Le intenté aclarar. En ese momento me senté en la cama y le agarré del brazo haciendo un esfuerzo sobrehumano para conseguir despejar sus ojos y poder mirarnos de frente. –Edward, si viste a Emmett en la cabaña es porque es suya – comencé a explicarle una vez que conseguí fijar su atención –. Bueno, más bien de su familia. Regenta un resort en Vail y la cabaña, el lago, las pistas de sky, todo pertenece al complejo– continué cuando vi sus ojos achicarse. – ¿Te acuerdas de Rose?

– Te he visto con él – interrumpió él cuando le iba a contar que Emmett era el marido de Rose y que Rose era aquella chica con la que chateaba en la facultad. – Se nota que te quiere. Aunque nunca te va a querer como te quise yo.

– ¿Qué estás diciendo? – Le pregunté después de que rompiera el hilo de mis pensamientos con esa declaración– ¿Por qué me dices eso ahora? tú nunca me has querido.

– ¿Qué no que…? – chilló un poco irritado – Cierto, yo nunca te quise. – continuó con cierto retintín y aspecto cansado.

– No, tú eras Ed… – seguí negando.

– No lo digas, otra vez con lo mismo. – volvió a interrumpir sentándose de repente a mi lado y recogiendo mi rostro con sus manos – Yo el gran Edward Cullen no puede amar a la pequeña e insignificante Isabella Swan. – Dijo con bastante sorna imitando mi voz– Pues a ver si te enteras de una puta vez. El peazo de mierda de Edward Cullen besaba el suelo que pisaba Bella Swan.

– No puede ser – Negué, intentado evitar que las lágrimas se escapasen de mis ojos.

– Esos putos complejos tuyos. – insistió furioso cogiéndome de los brazos y empujándome hacía sí hasta que consiguió sentarme en su regazo– Me cago en tu padre. Si de mí dependiera lo mataría. Lo traería de vuelta desde el puto infierno donde se halla y lo devolvería a él, pero esta vez lo mataría yo con mis propias manos.

– No, tu nunca… – contradije frotando las lágrimas contra el jersey de la universidad que llevaba puesto. Mencionar a mi padre siempre me alteraba demasiado pero aun así no podía permitir que su recuerdo alterase la discurrir de la conversación.

– Que yo nunca que… – interrumpió recogiendo mi barbilla y elevándola hasta su boca – Te estuve buscando como un loco durante cuatro meses – murmuró a mis labios – Nadie sabía dónde estabas. –continuó tras darme un suave y ligero beso.

– Mi madre –conseguí balbucir entre sorbo y sorbo de nariz y beso y beso de Edward.

– Si tu madre… se que te enfadaste con ella por decírmelo. No sabes bien lo que tuvo que aguantar la pobre mujer. – contó recogiendo el pelo que me caía por la cara y peinándolo hacia atrás– Me pase más de tres horas aporreando su puerta hasta que me dejó entrar en su casa. Y después de eso todavía tardó años en decírmelo.

– Ella no tenía derecho – Yo no le había pedido nada en la vida, nunca, y lo único que le había pedido, por primera vez, es que me guardase el secreto.

– ¿Y lo tenías tú?

– Yo…

– ¿Si tú?

– No, no… – Negué aún me encontraba un poco confusa por las palabras que me había dicho antes e intentaba con todas mis fuerzas ordenar en mi cabeza cómo habían ocurrido los acontecimientos y cuáles habían sido mis motivos y argumentos para proceder como hice. Argumentos y motivos que ahora se tambaleaban como un castillo de naipes amenazando con derruirse con el más ligero de los soplos – Te dije que te fueras y te fuiste.

– Te das cuenta de lo incongruente que resulta eso – contestó serio echándose hacia atrás dejando espacio para que la mirada que me dirigía cobrase más fuerza.

– No. – Contesté plenamente convencida. Si de verdad me hubiera querido como ahora parecía decir nunca me hubiera dejado sola en aquellas condiciones. Se hubiera quedado, habría esperado por mí.

– ¿Y me hechas en cara que te hice caso? –replicó.

– Si de verdad me hubieras querido y hubieras sufrido tanto por mí como dices no te hubieras ido – Verbalicé mis pensamientos, mientras me levantaba y me aproximaba a la ventana – Te habrías quedado.

– Joder… te pedí que te casaras conmigo. – gruñó dándole un golpe seco al colchón.

– Por lástima…

– No te atrevas a decirlo. Fuiste una cobarde, me tenías que haber dicho que estabas con el ciclao. Me merecía saberlo. No tienes ni puta idea de lo que fueron esos cuatro meses. – gritó para poco a poco ir descendiendo la voz– Te habías escapado del hospital, después del accidente. Y yo… yo…

– No fue culpa tuya – Le corté adivinando sus pensamientos.

– Si lo fue, yo te grité, yo… nos peleamos por mi culpa. – le escuché decir tras las manos que cubrían su rostro. – Bueno, qué más da... Tú has rehecho tu vida y yo ya te he olvidado. – Dijo serio mudando nuevamente el gesto de su cara. Se levantó silenciosamente y tras estirar el edredón y colocar bien las almohadas se encaminó hacia la puerta. Yo me quede mirándole indecisa: detenerlo, abrazarlo y llevarlo a la cama a descansar o dejar que se fuera e iniciar una nueva etapa en nuestra relación y en la búsqueda de momentos idóneos para contarle que tenía dos niños. No fue una decisión difícil la de optar finalmente por la línea del medio y combinar en una lo mejor de cada una de las dos propuestas. Con esa intención le seguí por la habitación y cuando ya estaba a punto de alcanzarlo, justo cuando él abría la puerta se dio la vuelta decididamente.

– Bella, sabes por qué sé que me estás mintiendo. – Espero a que negara con la cabeza para continuar – porque me quedé. Aquella tarde, en la cabaña, no me fui. Me quedé en el coche a esperar que se te pasara el cabreo. Había pensado pasar allí la noche y esperar al día siguiente a que entraras en razón.

– Edward, yo… –le empecé a decir impresionada por sus palabras.

– No importa, ya no importa. – Cortó silenciándome al poner un dedo entre mis labios – Te quería con todo mi alma y no tenía la intención de irme sin ti.

– Pero te fuiste – Le reproché en voz baja sin pensar y jodiendo el que podría haber sido el momento más romántico de mi vida.

– Pero cómo eres tan cínica. – Acometió rápidamente – Claro que me fui, acaso no había hecho el ridículo bastante. Te vi con él, te vi abrazarlo y dejarle entrar. ¿Qué más querías de mí? ¿Un trío?


Bueno, hemos avanzado un poco más y atado unos cuantos cabos, pero y ahora… ¿qué hacemos con estos dos?

Con el capítulo anterior hemos superado los 100 reviews (algo que veía lejísimo) y me ha hecho muchísima ilusión, os lo podéis imaginar. Por ello quiero agradeceros personalmente todas aquellas que habeis dedicado un minuto de vuestro tiempo para dejarme vuestros comentarios y opiniones.

Princesa Luthien * Christti * Escarlataojala * Kpatycullen * Green'splace * Nikoliwis * Cherry SA * DeMorcef * Jacke94 * Yarely Potter * Sophia18 * Angelita del mal * Maiy * DuLce aMoR * Cullen Vigo * Tulipan 8 * Yels99 * Rosemarie Cullen Hale * Alice-halenn * Maia91 * Ninacara * Bellaliz * Namy33 * Darky1995 * Vikkii Cullen * Tulgarita * Torposoplo12 * Morymalfoy21 * Katyms13 * Isa-21 * Marian24 * Yasmin-Cullen * Katty Grey * Marianacs * Yolabertay * Anto * Marah2221 * Mary de cullen + Guest + followers… gracias a todas.

Si se me ha colado algún nombre os pido disculpas de antemano y lo modificaré en cuanto me sea posible.

Próximo capítulo, sí de sí, es Fuera de servicio, y como disculpas por el retraso os puedo adelantar que es un EPOV y que salen los niños otra vez ;P