Crepúsculo no me pertenece… aunque me gustaría.
Antes que nada disculparme por el retraso, ya he comentado por ahí que la razón/excusa es que me he casado hace unas semanas. Ahora que ya ha pasado todo espero recuperar la normalidad... aunque voy más lenta de lo que me gustaría.
Sin más os dejó con un capítulo esperado, aunque no el más esperado, que además es larguísimo... Espero que os guste.
LA E ES DE ELEFANTE
Forks. Sábado, 21 de noviembre de 2009. 10:13 horas
Bella POV
Caminamos por las aceras de las calles vecinales de Forks tranquilamente. Muchas veces me había quejado de que no podía ir caminando a ningún lado con mis hijos puesto que se entretenían en cada punto y en cada esquina. Hoy con las primeras horas del día, con los copos cayendo suavemente, con la nieve blandita posada como un manto sobre todas las superficies… no puedo negar que fui yo la que, avanzando como un cangrejo, cuando ellos daban dos pasos hacia delante yo daba uno hacia tras.
Dicen las matemáticas que el camino más rápido entre dos puntos es la línea recta, y en todos estos años de existencia humana nadie consiguió rebatirlo, al menos de momento. Pero tampoco iba a ser yo quien lo hiciera ahora. Ni siquiera lo iba a intentar. Por lo que, si mi intención no era llegar precisamente rápido a mi destino, lo que tenía que hacer era evitar la línea recta.
Generalmente, el recorrido entre el punto A (mi casa) y el punto B (la casa de los Cullen) podría variar en cuestión de tiempo entre los cuatro minutos si ibas en bici, seis si ibas en patines, ocho si ibas en monopatín, diez a paso ligero, veinticuatro a paso tortuga o setenta y tres, si en vez de ir recto y al salir de mi casa giras a la izquierda, giras a la derecha y caminas hacia la casa de los Webber, allí giras a la derecha otra vez y llegas a un pequeño solar abandonado donde los Newton habían construido una cabaña cuando eramos pequeños y poco a poco se había convertido en un parque infantil, dejas a los niños tirarse unas cuantas bolas de nieve y sacas el móvil para tomar unas quince o cieno cincuenta y dos fotos.
– Pensé que la casa de los Cullen estaba más cerca. – comentó Rose cuando llevábamos ya más de cuarenta minutos paseando por el pueblo.
– Eh, está cerca – Le contesté distraida colocándole a mi niño un poco mejor la bufanda para taparle las orejas ya que se había negado ponerse el gorro y así no destrozar su fantástico peinado. Sus palabras no las mías.
– Decía más cerca. Por lo que contabas pensaba que estaría al lado. – explicó poniendo morritos y sacando el móvil del bolsillo de su chaqueta.
– Te podías haber quedado en casa. – le contesté un poco desagradable ante la evidencia de que había descubierto mi treta.
– Y una mierda –susurró enseñándome la pantalla del móvil con una gran sonrisa de gato melindrón. La muy hija de… había abierto la aplicación de google maps y había marcado el camino que habíamos recorrido. Desde luego que en línea recta no era, sino más bien era un conjunto de ochos y eses. – Cuanto primero llegas, primero acabas – me dijo dándome un beso en la mejilla. Siempre me sorprendía, cuando yo pensaba que me iba a reñir me animaba, cuando yo necesitaba su apoyo me reñía. Siempre me llevaba la contraria y siempre me decía lo que necesitaba escuchar aunque no fuera lo mismo que lo que quería oir.
Seguimos caminando en silencio, detrás de los gemelos, escuchando su conversación alegre y despreocupada durante dos manzanas más hasta detenernos frente a la parcela que daba entrada a la casa. Los niños indiferentes al lugar en el que nos encontrábamos siguieron caminando sin darse cuenta de que nos dejaban atrás. Ví como se alejaban un par de metros de nosotras pero mi voz quedo atorada en la garganta y me vi incapaz de llamarlos. Lo mismo ocurrió con mis miembros que también se negaban a obedecerme.
– Ya voy yo – se apuró mi amiga a decir antes de salir corriendo. – Respira y prepárate. Ordenó y yo como una niña buena le hice caso. Mientras me acercaba a la entrada y atravesaba el jardín y el porche, fijé mi atención en un pavo hecho de ramitas secas y algodón que se encontraba colgado del quicio de la puerta y que el día anterior no estaba. Era un adorno ridiculamente precioso. Y fue lo suficientemente simpático como para distraerme lo suficiente y tocar el timbre sin que me diera un ataque de ansiedad, un ataque de pánico o un ataque al corazón.
Sentí unos pasos acercarse al otro lado de la puerta y justamente antes de que la puerta se abriera miré hacia atrás para ver como Rose se acercaba al porche con uno de los niños en cada mano y una gran sonrisa en la cara.
– Bella. – Dijo de manera un poco ahogada Carlisle al abrir la puerta.
– Hola – Respondí rápidamente estirándo mis brazos para recoger a mis chicos bajo ellos. – Carlisle te presentó a Edward y a Rennesme – les presenté del tirón sin respirar haciendo mía la máxima de Rose, cuanto primero acabará esto, primero nos íbamos. – Niños – les llamé colocando una mano sobre cada uno de sus hombros y dándoles un leve empujón hacia el hombre que con la boca abierta y cierta cara de estupor nos miraba – este es Carlisle, vuestro abuelo.
Ya está, presentados. Uno menos. – fue mi pensamiento alegre justo antes de que mi amiga, quien estaba posicionada detrás de mí me diera un nada suave golpe en el hombro acompañado de un:
– Serás bruta. Te dije que teníamos que haber hecho aquel curso de protocolo. – continuaba rezongando sobre mi hombro. ¿De verdad, qué lo había hecho tan mal? ¿Cómo se supone que tenía que hacerlo? ¿Aquella mierda de curso protocolo en el que nos querían cobrar un pastón a cambio de dos créditos de la universidad me hubiera ayudado en esta ocasión? Porque el temario que vi no pasaba de las diferencias entre el cuchillo de carne y el de pescaso. Y eso ya lo sabía ¿Pero, además, no habíamos quedado en que lo más rápido era lo más eficaz?– menos mal que tienes a tus hijos acostumbrados a tus chorradas pero la cara de tu suegro no tiene precio.
Efectivamente fueron las palabras de Rose las que me trajeron de vuelta a la realidad, volví a fijar mi atención a la escena que se desarrollaba delante de mí. Carlisle con los ojos humedecidos se encontraba agachado sobre sus cuclillas a la altura de mis hijos. Ellos de una manera tímida que nunca había sospechado en mis peques se encontraban apoyados en cada una de sus rodillas y respondían a sus preguntas con voz queda. La escena se desarrollaba casi en silencio pues la conversación entre los tres apenas era audible. Instintivamente Rose y yo nos inclinamos un poco hacia delante para poder entender sus palabras.
– ¿Os gustaría entonces entrar y conocer a la abuela? – preguntaba Carlisle en ese momento con una gran sonrisa en su cara. Ellos instintivamente buscaron mi aprobación con la mirada y cuando vieron mi asentimiento contestaron con un altísimo sí gritado al unísono. Gritos y emocionantes saltitos de ansiedad, sí había recuperado a mis chicos. Por un momento, hasta me había preocupado.
– Gracias Bella – comentó Carlisle mientras se incorporaba y se acercaba para darme dos besos. – Son unos niños encantadores.
– Hola – le respondí. – Ella es mi amiga Rose – le presenté también a la pesada que se encontraba a mi lado ya preparada para darle un par de besos.
– Encantada señor Cullen. – Le dijo animadamente.
– Igualmente, ¿Entramos entonces? – nos invitó él dando unos pasos al interior y esperando a que los niños le siguieran. – Esme ya está en el salón.
Vi como los niños se adelantaban con su abuelo un poco más confiados y preferí quedarme atrás con Rose. Me encontraba un poco emocionada y sabía que observar el encuentro con Esme me iba a acabar desarmando.
– Es guapísimo. – Señaló ella mientras me tendía un klinez.
– ¿Quién? – respondí por inercia, mientras me secaba la humedad de mis ojos.
– Quien va a ser boba, tu suegro. Un madurito guapo y elegante, y esos ojazos azules… no me extraña que perdieras la cabeza por su hijo, ni que mis sobrinos sean tan guapísimos. Han salido a la familia de su padre. – cotorreó poniendo cara de idiota, riéndose de mí.
No me ofendieron sus palabras en absoluto, las tres generaciones Cullen, abuelo, padre e hijos eran los cuatro guapísimos. Pero le dí lo que se merecía y le saqué la lengua.
– Por cierto, se que te estás escondiendo y no es una postura muy madura que digamos que dejes a tus hijos solos ante el peligro. Pero yo de ser tú no creo que quisiera dejarlos solos teniendo en cuanto que la loca tía del Este puede estar cerca y decirles algo inapropiado. – susurró dándome ligeros y muy molestos golpecitos con su dedo en mi cabeza.
Mierda. No había considerado si quiera la posibilidad de que Alice se pudiera encontrar por allí cerca. No se por qué no. Como si hubiera habido alguna probabilidad de que se hubiera desintegrado durante la noche y se hubiera despertado a 500 millas de distancia.
Susurré otro mierda, antes de posar un nuevo pavo de peluche sobre el recibidor de la entrada, que había cogido inconscientemente y echar a correr hacia el salón, donde suponía que se encontraban los demas. Doble la última esquina derrapando un poquito con la alfombra pasillera y provocando las risas de mi amiga, aunque con un poco de suerte nadie más se había dado cuenta.
En el salón la escena era nuevamente entrañable y un pequeño escalofrío recorrió mi columna estrujando ansiosamente mi lagrimal. Por suerte lo pude retener. Esme se encontraba tumbada en el chaise longue tapada con unas mantas y cada uno de mis hijos se encontraba sentado a su lado. Ambos reían y le enseñaban los dientes ausentes mientras que con gran emoción le contaban sus aventuras con el ratoncito Pérez haciéndola reir ligeramente.
Rose y yo, no queriendo interrumpirlos, nos acercamos al otro lado de la habitación dónde apoyado en una librería se encontraba Carlisle.
– ¿Alice? – le pregunté llamando su atención. Que se me olvidara su presencia por un instante no quería decir que ahora no quisiera tenerla controlada.
– Traquila – dijo cogiéndome suavemente del brazo. – Ayer hablamos con ella, y no está enfadada, simplemente la pillaste por sorpresa. Tiene mucha gana de conocerles – explicó sin quitar la mirada de su mujer y sus nietos, mientras se acercaba a ellos para sentarse a los pies de Esme.
– ¿Y ahora dónde está? – pregunté un poco ansiosa sentándome enfrente de ellos.
– Hola Bella. – respondió Esme atendiendo por primera vez algo más de lo que sucedía en la habitación – fue a la tienda a por unas provisiones. – continuó fijando su mirada en Rose que aún en la otra punta de la habitación cotilleaba las fotos que se encontraban sobre el antiguo piano.
– Rose – la llamé – te presento a Esme. Ella es Rose, mi amiga y mujer de Emmett.
– Encantada señora Cullen – respondió ella situándose junto a mí. – tiene usted una casa y un marido hermosos. – alabó haciéndole mucho la pelota y provocando las risas de todos, incluidos mis hijos que a pesar de no entender muy bien lo que decía, se reían de todo lo que su adorada tía dijera o hiciera.
– Solo Esme – le pidió ella muy risueña. – gracias por venir y acompañarlos. – continuó con un comentario lleno de sentido. – Tu también tienes un marido guapísimo.
– Lo se – contestó altiva.
– Mami – llamó Edward, llenando el silencio que se formó entre los adultos – ¿Conoces a mi abuea?
– Sí cariño, claro que la conozco.
– ¿A qué es muy uapa? – preguntó ahora mi niña.
– Claro que si, es preciosa.
– ves, ia te lo desia yo. – le dijo a su abuela poniendo una de sus manitas sobre la mejilla y sacándonos una lacrimógena y emotiva sonrisa a todos.
– Casi tan guapa como tú – le respondió Esme acercandola sobre su pecho y dándole un sonoro beso sobre sus trencitas.
Casi sin darnos cuenta, mientras mis niños hablaban y hablaban con sus dos abuelos ambos encantados de ser tan protagonistas y tener la atención de todos, una pesada atmósfera se estableció entre nosotros. La primera emoción ya había pasado y ahora una muda conversación se llevo a cabo entre Carlisle, Esme y yo. No había habido reproches ni malas miradas por su parte, pero si una mezcla entre lástima y pena por el pasado y por el futuro perdido que me llenó de culpa.
– ¿Señor Cullen? – preguntó derrepente Rose interrumpiéndonos a todos, a mis niños que la miraron por segunda vez desde que habíamos llegado demostrando lo abstraidos que se encontraban y los adultos que estabamos cayendo irremediablemente en una espiral de lamento que nos acabaría conduciendo al klinex de nuevo y la lágrima fácil. – ¿por qué parece que a su casa la vomitó el Mayflower y una horda de peregrinos indigestados de pavo, salsa de arándanos y tarta de calabaza? – continuó ella sin despegar la vista de todos los adornos que decoraban el salón y que, sumados a los del pasillo, el recibidor y el porche, competirían con el Museo de Acción de gracias, en el caso de que hubiera uno de esa temática.
La interrupción, si no fue demasiado inteligente si cumplió el cometido por el cual se había emitido, distendiendo el ambiente y dando pie a una larga explicación en la que Esme contaba como todos aquellos adornos eran los que había comprado o hecho cuando nosotros eramos pequeños y que el día anterior Jasper y Carlisle habían bajado del trastero y junto a Alice habían ido colocando por las zonas comunes de la casa.
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Forks. Sábado, 21 de noviembre de 2009. 12:05 horas
Bella POV
Habían pasado mucho tiempo desde que habíamos llegado y todavía no teníamos noticias de Alice. Carlisle me había comentado que había ido a la compra y también era cierto que ella y yo habíamos quedado en que el sábado por la mañana iría a hacer las primeras compras para la cena del jueves, pero teniendo en cuenta todo el tiempo que llevaba fuera de casa miedo me daba que hubiera cogido la autopista dirección Seattle y en esos momentos estuviera contándole a su hermano lo que no debería ser contado por ella.
El tiempo había pasado volando y dada la hora, me había ofrecido a hacer la comida. En la nevera aunque no estaba llena si tenía los suficientes ingredientes como para hacer un buen menú. No es que me quisiera lucir con mis dotes ante la familia de mis peques, bueno sí, pero también influía, y bastante que mis niños se habían estado alimentando con la no comida de Rose durante las dos semanas anteriores y no es que se vieran malnutridos ni nada de eso, pero la comida de mamá siempre era la comida de mamá. Y a mí me encantaba prepararsela y consentirles con sus platos preferidos
– Patatas gratinadas con queso, pechugas de pollo rellenas de jamón y huevo cocido aderezadas con la famosa salsa Swan, ensalada de arroz, manzana y pasas, y brownie. Todo muy rico. – Dijo Rose después de pasar inspección a todos los platos. – tú si que sabes esconderte pequeña. – continuó con voz de vaquera metiendo uno de sus dedones en mi salsa de arándanos y llevándolo a la boca. – Le falta clavo.
– Vete a la mierda. Esta perfecta así. – Le aclaré quitándole el bol de su mano antes de que empezara a echarle cualquier especia y me la jodiera. Y luego pensaba que cocinaba bien. Ya.
– ¿Y a lo de esconderse? ¿Acaso no me vas a dar la razón?
– Alguien tenía que cocinar. – le dije desinteresadamente.
– ¡Dios mío! – exclamó a media voz. – Señoras y señores, la señorita Isabella Swan, por fin, me ha dado la razón en algo–. Continuó inclinando la espalda y hablándole a su extenso público conformado por electrodomésticos y muebles de cocina.
– Idiota.
– Aw – dijo ella dolida, llevándose la mano al corazón–. Últimamente me insultas mucho.
– Y lo que me gustaría darte una ñalgada en ese peazo culo que tienes. – le contesté acompañando mis palabras de la misma ñalgada prometida en su nalga.
Estabamos tan entretenidas en la cocina que no fuimos conscientes de la llegada de un coche aparcando en la entrada de la casa. De hecho, no fue hasta que sentimos la puerta abrirse y el sonido de unos pasos junto al frufru de unas bolsas en el pasillo cuando nos dimos cuenta de que llegaban nuevas complicaciones. En menos de un ay, calculé las probabilidades: 99 % eran para Alice, el 1% restante era el que de verdad me preocupaba: Edward.
Un "Mamá, llegué" emitido por una voz cantarina fue lo que me sacó de la última de mis miserias, la parte positiva es que la agilidad de Alice a la hora de entrar en la cocina, supuestamente para guardar las compras, no me dejo alternativa a la hora de pensar y ¿qué hago yo ahora?¿salgo en su búqueda o me quedo aquí a la espera?
– ¡Oh! ¿Estás aquí? – señaló muy perspicaz cuando nos vió, quedando igualmente en silencio y congelada en el sitio tal y como yo me encontraba, habiéndonos cogido a las dos por sorpresa.
– ¡Hola! – saludó alegremente mi acompañante rubia– Soy Rose y supongo que tú eres Alice ¿no? – dijo acercándose hacia ella rompiendo así el hechizo que Medusa nos había echado.
Alice aún un poco ensimismada, asintió extendiendo a su vez la mano para recoger la que Rose en ese momento le tendía.
– Tenía muchas ganas de conocerte, Bella me ha hablado un montón de ti. – continuó hablando con cierta sorna provocando una mirada un poco malintencionada por parte de Alice.
Cierto era que a Rose la había contado un montón de anécdotas y de historias de nuestra infancia y adolescencia juntas, así como Rose siempre había sentido cierta afinidad con ella y me demostraba las ganas que tenía de conocerla. Con todo, tal y como lo había dicho, y, sobre todo, en el tonito en que lo había dicho, más bien parecía que la estaba retando a un duelo al amanecer.
– ¿Y tú eres? Porque creo que de ti no me ha hablado nadie. – respondió ella bastante ofendida recogiendo el guante y volviendo a lanzarselo, mientras se dirigía a la nevera para colocar unas cuantos alimentos de los alimentos que traía
– ¡Ah, no te preocupes! – respondió despreocupada – soy la mejor amiga de Bella.
– Genial. Gracias Rose – indiqué con la voz más baja e irónica que pude.
– ¿Pensé que no ibas a venir? – comentó, girándose hacia mí, con cierto deje de maldad.
– Te dije que lo haría– Respondí preparándome también para la guerra, mientras que comenzaba a recoger algunos de los utensilios de la cocina que había usado y los introducía en el fregadero
– ¿Ya… están aquí? – Preguntó dudosa encarándome.
– En el salón, con tus padres.
– Perfecto. – dijo mientras continuó zascandileando por la cocina terminando de guardar todas las cosas que había traído.
– ¿Quieres conocerlos? – le pregunté tras unos minutos y una pequeña charla, más bien bronca, muda que había estado echándole a Rose quien a espalda de Alice no paraba de poner caras y burlarse de ella al ver que no acababa nunca de recoger.
– Me encantaría – contestó suavemente a pesar de que en vez de dirigirse al salón se encaminó al fregadero comenzando a lavar los trastes que acababa de acercar.
Esperamos en silencio a que acabará la labor que había iniciado. Alice se encontraba espaldas a nosotras dos, que una más ansiosa que la otra y otra más divertida que la una, la esperábamos al otro lado de la isleta de la cocina.
– Bella –me llamó Rose a la par que me guiñaba un ojo cuando me giraba hacia ella. Algo tramaba y yo la temía– entonces como hablábamos, seguro que no te importa que nos llevemos a mis sobrinos en navidades a Eurodisney, París, Europa… ¿Verdad? – comentó tran tranquila imprimendo algo más de intensidad a las cuatro últimas palabras.
Inmediatamente fije la vista a Alice, llegue a tiempo para ver como todavía su cuerpo se sacudía liberando tensión. Pensé que iba a saltar, a reaccionar pero siguió aclarándo el mismo plato de los últimos cinco minutos, lo que dio alas a Rose para seguir divangando.
– Además, Emmett ya le consigió a Eddy toda la equipación del Bayer de Münich y se muere de ganas de enseñarle a lanzar la bola y encestar. Además estoy segura que en Europa podrán jugar al futbol ese raro de allí en cualquier sitio, igual los dejan entrar al campo del Milán, o podemos acercarnos a ver un Barça-Real Madrid– continuó provocando sin tener ni puta idea de lo que decía. – O mejor que vayan ellos, yo mientras tanto me llevaré a la pequeña Nessie de compras, podemos ir a Camden o a Fuencarral.
Estaba tan atontada por la estupida historia y mezcla de todo los temas, deportes y países que estaba contando que no me fije como Alice había cerrado el agua, secado las manos y se dirigía a la puerta de la cocina. No fue hasta que la traspasó y me ladró con un seco "Bella vamos" que me di cuenta que la estrategia de Rose había funcionado.
Salimos de la cocina en fila india Alice, Rose y yo entre las dos, pero justo antes de llegar a la puerta del salón Alice se detuvo y espero a que yo llegara a su altura para cogerme del brazo. Antes de dejarla decir algo, me adelanté a los acontecimientos y la avisé.
– Quiero que los conozcas y quiero que te conozcan, pero no te voy a pasar ni una sola. – la amenacé a pesar de poder adivinar a través de sus ojos que estaba contenido la emoción. Con todo, no iba a consentir que le hiciera daño a mis bebes, conmigo que se metiera lo que quisiera pero a mis niños ni "mu".
– No te preocupes por mí, pero mejor le pones una mordaza a tu mejor amiga. – respondió sarcástica frunciendo levemente los ojos y la nariz.
No le dí demasiada importancia a sus palabras, yo en total de que mis hijos no se vieran en medio del fuego cruzado o se convirtieran en un daño colateral, por mí, ellas dos como si se tiraban al barro. Rose se lo había buscado y no podemos negar que a Alice la había sometido a un poquito de presión.
Cuando entramos al salón, encontramos a Jasper, de quien me había olvidado por completo, sentado sobre la alfombra, siendo enseñado a pintar por unos poco pacientes maestros de dibujo y vigilado por unos abuelos que con una sonrisa divertida fotografíaban todos y cada uno de sus movimientos.
Los tres adultos levantaron la vista en cuanto nos sintieron entrar y seis pares de ojos comenzaron a mirar alternativamente a Alice y a mí.
– Jass, pásame el gosa – insistía mi pequeña ante la pasividad de Jasper que no acababa de pasarle el color que ella le pedía. – Oh – exclamó una vez que observó hacia donde se dirigía la atención de su compañero de juegos.
La exlamación de Nessie fue lo que también acabó por llamar la atención de Edward, quien al ver a su tía paralizada tras el sofá sobre el que ellos estaban apoyados, se acercó a su hermana y poniendo las manos entre la oreja de ella y su boca algo le susurró que los hizo a los dos reir bajito. Ese hecho me soprendió y me pilló totalmente desprevenida, nunca los había visto cuchichear ni reirse de los demás, y no creía que ese día fuera el mejor para demostrar un mal comportamiento. Por ese motivo, y aunque no me estaban mirando procuré echarles la mirada de "mamá está enfadada y tenéis que portaros bien" que casi siempre les hacía ponerse firmes. Efectivamente, se que ambos fueron muy conscientes de mi super mirada que caía sobre sus cabezas porque ambos se levantaron con presteza y se acercaron a su tía mucho más confiados de lo que demostraron cuando habíamos llegado unas horas antes.
– ¿Egues nuesta tía Aliss? – le preguntó Nessie con la voz más dulce que le había escuchado nunca, a lo que Alice asintió sin poder emitir ningún sonido.
– Edes mu guapa – le dijo esta vez Edward tendiéndole la mano como todo un caballero. Y llenándome ambos de orgullo. Cuando se empezaron a reir miedo me dio de que pudieran decir algo que hiriera la sensibilidad de su ya susceptible tía, pero ambos me sorprendieron gratamente. Si, los había criado muy bien.
– Gracias– respondió con la voz entrecortada y dándole la mano a ambos, tal y como Edward se lo había insinuado. – ¿Puedo tambien daros un beso? – preguntó una vez que terminaron los formalismos y sin haber recuperado la voz todavía.
El beso que Alice pedía acabó convirtiendose en un montón al igual que el abrazo que estaba deseando también se convirtió en un montón, y las lágrimas que había tratado de ocultar en la cocina, las que se había tragado en el pasillo, salieron llenas de sonrisas una vez que ya se sentaron en el sofá.
Los tres llenos de la confianza que supongo que da la sangre se sentaron en uno de los sofás y crearon una burbuja a su alrededor que nadie fue capaz de interrumpir. Ni las fotos que Jasper tomaba con su móvil, ni la conversación que nosotros cuatro intentábamos mantener al calor de lo poco que podíamos escuchar. Entre los retazos de su conversación nos llegaban historias del colegio, de sus amigos, de la caída de dientes, de los juegos que tenían, de sus aventuras. Alice preguntaba una y otra vez, cambiando de tema sin compansión, y los dos pequeños le seguían completamente el ritmo contestando tan rápido como podían y a lo que podían antes de que su tía les hiciese la siguiente pregunta.
Así fue como llegó la hora de la comida y todos con excepción de Esme, quien ya había comido un poco antes para poder tomarse las medicinas y descansar en la habitación que le habían preparado en la planta baja y ya estaba durmiendo, nos sentamos en la mesa del comedor. La conversación se mantuvo exactamente igual que en el salón. El trío de bajitos en su burbuja particular y los cuatro adultos por otro. Así de este modo, con la mayor tranquilidad transcurrió la comida y llegó la hora del postre, momento crucial en el que la voz de mi hija se superpuso por encima del resto, dejándonos a todos en silencio, congelados, pero no como cubitos de hielo, sino más bien como iglús. Y es que la palabra clave que mencionó fue "papá", el sintagama que nos paralizó fue "mi papá", la frase que me desencajó la mandíbula y casi me saca los ojos fue "tú sabes dónde está mi papá" y por último, el párrafo que desencadenó un millón de miradas de odio hacía mi persona fue "Entonces si tú eres su hermana, tú sabes dónde está mi papá".
–Nessie, – llamé a mi hija que muy atenta esperaba la respuesta de su tía. Su encantadora tía que acababa de convertirse nuevamente en la bruja mala y conociéndola como la conocía ya tenía una pildorita de veneno lista para escupir. – Ya hemos hablado de vuestro papi y ya os dije que estaba de camino y enseguida iba a estar aquí. – le contesté un poco más seca de lo que me hubiera gustado pero presionada por las circunstancias.
Mi declaración no surtió el efecto que me hubiera gustado tranquilizando a todos los presentes con lo que un nuevo silencio se estableció en la habitación solo interrumpido tras unos minutos por la risa vivaracha de mis peques que rápidamente superaban todas las circunstancias. Cuando al cabo de unos minutos la risa alegre se convirtió en carcajada limpia, levanté mi vista para buscar la fuente de su alegría para encontrarme con Rose quien con la boca abierta y un trozo de brownie en la boca, la muy guarra hacía de reir a mis hijos enseñándoles todo el bolo alimenticio. Cuando por fin se cansó de babear y de provocar arcadas en el resto de los comensales, Carlisle le cogió el relevó en la misión "distraer a mis niños" y le preguntó a sus nietos si querían ir con él a ver una película a la salita, a lo que ellos encantados asintieron entusiasmados y le siguieron prestamente.
– Niños, sed buenos – les recomendé antes de que abandonaran la habitación.
– Niñas, sed buenas – contestó Carlisle imitando mi tono y envíandonos una significativa mirada tanto a Alice y a mí como a Rose con quien parecía que tenía una gran afinidad, y dando a entender que si bien sabía que ibamos a iniciar una discusión, quería que nos comportáramos como adultas.
Por otra parte, Jasper viendo que se quedaba solo con nosotras hizo ademán de levantarse a la par que comentaba su intención de ir también a ver la película, pero se vió interrumpido por el brazo de Alice.
– Me quedo, pero me como otro trozo de brownie– exclamó muy resuelto como si la decisión hubiera sido propia, sirviéndose un gran trozo del bizcocho así mismo y otro a Rose que le hacía un gesto pidiéndoselo.
– Gracias – respondió esta llevándose protamente un gran mordisco a la boca provocando con ello que todos rememorábamos su actuación anterior y dándole mecha a Alice para que explotara su particular personalidad y dirigiendo nuevamente la conversación y el genio hacía su persona. Gracias Rose. Y en esta ocasión lo pensé sin una gota de ironía.
– Y tú, ¿se puede saber dónde coño estabas el día que repartieron buenos modales? – le dijo con voz dura concentrando en esta ocasión todo lo que le había ido aguantando desde que se conocieron.
– La última de la fila – contestó ella muy risueña e introduciendo otro gran trozo en su gran bocota, provocando nuevamente la furia de Alice y un suave gemido de dolor en Jasper y en mí.
De hecho, Alice iniciaba un "Serás…" algo nada bueno, cuando su pareja la cogió de la mano invitándola a seguirle fuera de la habitación.
– Yo contigo no voy ni a por billetes de 1.000 $ – le contestó ella pagando con Jasper, sin ninguna duda, los platos rotos que no podía pagar con nosotras.
Lleno de paciencia, él se acercó y dándole un beso en el cuello, la empujó ligeramente hasta que se puso de pie.
– Además, si antes estaba enfadada contigo. Ahora lo estoy más. –le dijo dispuesta a seguirle y contradiciéndose de sus palabras.
– ¿Y ahora qué hice yo? – le contestó cogiéndola de la mano y tirando de ella hacia la salida.
– Te enteras de su existencia antes que yo, los conoces antes que yo… yo soy su tía, tú no. –le reclamó ella con un puchero.
– Te entretuviste demasiado en la cocina… – Le explicó con un poco más de paciencia todavía de los que todos podríamos pensar que tenía.
– Son guapos ¿verdad?, se parecen un montón a su padre. – Le contestó Alice cambiando completamente de registro y emocionándose al acordarse de mi niños, mientras salían por la puerta.
Fue lo último que escuchamos de la pareja antes de dejarnos a nosotras dos completamente solas.
– El chaval es más listo de lo que parece – concluyó Rose tras tragarse el último trozo que quedaba en su plato y unas cuantas migas más que se habían desgajado.
– ¿Jasper?
– SI, acabó de alucinar con como acaba de tratar y distraer a la chihuahua.
– Estás buena para hablar – le discutí cuando comprendí como acababa de llamar a Alice. – no paraste de provocarla en todo el día.
– A ver si así espabila. – contestó triunfadora mientras que ambas nos levantábamos y nos disponíamos a recoger la mesa y toda la cacharrada que había quedado sobre la ella.
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Forks. Sábado, 21 de noviembre de 2009. 05:25 horas
Bella POV
– ¿Quieres un café? – me dijo Alice tendiéndome ya una taza humeante. – tiene un poco de leche y una de azúcar. Te sigue gustando así ¿verdad?
– Sí – le respondí recogiendo el café mientras aún me recuperaba del susto que me había dado. Miré atentámente los leves temblores de mi mano que amenazaban desbordar la caliente bebida y con mucho cuidado para no escaldarme la acerqué a mi nariz primero y a mi boca después. Sabía de antemano que me iba a quemar un poco por lo que sople previamente antes de dar un ligero sorbo que tanto calentó un poco la sangre de mis venas que se habían helado ante la perspectiva de iniciar una conversación a solas con Alice, como me quemó la lengua.
Alice, con la mirada ausente se sentó a mi lado en el columpio de mimbre que estaba en el porche de atrás y ambas nos mantuvimos en silencio contemplando la escena que se desarrollaba ante nosotras. Carlisle, Jasper, Rose y mi Eddy habían decidido tras ver la película unos y dormir la siesta el resto salir al patio a jugar con la nieve. Ya habían hecho dos muñecos, unos cuantos ángeles y ahora simplemente corrían por el patio tirándose bolas.
– No se cómo acabará mi padre después de hacer tanto ejercicio. – Comentó ella, cuando vimos como Eddy se subía a la espalda de su abuelo y juntos se escondían de Rose tras unos árboles.
– Me temó que esta noche estará agotado – continué la conversación ligera a la que ella había dado pie.
– Le viene bien, así podrá descansar y dormir algo – respondió bajando el tono de su voz al hacer alusión a las circunstancias que se desarrollaban en el interior de la casa con su madre.
– Tu madre…
– Está con Nessie recortando unas guirnaldas para decorar la casa – se rió ligeramente supongo que pensando en lo excesivamente adornada que ya estaba. – Es una niña encantadora. Los dos son especiales.
– Lo se. – Le reconocí rápidamente. Había una conversación pendiente entre nosotras, o varias, e igual era la hora de empezar alguna de ellas– Se que estás enfadada – continué abordando ese gran elefante que se encontraba entre nosotras– pero gracias por haberlos aceptado tan bien.
– No lo hice por ti – exclamó furiosa y ofendida – Ellos no se merecen otra cosa.
– Lo se, pero aún así… – Se merecía mi agradecimiento, durante odo el día se había portado genial con ellos. No sabía que a Alice le gustaran tanto los niños, ni siquiera que sospechaba que se le podían dar tan bien.
– Son mis sobrinos– Exclamó seca y posesiva.
– Yo nunca quisé…
– Solo dime una cosa ¿algún día pensabas decírnoslo? – preguntó dolida, levántandose del balancín al ver que dudaba en mi respuesta – Ya veo.
– Alice – la llamé cogiéndola del brazo acercándola nuevamente al columpio – no es así de fácil. Esto no es blanco o negro.
– Yo creo que sí es fácil. Te fuiste sin decir nada, y encima embarazada de mi hermano, no del vecino, sino de mi hermano. – exclamó levantando un poco la voz, mientras ambas mirábamos al exterior para comprobar que no eramos escuchadas por ningún otro miembro de la familia – Y yo ni siquiera sabía que os acostábais juntos.
– Esto no va de ti. – le exclamé cortándola de antemano a sabiendas de lo egocéntrica que podía ser en ocasiones.
– Ni quiero que vaya. Pero va de mi hermano, . – repitió lentamente intentando guardar las lágrimas que amenazaban con salir. – Me debías una conversación cuando volviste el lunes, ahora no se si me interesa ni pedirte la hora.
– Tú misma Alice. Yo, y ya lo dije, se que actúe mal, que tengo mil excusas y posiblemente a ti no te valga ninguna. Supongo que si ahora lo volviera a vivir no haría lo mismo o quizás sí. De verdad que no lo se. Estoy muy confundida.
– Quiero hablar contigo, me gustaría hablar contigo tranquilamente. – me dijo revolviéndose en su asiento– Pero no puedo… estoy tan enfadada.
– De verdad que lo siento.
–Y de verdad sientes como dejaste a mi hermano. No tienes ni puta idea. El día que te fuiste fue a vuestro departamento y lo destrozó y aún no ha vuelto ni nos deja recogerlo. Al día siguiente se pillo una cogorza que lo mantuvo en mi cama tres días. Nadie pudo sacarlo de allí. Estábamos muertos de miedo. Primero no sabíamos nada de ti, ni siquiera tu madre, te podía haber secuestrado la mafia rusa y nosotros sin enterarnos. Y segundo estabamos muertos de miedo de que mi hermano cayera en una depresión.
– Alice yo…. – intenté interrumpirla.
– No guapa, ahora me dejas continuar. – me dijo amenazadoramente con su dedo– Tardamos dos semanas en volver a ver a Edward duchado y con ropa limpia. Nos dijo que iba a buscarte y desapareció, salvo cuatro o cinco mensajes, durante cuatro meses. Y un día aparece en casa de mis padres y les dice que se va del país con Médicos sin fronteras.
– Alice… – insistí nuevamente.
– ¿Lo sabías? – preguntó al ver que no me sorprendía.
– Sí– Confesé.
– ¿Sabías que se había ido a Kenia?
– Al principio no, pero me enteré tiempo después por una revista médica en la que escribían un artículo sobre su labor y aparecía él en una foto. – Aunque ella no lo sospechara, si que en un par de ocasiones había intentado ponerme en contacto con él durante el primer año y me había preocupado al ver que no me cogía el teléfono, aunque lo achacaba a su enfado. Cuando lo vi en aquella revista feliz, vestido con el uniforme militar y rodeado de niños pequeños sonrientes y alegres porque Edward y sus compañeros les habían llevado unas pocas chucherías junto a las medicinas y vacunas, entendí que había cumplido uno de los sueños con los que ambos habíamos soñado al principio de nuestros estudios universitarios. Por otra parte, aquella foto ahora adornaba la mesita de noche de nuestros hijos.
– Estuvo fuera tres años. – Dijo con pena, sentándose nuevamente junto a mí, tras haberse levantado para colocar el jarrón de uno de los geranios de la barandilla que estaba un poco movido– apenas podíamos hablar con él por teléfono satélite y muy muy de vez en cuando por skype.
– Lo siento, Alice. Esa no era mi intención. – le respondí sinceramente.
– ¿Y cuál era entonces tu intención? – me ladró. – Lo siento, no tenía que haber dicho eso. En el fondo fue bueno para él. Le vinó bien y le sirvió para superar lo que sea que hubo entre vosotros. Él volvió a reir y a ser un poco él mismo… ¡Mamá! – se interrumpió su discurso cuando vimos como al otro lado de la puerta de la cocina una pálida Esme intentaba girar el pomo para salir al exterior.
Ambas corrimos en levantarnos de nuestros asientos para ayudarla. Abrimos la puerta un poco temerosas al ver la expresión que ella traía al través del cristal.
– Mamá ¿qué haces levantada? ¿estás bien? ¿te duele algo? ¿qué pasó? – Preguntó su hija sin dejarla responder, cogiéndola entre sus brazos.
– Bella, lo siento. Yo no quería, pero me dormí y la niña cogió el teléfono, yo…
– Mamá no te sofoques, por favor, tranquilizaté– Le recomendó Alice nuevamente mientras acercaba una silla y la obligaba a beber del vaso de agua que yo le había preparado mientras tanto.
Esme bebió suaves traguitos con los que pareció recuperar la respiración normal. Poco a poco pareció irse calmando, pero sus ojos trémulos decía otra cosa.
– Esme, no te preocupes. Nessie es muy responsable, no pasa nada. – le respondí tranquila suponiendo que su nerviosismo se debía a que no la había estado vigilando.
– ¿Dónde esta ahora?
– Sigue con los recortes – respondió su abuela a la pregunta.
– Ves mamá, no pasó nada. Son unos niños muy bue…
– No lo entiendes, cielo. – La cortó ella volviendo a hablar un poco ahogada y mirándome directamente– Él que llamó era Edward. Nessie habló con su papá. – explicó con más detalle pensando que nuestro silencio y cara de estúpidas se debía a que lo éramos y no a la sorpresa de su anuncio.
– Nessie habló con su papá. ¿Habló con Edward? ¿Cómo, cuándo, sobre qué?
– Bella, lo siento – continuó Esme obviando las preguntas de su hija–. Ella cogió el teléfono y por lo que sé debió estar hablando un poco con él y luego vino a buscarme. Me dijo que un señor preguntaba por Esme.
– Y ¿tú qué le dijiste? – le pregunté llena de temor no queriendo disparar mi imaginación antes de conocer todos los datos.
– Nada.
– ¿nada? – preguntamos Alice y yo a la vez.
– No, cuando me di cuenta de que era él y me preguntó por la niña con la que había hablado le colgué. – nos confesó un poco avergonzada.
– ¡Mamá! – le reclamó su hija.
– ¡Ay Alice!. Me puse muy nerviosa y le colgué–. Continuó avergonzada.
– ¿Y él no volvió a llamar?
– No se, desconecté el telefóno.
– Mierda mamá… ahora estará preocupado. – Exclamó Alice mientras sacaba el móvil de su bolsillo y comprobaba si tenía alguna llamada.
– Ya lo se, pero ¿qué querías que hiciera? – preguntó acelerada– Le digo que habló con su hija o le miento. Y no quería hacer una cosas ni la otra.
– La culpa es mía.
– Y ¿ahora que hacemos? – Preguntó Alice, sin dejar de mirar atentamente el móvil como esperando que en cualquier momento saltara y hablara para darle la respuesta a todos sus problemas. De hecho, sí eso sucediese yo lo recibiría encantada en mi hogar.
– Había pensado que lo llamaras tú y le contaras cualquier cosa. –pidió Esme a su hija.
– Genial mamá, no querías metirle tú pero no te importa que le mienta yo. – exclamó azorada
– Alice.
– Bien, genial, perfecto. – comentó claudicando al pedido de su madre– Os odio a las dos – soltó a medida que salía de la habitación. Seguramente lo de su madre era figurado, su sentimiento hacia mí, literal.
– Lo siento mucho Esme – insití mientras veía como Alice abandonaba la cocina.
– No te preocupes– me dijo dando una manotazo al aire como para borrar todas las disculpas y errores. – Ayúdame, por favor, al volver al salón. – pidió tendiéndome la mano y haciendo un gran esfuerzo por levantarse de la silla y dando carpetazo a la conversación.
Fuimos caminando despacio y seguras, ambas cogidas de la mano, llegamos al salón dónde mi hija le echaba purpurina a unas tiras de colores con forma de corazón. Acomodé a Esme sobre la misma chaise longue sobre la que se encontraba por la mañana y la tapé con una suave manta. Yo, en cambio, me senté en el suelo junto a mi niña y sin demostrar ninguna tensión cogí unas tijeras y me puse a ayudarla con los recortes, mientras la interrogaba.
– Me dijo la abuela que hiciste un amigo al teléfono – le comenté desiteresada sin estar muy segura de cómo empezar esa conversación sin que ella se cerrase o yo parecer enfadada.
– Mmmmmmhhhh– asintió sin dejar de echar purpurina.
– ¿De qué hablasteis?
– Me dio que ze llamaba Edard, como Edard. Hay muhos Edards pod aquí. – explicó tranquilamente sacándonos una sonrisa a sus oyentes por su razonamiento deductivo. –yo le die que tambien tenía un hedmano que ze llamaba azí. – continuó distraida mientras recogía la guirnalda que había dejado de recortar cuando ella se puso a hablar – y luego me preguntó por ti. – siguió dejándome sin palabras.
– ¿por mí? – le pregunté a duras penas, mientras asustada miraba a Esme que con los ojos muy abiertos me devolvía la mirada.
– Zi, me dio que zu mama ze llamaba Ezme y me peguntó como ze llamaba mi mama.
– Okey, cariño – Le dije mientras temblando la cogía entre mis brazos porque en ese momento necesitaba abrazarla muy, muy fuerte. – ¿y tú que le dijiste? – insití en mis preguntas entre besos y risas por su parte. Yo más bien estaba para tilas.
– Le die que mi mamá ze llamaba mamá – Me respondió muy seria. – ¿No te guta? – Preguntó preocupada – ¿Pefiedes que te llame mamí?
– No, cariño, no te preocupes. Prefiero que me llames como tu quieras. – La tranquilizé dándole muchos más besos ahora que yo misma respiraba mucho mejor.
– La agencia de control de daños ha cumplido su misión – Exclamó Alice muy resuelta entrando en la habitación y lanzándose con gran histrionismo sobre el sofá. – Os pasaré la factura a ambas.
– ¿Todo bien entonces? – insitió su madre no muy confiada ante el secretismo de Alice.
– Sí, entre lo preocupado que estaba pensando en las posibles causas del corte de teléfono. Por cierto, tienes un hijo muy dramático. Y lo que le aturuyé hablandole de la cena del jueves no hizo falta más. – Le explicó muy complacida a su madre. – Por cierto, tienes un gran problema – Me dijo risueña con un poco de mala leche – Ed… – inició cortando la frase al ver que mi niña la miraba arreboladamente– La gran E llega mañana.
La noticia no me sorprendió demasiado, tenía claro que Edward llegaría bien el domingo o bien el lunes. De hecho, pensándolo bien lo mejor es que llegará cuanto antes, así antes tendríamos la conversación pendiente.
– ¿Qué te pasa enana? – preguntó Alice cuando vió que mi niña se levantaba de mi regazo y dándo saltitos sobre sí misma comenzaba a hacer ruiditos excitados que ninguna de nosotras alcanzaba a entender.
– ¿Zeguro? ¿de vedad? – le preguntó de vuelta a su tía sin sacarnos a nosotras de la duda.
– ¿El qué cielo?
– ¿Que manana viene una gan E? – preguntó con la voz entrecortada por una emoción que no entendía.
– Si – asintió Alice sin saber muy bien ni a que estaba asintiendo ni a que se estaba exponiendo con su confirmación.
– ¡Yupi! – gritó mi niña antes de salir corriendo de la habitación y dejarnos a todas las presentes con la boca abierta.
– Juró que es la primera vez que hace algo así. – les dije a ambas que habían dejado de mirarla a ella para mirame a mí con un interrogante dibujado en sus caras. Recogí todos los papeles que con los movimientos de Nessie se habían caído sobre la alfombra, cerré los botes de purpurina y me levante con cuidado con la intención de ir a buscarla – Voy a ver que pasa – anuncié a mi compañía mientras me movía entre la mesa y los sillones dispuestos en forma de U.
– ¿Se puede saber lo que le habéis dicho a mi nieta? – preguntó Carlisle entrando en la habitación sonrojado por el esfuerzo y el calor de la casa frente al frío de la calle, antes de que yo alcanzara la puerta. – Dice que mañana llega un elefante.
– ¿Un elefante? – preguntó Esme risueña.
– Nadie le dijo nada de un elefante – Le explicó Alice a su padre que negaba con su cabeza.
– ¿ah no? Pues haber como se lo explicais. Salió de la casa corriendo, sin bufanda ni nada – explicó dándonos una mala mirada a todas– diciéndole a su hermano y a todo el vencidario de paso, que mañana iba a venir a verla un elefante.
– ¡Ay Dios! – Exclamó su tía rompiendo a reir al entender tal y como lo acaba de hacer yo el razonamiento que explicaba el comportamiento de mi niña.
– ¿Qué pasa? – preguntó con miedo Esme, al ver por el contrario mi cara de pánico.
– Pasa, pasa que – comencé a explicarle mientras que le echaba una de mis famosas miradas a Alice de "mami no para de meter la pata, pero a ti ni se te ocurra reirte" – al decir Alice que mañana viene la gran E, ella entendió que la E es de elefante.
Pues ya solo queda uno, es la gran E y casi está ya en camino. A ver que pasa ahora, sobre todo, cuando el póximo capítulo se titulará Ahora me toca a mí.
Muchísimas gracias a todas, espero que os haya gustado el capítulo y espero vuestras impresiones ansiosa.
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