Disclamier:Twilight y sus personajes pertenecen a Stephenie Meyer. Este es un TWO SHOT que está participando del concurso New Year´s Elite Contest organizado por el grupo Élite Fanfiction ( facebook groups / elite . fanfiction / ) y su autor será revelado una vez terminadas las votaciones del mismo..

Ultimatum de año Nuevo

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Summary

Disponía de un mes para casarse, tener hijos y ser feliz… o moriría. Al menos eso es lo que Isabella Swan creía cuando en sueños una viejecita se le apareció y le dio el ultimátum. Ahora Edward es su única salvación… ¿o será más que eso?

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Capítulo 2

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—Hace unos días vino una pariente de Joan Rivers —comencé explicándole con una gran vergüenza. Seguro después de esto se burlaría aun más de mí, pero él era mi salvación, además si según él me amaba, me lo demostraría aceptando mi proposición—. Tengo que quedar embarazada antes de año nuevo y te tienes que casar conmigo si no quieres perderme. —Era chantajista, de hecho, pero salvaría mi pellejo. Aun no se había salido de mí, aproveché su distracción y me froté descaradamente contra él.

—¿Morirte? —Soltó una carcajada.

—Cállate imbécil. Yo no me quiero morir. —Lo jalé con mis talones hacia mí y sentí su erección crecer nuevamente.

—A ver si entiendo, Isabella… —Acarició mi muslo y rozó con delicadeza mi parte sensible. Subió mi pierna a su hombro—. ¿Ahora tú me estás pidiendo que me case contigo y tengamos un hijo? —Asentí con pena y placer. Otra vez se estaba moviendo. Esa iba a ser la noche que más sexo había tenido en mi vida y la bendita borrachera ya se había bajado—. Y todo porque no quieres morir como una viejita te dijo —afirmo y asentí de nuevo—. Las vueltas que de la vida. Hace un año me mandaste fuera de tu vida por miedosa y ahora me regresas a tu vida por miedosa.

—Por favor… —pedí para que se moviera aun más.

—De acuerdo. —Sonreí—. Nos casaremos después de año nuevo y... —Negué con la cabeza. Sentí que dejó de moverse y cómo comenzaba a salir de mí.

—No, Edward, ¡por favor! —Lloriqueé—. No me quiero morir.

—Solo porque no te quieres morir, no sientes nada por mí, Bella. No quiero sentirme usado. —Entrecerré los ojos y la ira se apoderó de mí.

—No me vengas con pendejadas. Todas tus rubias plásticas te usan. —Me miró con diversión—. Sí, estoy celosa. —Ahí estaba yo y mi boca, se suponía que no hablaría de mis sentimientos, entonces seguía borracha—. Y sí, siento muchas cosas por ti, pero tengo miedo. Miedo de morirme y no vivir para ser feliz a tu lado o al lado de quién sea. Miedo de casarme y que esa persona no me ame como yo a él. Miedo de no tener hijos jamás y estar sola como la perra que soy —finalicé apartando la mirada.

No tuve tiempo de pensar, cuando Edward me estaba besando otra vez. Mi pierna seguía en su hombro y un maldito dolor llegó interrumpiendo nuestro mejor momento.

—¡Calambre! —grité.

—¡Maldita sea, ángel! Te falta práctica, amor. —Me lo hubiese comido a besos, pero no pude debido al dolor de la pierna.

..

Había perdido la noción del tiempo, los calambres que me habían dado, las veces que me había corrido y las veces que acabamos en el piso. Ahora estábamos en la cama. Yo muerta... pero de cansancio, Edward sosteniéndome en su mojado pecho y acariciando mi espalda desnuda. Solo cubiertos del culo con las sábanas de mi cama. No había tenido respuesta para saber si se casaría conmigo, pero habría tiempo.

—¿Crees que eso sea suficiente para haberte dejado embarazada? —preguntó fascinado.

—Mmm… —solo pude contestar. No creí que fuera a sonreír en pensar en un bebé de Edward, pero aí estaba, en mi cama luchando por quedar embarazada y no morirme tan joven.

No escuché más la voz de Edward.

—Dime que también me amas, Isabella. —Escuché entre sueños que me decía. Estaba demasiado cansada para poder pensar con claridad o saber que pasaba—. No tengas miedo, hermosa... Yo no dejaré de amarte jamás. —Sentí mi sonrisa crecer. Si no le decía a Edward que lo amaba no era porque no lo sentía, era por el miedo a que me fallara y dejara de amarme. El sueño me venció y solo sentí que el besaba mi frente.

—Te amo. —Escuché que alguien dijo, mientras Edward me atraía más a su pecho.

—Amo manipularte en sueños, amor.

..

A la mañana siguiente no podía ni caminar. No sabía cuánto había dormido en realidad, pero Edward no estaba en la cama. Por el momento no iba a pensar que pasaría de ahora en adelante, no aseguraba que nuestra relación fuese a funcionar; en este momento lo único que importaba era casarme, embarazarme y no colgar el tenis.

La viejita no puso condiciones, tácitamente dijo mi misión y yo la cumpliría.

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Cuando abrí mis ojos, ella dormía profundamente, como una lapa estaba pegada a mí. Su cabeza en mi pecho y su boca abierta llenándome de baba, era asqueroso, pero no la despertaría.

Tenía que decirle la verdad, no pensé que la broma llegaría tan lejos. Solo era para que se diera cuenta de que merecía ser feliz, que estudiara las demás opciones en la vida, que no solo era diversión y actuar como robot.

Tenía una vida estable para poder disfrutar, me tenía a mí que la amaba y le enseñaría que el compromiso no era tan malo, que el amor verdadero existía. Pero ahora que la broma se me fue de las manos, Bella estaba actuando por impulso y miedo, no se quería morir y hacía las cosas sin pensar.

Si nos casábamos no era porque ella me quisiera, era por temor, ese plan estúpido de mi parte tenía que parar ya.

Me levanté a hacer el desayuno, estaba concentrado planeando las distintas maneras de decirle la verdad, que no sentí cuando llegó a la cocina recién bañada.

—Buen día, playboy. —Ella estaba tan bonita como siempre, con cara de bastante buenas folladas. La miré, pero ella no lo hizo, parecía avergonzada.

—Hola, ángel. —Me acerque dejando los platos con el desayuno en la encimera y la rodeé dándole un beso en la frente. Se tensó.

—Yo... lo de... verás. —Ella estaba nerviosa—. Anoche no respondiste mi pregunta… —Aquí vamos.

—¿Qué pregunta? —me hice el desentendido.

—Si me amas, Edward —tomé su barbilla y la obligué a mirarme— nos casamos mañana mismo. Vamos a Las Vegas o solo sobornamos a alguien del registro civil para que nos case, pero hagámoslo rápido. —Sus manos seguían en su costado.

—Bella... —Suspiré, me mataría cuando supiera la verdad—. Amor, las cosas no son así. La verdad es que...

—¡No me amas! —gritó separándose de mi lado—. ¡Era mentira! Sabía que lo era y aun así me dejé engañar, dejé que me llevaras a la cama como a todas tus rubias. Sigues jurando amor y todo es parte de tus tácticas —dijo fingiendo dolor y tratando de hacerme sentir mal. No me iba a casar con ella solo porque estaba desesperada, al principio ese fue el plan, pero ella se tenía que dar cuenta de que me amaba y la haría aceptarlo en voz alta, pero no había sucedido—. Si mi padre decía: Mientras no meten prometen y una vez metido se olvida lo prometido. —Estuve a punto de carcajearme, pero me contuve eso era serio.

—Te recuerdo que no fui yo quien te obligo a acostarte conmigo… —La fui empujando para llegar al sofá de la sala. Qué manera de empezar el día y que forma de cambiar los planes con esa mujer—. Pero vamos a ver... ¿Tú por qué te quieres casar conmigo? —¡Ja! Chúpate esa Isabella—. ¿Tú sí me amas? —La abrecé por la espalda y besé su cuello.

Y en ese momento el timbre tan oportuno rompió el momento de la verdad.

—¡Yo abro! —gritó saliendo de mis brazos.

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Alice fue la huida de mis problemas. No, yo no amaba a Edward... bueno, sí lo quería y me gustaba estar con él, su forma de ser, su mirada, la forma en que me besaba. ¡Basta! Dirán que eso es amor, pero no... Era… costumbre, ¡sí, costumbre!

Aunque no descartaba la idea de tener un hijo, casarme y tener un perro. ¿Todas las parejas lo hacen mientras no tienen hijos, no? Porque si queridas lectoras, muy en el fondo, hasta la más amargada y aburrida (como yo) queremos eso, ser felices y tener a alguien con quien compartir tu vida, que te comprenda, te mime y no te ponga los cuernos (cosa que es imposible porque los hombres siempre piensan con la cabeza de abajo); aunque Edward podría ser la excepción. ¡Alto! ¿Porque sigo pensando en él?

—¿Bella? —Regresé a la realidad. Alice hablaba como loca y yo divagando.

—Sí, Alice, claro —No sabía ni de qué hablaba.

—¿Segura? —preguntó sonriente.

—¿De qué hablamos? —Bebí mi café sintiéndome boba.

—De Edward, amiga. —Asentí—. Te preguntaba si ya te contó de Tanya. —Y ahora sí le presté atención.

—¿Tanya? —Habíamos salido a tomar un café. Mientras playboy iba a ver a su madre al hotel.

Después de lo sucedido hacía unas horas, las cosas estaban tensas. No sabía que sucedería. Bueno, si sabía. Edward se tenía que casar conmigo, embarazarme y yo seguía viva, pero era difícil hablar de eso. Él había dicho seguro que me amaba, pero era para él tan fácil decir esas palabras, era actor y fingía.

—¡Sí! La chica con la que comenzó a salir hace poco. —El café me llegó hasta el cerebro. Tosí como loca. No era posible que después de lo de anoche Edward saliera con otra. Anoche hicimos el amor, anoche fue la mejor de noche de toda mi cochina vida. Anoche estuve con el hombre que amaba. ¡Si, lo amaba y qué! Era bipolar, miedosa, insegura, llámenme como quieran, pero lo aceptaba. ¡Amaba a Edward!

—¿Estás bien? —Alice me pegaba en la espalda. No vi a qué hora llego a mi lado.

—Sí, es solo que...

Y a mí llegó el golpe de culpa. Lo iba a hacer infeliz sólo porque no me quería morir. Lo estaba obligando a casarse conmigo solo por mi bien. Nuevamente me estaba comportando como una egoísta, solo pensaba en mí. ¡Adiós mundo cruel! Me iba a morir de todas formas. Ya tenía cerca de quince días para que mi fecha acabara y a estas alturas no tenía a nadie para que se casara conmigo. Por pendeja se fue Edward de mi lado. Una vez lo tuve todo para mí y lo dejé ir.

—Ya me lo había contado, Alice, no lo recordaba. Yo... —estaba a punto de llorar— debo irme. —Y cuando me levanté y comencé a caminar hacia el estacionamiento, mi pesadilla regresó.

De frente, me sonreía la viejita, la misma que me avisó mi muerte, ¡la pariente de Joan rivers! Y ahí sí reaccioné. ¡Patitas para que las quiero! Corrí más rápido que cualquier competidor olímpico y entré a mi auto sin mirar atrás.

Lo siento, Edward, pero no me puedo morir.

Llegué al departamento y se oían risas, entré a la sala y mi corazón me llegó hasta los pies. Edward estaba sonriendo como jamás lo había visto y una rubia estaba recostada en su pecho, tendidos viendo una película y por si fuera poco tomándose mi botella de tequila.

—¡Bella! —gritó Edward cuando me vio. Estaba que hervía en celos, ¡era la misma jodida rubia por la que me cambió cuando lo mandé al carajo con todo y anillo!—. Te presento a...

—¡Tanya! —gritó la rubia levantándose y llegando a mi lado—. Eres más linda de lo que pensé. —Su aliento era horrible, ella era horrible. No la verdad era bonita, pero mi lado perro del cerebro hablaba por mí.

—Con que estabas en el hotel con tu madre —ironicé. Nadie respondió, me miraban como si fuera un alíen. Eso me dio más coraje—. Así que esta es con la que me reemplazas cuando te mando al carajo —exploté—. Esta es tu rubiecita de segunda. —Juré sentir veneno en mi boca—. Pues bravo por ti, Edward, y disfruta mientras puedas, ¡porque de mí no te escapas! —Dicho eso, me encerré en mi habitación. Patética, lo sabía, pero vengativa.

Estaba oscuro y no había ruido en la casa, me quedé dormida después de mi desplante. Edward no estaba en la cama y se me hizo raro. Bueno, ni tanto, seguro la rubia lo entretenía.

Prendí la luz y sorpresa, Edward no estaba borracho, estaba borrachísimo y, sin pensarlo, actué.

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Un nuevo día llegó y me encontraba sentada en una silla que estaba en la esquina del cuarto de hotel. Mordía mi uña esperando el momento en que Troya ardiera, vestía mis bragas y la camisa blanca de Edward, mientras yo lo miraba dormir.

En el transcurso de la madrugada hice la más grande de las locuras, soborné a la autoridad, me casé con el hombre que menos pensé y ¡no me iba a morir! Edward estaba tan borracho que de seguro no recordara nada, se enfadaría demasiado, pero no lo podía dejar ir y menos con esa rubia rompe relaciones, bueno, rompe amistad mejor. Aceptaba que ya ni solo se trataba de mi misión, se trataba de mí. Tal vez la loca de mi madre tenía razón y necesitaba a un hombre a mi lado, que me conociera tanto con mi playboy lo hacía. ¡Mi playboy! Ahora era mío.

—¡Mierda! —La voz patosa de Edward surgió de entre las sábanas. Después de casarnos en una capilla que simulaba Las Vegas en Los Ángeles, habíamos parado en un hotel de mala muerte y todo por la insistencia de un Edward muy borracho. Me juró miles de veces que me amaba y le creí. Los niños y los borrachos dicen la verdad—. ¡Ay no! —Se sentó con dificultad en la cama y miró a todos lados hasta que me vio.

¡Morirás viva pendeja!, me di ánimos.

—¿Bella? —Me saqué el dedo babeado de la boca y le sonreí con vergüenza y arrepentimiento, había abusado de él.

—Ho-Hola… —Sin mirarlo jugué con mis dedos.

—No preguntaré en dónde estamos, porque ya me lo imagino. —Asentí. No hay borracho que coma lumbre—. Pero si quiero saber cómo llegamos aquí. —Palmeó el lugar vacío en la cama. ¡Que no vea su anillo, que no vea su anillo!, rogué. Dudando me fui a recostar a su lado, seguro su cabeza explotaría por como se tapó la cara con la almohada. Sin verlo sería más fácil decirle la verdad.

—Yo... veras. —Cerré los ojos y respiré profundo—. Te juro que pensaba dejarte libre, no obligarte a casarte conmigo para no irme al otro mundo. Te iba a romper el corazón por segunda vez y saldría corriendo como toda una perra cobarde… —Él no se destapaba la cara—. Pero ayer que te vi con Tanya, no lo soporté más. También soy una egoísta y no te quería aceptar, pero tampoco quiero verte con nadie a tu lado. Sé que una vez me pediste matrimonio y salí corriendo como Forest, pero ahora tú no te podías ir de mi vida. Soy una cobarde, lo sé. No quería aceptar que te amo como a nadie en mi vida, que no quiero que te vayas nunca de ella, soy una cursi, pero es la verdad. Tengo miedo de que no me llegues a amar como yo lo hago y que un día te des cuenta que no soy buena para ti y vayas detrás de otra. Y yo me quede sola como un perro flaco. Por esa razón no me permito estar nunca con nadie, pero tú dices que me amas y te creo, tal vez sea una imbécil y tú solo estés actuando, el amor ciega y te repito, porque que te amo hice lo que hice. —Suspiré y solté la bomba—: Anoche nos casamos por lo civil y abusé de ti en plena inconsciencia porque estabas muy tomado… Bueno, no tanto abusar, tú también participaste sin oponerte —finalicé esperando la reacción de Edward. Pasaron varios segundos y mi playboy no se movía—. ¿Edward?

Nada. Esto era el colmo, después de mi confesión ¿se durmió? Para eso tanto valor y de nada sirvió. Solo faltaba que me hiciera pipi un perro.

Me levanté de la cama con cuidado, me daría una ducha para despejar mi mente. Iba a ser tan infeliz al lado de una persona que obligué a amarme.

—Yo también te amo, ángel. —La voz a mi espalda me hizo dar vuelta y ver a Edward sonriendo—. Recuerdo absolutamente todo lo de anoche. Yo no estaba borracho, solo era un plan que funcionó muy bien. —Mi mandíbula debía haber llegado hasta el piso.

—¡Me engañaste! —grité con todas mis ganas.

—Tranquila, señora Cullen. Nos volveremos a casar por todo lo alto, eso te lo prometo. —Asentí, yo también quería una boda grande, ¿quién no? Se levantó y me atrapó entre sus brazos—. Ahora que aceptaste que me amas, debo contarte una cosa. —Negué, no quería saber nada de nada, solo quería pensar en nosotros dos. Besé sus labios para callarlo.

—Hoy, mañana y parte de pasado mañana, no quiero saber nada que no sea nosotros dos. Quiero reponer el tiempo perdido y disfrutarnos. Me olvidaré de la viejita y de que moriré. Solo quiero ser feliz, Edward, demuéstrame que no debo sentir miedo ni inseguridades, que siempre estarás a mi lado y no te irás con ninguna de tus rubias —pedí rodeando su cuello.

—No tengo que prometer nada, Bella, eso lo sabes de sobra. —Acarició mi espalda y comenzó a meter las manos hacia mis senos—. Te amo. —Besó mis labios—. Y los anillos están hermosos. —Sonreí. Eran de plástico, no me dio tiempo comprar otros.

—Y yo a ti te amo, playboy. —Caminamos unidos hacia la cama.

—Tanya es lesbiana —confesó y me solté la carcajada. Me calló con un beso que nos hizo empezar nuevamente nuestra luna de miel en Las Vegas (Los Ángeles).

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—Dime algo romántico. —Estaba entre sus brazos, enredados con nuestras piernas. Era noche buena, en unas horas más llegaría nuestra familia a cenar y les confesaríamos a todos nuestro gran secreto. Estaba nerviosa y me sentía mal. La viejita no había vuelto a aparecer en mis sueños, en la calle menos, porque hacía varios días que no salíamos, salvo más temprano que me escapeé mientras Edward dormía. Pero ahora tenía miedo de morir...

—¿Te necesito como el aire que respiro? —casi preguntó y rodé los ojos—. ¿Sin ti mi vida no sería igual? —Golpeé juguetonamente su pecho.

—Eres tan... común. —Me apretó más las piernas y besó mi frente.

—Era broma. —Lo miré y besó mis labios—. Con este te voy a enamorar más… —Levanté una ceja—. Quiero volar en tus orgasmos, envuelto en la turbulencia de tus piernas… —Y solté la carcajada. Edward era imposible.

—Contigo todo involucra sexo, ¡cochinote! —Besé más sus labios.

—El sexo es una de las obligaciones maritales…

Me tensé. Si hacía un mes me hubiesen dicho que me iba a casar, me hubiera hecho pipi ahí mismo de tanta risa, pero ahora...

—¿Por qué le tenías miedo a aceptar que me amabas?

—Ya te lo dije, Edward. La vez que me pediste matrimonio yo no pensaba en nada serio, solo... no sé. Soy bipolar, Edward, no sabía lo que quería. Te amaba en ese tiempo, pero era inmadura. Ahora las cosas cambiaron, siempre tuvieron razón, necesitaba a una persona a mi lado, que compartiera todo conmigo y viceversa y siempre fuiste tú.

—Lo supe desde la primera vez que nos vimos, muñeca. —Besó mi nariz—. ¿Por qué no piensas en hijos? —Y hasta los pelos de ahí abajo se me erizaron.

—Yo... no es que no los quiera, es solo que no estaba preparada. Tengo una carrera que me exige mucho, un hijo me haría perder mi contrato por todo el año, me costaría recuperar mi cuerpo y quizá perdería la carrera que más amo. Tendría que dar mi vida a mi hijo, pienso educarlo yo, sin ninguna nana de por medio. —Sentí las lágrimas en mis ojos. Todo eso, ya estaba previsto.

—Por eso te amo más todavía. —Se giró dejándome debajo de él—. ¿Así que no te casaste conmigo solo por la viejita? —Negué—. ¿Ni tampoco dijiste que me amas por miedo? —Negué otra vez.

—No pensaba casarme tan rápido, pero tú y yo ya nos conocemos lo suficiente para llevar una vida buena en matrimonio. Y no quería que ninguna lagartona te quitara de mi lado. —Asintió—. Me alegra tanto tenerte a mi lado. —Uní mis manos alrededor de su cuello.

—A mí también, amor. —Antes de que otra cosa sucediera, nos levantamos a duchar.

Mientras me vestía, Edward terminaba de ducharse.

Mi vida era extraña, no me gustaban los cambios drásticos, los odiaba, pero ahora ni tiempo medio de actuar y darme cuenta que mi vida estaba siendo drástica. Era raro vivir sin mi agenda que todo me controlaba, más extraño aún estar casado con mi mejor amigo y único amor, y peor aún que sabía que me iba a morir y que por eso me tenía que casar; pero cuando lo hice no pensé en eso, me casé por amor y porque en el fondo lo quería de verdad, y esto si era de muerte... estaba emb...

—¡Isabella Cullen! —Se escuchó un gran grito desde la ducha. ¡Mierda! No tiré todas las pruebas de embarazo. Descalza, caminé hacia la tortura.

—¡Feliz navidad! —grité poniendo cara feliz, mientras el sacaba humo por las orejas—. Antes de que me grites, es tu regalo de navidad. Tú querías hijos y yo no me quería morir. Cuando me acosté contigo lo hice por desesperada, lo acepto. Esa noche andaba en mis días fértiles... —escupía las palabras.

—¿No te cuidabas? —Negué y volví a hablar rápido.

—Aproveché todo sin pensar, pero ahora ya lo pensé bien y tengo una nueva agenda para organizar todo lo del bebé y como pasar más tiempo con él, no me arrepiento. No importa el contrato y como se deformara mi cuerpo y que me cuelguen los senos hasta las rodillas, nada de eso es más importante que tener a mi hijo. —Sentí lágrimas bajando. Al ver la cara de Edward toda mi felicidad se fue, quizá él había cambiado de idea y ahora ese bebé iba a arruinar su carrera—. Quizá tú ya no quieras tener un hijo, pero...

—Te amo, Bella. ¡Gracias por cambiar tanto mi amor! Después de todo no eres la perra egoísta que dice Alice que eres. —Lo miré mal. Limpió mis lágrimas y me besó—. Nos tomáremos un año sabático para cuidar a nuestro bebé. —Bajó las manos a mi vientre.

—Tenemos que confirmarlo, Edward, quizá apenas sean quince días, las pruebas pueden equivocarse, bueno pero mi cuerpo no. Pero aun así... Yo sé que estoy embarazada. —Y era verdad. Mi cuerpo no mentía y la ausencia de la regla menos.

—Yo espero que sí, bonita, y no te vas a morir. —Negué. Claro que no, mi misión estaba cumplida ya—. Bella, tengo que confesarte que...

—¡Bella! ¡Edward! Llegamos… —Y nuestra burbuja reventó.

Esa Navidad fue la mejor, reunidos con la familia, entre besos y abrazos, felicitaciones y caras de incredulidad. Fue la mejor de todas y, sobre todo, que comencé a tener mi propia familia.

En un abrir y cerrar de ojos fin de año llegó. La cena sería en el hotel donde se hospedaban los Cullen. Al parecer conocería a los abuelitos de Edward que venían desde Londres. Desde que llegamos al salón Alice y Edward se miraban raros y yo estaba nerviosa por saber qué pasaría a las doce de la noche, ¿llegaría Joan rivers dos?

—Tranquila, mi amor, todo está bien. —Asentí. Esa noche todas llevábamos vestidos blancos en diferentes modelos. El mío era blanco ceñido al cuerpo con cola de sirena sin tirantes y los hombres con esmoquin negros y blancos, pura buena vibra para recibir el año, si es que estaba viva.

¡Diosito por favor! No me lleves ahora que tengo un bebé en camino y un esposo al que mimar. Sé que me porté como una perra, pero dame más tiempo, por favor.

—¿Te sientes bien, Bella? —Negué. Alice estaba mirándome preocupada.

—La verdad es que no. El pánico se estaba apoderando de mí. Yo no pensaba casarme nunca por miedo y menos tener hijos, pero gracias a Dios llego Joan Rivers dos y me puso mis misiones, así fue como me di cuenta que estaba arrepentida de no haberte perdonado antes, además que amaba a Edward y que no quería que se fuera de mi lado. Siento que hice todo bien y que no debo de morirme, pero ahora tengo miedo de que haya arriba no piensen lo mismo y pase a mejor vida en unas horas... —Comencé a llorar—. No soportare dejar solo a Edward. —Unas manos conocidas me apretaron los hombros—. Eres mi vida ahora. —Volteé a ver a mi esposo—. No me quiero morir.

Tanto Edward y Alice me abrazaron. La pitufa lloraba.

—Esto llego demasiado lejos, Edward. —Se separaron de mí y Alice me veía con súplica—. Bella, nosotros te...

—¡Pero miren quién está aquí! —Y cuando miré casi me desmayo. Miré el reloj y aún faltaban diez minutos para las doce y lloré como si tuviera ataques epilépticos a la máxima potencia. ¡Iba a colgar los tenis! Ahí estaba la viejita de aquella noche, la que me abrió los ojos, pero que al mismo tiempo me los iba a cerrar—. La muñequita manipulable. —Sentí como Edward se separaba de mí y se tapaba la cara. Alice negaba frenéticamente y yo dejé de llorar. Esto olía mal.

—Abuela... —Alice casi gritó y de pronto toda la sala nos volteó a mirar.

—¿Abuela? —Eso no encajaba, ¿porque conocían a la enviada de Dios?

—¿No se lo han contado par de cabrones? —gritó la mujer. Se acercó a mí y algo hizo clic en mi cabeza.

—¿La pueden ver? —Casi se me salen los ojos. No era posible.

—Mi amor, todo fue una broma… —La mujer contenía sus ganas de reír y yo sentí la bilis subir. Miré a Edward y encogió los hombros, Alice no me miraba y el resto de la familia trataba de no reír, hasta mi madre lo sabía—. Fue idea de Edward… —La viejita se lavó las manos.

—¡Así juegas, cabrón mentiroso!

Empujé su pecho con todas mis fuerzas y se tambaleó un poco.

—Pues ahora pídele ayuda a tu abuela para cuando dé a luz. —Me miró sin entender—. Debido a que no describiste bien tus malditas misiones, una se te fue de las manos, ¡imbécil! —Toda la familia me miraba sin entender—. No será un bebé, ¡serán tres!

Y cuando le iba a pegar en el pecho, Edward se fue desvaneciendo poco a poco hasta llegar al piso de un golpe y ahí sí me espanté.

—¡Edward! Es una broma, mi amor. —Le di golpecitos en la mejilla hasta que abrió los ojos—. ¡Feliz año nuevo! —Y todo el salón se llenó de risas—. ¡Misión cumplida!