Crepúsculo no me pertenece… aunque me gustaría.

Por fín, ya está aquí el momento tan esperado ;)

AHORA ME TOCA A MÍ

Forks. Domingo, 22 de noviembre de 2009. 16:53 horas

Bella POV

Había estado lloviendo y nevando durante todo el día con lo que los planes que Alice y Rose habían estado discutiendo para tener entretenidos a mis hijos mientras yo hablaba con el supuesto elefante que era su padre tuvieron que ser modificados sobre la marcha al ser imposible salir de casa. El día anterior había sido imposible quitarles la loca idea de la cabeza de que iba a venir un elefante a verlos no fue hasta que una rápida Alice les confesó a modo de gran secreto que se habían equivocado en sus suposiciones y que la gran E en realidad era un gran helado al que los pensaba invitar. ¡Bendito analfabetismo! Total, siendo la h muda, eso no contaba como mentira ¿o sí?

Viendo la emoción de todos los presentes no me negué a que hicieran de la merienda una especie de cena, y de una cena supuestamente nutritiva una deliciosa degustación de glucosa y grasas saturadas. Me autoengañé utilizando como gran argumento a favor todos los cambios que en apenas unos días mis niños y yo misma íbamos a sufrir. Debido a esta ansiedad preventiva nos recompensé con un rico y exquisito premio. Un premio que ahora, detrás de la ventana que daba a la entrada principal, mientras me mordía las uñas, mientras me rizaba el pelo, mientras pasaba mi peso de un pie a otro, mientras escuchaba las voces divertidas de todos en el salón principal, mientras esperaba la llegada de Edward de un momento a otro me parecía insuficiente.

Llevaba más de 15 minutos esperando en el mismo lugar, a solas, pues así lo había solicitado, y antes de ver el coche de Edward doblar la esquina de la calle mis huesos y mis nervios lo sintieron llegar. Esperé a que estuviera más cerca de la entrada para salir de la casa y acercarme corriendo a su coche para no darle siquiera la opción de que entrará en su casa. Tales eran mis ansias por sacarlo de allí que sin esperar siquiera a que frenara el coche, abrí la puerta del copiloto dándole un susto monumental a tenor de la cara de terror que puso.

– ¿Estás loca? ¿Se puede saber que coño haces? ¿Estás chiflada o me quieres buscar la ruina? – me chilló rápidamente apagando el motor.

– Estoy bien, tranquilo. – Le dije ajena al momento que había protagonizado y sin atender demasiado al pánico que sus palabras realmente transmitían.

– Es mi madre, ¿qué le pasa? ¿está mi madre bien?

– ¿Esme? – pregunté sorprendida como una idiota al darme cuenta de que mi acción podría haber sido interpretada como algo negativo. – Está perfectamente – Le aclaré con una sonrisa tranquila y poniendome el cinturón de seguridad. – ¿Arrancas o qué?

– ¿Eh? – exclamó con más cara de seta o vaca pastando que de incredulidad.

– Venga arranca, vámonos – le animé moviendo ansiosa las manos hacia la calle principal.

– Yo me voy contigo a donde tú quieras, pero me gustaría ver antes a mi madre – dijo retorciéndose en el sillón para quedar más cerca de mi asiento.

– Está durmiendo y está bien. – le corté el rollo como mejor pude. Teníamos que irnos ya.

– ya, pero… me gustaría verla.

– Está descansando–. Le reproché queriendo decirle realmente: no seas pesado y vámonos ya.

– Bella, estoy agotado… – suspiró sin atender a mi petición de salir de allí por patas. Creía tener a mis hijos controlados bajo la mirada de un montón de pares de ojos, pero era niños de cinco años, casi seis, y podía pasar cualquier cosa. Eso sin olvidarnos de Alice.

– Edward, por favor, arranca… – Insistí interrumpiéndolo sin escuchar sus palabras que seguían sonando.

– … tengo hambre y sueño…

– …tengo que hablar contigo…

– Estoy que me caigo.

– … y necesito estar contigo. –Hablábamos los dos a la vez.

– Vale – concedió tras un largo silencio encendiendo el motor – ¿A dónde quieres ir?

– Vamos a mi casa. – respondí alegre de abandonar por fin aquella casa.

Fuímos en silencio hasta la casa de mis padres. Edward intercambiaba miradas rápidas entre la carretera y mi persona. Notaba una nube de interrogantes que flotaban entre nosotros, todos lanzados en una única dirección. De él hacía mí. Yo, por otra parte, me fingía distraida y prestaba toda mi atención a los árboles que nos acompañaban por el camino. Todos tan verdes y grandes.

Llegamos en un tiempo record que rápidamente anoté en mis registros e igual que cuando me había subido al coche ni siquiera esperé a que Edward echara el freno de manos para bajarme con la intención de respirar el aire puro y fresco de los hermosos bosques norteamericanos. Eau d'Edward en un recito cerrado era… deliciosamente enfermizo y enfermizamente delicioso.

– Puedo prepararte algo de comer – le dije abstraída recordando veladamente que había comentado algo sobre su hambre. – Hay algunas sobras de albóndigas que puedo calentar para ti – comenté con desgana mientras me dirigía a paso rápido a la cocina. Realmente no eran sobras sino comida exclusivamente preparada para él, a sabiendas de que le gustaba, y dibujando un plan las había preparado por la mañana bajo la excusa de nutrir de proteínas los cuerpos de toda la familia tras el empacho del día anterior.

– Me parece perfecto– respondió agradecido siguiendo mis pasos– Bella ¿qué hacemos realmente aquí? – me preguntó dejándose caer sobre una de las feas sillas de la cocina – Estoy un pelín disperso y me tienes un pelín confuso.

– Ya se lo he contado a todos – Le respondí vagamente mientras deambulaba por la cocina sin encontrar el tupper, ni los platos, ni los cubiertos, ni los vasos. La hora de la verdad había llegado y yo sentía la guillotina en mi nuca. Pero antes esperaría a que comiera – y, ahora te toca a ti. – Le respondí trasteando por los muebles, sin girarme ni mirarle. Dónde coño había puesto Rose todo el menaje.

– Ahora me toca a mí. ¿Bella qué cojones significa esto? – preguntó levantándose y acercándose a mí – ¿Cómo que ahora me toca a mí? – insitió cogiendome de la cintura para después de comprobar que no me movía de su lado abrazarme confiado por detrás.

Edward apoyó su mandíbula sobre uno de mis hombros y yo instintivamente me apoyé sobre su espalda. Mejor estar allí que como una buena cobarde darle la cara.

– Tengo que hablar contigo – susurré cerrando los ojos.

– ¿Qué? ¡No! ¿Tiene que ser ahora? – respondió mimosón haciendo resbalar su nariz por mi cuello.

– Sí, ahora mismo – medio chille espabilándome cuando sentí el segundo beso húmedo en ese lugar secreto detrás de mi oreja que siempre me ponía los pelos como escárpias. El primer beso, semitímido-semiatrevido, me había teletransportado a un espacio mágico, el segundo me había traído de vuelta con la misma rapidez con la que mi mente se había ido a ese espacio líquido que todas aspiramos a alcanzar.

Había dos caminos que se bifurcaban ante mí llenos de posibilidades, el bien y el mal, el cielo o el infierno. Y por extraño que pudiera parecer en esta ocasión hacer lo correcto era pagar con tarjeta visa el peaje para ir directamente a un lugar incierto y aunque desconocido para nosotros hasta la fecha, todos mis conocimientos previos me hacían presagiar que una vez confesada podría esperar cualquier cosa, hasta el desencadenamiento de la tercera guerra mundial. Por lo contrario, hacer el mal y retrasar lo inevitable a cambio de dar un pequeño paseo por el plano astral al que siempre me había elevado Edward, era una propuesta suculenta y tentadora aunque no por ello dejaba de ser la peor idea de la historia de las ideas ocurridas en mi cabeza.

Finalemente alineando a mi favor a mi conciencia, a mi pepito grillo y mis remodimientos anticipados le dimos una patada en el culo a mis hormonas, mis deseos y a mi corazón. El cual, por otra parte y en los últimos días, concretamente desde la escena en el baño del miércoles anterior, también conocida como el bañogate, había demostrado tener una moral altamente distraida. Con lo que dejando escapar un lastimero lamento abrí los brazos que se ceñían sobre mí y me separé rápidamente antes de darle ninguna opción a reaccionar.

Volviendo a comprobar que el espacio de la cocina se quedaba pequeño ante la presencia de Edward que me espachurraba por los lados y el espectro de mi secreto que me aplastaba por arriba y abajo, corrí hacia el salón buscando una infructuosa huida que se vió refrenada al verificar que Edward me seguía tan solo unos pasos por detrás.

Me situé ante la chimenea que presidía el salón y tomando dos respiraciones profundas levanté la mirada con la intención tanto de frenar su avance como de enfriar las millones de mariposas que si bien en la cocina revoloteaban nerviosas en mi interior, ahora en el salón, frente el patíbulo, revoloteaban nerviosas en mi interior. Parecera lo mismo, pero no lo es.

– ¿Me vas a contar de una vez que pasa? porque me estás poniendo realmente nervioso – me incitó a hablar dando un largo bostezo en el camino.

– Sí, claro. – Afirmé prestamente al ver su cara de cansancio y recordar las palabras de Rose.

– Bella, te importaría dejar de hacerte la interesante y decirme de una vez lo que me tengas que decir – gruñó frunciendo los ojos y rascándoselos con demasiada energía.

– Ok– le dije con cierto retintín. El momento era delicado, las palabras tenían que ir en consonancia con el contexto y ya Rose me había advertido toda la noche anterior, cuando conversábamos en la cama como quinceañeras en una fiesta de pijamas, que procurara no meter demasiado la pata y que pensara antes de hablar.

– ¡Bella! – insistió caminando alrededor de la mesa baja del salón.

– Ya voy, joder, ya voy – siseé ganandome una mirada perpleja y haciéndole un gesto con el dedo con el que esperaba que entendiera el significado, bastante claro por otra parte de: callate y espera. – Y no me interrumpas.

– Va a durar mucho – refunfuñó presionando mi estado emocional – Porque ya no puedo ni con mi alma.

– Mira, Edward – le dije fuera ya de mis cabales– hay dos maneras de contar esto bien, despacio y correctamente o rápido y….

– Pues elige la rápida – me interrumpió acompañando sus palabras de un bufido sin dejarme acabar de exponer mis argumentos. El gran elefante se había convertido en un mamut gruñón y la menda lerenda se estaba transformando en un toro bravo de lidia. Intenté recordar las caritas alegres de mis hijos, morderme la lengua, tranquilizarme y retomar mi misión, pero justo cuando mi espíritu estaba alcanzando un estado zen, el paquidermo que tenía enfrente volvió a abrir su gran bocota para protestar y renegar como un gran bebé cacosón con hambre y sueño. – ¡Beeeeeeellaaaaaaaa! Me lo vas a decir hoy o esperamos a que salga en DVD.

Me cagué en el estado zen, en el karma, en el protocolo y en las buenas maneras, en la madre que me parió y en la profesora de párvulos que no le dio una buena ostia en su momento mientras le inculcaba buenos modales.

– De verdad, ¿lo quieres rápido? – Le pregunté a sabiendas de lo que me iba a contestar.

– Generalmente lo prefiero lento y con tiempo, y tú lo sabes, pero hay veces que… – insinuó guiñándome un ojo juguetonamente. Ahora sí, la madre que le parió ¡será bipolar! – Pero, Bella, de verdad, hoy necesito ser rápido y eficaz.

– Seguro.

– La seguridad ante todo – continuó con doble intención. No siempre campeón, no siempre.

– ¿De verdad? – insistí alargando un poco más la emisión de la sentencia y dándonos la oportunidad de hacer las cosas bien. Yo estaba lanzada, me había provocado y había entrado en su juego. Mi orgullo me pedía soltarselo de golpe, mi cordura me decía lo contrario.

– ¡Qué pesada eres joder! Lo dices o no.

– Lo digo, lo digo. – Respondí preparándome para hacer frente a cualquier adversidad que viniera.

.

.

.

15 minutos después

– Rose – la llamé en cuanto sentí que había descolgado el teléfono y sin siquiera darle la opción de que preguntara quien la llamaba.

– Hola cielo – respondió alegre. – ¿Ya se lo has dicho?, has tardado mucho, ¿os lo habéis montado? ¿Vienes ahora a que los conozca?¿qué ha dicho? Anda ven ya, esta chihuahua me está volviendo loca.

– Rose – la llamé infructuosamente intentado cortar su discurso – ROSE.

– ¿Qué? – preguntó alegre.

– Creo que lo he matado –. Le dije en voz baja.

– ¿Por qué susurras? – preguntó en el mismo tono de voz que yo había utilizado.

– Has oído lo que he dicho.

– Sí.

– ¿Y? ¿No tienes nada que decir?

– Oh sí, perdona. –Contestó seria– ¡Oh Dios mío! ¿Pero qué has hecho? ¿Cómo se te ha ocurrido cometer tamaño crimen? – Exclamó con gran teatralidad.

– Rose, lo digo en serio. Creo que he matado a Edward. – Insistí preocupada mientras ella se reía al otro lado del teléfono como una descosida.

– ¿Y cómo tuvo lugar ese atroz suceso? – respondió cuando acabó de reirse imitando una voz de presentador de teledario – Acasó la acusada le clavó un cuchillo en el corazón, le disparó sobre su pecho a quemarropa… no, no, espera, no me lo digas. Le aplicaste una llave de kunfu panda que le arrancó la cabeza y ahora se esta desangrando en el salón sobre la vieja alfombra horrorosa de tus padres.

– Rose, no estoy para bromas – hice mi mejor intento para detenerla.

– Ok, no te preocupes. Lo podemos enterrar en la parte trasera de tu jardín. En la linde con el bosque está blandito y podemos cavar. Necesitaremos una pala, bolsas de basura industriales, lejía…

– Rose – grité para detenerla mientras no le quitaba ojo de encima a Edward, el cual por otra parte seguía sin moverse. – lo digo en serio.

– Okey– dijo ahora alargando mucho la última letra. – Dime que le has hecho y mami Rose intentará arreglarlo.

– Pues tampoco es para tanto, solo le dije que tenía dos hijos.

– Ya te dije yo que ese tío era una nenaza – comentó con desdén. – Pero volviendo al grano. Joder, tía eres médica. Por qué dices que le has matado. ¿Cuáles son los síntomas del paciente?

– No se, está ahí –le contesté mirando atentamente hacía el maniquí congelado que llenaba el salón– parado, no se mueve, no parpadea, no hace nada.

– ¿Respira?

– Sí, claro. Bueno, supongo. – contesté dudosa intentado hallar en su estómago el movimiento de su respiración.

– ¡Mmmmmhhhh! Me preguntó cómo superaste primero de carrera.

– ¿Por?

– ¿En serio me preguntas por? Anda acércate a él y dale una buena ostia. Verás cómo reacciona.

– No creo que sea buena idea– Contesté igualmente, acercándome un poco más a Edward, sin saber muy bien con que intención. Igual llevaba más de diez minutos en aquella posición y temía que hubiera sufrido un shock que lo hubiera dejado un poco más alelado de lo que había sido siempre.

– Yo creo que sí – dijo pensativa y un poco distraída– pero tú misma. Te pasaré factura por esta consulta. Bueno y deja de entretenerme que tengo una perrita con muy malas pulgas a la que sacar a pasear. – Añadió antes de colgarme sin más dilación y de darme tiempo a recordarle que tuviera un poco más de paciencia con Alice.

Azoté el móvil sobre el sofá que estaba a las espaldas de Edward intentando ahogar un poco el halo de histeria que me estaba inundando, para ver preocupada como el móvil, de la emoción y la fuerza con la que lo lancé, rodaba por el sillón para caer con un ruido sordo sobre el suelo. Mientras mi cara se estrujaba de dolor por el sufrimiento ajeno ni siquiera ese escándalo devolvió a Edward al mundo de los vivos.

Cansada ya de aquel paripé que estaba formando me acerque a él y cogiéndole de la cara con las dos manos le obligué a mirarme a los ojos.

– Edward, por favor, me estoy preocupando de verdad.– Le dije dándole un suave meneo con las manos – ¡REACCIONA! – Le chillé junto al oído ganándome un leve pestañeo y un enfoque de ojos sobre mí por su parte. Estaba preparada para muchas reacciones pero no para la que precisamente me había encontrado.

– ¿Estás bien? – insistí tras unos segundos al ver que seguía sin reaccionar– ¿Qué piensas?

– yo… yo… – empezó a balbucear un tiempo después– yo… pensaba que… veníamos a… que tú y yo íbamos a… hacer otras cosas. – Dijo lentamente a la par que se inclinaba hacia tras hasta apoyarse en el sofá, ganándose por el camino una de las miradas más feas y sorprendidas de mi repertorio. – No… no… – continuó manteniendo un monodiálogo consigo mismo ya sentado y sobándose la cara con fuerza – pero esto... esto es mucho mejor, ¿no?, si, si… creo que… esto… esto es… mucho mejor ¿no crees? – preguntó en un susurro ahogado justo antes de caer desplomado hacia atrás.

-.-

Se que era un capítulo muy esperado así que debido a la intensidad del momento decidí cortarlo y así en el proximo veremos un EPOV (se titulará seis más seis son quince ¿alguna idea?).

Espero haber cumplido vuestras expectativas y os haya gustado.

Muchísimas gracias por vuestros mensajes, me subís un montón la moral. Cada vez somos más y estoy super contenta.

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