Crepúsculo no me pertenece… aunque me gustaría.

Soy consciente de que el anterior capítulo os dejo un poco: chofff! Pero como quería concentrarlo todo en Edward lo tuve que dejar así. Con todo he procurado darle máxima prioridad a este capítulo y aquí estamos.

SEIS MÁS SEIS SON QUINCE

Forks. Domingo, 22 de noviembre de 2009. 16:11 horas

Edward POV

A esas horas de la tarde tras una jornada de trabajo tan intensa, un fin de semana agotador, una semana estresante y un viaje de un par de horas reducido en un 25% debido a la alta velocidad que llevaba solo un pensamiento tenía en mi cabeza: dormir. Pues mientras que el sábado había sido ciertamente tranquilo la tarde noche se había complicado imposibilitado la oportunidad de dormir algo y haciéndome el turno mucho más duro de lo normal. El imbécil de Peter Peterson Senior no se presentó ni a trabajar ni a relevarme. El muy gilipollas se había caído en el patio de su casa al hacer un mate delante de sus sobrinos. El muy idiota no asumía que ya tenía cuarenta y tantos años y que a esa edad el cuerpo no es lo que era cuando se tenían los dieciocho. Y el resto de compañeros que podrían haber ido a echarme una mano ninguno contestó al busca. Finalmente, convencí a mi jefe para hacerme cargo de todo e ir pagando así los favores que me estaban haciendo. Al haber tenido un día relajado asumí que todo iba a seguir igual. Me equivoqué. Fue un puto infierno, un constante ir y venir de quirófano a urgencias y viceversa, además todo aderezado por la compañía de Magic Smith y el susto de la pequeña Apple Violet.

La primera era la residente de digestivo con la que de vez en cuando coincidía. Francamente, ella y yo nos llevabamos mal, muy mal, fatal, con lo que nunca llegué ni llegaré a preguntarle a que se debía su nombre. Algunos rumores decían que era el nombre que sus crueles padres le habían puesto al nacer, otros rumores indicaban que se lo había ganado a pulso. En serio, no iba a preocurparme más por ello. Yo la llamaba Maggie y punto. Se que le molesta pero después de corregirme un par de veces y yo hacerme el loco dejó de hacerlo. Y si le molesta que se joda, también me molesta ella a mí poniendome las tetas en la cara y yo me fastidio.

La segunda era una princesita de unos ocho años, hija de unos hippies gruppies brockers que no eran más pijos porque no entrenaban, ni más idiotas porque sino se hubieran equivocado al respirar en algún momento de su vida y ya no estarían aquí para atormentar la mía y la de su hija. La niña era inteligente y curiosa, algo que la ayudaría a sobrevivir la adolescencia con ese nombre, y todo eso se lo tendrían que agradecer algún día sus padres a Candy, una jovencita de 17 años, canguro, que frente a la opinión de sus padres se empeñó en traer a la pequeña al hospital al ver que le subía la fiebre y se quejaba de la barriga. La supuesta gripe que pensaban los aquellos ineptos padres que tenía, se convirtió en apendicitis cuando Candy empezó a sospechar y en perotinitis cuando al final me dejaron inspeccionarla.

La operamos inmediatamente y todo salió bien pero la noche que me dieron unos y otros fue tremenda, no dormí por razones obvias, no había podido comer nada sólido desde los cruassanes de la merienda del día anterior y el móvil se me había descargado y con el acelerón no me había acordado más de él. Por lo que tuve que pedirle a big Bill, el celador, el suuyo para mandarle un mensaje a mi hermana, el único número que me sabía de memoria, para decirle que ya iba para allá y que me esperaran para cenar.

Ahora a media hora de llegar a mi destino tenía sueño, y rodeado mi pensamiento de caramelos y manzanas, tenía hambre. Así que no queriendo salirme de mi ruta para comer algún tentempié apreté un poco más el acelerador y me concentré en pensar en otra de las cosas que había estado analizando durante toda la noche. Una idea que se me había aposentado en la cabeza desde que había hablado con la pequeña amiguita de mi madre y no solo no había podido abandonar si no que se había visto reforzada a lo largo de la noche y es que pero qué coño de nombre le ponía la gente a sus hijos: Nenesme, Peter Peterson Senior, Magic Ward, Apple Violet, Candy… eran solo un ejemplo. Cuanta crueldad había en el mundo y gratuita. Siguiendo esta línea de pensamientos y ahondando en mi mente la larga lista de nombres que había ido conociendo en mi trabajo: Brooklin, Paris, Agamenón, Frosta, por Dios si había conocido incluso a una Caracola, llegué a una conclusión, si yo algún día tenía hijos tendrían nombres sencillos y normales. Nada de mezclas raras o repeticiones de nombre. Por mis cojones iba a convertirme yo en Edward senior y castigar a mi hijo a llevar un junior en su carnet de identidad. Se llamarían Richard, Robert, George, William… nombres con fuerza, de presidentes de los Estados Unidos, o Hannah, Clare, Katherine, de grandes mujeres, con diminuivos reconocidos: Bill, Rob, Kat y nada de ridiculizar a mi descedencia con rimas como Hola Caracola (pobre niña lo que tendría que aguantar el resto de su vida) o Andrea que te meas. Es que hacer algo así a conciencia tendría que ser delito.

Isabella por ejemplo sería un buen nombre para una niña de ojazos marrones o verdes y pelo caoba o castaño, con las mejillas sonrosadas y… pero incumpliría una de mis normas: nada de repeticiones de nombre en casa. También es cierto que podría seleccionar a otra madre con lo cual la norma podría no ser necesaria, pero si en seis años no me había planteado estar con una mujer ad futurum no lo iba a empezar a hacer ahora, y menos pensar en tener hijos con una desconocida. Hacía ya mucho tiempo, más o menos al poco de llegar a Kenia, que había superado la idea de que nunca superaría mi separación de Bella. Una separación que no fue separación sino desaparición, una ruptura que no fue ruptura porque nunca habíamos estado unidos. Y nunca alejaría de mi corazón aquella única vez en la que estuve a punto de convertirme en padre postizo puesto que tenía toda la intención de asumir la paternidad del hijo de Bella, aunque tuviera unos rasgos que no me correspondían no habría nada en el mundo que impidiera que su apellido fuera Cullen. Aunque fuera una minicopia de su padre biológico, aquel sueco albino de mierda que se creía el mejor amigo de Bella. Si dependía de mí se hubiera apellidado como yo y si mi opinión contará el último nombre seleccionado hubiera sido Sven o Birgitta. De aquella, y no es que hubiera pensado mucho en el asunto pues apenas tuve tiempo para ello, me hubiera gustado una dulce niña de tirabuzones y ojos oscuros a la que pudiera llamar Liz o pitufina, aunque tampoco me hubiera importado que fuera un pequeño hombrecito al que llamaría Marc o pitufin. Lástima que el embarazo se hubiera visto interrumpido tan dramáticamente, no obstante para mí era un recuerdo que siempre me acompañaba a todas partes.

Pensar en Bella, en aquella hermosa mujer que era con 23 años, en la última mirada que me dirigió en el hospital y en la preciosa mujer que había visto unos días atrás me hizo ansiar una cosa más. Ahora, tomando la salida de la carretera general en dirección a mi casa tres eran las necesidades que dominaban mis institntos:

1. Dormir treinta y seis horas seguidas para después de despertar, ir al baño, y dormir otras dieciseís horas más.

2. Comer un jabalí aderezado con puré de patatas y pudín de calabaza, algo de ensalada y de postre tarta de manzana con pasas y canela, helado de vainilla y nata montada. Sin café, por favor, que igual me desvela.

Y 3. Ver a Bella.

Había tenido mucho tiempo para pensar en ella a lo largo de la semana, de cómo me enfade cuando la vi, de cómo me excité cuando la ví; de cómo me hubiera gustado darle una patada en el culo y mandarla a su casa, de cómo me hubiera gustado gastar mi sueldo en superglu y pergarla a mi mano de por vida; de besarla, de gritarla, de abrazarla, de ignorarla… de todo un poco y creo que al final había conseguido hacerlo todo con ella. Bueno todo no, la consecuencia de la excitación entre dos adultos todavía no se había resuelto, pero si de mi dependía se resolvería lo antes posible. Hoy no, puesto que tenía que dormir y descansar… y comer… y descansar… pero tampoco entraba en mis planes esperar mucho más tiempo para intentarlo. Claro estaba que primero teníamos que hablar, ella me tenía que explicar muchas cosas y pedírme perdón, obviamente ella me pediría perdón y esperaría a que yo también se lo pidiera. Obviamente yo le perdonaría. Lo de disculparme vendría después y eso siempre y cuando entendiera exactamente porque tendría que hacerlo. Porque hoy, a día de hoy, seguía sin tener idea. Aunque, también pensandolo un poco, lo mejor igual era primero hacer las cosas físicas y después las psicológicas. Es decir, todo el mundo dice que el orden de los productos no altera el producto. Bien, eso podría suceder en matemáticas o cuando haces un pastel, que más da si primero echas el azúcar o la harina. Pero esa máxima en el conjunto Edward y Bella no aplicaba. Puesto que para nosotros hablar es discutir y discutir en el plano vertical nunca nos llevaría a discutir en el plano horizontal. Con lo cual la suma se convertiría en resta: uno (hablar) más uno (frungir) menos uno (obvio que frungir). Sin embargo, de hacerlo con el orden inverso estaríamos ante una suma (frungir más hablar) que no multiplicar (puesto que usaríamos protección), aunque podría causar una nueva división de los factores.

– ¿Estás loca? ¿Se puede saber que coño haces? – chillé como una nenaza cuando vía que un hermoso muñeco de goretex y plumíferos se tiraba sobre mi coche, intentando abrir la puerta de copiloto e interrumía mi fantástica línea de pensamiento. Me había llevado un susto de muerte al ver como cierta loca se lanzaba sobre mi coche. Inmediatamente, cuando le mire a la cara y dislumbre las ojeras que portaba y la expresión nerviosa de sus labios, me preocupé porque algo le hubiera ocurrido a mi madre desde que la había visto, haciendome revivir todos los temores que había pensado entre los diez interminables minutos que tardó mi hermana en llamarme y convencerme que la conversación con mi madre se había cortado por un fallo mecánico y no porque ella se hubiera indispuesto. Ahí empezó mi gran noche.

Bella me explicó con una dulce sonrisa que mi madre se encontraba descansando y en buen estado y en su mirada comprobé que me decía la verdad. Un gesto amable que rápidamente se convirtió en un ceño fruncido cuando insistentemente me pidió que abandonáramos el lugar y que fueramos a su casa, a pesar de decirle que estaba cansado y hambriento. Pero su comentario sobre la necesidad de estar conmigo me hizo vencer el sueño y el hambre.

Fuímos en completo silencio hasta la casa de sus padres. Ella miraba distraída por la ventana. A penas me había mirado unos instantes antes de acceder a su petición, pero después ni de reojo. Y estaba tan guapa aunque parecía un pelín ansiosa repitiendo una y otra vez los mis movimientos: coger aire, rellenar sus carrillos, soltar un suspiro y morderse el labio, así una y otra vez, una y otra vez. Y yo, olvidandome de todo solo quería ser aire, solo quería ser labio.

Cuando llegamos a la casa no fuimos a la habitación de arriba sino a la cocina. Ni que yo lo hubiera pensado siquiera, había unas ciertas normas de cortesía que cumplir. Y ella las cumplió a rajatabla ofreciendome albóndigas y mi boca se hizo agua. Ansioso y con mi estomago gruñendo me senté junto a la mesa esperando que llegara la comida prometida. Ella se movía por la cocina y mis ojos la seguían a todas partes. Mi instinto de supervivencia se hizo presente, muy presente y quería comer y que el dolor de barriga se fuera, yo solo quería alimentarme pero Bella se empeñaba en dar vueltas y vueltas por el reducido espacio. Y mi comida no llegaba. Y ella solo me decía que tenía que hablar conmigo de no se que mierdas. De verdad no podía esperar un poco más. Diez minutos para comer y cinco horitas para dormir. Joder. La tía había estado esperando durante seis años para decir algo y ahora no podía esperar un poco más.

Me tenía un pelín confuso con sus vayvenes y su comportamiento no ayudaba a esclarecer las cosas, y su cuello, su sedoso cuello descubierto al llevar el pelo recogido en un moño alto, dejaba a la vista mi lunar. Una hermosa manchita con forma de melocotón que se escondía detrás del lóbulo de su oreja y que solo podías ver desde un ángulo muy determinado. No fui muy consciente de haberme levantado y acercado a ella. Tenía la cabeza un pelín ida porque de repente me encontraba abrazado a sus caderas y apoyados el uno en el otro. Seguí el rastro del aroma de Bella y el apetito que tenía modificó las ansias de llenar mi estómago por las ansias de llenarme de ella.

Ella insitía en hablar y yo insistía en satisfaccer mis apetitos cuando sin esperármelo se salió de la carcel que conformaba mi cuerpo y huyó de mí. Durante unos instantes me quede quieto, pensando si sería mejor seguirla o esperar a que regresara. Pero recordando que ya una vez se había ido sin volver a mí, ahora no iba a permitir que la historia se repitiera así que a un paso ligero la seguí al salón.

– ¿Me vas a contar de una vez que pasa? porque me estás poniendo realmente nervioso – la conminé cediendo a la idea de que finalmente y, en primer lugar, íbamos a mantener una discusión y esa solo iba a ser vertical. Por lo menos esperaba que fuera lo que tuviera que decir, fuera rápido y bueno. Pero como siempre me ocurre, siempre me equivoco. Más de diez minutos se pasó dando vueltas a la conversación que si ir despacio, que si ir con calma, que si… pepinillos con leche y colacao con vinagre. – ¡Beeeeeeellaaaaaaaa! Me lo vas a decir hoy o esperamos a que salga en DVD–. Me dolía el estómago, la cabeza, los ojos… todo. Yo solo quería comer, y dormir, y abrazarla, para empezar. Pero calladita, joder, calladita que estaba más guapa. Mucho más guapa.

Pero no, ella insitía, e insitía. Fui consciente que con mi actitud socarrona y el doble sentido de mis palabras la estaba llevando al límite, pero ¿y mis límites qué?

– ¡Qué pesada eres joder! ¿Lo dices o no?

– Lo digo, lo digo. – Respondió girándose lentamente para mirarme de frente, totalmente de frente. – Pero luego que nadie me diga que no tengo tacto.

– Tienes dos minutos o me voy–. Le dije ignorando su última frase. – Ya no aguantó más, necesito comer y dor…

– Tengo dos hijos tuyos. – Dijo suavemente interrumpiendo mis palabras, mi pensamiento y la vida aburrida y hastiada que llevaba hasta entonces.

– ¿Qué? – le pregunté con un grito ahogado salido de lo más profundo de mis entrañas.

– No aborté, Edward. – Me dijo dando un par de pasos hacia mí. – No se quien te hizo pensar aquello pero no lo hice en el accidente. Y los niños eran tuyos y no te atrevas a mencionar a Sven. – Continuó pasando de la ternura a la furia en cuestión de segundos.

A penas soy consciente de haber reaccionado después de eso. Había tantas cosas en mi cabeza y veía tantas chiribitas en mis ojos. Me sentí mareado, con ganas de vomitar, las piernas me temblaban y las rodillas cedían al peso de mi cuerpo. Bella seguía hablando y yo no era capaz siquiera de abrir la boca.

– Fue lo mejor, tú no me querías… –Breves retazos de su monólogo se colaban por mi mente como el agua en una cueva– Además no me creías cuando te decía que Sven era gay… me decías que iba a inturrimpir mi vida, nuestros sueños… queríamos ir a África juntos y yo ya no iba a poder acompañarte.

Pero yo, tenía tanto que pensar. Ahora era papá y ella había dicho que ¿Hijos? Ha dicho hijos ¿en plural? Hijos en plural son más de uno ¿verdad? o dijo dos... si, si... dijo dos. Pero, entonces, por qué el Dr. Gerandy me había dicho que el embarazo se había malogrado todo.

– … no quería que jodieras tu vida, por mí, por nosotros… Y tú dijiste que aquello era lo mejor que me podía pasar… y nunca creiste que eran tuyos...

En serio había dicho yo aquello, imposible.

– Edward, por favor dí algo. Dime algo.

Hijos, ay mi madre, yo con hijos. Hijos de verdad, de los que hay que dar de comer, y castigar, y educar, y bañar, y jugar...

– Di algo imbécil.

Se parecerían a mí, seguro. Aunque fijo que eran guapísimos como Bella, y listisimos como Bella, y simpáticos como Bella. ¿Tendrían algo mío? Mi carácter, espero que no. Mi genio, espero que no. Mis cambios de humor, espero que eso tampoco.

– Llamaré a Rose. Ella sabrá que hacer.

Y cómo se llamarían. A Bella le encantaba la literatura así que igual les había puesto Jane o Charlotte, y el cine así que igual se inspiró en Brad o George. Todos los nombres me parecían aceptables, entraban dentro de mis gustos. Aunque también es un poco friqui así que espero que no les haya llamado algo así como Rex o Escarlata, aunque tampoco me importaría que se llamasen Luke o Leia. Eran originales. Y luego podríamos tener un perro para llamarlo Yoda o Ewok. Eso, además, molaría bastante.

Un ruido sordo y un fuerte grito me trajeron de vuelta al salón de Bella. Intenté centrar mi mirada en sus ojos y elegir cuál sería la primera de todas las preguntas que quería hacerle... pero no podía.

– REACCIONA! – Chilló nuevamente. – ¿Estás bien? ¿Qué piensas?

¿Qué qué pienso? En todo y en nada, pienso que hoy me levanté de la cama, bueno ayer más bien, con pocos alicientes en mi vida: trabajar, sobrevivir, cuidar a mi familia y alegrar los últimos días de mi madre. Recientemente una nueva misión se había incorporado a mis objetivos: recuperar a Bella, tardase lo que tardase, costase lo que costase. Pero ahora yo… ahora todo había cambiado… era papá… tenía responsabilidades, hijos, dentro de poco un perro… todo se me vino encima. Creo que me hice adulto en un instante, en lo que se tarda en decir "tengo dos hijos tuyos". Cuatro palabras que daban un nuevo significado a mi existencia. Para cagarse en los pantalones y de manera literal.

– yo… yo… – Joder, yo solo quería dormir y comer algo y quizás si tenía mucha, mucha suerte llegar a la segunda base– yo… pensaba que… veníamos a… que tú y yo íbamos a… hacer otras cosas. – confesé lentamente, a trompicones. Poco a poco me fui inclinando hacia atrás. Me sentía realmente mal, el suelo se movía bajo mis pies y necesitaba apoyarme en algo. Hacía muchísimo calor en la habitación y mi cuerpo sudaba y sudaba, los ojos me pesaban y los oídos me pitaban. Intenté respirar con un poco más de calma y froté con fuerza mis ojos intentando apartar la bruma que sobre ellos se cernía. A veces funcionaba. Pero todo fue infructuoso porque ahora yo era papá, así a quemarropa. Joder esas cosas se dicen con calma para hacerse a la idea, porque sino los embarazos iban a durar nueve meses. – No… no…– Continué arrepentido de haber dicho esas palabras en voz alta, con la mala leche que se gastaba y lo rencorosa que podría llegar a ser Bella, joder digo, la ahora mamá de mis hijos mejor era cerrar la boca si no quería que me lo echara en cara por lo siguientes quince años, y con la cara que me estaba poniendo seguramente mi condena sería de treinta años y un día. – Pero esto es mucho mejor, ¿no?, si, si… creo que… esto… esto es… mucho mejor ¿no crees? – Le pregunté empezando a verlo todo negro.

30 minutos después

– Despierta, joder y deja de darme estos sustos. – Escuché la siempre amorosa vocecita de Bella, mientras me daba ligeros cachetes que me dejarían una marca durante días en mi mejilla. – Acabo de traerte las albóndigas. – Abrí un poco los ojos negándome a salir de aquel dulce sueño pero el olor de las albóndigas y de la salsa de tomate fue lo que acabó de darme las razones.

– Te desmayaste –. Me dijo Bella extendiendo hacía mí un mantel individual y un plato a rebosar.

– Lo dudo. – Negué mientras le arrancaba el plato de sus manos.

– Vaya que no, caiste redondito–. Continuó risueña burlándose de mí mientras yo me comía aquella delicia. – Edward. – Llamó mientras me relamía los labios. – ¿Te acuerdas de lo que hablamos antes de que te desmayaras?

– No me desmayé, tenía mucho sueño y hacía calor y… – comencé a expliacarle mientras buscaba en mi mente algún retazo de la conversación para derrepente perder la voz.

– Veo que te acuerdas- Aseguró mientras yo asentía despacio. – Me alegro de que lo hayas tomado con tanta tranquilidad. Estaba preocuapada, conociéndote me imaginaba que ibas a poner el grito en el cielo e ibamos a armar la tercera guerra… – comenzó a explicar mientras todavía algo nerviosa recomovía los objetos que decoraban la mesa del salón.

– No – la interrumpí yo con la boca semicerrada.

– ¿Y no tienes ninguna pregunta que hacerme? – Insitió jugando con los dedos y con la servilleta de tela que me había traído.

– Dijiste, hijos. ¿Cuántos son? – Pregunté curioso mientras mi cabeza bullía y bullía. Tenía que cerciorarme que había escuchado que eran dos.

– Dos, gemelos. Niño y niña– Contestó rápidamente cumpliendo todas mis expectativas. Era lo mejor así no iba a desilusionarme pensando en que me gustaría más un hijo de un sexo para que luego fuera de otro. Madre mía… iba a ser padre. Era padre. Por partida doble. Para echar a correr.

Observé a Bella de reojo mientras volvía a llenar mi boca con comida. La mano me temblaba pero ella no me miraba con lo que me despreocupe de ofrecer una imagen que ahora mismo no tenía. Total, nadie miraba.

Me dejo terminar la comida en silencio, supongo que ambos estábamos inmersos en nuestros propios pensamientos. Tenía tantas preguntas ¿cómo eran? ¿cómo se llamaban? ¿eran buenos? ¿cuál había sido su primera palabra? ¿quién había aprendido a caminar antes? ¿Cuándo era su cumpleaños? Tantas y tantas otras…y a cada una que se me ocurría mi vaso se llenaba un poquito más. Estaba enfadado. De hecho si no fuera por la contención que me esforzaba por aparentar me llevarían los mil demonios. Pero tenía un plan en la cabeza aunque reconozco que era un pelín excesivo. Con todo, tenía que estar tranquilo, estar frío, calmado para tomar las decisiones correctas y por ello no me podía dejar llevar por mi mal carácter. Pero realmente darme cuenta de que ni siquiera sabía cuándo habían nacido fue lo que acabó de inclinar la balanza.

– Edward – me volvió a llamar ella mordiéndose la uña del pulgar – ¿te gustaría ir a conocerlos?

– Si, claro. – Respondí inmediatamente. – Me los presentas y luego te despides ¿no? – Le dije lo más seco que pude mirándola a los ojos para que viera que no iba de farol.

– Perdón– dijo furiosa cuando proceso mis palabras– ¿cómo dices?

– Lo que oyes guapa – Le dije con desdén. – Tu lo has tenido para tí solita durante casi… seis años – eché rápidamente unas cuentas– luego ahora me toca a mí tenerlos durante unos… quince años.

– Serás idiota. ¿Cómo que quice años? – preguntó furiosa amenazándome con el dedo y dirigiéndose hacía mi como un toro bravo a punto de embestir.

– Si– respondí tras aclararme la garganta y estirarme como una goma ante ella. – Quince. Seis más seis son quince.

– ¿Cómo que quince? – Discutió elevando el tono. – Serán doce, gilipollas.

– No, en esta cuenta. – Le dije apartando su dedito con el mío y toncándole de paso las narices con él. – Seis de la niña más seis del niño… – le dije doliéndome en el corazón no saber todavía como se llamaban. Con todo, no importaba, tenía quince años por delante para conocerlos.

– Doce– interrumpió airadamente. Obviando que esta vez, por mis santos y benditos cojones, ahora iba a ganar yo.

– Quince si añadimos los nueve meses de embarazo, por cada uno.

– Trece y medio, en todo caso.

– Y el tiempo que falta se debe al 0,8 % más el TAE. Tendrás que pagar los intereses como todo el mundo. – Le dije rápidamente dándome cuenta de que tenía razón y mis argumentos eran absurdos – Así que acabamos de recoger esto y vamos a por mis hijos. – Le dije encaminándome con mi plato ya vacío y demás trastes que había usado a la cocina– que no los vas a volver a ver hasta que cumplan los veintiuno.

-.-

Efectivamente el carácter de Edward no salió a la luz pues estaba un poco en shock, pero poco a poco está volviendo en sí

Muchísimas gracias por vuestros mensajes, seguimos creciendo y es fantástico. Cada vez somos más ;)

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