Disclamier: Twilight y sus personajes pertenecen a Stephenie Meyer. Este es un TWO SHOT que está participando del concurso New Year´s Elite Contest organizado por el grupo Élite Fanfiction ( facebook groups / elite . fanfiction / ) y su autor será revelado una vez terminadas las votaciones del mismo.

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Una sola fecha

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Summary

Al acercarme mis ojos viajaban del bebé a Bella. Ambas tan hermosas. Pero no podía estar tranquilo, relajarme sabiendo y sintiendo que esto no acababa.

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Capítulo 2

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Esto se nubla y veo que ya no estás
No podré salir de todo esto si tú te vas
Quiero decirte que ya no hay calor en mi,
que la esperanza se me escapa y deja de existir.

Porta y Gema — Palabras mudas

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Mi corazón latía como loco queriéndose salir de mi pecho. Saber que mi mujer está esperando el hijo que tanto añorábamos y ahora ella y nuestro retoño están en peligro de… muerte… no es para estar de lo más calmado. Me acerqué a mi esposa que estaba comenzando a abrir sus lindos ojos achocolatados. Al verme me dio una tímida sonrisa, acaricié su mejilla.

¿Cómo le diría que debía abortar el hijo que tanto esperábamos? ¿Cómo le decía que su vida corría peligro si seguía con el embarazo? No había duda. Debíamos interrumpir su embarazo antes de que la situación pasase a mayores. Aunque me doliese no podía perder a mi ángel.

—Hola —me dijo con voz suave.

—Hola —contesté de vuelta sin ánimos y ella obviamente lo notó.

—¿Qué ocurre? —cuestionó viéndome fijamente y un poco asustada.

—Amor… yo… —¿Qué le digo?

—Edward me estás asustando. Habla de una vez cariño. ¿Qué sucede? —exigió impaciente.

Respiré profunda y largamente aclarándome la garganta y pasando mis manos por mis cabellos, desordenándolo aún más.

—Edward Cullen. Habla de una vez —exigió nuevamente pero ahora de forma dura.

—Estás embarazada —solté sin más y sus ojos comenzaron a aguarse.

—Amor… es la mejor noticia que pudieron darme en años. No lo puedo creer. Al fin tendremos lo que tanto anhelábamos y…. —Tuve que pararla antes que se hiciera más ilusiones.

—Isabella, detente por favor. —Ella me miró extrañada. Era rara la ocasión en que me dirigía a ella por su nombre y no por los cariños que siempre le decía.

—No pareces feliz por la noticia, ¿no te da gusto? —preguntó con voz rota.

—No si eso significa que te perdería —me sinceré con ella.

—¿A qué te refieres con eso? Basta ya de rodeos Edward, te exijo que me digas de una vez que sucede.

—El embarazo es de alto riesgo. Es el bebé o tú. Y no te perderé, eso jamás —dije con convicción.

El silencio reinó el lugar. Ella parecía asimilar todo y de pronto rompió a llorar. La abracé y nos quedamos así por unos minutos hasta que se tranquilizó.

—No perderé a mi bebé —susurró.

Alcé su rostro y vi en sus ojos el dolor que también era mío pero también había algo más.

—Bella entiende que… —intenté hablarle pero ella me interrumpió.

—Entiende tú, Edward Cullen. No me importa si tengo que dar mi vida a cambio de que nuestro bebé nazca. El sacrificio valdrá la pena. Te prometo que seré fuerte pero si pasa lo peor te juro que jamás me perderás. Siempre estaré contigo y con nuestro bebé, cuidando de ambos. Prométeme tú que pase lo que pase amarás a nuestro hijo y estarás siempre a su lado porque también yo lo estaré.

—No puedes hacerme esto, Bella —le grité con lágrimas corriendo por mis mejillas. No concebía un mundo sin mi bello ángel—. No me pidas eso porque si tú mueres yo lo hago contigo. Jamás amaría esa cosa si te está matando —dije apuntando su vientre y ella volvió a romper en llanto.

Quería consolarla pero no podía. El solo pensar que ella no estaría más a mi lado me estaba desgarrando el alma.

—Él no tiene la culpa, Edward. Es nuestro bebé. Fue concebido con amor y fue deseado por ambos. No me hagas esto a mí. Si algo me pasa te dejo un pedacito de mí aquí…

—No, Isabella. Si tú no estás a mi lado ya nada tendrá sentido. No quiero vivir, no sin ti… —Me acurruqué en su regazo llorando como un niño.

—Tendrás que vivir amor. Por nuestro pedacito de amor —me consolaba acariciando mi cabello—. Él o ella te necesitará y no lo veas como tu enemigo, velo como lo que es, tu hijo, el fruto hermoso de nuestro bello amor. Él será tu nuevo ángel. Ámalo doblemente; por ti y por mí. Hazle saber siempre que lo amo y que no importa que no esté físicamente, siempre lo haré en espíritu. Siempre estaré contigo hasta que mi corazón deje de latir y aún más después de eso. Recuerda siempre que te amo, tanto o más que el primer día, mi sexy doctor…

Así en su regazo lloré y lloré. No quería perderla. ¿Qué sería mi vida ahora sin ella?

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31 de diciembre del 2013

Estaba pensando en la fiesta sorpresa de año nuevo que mi familia le tenía preparada a Bella. Ella estaría feliz. Sería una noche inolvidable y más porque hoy ya cumplíamos un años de feliz matrimonio. Lo celebraríamos a lo grande.

—¡Edward!

La taza y la cafetera que tenía en las manos se me resbalaron y sin importarme el desastre que había salí corriendo a mi habitación. Mi corazón se detuvo unos segundos al ver a mi esposa tirada en el suelo sosteniendo su muy abultado vientre y sangre alrededor de ella.

—Edward no quiero perder a nuestro bebé. Ayúdame —suplicaba Bella con lágrimas incesantes mojando sus mejillas.

Corrí hacia ella y la tomé en mis brazos. La subí con delicadeza en el coche y corrí al asiento del piloto y conduje como un maniático hasta llegar al hospital.

Al llegar volví a cargar a mi esposa y corriendo con ella en mis brazos grité para que me ayudasen y muy rápido la recosté en una camilla que habían traído.

Corrí al lado de la camilla con mi Bella llorando de dolor y apretando fuertemente mis manos. No me importó que me estuviese apretando muy fuerte, podía arrancarme la mano y no me importaría. Mi dolor jamás se compararía al de ella en estos momentos.

—Edward no permitas que pierda a nuestro bebé, por favor —suplicaba entre lágrimas mi hermoso ángel.

Me coloqué una bata que me ofrecieron y un tapa bocas para poder estar al lado de mi esposa.

Aún no había cumplido los nueve meses pero al parecer el bebé quería nacer este preciso día. No sé si estar feliz de que este día iba a ser cuatro veces más especial o estar mal porque esto no saldría bien. Lo que si se es que estaba muy asustado. Bella pujaba y pujaba, yo estaba llorando por ver el dolor de ella. Después de unos largos minutos el bebé no podía nacer.

—Edward, hay problemas —me giré para ver a Félix quien era el doctor de parto de turno.

—¿Que quieres…?

—Edward tienes que decidir. No podemos salvar a ambos. O es el bebé o es ella. —Mi corazón se detuvo ante sus palabras.

Pareciese que con una estaca me hubiesen atravesado. Un día que para mí era muy especial y lleno únicamente de felicidad se estaba convirtiendo en un verdadero desastre. Aun con dolor interno contesté rápidamente y sin dudar.

—Sálvala a ella —dije sin quitar los ojos de mi esposa.

—¡NO! —El grito desgarrador de Bella fue una punzada en mi pecho, me asusté—. Jamás te perdonaré si no dejas que nuestro bebé nazca, Edward.

—No puedo perderte a ti —le dije con voz ahogada.

—Me perderás del todo si no dejas que un pedacito de mí se quede aquí… contigo. —Un grito de dolor salió de ella y como si supiese lo que hacía pujó tan fuerte que parecía que iba a romperse y acto seguido se escuchó un llanto hermoso en la habitación.

Me quedé como estatua sin saber qué hacer. Veía como mi bello ángel sudaba y respiraba pesadamente.

—Edward, acércate. —Casi no la escucho por el leve sonido de su voz—. Por favor —pidió y sólo mi cuerpo parecía responderle porque mi mente estaba muy lejos de aquí.

Me acerque a ella. ¿Cómo? Ni idea. Le colocaron al bebé en sus brazos, quien no paraba de llorar.

—Hola mi amor. Bienvenida al mundo. —Escuché como le hablaba Bella al pequeño bultito en sus brazos—. Edward, amor acércate por favor —pidió con voz débil.

Al acercarme mis ojos viajaban del bebé a Bella. Ambas tan hermosas. Pero no podía estar tranquilo, relajarme sabiendo y sintiendo que esto no acababa.

—Gracias por permitirme ser madre de tu hija —me dijo con un brillo especial en sus profundos ojos achocolatados que ahora están rojos de tanto llorar—. Te Amo. Los amo —susurró tan despacio pero con tanto sentimiento que una traicionera lágrima corrió por mi mejilla—. Cuida a nuestro pequeño ángel. Recuerda que siempre estaré con ambos, siempre. Cárgala por favor.

Dudoso hice lo que me pidió. Tomé al bebé en mis brazos y fue el sentimiento más hermoso que jamás había sentido.

—Ámala Edward, ámala como yo lo hago —pidió sonriéndome con dulzura—. Bésame, por favor. —¿Y quién era yo para negarle a mi razón de ser lo que me pedía y yo moría por hacer?

Junto a la bebé me acerqué y besé dulcemente sus labios resecos.

—Te amo —se lo dije con todos el sentimiento que en ese momento me embargaban y fueron las únicas palabras que pude articular.

—Yo te amé, te amo y siempre te amaré —susurró cerca de mis labios—. Te amo, Edward Cullen. Siempre.

Un pitido ensordecedor hizo que mis piernas y todo mi cuerpo pareciese gelatina y que mi corazón se detuviese. Los doctores se apresuraron intentando revivirla. Le di a la beba a una de las enfermeras y me acerqué a mi razón de ser; intentando en vano revivirla.

Hice hasta lo que ya no se podía.

—No me dejes. No me hagas esto. Quédate conmigo. Maldición Isabella. ¡No te vayas! —Respiración boca a boca, presión en su pecho con mis manos.

¡NADA FUNCIONABA! Sus ojitos abiertos y perdidos.

Intentaron alejarme pero los golpeaba y aferré el cuerpo de mi ángel llorando sobre éste.

—Vuelve. Por favor, vuelve a mí, mi ángel. No me dejes solo. Vuelve. Te amo. No me dejes. —La besaba, le hablaba pero su cuerpo estaba inerte. Ya sin vida en mi regazo—. Mi ángel. Mi Bella. ¡No me dejes! Vuelve a mí.

No sé cuánto tiempo pasé así. Llorando sobre su cuerpo ya sin vida. No quería separarme de ella. Ella era mi vida, mi luz, mi todo. ¿Qué haría ahora sin ella? Intentaron darme a la niña. Porque sí, había sido una niña. Pero yo me negaba a cargarla. No la quería. Ella me quitó al amor de mi existencia y yo ya no quería seguir viviendo. No sin mi ángel. Ya no más sin mi bello ángel a mi lado.

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31 de diciembre del 2015

—Papito —me puse de cuclillas y extendí mis brazos para recibir a mi pequeño angelito.

—Bella, mi amor. ¿Cómo te has portado? —pregunté acunándola entre mis brazos.

Ya había pasado año desde que mi bello ángel se me fue.

Todo había salido muy mal, pero ahora la tenía a ella. Isabella Ángel Cullen Swan. Ella es la viva imagen de mi Bella. Sus ojitos achocolatado, su cabello castaño ondulado, su pálida piel. Todo. Era la reencarnación de mi Bella. Y creo que su parecido fue lo que me impulsó a volver a respirar además de un sueño que me hizo reflexionar.

Llevé a mi hija a casa. No celebrábamos la víspera de año nuevo porque ahora ya no había nada que celebrar. Sí, era el cumpleaños número dos de mi pequeña Bella pero también era o más bien se convirtió en el día más triste del año porque se fue un gran pedazo de mi alma con la madre de mi pequeña.

—Hola, amor —saludé al retrato que había en mi habitación.

En él estaba Isabella sonriendo con dulzura.

—Mami —dijo mi pequeña acariciando la foto con sus pequeñas manitas.

—Sí, mi niña. Ella es mami. Ella dio la vida por ti y me dijo que te recordara siempre lo mucho que ella te ama —dije con voz ronca.

Después de unos meses —donde mi pequeña vivía con mis padres o Charlie y yo me hundí en mi propia soledad, donde no salía y mi trabajo lo había dejado y me escabullía en mi llanto y unas botellas de alcohol para aminorar imposiblemente mi dolor ya que lo sentía más fuerte cada vez— mi madre y Charlie llegaron a mi casa junto con mi pequeña y me hicieron ver lo mal padre que era. Al ver a mi hija una punzada de dolor se acumuló en mi pecho al darme cuenta del enorme parecido con mi ángel. Fueron sus profundos ojitos achocolatado iguales a los de su madre y su sonrojo en sus suaves mejillas los que me hicieron volver a la tierra. Ella me abrazó reconociéndome al instante y desde entonces no me he separado de mi pequeño nuevo ángel que me dejó el anterior, mi esposa.

Recosté a mi pequeña en mi cama. Ella dormía conmigo. No le gustaba dormir solita y yo encantado la recibía en mis brazos. Al poco rato de cantarle su canción de cuna, mi bebé dormía plácidamente.

—Es tan hermosa —susurró y su voz llenó mi vacío corazón.

—Es igual a ti —le dije viendo a nuestra hija—. Es nuestro día —le recordé viéndola ahora.

—Lo sé —contestó acercándose y recostándose en nuestra cama.

Traía el mismo vestido blanco reluciente que todas las veces que me visitaba.

—Te ves hermosa —le susurré sonriéndole torcidamente como cuando estaba en vida.

—Gracias —me dijo sonrojándose.

—Te extraño mucho —le dije con una opresión en mi pecho.

—Estoy aquí. Siempre estaré aquí —me aseguró acariciando mi mejilla.

—No tenías que irte así —dije ya al borde de lágrimas.

—Así tenía que ser, mi amor. Las cosas pasan por algo. Mi cuerpo murió pero mi alma siempre está a tu lado.

—No es igual. —Mis lágrimas ya caían por mis mejillas sin pudor alguno.

—Duerme, amor mío. Yo velaré el sueño de ambos. Duerme…

—No te vayas —supliqué intentando no cerrar mis ojos.

—Estaré en tus sueños.

—¿Lo prometes?

—Siempre. —Era su frase y claro que lo cumplía.

Me sumergí en la inconsciencia y de pronto ya estaba en un bello prado, el de siempre y mi Bella estaba sentada en el pasto.

Desde que ella murió siempre la veo en sueños o se aparece de vez en cuando. Estaba destrozado. Quise más de una vez acabar con mi vida pero ella apareció impidiéndomelo. Me dijo que debía cuidar de nuestra hija y es por eso que ella siempre aparece en mis sueños y como espíritu para calmar un poco mi agonía.

Dicen que los espíritus no existen y que lo que vemos algunos y otros no solo es porque las personas ven lo que ansían ver o no están conformes y desean recuperar algo perdido. No me importa si es mi imaginación, no me importa que sea mi inconsciente. Siempre veo a mi esposa y ese es el único motivo por el cual yo sigo respirando en esta tierra. Solo por ella y por la promesa que una vez le hice de cuidar de nuestro pequeño ángel y amarlo doblemente.

Me acerqué a Bella mientras ella se levantaba. La abracé y como en cada sueño que hacia al fin, por lo menos por un momento, me sentía completo.

—Como te necesito —le dije sinceramente—. Ya no tengo vida sin ti.

—Amor… yo siempre estoy contigo. Piensa en nuestra bebé que te necesita más que a nadie.

—Lo sé. Ella es lo único que me permite seguir respirando en ese mundo gris en el que me dejaste.

—Ahora estamos aquí.

—Y aprovecharé cada momento. Hoy es nuestro día. Un día como hoy, un 31 de diciembre nos conocimos, un 31 de diciembre decidimos compartir nuestras vidas hasta que la muerte nos separara y la muy cruel apareció muy pronto, justo un 31 de diciembre, llevándote con ella y déjenme un vacío inmenso que jamás podrá ser llenado. Al menos no mientras esté en el mundo real. Sólo tu recuerdo y presencia de espíritu me mantienen con vida. Y la reencarnación que dejaste también. —Sonreí recodando a nuestra hija y ella también lo hizo.

La besé con necesidad, con deseo, con desesperación, con el amor que sólo ella pudo tener de mí.

—No te das cuenta, ¿verdad? Nada… ni siquiera la muerte ha podido separarnos. Ni siquiera la muerte puede ir en contra de nuestro amor. Porque esto Edward, esto que tú y yo sentimos, nada ni nadie puede quitárnoslo. TE AMO, EDWARD CULLEN. Y TE AMARÉ POR SIEMPRE.

Sus palabras llenaban el hueco que en la vida real me consumía. Estar con mi ángel aunque sea, ahora, únicamente en sueños era mi motor para seguir en la vida gris que tenía. Claro… si a eso se le puede llamar vida también. Y sin olvidar a mi pequeño angelito.

—TE AMO, ISABELLA SWAN. SIEMPRE.

Y mi otro angelito apareció reclamando nuestra atención que gustosos se la concedimos. Mi esposa cargó a nuestra hija y yo las estreché en mis brazos deseando que este sueño jamás se acabase y permanecer siempre al lado de mis ángeles por toda la eternidad.

Ellas eran mis bellos ángeles que llegaron para iluminar mi ser, mi alma. Ellas dos son mi pase para abordar y solo con ellas abordaría. Solo con ellas es donde realmente pertenezco. Y ni la muerte me alejará de mis… BELLOS ÁNGELES.

Sé que podrá parecer una locura el que aún vea a mi esposa pero para mí es lo que mejor que me puede pasar. Sin ella mi mundo ya no es nada y si sigo existiendo es únicamente por nuestra bebita.

La vida te pone pruebas difíciles pero nada que no puedas superar. Yo no es que haya superado la pérdida de mi esposa, sino que su constante recuerdo y el visualizarla a cada momento y el no querer dejar sola a la pequeña Bella es lo que me hace obligar a seguir respirando, existiendo.

Un día, una sola fecha, cada año en el cual muchos sucesos ocurrieron. Buenos, hermosos, tristes, malos, desgarradores, todos memorables. Todo puede pasar y lo único que queda por hacer es continuar aunque sientas que ya no puedes mas porque siempre hay y siempre habrá alguien que necesita de uno y por ese alguien debes al menos hacer el intento.

—Quiero estar contigo —susurré en su oído.

—Ya lo estás, cariño —me susurró con dulzura acariciando mi mejilla, se sentía tan bien ese pequeño gesto.

—Me refiero a… tenerte por completo. Quiero que vuelvas o quedarme aquí contigo. Tengo miedo —admití con dolor en el pecho.

Maldito sufrimiento. Maldito dolor.

—No puedes quedarte aquí. Piensa en ella —me dijo con dulzura señalando a nuestra hija que dormía tranquila en su regazo—. Te necesita y yo necesito que estés a su lado.

—Y lo estaré —aseguré— pero yo… yo te necesito a ti —dije bajando mi cabeza evitando su contacto visual— ¿Y si… y si no soy un buen padre? ¿Si no soy lo que ella necesita? ¿Qué pasa si…?

Ella agarró mi barbilla y la alzó obligándome a verla.

—Serás el mejor padre del mundo. No temas mi amor. Yo siempre estaré cerca para ayudarte, para protegerlos. Y te prometo que no me moveré de aquí. Te estaré esperando para cuando llegue el momento de volver a unirnos por completo y por siempre.

Le sonreí pero como siempre no llegó a mis ojos.

—¿Será pronto? —pregunté esperanzado.

Quería. Deseaba tenerla entre mis brazos. Amarla y sentirla por completo. ¡Como la necesitaba!

—Más de lo que crees —prometió—. Vive por nuestro ángel, cariño. Ahora ella necesita de ti.

Volví a la cruel realidad. Me desperté y con cansancio repetí la rutina de todos los días. Me bañé, me vestí, vestí a mi hija que ya estaba despierta y nos fuimos al hospital. Siempre la llevaba conmigo. No me gustaba dejarla sola. Siempre llegaban mi hermana, mi prima o los novios de éstas, hasta mis padres y el padre de mi Bella para pasar un momento con mi hija ya que era rara la ocasión en que la llevaba para que la viesen.

Todos sabían que esta época era la más desastrosa para mí. Todos entendían mis motivos y los respetaban. Nadie celebraba la víspera de año nuevo como cuando yo era un niño y mi madre preparaba un gran festín. Ahora sólo eran días normales. Días sin sentido y lo único que se celebraba era el funeral de mi Bella con una misa, y el que mi hija siguiera creciendo —igualita con cada mecha de cabello que mi Bella. Cada año era más tortuoso que los anteriores.

Revivía cada momento con mi Bella ahogándome en mi sufrimiento. Eso sí. Frente a mi hija era el hombre que fui con mi Bella, dulce, amoroso, educado, paciente. Pero ante el resto de la gente era otro; frío, distante, apartado, hasta amargado. Nadie más que mis Bellas merecían mi afecto y amor y con nadie jamás lo compartiría.

—Hola, Eddie. —Las sucias manos de una de las enfermeras que quien sabrá cómo se llama y que siempre anda en busca de lo que jamás le daré, acariciaron mi rostro.

Algo vio en mí que se alejó como si hubiese visto un espanto. No permitía que nadie me tocase. Huía de cualquier contacto, me daba asco.

—No vuelvas a tocarme jamás. Vete de aquí —escupí las palabras con odio y frustración.

Ayer en mis sueños mi Bella me tocaba y ahora esta… tipa, viene a ensuciar mi rostro. Justo donde mi Bella me acariciaba.

La enfermera se fue con el susto plasmado en su rostro. Sí. Yo daba miedo, pero eso la verdad me tenía sin cuidado. Cerré mis ojos con frustración y un aire cálido golpeó mi rostro.

—Estás aquí —susurré sin abrir mis ojos.

Mi hija estaba en su carriola muy tranquilita jugando con un osito que su tío Emmett, el esposo de mi prima Rosalie le obsequió.

—Siempre —susurró en mi oído y sentí su aliento en mi oído. Unas manos acariciaron mis mejillas y todo el enojo que tenía desapareció al instante.

—Te amo —dije abriendo mis ojos encontrándome sólo en mi consultorio con los ojitos achocolatados de mi bebé observándome con curiosidad.

Me levanté de mi lugar y caminé hacia mi hija, la saqué de su carriola y la sostuve en mis brazos. Besé su sonrojada mejilla y una lágrima corrió por la mía. Cómo extrañaba a mi Bella. Mi hija acarició mi mejilla donde la lágrima había descendido. Tan dulce como su madre.

Llevé a mi hija a nuestra casa y toda mi familia estaba allí.

—Hola, hijo —me saludó mi padre.

Alice me pidió a la niña y se fue con ella y su esposo Jasper a sentar.

—Sólo será una cena en familia —me aseguró Esme, mi madre sonriéndome con pena.

Sabían que no me gustaban las sorpresas y estaba a punto de enfadarme cuando un aire familiar y un olor tranquilizador se colaron por toda la estancia. Todos se quedaron con sus ceños fruncidos y algo paralizados sin entender lo que sucedía.

—Mami —dijo mi bebé y una sonrisa se formó en mis labios.

Mi Bella estaba aquí. Como siempre. Tomé a mi hija en brazos y me dirigí al comedor. Hoy pasaré una noche en familia. Ellos lo merecían y no se los negaría. Además, mi Bella estaba acompañándonos, como siempre.

Todos me siguieron y vi a Charlie sonreír. ¿Se habrá dado cuenta de la presencia de Bella? Es su padre seguro que lo sabe.

Un ambiente tranquilizador inundó la estancia.

Lo que celebrábamos era una noche en familia y la presencia que jamás desaparecerá de mi esposa, de mi Bella. El recuerdo que siempre vivirá en cada uno de los que la amamos.

Ella que nos acompaña y que algún día, no muy lejano, yo podré estar a su lado y cuando eso suceda nadie NUNCA nos separará. Ahí será cuando mi agonía acabe y por fin tendremos sin miedos, un… PARA SIEMPRE.