Crepúsculo no me pertenece, aunque me gustaría
NO SON FEOS NI NADA
Forks. Domingo, 22 de noviembre de 2009. 18:09 horas
Bella & Edward POV
Decir que sus palabras me habían sorprendido sería un eufemismo, un bello y suave eufemismo y decir que su actitud me había pillado desprevenida otro y mucho más grande. La tranquilidad que reflejaba, lo frío que actuaba y sobre todo, esa estúpida conclusión de que no iba a volver a ver a mis hijos durante los siguientes quince años me habían dejado alelada, patidifusa, petrificada... pero solo durante unos instantes.
Los instantes que a él le llevaron ir a la cocina y depositar los platos, fue el tiempo que me llevó espabilarme. Para cuando llegó yo ya estaba lista para presentar batalla. En cuanto lo vi apoyado sobre el quicio de la puerta, con un pie pisando el marco de madera blanco, con las manos en los bolsillos, con la sonrisa socarrona de lado y con la mirada congelada. Exploté. Y eso que no quería hacerlo. Y eso que me había prometido no hacerlo.
...
Salí de la habitación dejándola allí plantada para volver a encontrarla quieta sobre la alfombra del salón. A la muy bruja le salía humo de las orejas y de la nariz, tenía los ojos desorbitados y el pie derecho picoteaba el suelo con un ritmo endemoniado. Y aún, con esas pintas de loca, increíblemente, la tía estaba buena. Pero esta vez, se había pasado y no pensaba ceder. Más le valía que hiciera punto por punto lo que yo, de ahora en adelante, le marcase porque ningún cabreo o enfado que había tenido hasta ahora había siquiera alcanzado la mitad del grado en el que me encontraba ahora mismo.
― Te odio ― susurró cuando se percató que apoyado sobre el quicio de la puerta la observaba con una sonrisa en la boca.
― Ahora pregúntame si me importa― Respondí intentando contener con un poco más de esfuerzo todas mis emociones que amenazaban con explotar. Tres gotas más y el agua rebosa. ― Vamos, nena, tenemos un largo camino por delante―. continué señalándole con la cabeza la salida a sabiendas de que ese sobrenombre la iba a irritar un poco más. La batalla iba a ser dura y cuanto más nerviosa estuviese ella más posibilidades iba a tener yo.
...
Había estado tan concentrada en mantener la calma pensado que él se iba a volver loco, y considerando que yo era la que iba a tener que mantenerme fría y estable que verlo allí tan impasible después de decirle que le había ocultado el nacimiento de sus hijos, que trataba con tanta indiferencia lo que a mi tanto me importaba y quería que algo en mi cerebro hizo crush. Algo ahí dentro crujió y todas mis buenas intenciones se me fueron por el retrete.
No pensé, no medí las consecuencias, solo actué. Siempre, al menos desde que los niños habían empezado el colegio, les había repetido insistentemente que la violencia no les llevaría a ningún lado y que la solución adecuada era el diálogo. Menuda mentira. Mentira cochina y de las gordas. Había ocasiones en que la violencia estaba plenamente justificada. Bueno, no, tampoco era así. Había alguna excepción. Por ejemplo la violencia de género no estaba justificada, ni la violencia doméstica, ni la violencia a los niños, ni a los jóvenes, ni a los ancianos, ni a los animales, ni a... bueno igual si me paraba a pensarlo un poco solo estaba justificada la violencia cuando se trataba de Bella Swan a Edward Cullen, y solo en situaciones extremas. Como cuando él chico le saca de quicio a la chica. Y sobre todo cuando no deja heridas permanentes, como por ejemplo cuando le das un golpe en la cabeza con un bate o contratas un sicario para romperle las piernas. Pero tampoco pasaba nada por tirarle un cojín ¿no? o ¿sí?... ¿y si le tirabas toda la colección de cojines de patchwork, ganchillo y punto que tenía mi madre en el salón? bueno total... tampoco me iba a poner a hacer un simposium de buenas maneras cuando ya le había tirado dos de los espantosos cojines y el tercero se encontraba en camino.
Con cada cojín que le tiraba a Edward él se acercaba tres pasos hacia mí. Era como jugar a la gallinita ciega solo que en vez de girarme para dejarlo avanzar me agachaba por encima del sofá para recoger otro de los horrocojines. Y el muy capullo era rápido, porque me alcanzó cuando me estiraba para coger el cuarto. El acolchado estaba hecho con trocitos de viejas camisas de mi padre y el dibujo pretendía ser una escena de un jardín con columpio y un lecho de flores. Eso era lo que mi madre pretendía hacer, tiene una gran imaginación y una intensa vida interior.
―Chist, chist, chist― dijo Edward prepotentemente mientras me cogía la muñeca con una de sus manos y arrojaba el trozo de telas cosidas entre sí lejos de mi alcance. ―Quieta fierecilla ―añadió mientras sin soltarme rodeaba el sofá y se situaba a mi lado, y consiguiendo un largo gruñido por mi parte. ―¿Me acabas de gruñir? Sip ―añadió socarronamente cuando volví a repetir el ruido que tanta gracia le había hecho, torciendo la cabeza hacia atrás y riéndose abiertamente de mí. Hijo de...
Sentí mi sangre hervir, mi estomago revolverse, y ahí fue cuando me volví a perder... y si antes le había tirado armas arrojadizas de algodón en completo silencio. Ahora mi boca, entre espumarajos y escupitajos comenzó a soltar insultos, injurias y las palabras más malsonantes que se encontraban en el mercado. Lástima que su reacción fue, nuevamente, mucho más rápida que la mía con lo que solo medio tiempo a insultarle tres veces antes de que su mano tapase las puertas del infierno en las que mi boca se había convertido.
―Bella, eres una mami de familia... no querrás que te limpié la boca con jabón― susurró agachándose a mi altura para verme de cerca. Muerto, si las miradas matasen en ese mismo momento tenía que caer redondo sobre la alfombra. ―Y ni si te ocurra morderme, porque de momento me estoy conteniendo... pero como me muerdas, te muerdo. ¿Me has entendido? ―preguntó obligando a mi cabeza a moverse afirmativamente. ―Buena chica ―añadió dándome un beso en la sien y tratándome como si fuera una vulgar perrita callejera, provocándome de nuevo y haciéndome rebotar de la rabia. Su puta...
Cerré los ojos por un instante, para no ver al idiota que tenía enfrente, para ser empática e intentar analizar los motivos que le llevaban a comportarse así. Y de repente se hizo la luz y entendí su comportamiento infantil. Intentando comprobar mi teoría abrí los ojos y fijé mi mirada en sus ojos y lo que vi fue lo que buscaba. Estaba echándose un farol.
―¿Estás más tranquila? ―preguntó suavemente dulcificando su gesto. Asentí como pude y él poco a poco comenzó a retirar su mano de mi boca.
―Entonces, ¿ojo por ojo? ¿es eso lo que quieres? ―confirmé sus palabras mientras le daba la espalda y me sentaba en el sofá. Todavía estaba muy molesta al ver que había adivinado mis intenciones y disposición a morderle y arrancarle, ñasco a ñasco, los cinco deditos de su mano.
―No quiero discutir contigo ―exclamó cambiando de registro y de humor, mientras que sorprendentemente comenzaba a recoger los cojines que estaban tirados sobre el suelo y comenzaba a colocarlos sin ningún orden sobre el sofá. ―Ostia puta, pero que cojines más... no son feos ni nada ―susurró acertadamente― Recoge tus cosas y vámonos ya ―ordenó dirigiéndose otra vez hacia la puerta.
―Estás como una puta cabra ―le dije lo más aceradamente que pude, ignorando sus órdenes y recolocando los cojines en fila india. Tal y como estaban. Tal y como a mí me gustaba. Tal y como a mi me daba la real... no, mejor, la puta gana.
―Yo también lo creo ―murmuró utilizando una voz baja, apenas audible pero lo suficientemnte elevada como para escucharla y entender su sarcasmo― Creo que es un mecanismo ancestral que mi cuerpo pone en marcha ante tu presencia.
―Vete a la mier...
―¿Quieres que empecemos otra vez? ―inquirió sin cambiar el registro optimista-indiferente-satírico que había adoptado. ―Porque te lo digo en serio, esta vez no pienso callarte con la mano en la boca―. Exclamó acerando un poco la voz y cortando mi sugerencia con un guiño socarrón. Me mordí la lengua y el labio, entendía perfectamente lo que me estaba insinuando y no quería llegar a suscitar esa situación. Era muy consciente de que su pretensión era provocarme e irritarme, lo triste es que pese a estar prevenida lo estaba consiguiendo... pero lo peor de todo, es que por encima del cabreo, su actitud y no se que mierdas más que se me pasaban por la cabeza estaba sintiendo cosas... cosas raras... en mis cosas... pero desde luego no era el momento oportuno. ―Así que si no estas dispuesta a acabar algo, mejor no lo empieces. Coge tu abrigo y vámonos ―insistió nuevamente dirigiéndose hacia la salida pero esta vez arrastrándome a mí cogida de su mano.
Me solté de un movimiento brusco tras ver como el clavar los talones en el suelo no funcionaba en absoluto.
―¿Pero se puede saber a dónde quieres ir con tanta prisa?
―¿Estás en serio? ¿Tú que crees? ―inquirió mordazmente― quizás tengo algo de prisa por conocer a mis hijos, quizás tengo miedo de despistarme cinco minutos contigo y que la próxima vez que os vea tú camines con andador y los que tengan cinco años sean mis nietos ―añadió con retintín tocándome los cojones en un redoble.
―Imbécil― le dije volviendo a sentarme en el mismo sitio que antes.
―¿Qué? Joder ¿Ahora qué coño te pasa? ―chilló de repente haciéndome dar un salto de la impresión, mientras él de una sola zancada se colocaba delante de mí con los brazos en jarras.
―¿Qué mierda Edward? Acaso crees que voy a dejar que te comportes como un estúpido delante de ellos ―expliqué mis motivos atrincherándome tras uno de los horrocojines que coloque en mi regazo― Además, tú ni siquiera... tú no quieres conocerlos ―balbuceé intentando poner en orden todos mis pensamientos y lo que ya llevábamos dicho en la conversación― Apenas sabes nada de ellos.
―Y eso te lo tenemos que agradecer a ti. ¿Verdad? ―contestó rápidamente con un brillo bastante belicoso en sus ojos antes de negar con la cabeza.
―No es eso lo que quería decir... ― justifiqué rápidamente, colando los dedos entre los agujeros del bordado de ganchillo.
―No, lo siento ―dijo él esta vez entre profundas respiraciones― Estoy intentando controlarme... pero no me lo pones fácil ―añadió quitándome el cojín de las manos y dejándolo fuera de mi alcance.
―Yo lo que te iba a decir es que... por qué tienes tanta prisa por verlos... ni siquiera me has preguntado por sus nombres, por su fecha de nacimiento... no te interesa saber nada de ellos y ahora, es que...
―¡Basta ya! ―me interrumpió gritando y perdiendo por completo la paciencia que prometía instantes antes tener― No te entiendo, no se qué coño quieres de mí. No he dormido nada, salgo de trabajar corriendo para verte a ti y para ver a mi madre y me entero seis años después... ¿Oíste bien? SEIS AÑOS DESPUÉS que hay dos hijos míos por el mundo ―insistió alejándose de mí y comenzando a pasear por la habitación― ¡MIOS y TUYOS! ¡NUESTROS! Yo solo quiero ir a verlos, ir a Seattle corriendo, coger el primer avión al este que salga del aeropuerto y llegar cuanto antes a Boston...
―Mierda ―exclamé al darme cuenta de sus palabras y hundiéndome un poco más en el sofá, sin atreverme a seguir mirándolo, sin fuerzas para interrumpir su arranque.
―¿Preguntas? ¿quieres preguntas? porque tengo un millón de preguntas que hacerte antes de recogerlos y desaparecer. Sus nombres y su fecha de nacimiento, aunque no te lo creas, es lo último que me importa ahora mismo. Ni siquiera te puedes imaginar lo poco que me importa eso ―añadió entre pequeñas respiraciones entrecortadas.― Por mí como si se llaman bebe 1 y bebe 2. Realmente lo que me importa es conocerlos, abrazarlos y besarlos y ni siquiera puedo entender porque tengo tantas ganas de hacer eso. Y quiero saber un montón de cosas de ellos, todo, sus enfermedades, primeras palabras, cuándo se cayeron por primera vez, quién gateó primero, si les gusta leer, si les gusta el deporte... quiero saberlo todo de ellos pero nos llevaría un montón de horas hacerlo y lo podríamos hacer durante el viaje. Ni siquiera me importa ahora mismo por qué la bruja de su madre no me lo dijo ―continuó su discurso sin fijar atención alguna, más como si hablara consigo mismo en vez de conmigo― porque me mintió, por qué se escondió de mí. Ni porque me consideraba tan hijo de puta cómo para no decirme algo así. ¿Tan mala persona crees que soy? ―incluyó ahora dirigiéndose directamente a mí― No me entra en la cabeza el saber que fuiste así de cruel conmigo. Pero tampoco puedo ponerme a pensar en ello. Necesito moverme, hacer algo... así que... por qué no nos ponemos en marcha cuanto antes y me lo cuentas por el camino. ―Acabó su parrafada bajando mucho el tono de voz y acercándose a mí― ¿Estás llorando? ―Inquirió preocupado al darse cuenta de que había lágrimas surcando mi rostro, algo que ni siquiera yo había percibido. A sabiendas de que no tenía un clinex cerca de mí, me las sequé con las manos y un poco más disimuladamente con los puños de mi jersey ―¿Por qué lloras? ¿Por lo que te dije?― Preguntó confuso arrodillándose entre mis piernas― Lo siento, de verdad. No me hagas caso Bella, sabes que digo un montón de tonterías. De verdad, si es tan importante para ti, está bien... dime... ¿cómo se llaman y cuándo nacieron?
―No es eso ―respondí tragando fuerte las lágrimas que me habían ocasionado sus palabras. Como iba a llorar por sus preguntas no preguntadas... solo me había inquietado por la emoción que sus palabras habían transmitido.
―Entonces ¿qué? ―preguntó desesperado agarrándose del pelo y tirando de él hacia los lados― luego os extraña que me vuelva loco.
―Nacieron el 18 de enero, son capricornio. ―Empecé a contarle mecánicamente, mientras cogía otro de los almohadones y comenzaba a juguetear con los hilos que mi madre había dejado deshilachados. Eran tantas cosas las que querría contarle y tan escaso el tiempo que teníamos a nuestra disposición. ―Son inteligentes, cariñosos y muy buenos, ella nació dos minutos antes que él y son inseparables, se adoran y apoyan mutuamente, se animan y se ayudan a superarse y a ser mejores. ―Le dije fijando mi atención en su rostro. Me arranqué a seguir hablando al ver con cuanta atención e impaciencia recibía todos los datos― Ella es muy cabezona y terca, él tiene muchísima paciencia pero solo con su hermana y se que no es importante... pero son guapísimos. Les encanta el helado de chocolate y de menta, que les lea cuentos y... ―y me callé, iba a decirle una cosa más, pero me callé al considerar lo mal se lo podía tomar, aunque no sirvió de mucho pues en cuanto me apretó suavemente mi rodilla yo canté como un pajarito. ―Y tienen muchísimas ganas de conocerte― confesé antes de soltar un gran hipido.
―¿De conocerme? ¿qué saben de mí? ―Preguntó medio sorprendido medio ansioso por conocer la respuesta.
― Todo ―respondí soltando el cojín y recogiendo entre mis manos su rostro y obligándole a mirarme para que viera mi sinceridad― les he hablado de tí y te adoran. ―Le expliqué tragándome nuevas emociones que trataban de escapar al recordar la ternura con la que mis niños siempre me preguntaban cosas de su papá― Les he contado millones de anécdotas, de cuando éramos pequeños y te aman con locura.
―¿Cómo... por qué? ―inquirió dubitativo tras unos segundos en silencio. Yo estudiaba ansiosa todas y cada una de sus reacciones cómo cerraba los párpados con fuerza, arrugaba el ceño, apretaba la nariz, se retorcía los dedos, estiraba el pelo y cómo tragaba saliva y agitaba su nuez. También fui testigo de como, entre parpadeo y parpadeo su semblante cambiaba nuevamente. Me gustaría tanto saber qué pasaba por su cabeza y cómo era capaz de pasar tan rápido de un tema a otro. ―¿Por qué te fuiste...? ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por que me dijiste que habías abortado? ―insistió retomando la conversación que poco antes me había dicho que no quería tocar.
―Yo no te dije eso... ―Me defendí rápidamente lo mejor que pude, intentado rememorar lo que había ocurrido. ―Tú viniste y lo diste por sentado ―Respondí recomponiendo mi rostro.
―Me lo dijo el Dr. Gerandy. ―Se defendió a su vez de mi recriminación.
―El Dr. Gerandy ¿De verdad? Edward. ¿Y tú lo creiste? ― respondí sorprendida por sus palabras. Cómo no me lo había dicho en aquel momento, cómo había podido escuchar precisamente a Gerandy.
―¡Ehh! cómo... por qué no lo iba a creer... era tu adjunto y tu médico y...
―Y estaba senil. ―Le corté antes de seguir escuchando sus explicaciones y cabrearme más, aunque sin poder evitar dar un puñetazo sobre el sofá― Sí, senil ―grité irascible al ver su cara de incredulidad. ―Por Dios, Edward ―continué deprimiéndome cada vez más al comprender lo que había ocurrido― Todos lo sabíamos... le iban a jubilar... Todos lo sabíamos. ―Repetí sin poder evitar que nuevas lágrimas humedeciesen mis ojos.
―No, yo no lo sabía ―siseó ante mí― no tenía ni idea, nadie me lo dijo ¿por qué nadie me lo dijo? ―gritó.
―Lucy ―susurré recordando a mi compañera de habitación.
―¿Lucy? ―me devolvió en un tono anodino y cansado― ¿y ahora quién coño es Lucy?
―Lucy Sanders, era la chica que me acompañaba en la habitación. Ella fue la que aperdió el niño, no yo, fue un aborto natural. ―Le expliqué también hastiada. Seguramente Gerandy había confundido los expedientes. Los últimos meses había estado cometiendo todo tipo de despistes, tonterías sin importancia pero cada vez con más frecuencia, razón por la cual todos lo habíamos cubierto y protegido, pero que podrían convertirse en algo realmente serio, motivo por el cual en cuestión de semanas se gestionó su jubilación.
―Me importa una mierda... ―exclamó de repente tras unos minutos en silencio por parte de los dos― No importa si el hombre me mintió o se hizo la picha un lío. Tú, tú... ―siseó señalándome con el dedo― tú no lo negaste, le diste la razón.
―Yo... Edward, yo... ―Tenía razón, yo no le había sacado del error, más bien todo lo contrario, incluso lo había confirmado. Pero tenía mis motivos. ―Estabas tan aliviado al pensar que había abortado ―confesé todavía dolida por unas palabras emitidas tantos años atrás.
―No, no... no ―negó fuertemente― estaba aliviado de que tú estuvieras bien, no de que hubieras perdido el niño ―explicó cogiéndome de los hombros y obligándome a enfrentarlo― ¿Pero que querías que te dijera...?
―Pues, cualquier cosa, menos lo que dijiste.
―Bella... estaba histérico. No se ni lo qué te dije ―murmuró muy despacio y dándose algunos cabezazos con mi rodilla.
―Pues que era lo mejor, que así podríamos acabar la carrera y viajar juntos como habíamos pensado, que... ―intenté resumir brevemente toda la mierda que había soltado aquella maldita tarde y que se había grabado a fuego en mi memoria.
―No, no... me malinterpretaste ―interrumpió bruscamente poniéndome un dedo en mis labios.
―¿Niegas que lo dijiste? ―me revolví de su agarre y de su roce, hablando contra su índice.
―No ―negó despacio, pensando muy bien lo que iba a decir― pero no eran palabras de alivio ni de alegría, pretendían ser palabras de consuelo.
―Edward, tú, tú... ―comencé a decir viendo la emoción traspasar sus ojos.
―Yo que... ―pidió derrotado apoyando su cabeza en mis piernas y mirándome con unos ojos acuosos que hablaban por sí mismos.
―¿Tú querías al bebe? ―me atreví a preguntar por fin la cuestión que había estado rondando en mi mente durante los últimos seis años, después de tragar fuertemente unas cuantas veces.
―¿Estás loca? ¿qué pregunta es esa? ―devolvió herido pero aligerando la agresividad de su tono― ¿Cómo no lo iba a querer? ―inquirió dando por sentado que yo debería saber la respuesta― Era tuyo.
―Y tuyo ―respondí conmocionada sin poder evitar que alguna lágrima se escapase. Edward, sorbiéndose la nariz, me agarró fuertemente de los muslos y me arrastró por el sofá para dejarme caer sobre su regazo. Una vez allí, medio espatarrada entre sus rodillas, se movió con cuidado para acomodarse y apoyarse el mismo sobre la mesa de cristal que estaba a sus espaldas. En ningún momento me soltó, en ningún momento hice nada por soltarme.
―Yo, yo... ¿de verdad que son míos? ―susurró colocando una y otra vez el mismo mechón rebelde detrás de mi oreja― Nunca me dijiste que era mío, que eran míos.
―Diste por sentado que no lo eran... así que... ―expliqué dejando morir las palabras en el fondo de mi garganta, para dejar que él sacase sus propias conclusiones.
―Así que no me sacaste de mi error ―adivinó pesaroso.
―Intenté decírtelo pero no escuchabas ―contesté revolviéndome en su regazo y poniendo algo de distancia entre nosotros― que si esto, que si lo otro... pensé que cuando diera a luz y vieras al bebé... a los bebés... te darías cuenta tú solo.
―¿Se parecen a mí? ―demandó, iluminanso su rostro por primera vez con un poco de alegría, a la par que se arrastraba sobre la alfombra hasta volver a situarse frente a mí.
―Sobre todo él y tú, sois como dos gotas de agua... ella, ella se parece más a mí ―respondí más emocionada de lo que nunca habría pensado estar. Por fín Edward y yo estábamos manteniendo una conversación relativamente decente, a pesar de lo mal que había empezado.
―Entonces debe ser preciosa ―respondió con una gran y dulce sonrisa, volviendo a cogerme entre sus brazos― ¿Sabías que eran dos?
―No, no... no me lo dijeron hasta el último trimestre ―respondí a su cuello sin atreverme a levantar la cabeza y darle alguna oportunidad a la miniburbuja que habíamos creado de explotar. Todas aquellas confesiones, todos aquellos roces y toda aquella cercanía me tenían con los nervios a flor de piel.
―Aquella noche... ―comenzó a hablar compungido frotando la nariz contra mi oreja― el accidente fue culpa mía. Todo fue culpa mía.
―No... no... fue un accidente, una tontería, el coche resbalo y choqué... ―Le intenté explicar girando mi rostro y quedando nariz a nariz con él. Ya habíamos tenido aquella misma conversación en el hospital aunque aquella vez no se había culpado así mismo, sino más bien me había echado a mi la culpa por conducir de noche y ser una despistada― Era de noche, había llovido, fue culpa mía.
―No, no digas eso― negó insistentemente y sorprendiéndome al darme unos cuantos besos caóticos sobre mi rostro― fue todo culpa mía, discutimos, te enfadaste y te fuiste, y yo te dejé marchar. Tenía que haberte seguido y encerrarte en tu habitación. Fue culpa mía y solo mía ―persistió obstinadamente no dejando de darme pequeños y derretidores besos.
―No te culpes, por favor. ―Le pedí devolviéndole por primera vez algunos de los piquitos que me había dado. ―Sabes que nada del mundo me hubiera detenido ―añadí dándole un par de golpes con el dedo en sus costillas, sabiendo de antemano que le sacaría una sonrisa.
―Cuando me llamaron del hospital ―continuó él obviando mis leves intentos de aliviar la situación― y me dijeron de tu accidente pensé que os perdía. Luego, cuando me dijeron que tú estabas bien, pero que el bebé no lo había superado... ―admitió entrecortadamente y arañando mi corazón al no poder continuar la frase― Lo pensé, pensé que el universo nos daría una nueva oportunidad. A ti y a mí. Y desde entonces, me he sentido tan culpable ―dijo escondiendo su rostro entre mi melena y apretándome fuertemente contra él.
―Edward ―le llamé comprendiendo por primera vez su punto de vista.
―No lo entiendes. Fui egoísta, te quería a ti y me alegré por ti, porque aún estuvieras conmigo y poder solucionar lo nuestro. Y aunque mi corazón lloraba por tu pérdida, nuestra pérdida, creía que juntos saldríamos adelante. En aquel momento, sentí el mayor dolor del mundo pensando que por mi culpa habías perdido a nuestro bebé ―confesó negando continuamente con su cabeza― Me moría de ilusión por criarlo como tal junto a ti.
―Edward, yo... ―intenté interrumpirle para preguntarle por algunas de las cuestiones que me chirriaban en su discurso: cómo que una nueva oportunidad, cómo que me quería, cómo que nuestro bebe si él no se había tenido en cuenta como padre.
―Bella ―continuó sin hacer caso de mi interrupción― no se si te voy a poder perdonar esto. Aquella noche, supuse que habías perdido a tu hijo por mi culpa. Y cuando te fuiste no solo le perdí a él, sino a ti también ―exclamó en un registro de voz otra vez frío y distante, actitud que se vio reflejada cuando bruscamente me volvió a depositar sobre el suelo y comenzó a alejarse de mí.
―Edward, para, por favor... ―rogué siguiéndole, intentado frenar su huida.
―No... déjame seguir ―rechazó poniendo una mano abierta entre nosotros. ―Lloré y me deprimí, pero tras unas semanas comprendí que te estabas protegiendo de tu dolor, que no me querías cerca de ti porque también me culpabas del accidente y ahí fue cuando decidí ir a buscarte y hacerme perdonar con el único propósito de hacerte feliz. Pero fue cuando...
―Te eché y me viste con Emmett ―me adelanté a contar lo que había ocurrido― y pensaste lo peor de mí, otra vez.
―Eso parece, pero...
―Edward, ya sabes que no estaba con él.
―Ahora lo se. Pero en ese momento, al menos pensar en eso me dio un motivo para entender por qué te fuiste... pero ahora, qué quieres que piense ―exclamó elevando la voz y agitando los brazos― que te fuiste para castigarme... porque según tú soy un hijo de puta que se alegraba de que hubieras abortado.
―No, no... no lo entiendes.
―Si, lo entiendo perfectamente... después de tantos años me doy cuenta de que no me conocías en absoluto, no conocías mi cabeza ni mi corazón ―exclamó tapándose la cara con ambas manos, escondiéndose de mí.
―Edward, por favor ―le pedí intentado separar sus manos y que me dejase ver su rostro.
―Pero por qué, entonces, me lo dices ahora ―exclamó con rabia― Si me odias tanto como para pensar lo peor de mí porque ahora crees que...
―No me fui por ti, ME FUI POR MÍ ―prorrumpí en un arranque de sinceridad y no pensando demasiado bien en las connotaciones que tenían esas palabras y en la dirección que nos obligarían a tomar. Y es que, lo peor de todo, fue que confesé mi segundo mayor secreto tras el de los niños, solo pensando que no quería verlo así.
― ¡Eh! ―exclamó de una manera bastante alelada.
― Yo...yo...
― Tú ¿qué? ¿más secretos Bella? ―aclamó recuperando el habla y el sarcasmo, poniéndose a la defensiva sin motivo alguno, al menos en esta ocasión― ¿qué más secretos tienes? Habla, habla... por dios, dímelo... no te das cuenta de que no hablar es lo que nos ha llevado a esta situación.
― Yo... tú... ―tartamudeé pensando exactamente en esas mismas palabras.
― Él, nosotros, vosotros, ellos. Si Bella ya conocemos todos los pronombres nominales ¿Lo dices o no? ―insistió agobiándome para que le diera una respuesta que ni siquiera tenía en mente― Buena mira, no lo digas, sigue así, ya no me importa, solo quiero ir a Boston y desaparecer con los niños.
― Claro que ya no te importa, nunca te ha importado nada. Yo no te he importado nunca. ― le encaré elevando nuevamente el tono de voz muy cansada de sus bruscos cambios de humor. Joder, no se había dado cuenta de qué implícitamente mis palabras habían sido muy explícitas. ¡Por Dios Edward, dale al tarro un poco!
― ¿CÓMO DICES ESO... pero de qué COÑO hablas? ―preguntó subiendo un par de decibelios su tono― Te pedí que te casaras conmigo... y en la cabaña, antes de irme...
―Por pena, por lástima... ―contesté recordando aquellos intentos en los que el gran discurso de pedida que yo hubiera deseado se había limitado a un: «Pues te tendrás que casar conmigo», primero y un «Ponte el anillo de mi abuela de una puta vez que te espero en el coche», después. Sin palabras me dejaron ambas.
Con la primera, él se ganó una buena bronca aderezada por un gran portazo. Ocurrió dos días antes del accidente.
La segunda, el día de la cabaña, él había dejado el maldito anillo de su abuela sobre la repisa de la ventana. Creí que iba a estar en el coche esperando por mí, hasta que se me pasara el disgusto, pero llegó Emmett a recogerme y cuando salimos de casa él ya se había ido, dejando el anillo, a mis hijos y a mí atrás.
―No, no ―contradijo mis palabras.
―Ese no es un motivo correcto.
―Era porque no podía vivir sin tí ―suspiro ¿angustiado?
―No me mientas, me habías echado de TU casa.
―No te eché, por eso cogiste el coche... ¿por qué piensas que te eché?
―No lo pienso, lo hiciste. Lo hiciste porque querías deshacerte de mí ―insistí muy segura de mí misma― y utilizaste a aquel pobre sueco de intercambio para echarme.
―¡Pobre! ―exclamó sobresaltado― ¿Cómo que pobre? Te quería follar.
―Le rompiste la nariz. ―Le recordé intentando no reírme por aquella escena. Bueno, en su momento no me había hecho ni puta gracia. Ver a Edward, a un tío que yo consideraba serio y formal, con una pequeña vena extrambótica y otra más grande paranoica, simpático, cariñoso y sensato, cómo se lanzaba encima de un chico que bebía los vientos y las mareas por él había supuesto un gran shock para mí.
―Se la arregle. Le di un cierto toque cubista a su rostro ―respondió orgulloso.
―Eres imposible.
―Quería lo que era mío.
―Estás ciego. ―Le respondí ignorando sus últimas palabras― Te lo dije mil veces, cuando nos alquiló la habitación no era porque me quisiera a mí, nunca me haces caso, te quería a ti.
―¿Pero que coño dices? El rubiales cagapañales se comía a las tías de dos en dos.
―Eres imposible ―le dije intentando otra vez no reírme por el uso de sobrenombres que siempre acababa poniéndole a la gente― le rompiste la nariz y el corazón.
―Pero, siempre estabais juntos, siempre... ―continuaba su discurso incrédulo a mis palabras.
― Compartíamos aficiones― le confesé encogiendo los hombros y recordando las lacrimógenas conversaciones en las que Sven me pedía consejo de cómo ligarse a Edward. Cómo si yo fuera a darle alguna pista, cómo si yo tuviera idea alguna.
―Pero entonces... ¿por qué te acostabas con él? ―preguntó realmente curioso.
―Dale la vuelta al trigo ―chillé desesperada volteando los ojos hasta quedarme vizca― Nunca me acosté con él.
―Me estas mintiendo. Os vi ―confesó con ¿dolor?
―¿Acostándonos? ―le pregunté con sorna sabiendo de antemano que eso era imposible.
―Si... bueno, no, no exactamente, pero estabais juntos en la cama.
―Eso me parecía... ¿y estábamos desnudos?
―No, no... pero...
―Pero nada, Edward nada... ―corté antes de que siguiera diciendo tonterías y a mi me sacara de quicio, con lo bien que íbamos― tú también pensaste lo peor de mí. Lo que no entiendo es por qué.
―Bueno ―dijo nervioso― no me cambies de tema. Estábamos hablando de nosotros, algo que me interesa mucho más. ¿De verdad que no tenías nada con el sueco? Cuando el llegó tú te alejaste.
―Yo no me alejé, solo me protegí.
―¿De qué, por qué? ―Había intentado cambiar de tema pero el muy necio seguía insitiendo una y otra vez sobre el mismo tiempo.
―¿De verdad quieres oirlo? ― Le pregunté esperando a ver como asentía― ¡Eh! quieres? siempre te has negado a escucharme... pues muy bien, perfecto... me fui por ti, para no verte el careto, para no tener que escucharte, ni hablarte, para no ver como tonteas con otras y para superarte, para olvidarte, para...
―¿Qué has dicho? ―preguntó un poco alterado cogiéndome fuertemente de los hombros.
―Ves, te niegas a escucharme― objeté intentado inútilmente separarme de su agarre.
―¿Que qué cojones has dicho? ―Preguntó separando cada una de las palabras con largos intervalos. Pero qué era yo idiota ahora. Acaso hablábamos distintos idiomas. Bueno, pues analizándolo todo con cuidado igual sí a lo segundo y, definitivamente, sí a lo primero.
―Quieres que te lo repita, es así como me quieres castigar, me vas a volver a humillar...
―Yo, nunca, yo nunca te he...
―¡PARA OLVIDARTE! ―grité ya cansada de la conversación y de la vida misma. A tomar por culo todo, viva la sinceridad y la madurez responsable. Yo lo suelto y luego él que viva con las consecuencias― ¡para NO QUERERTE! ¡para NO amarte! ¡para poder vivir! ¡para...
―Tú ¿tú me querías?― preguntó tras cerrar la boca que se le había quedado abierta justo en el mismo momento en el que un hilillo de baba estaba a punto de escapársele. Igual de adorable que mis bebés cuando de pequeñines se les caía el chupete, igual de asqueroso que un perro pulgoso.
―Ahora vas a hacer cómo que no lo sabías ―respondí irritada.
―No lo sabía― confesó negando incesantemente la cabeza.
―Me acosté contigo un montón de veces.
―Yo, pensé que...
―Que era una fresca, una puta, una zorra... ―le dije intentando mostrarme risueña. Todo mentira, me llevaban los mil y un demonios. Me cago en...
―No ―negó categóricamente.
―Si... si era lo que pensabas, pensabas que me acostaba con Sven y contigo a la vez, y con Emmett, y ¿con quien más? ―le pregunté mientras comprobaba como iba poniendo cara de no solo de haber roto un plato, sino toda la vajilla entera― ¿con Jasper? ¿con el vecino? ¿con...?
―No, no es cierto. Creía que estabas enamorada de él ―lloriqueó estresándome en el intento.
―Eres frustrante. Sigues sin entenderlo ―Le grité desesperada por la infructuosa conversación― Estaba enamorada de tí ―Ole, ole y ole mis cojones. Podría decirlo más alto, ¿pero más claro? Imposible.
―¿Estabas? ―inquirió volviendo a utilizar la carita de perro pulgoso baboso.
―Si, esta... ¿Pero has escuchado algo de lo que te he dicho? ESTABA ENAMORADA DE TI ―repetí tan alto como pude envalentonada por su reacción― Y tú me ignorabas, cagabas para mí, solo me querías para... estábamos solos y eras un Edward y en cuanto estábamos con alguien más eras otro. Ni siquiera Alice, que se pasaba el día con nosotros, que podríamos decir que la acabamos de criar, tenía la mínima sospecha. Eso en que lugar me deja si no es en el de tu puta.
―Ni se te ocurra decir eso ―interrumpió bruscamente abrazándome a él.
―Me dijiste que me querías como a una hermana ―le reclamé aferrada a sus brazos.
―No creo que.. yo... imposible que... no era esa...
―Lo dijiste y punto ―insistí machacona recordando sus palabras exactas.
―¿Y tú lo creiste? ―preguntó inocentemente separándose un poquito de mí.
―¿Por qué no lo iba a hacer?
―Pues porque digo un montón de tonterías... Bella, cuando estábamos juntos te decía lo importante que eras para mí, que te necesitaba en mi vida, que lo eras todo... y eso no lo creías y un día, un triste día en el que te veo con un maromo rubio de ojos azules en la cama te digo, con el corazón roto, que me alegro por tu relación y que te quiero como a una hermana y tú vas y me crees ―protestó.
―¿Con el corazón roto? ―Repetí sus palabras de forma ahogada.
―Si, con el corazón roto. Nunca te había dicho que te quería con palabras pero creo que mis actos hablaban por mí
―¿Me querías? ―insistí, dejando para más adelante la historia esa de que se suponía que los actos hablaban por sí mismos. Fijo que eso es una de las típicas tonterías que dicen y piensan los tíos. O sea que yo ahora le doy una ostia que le reviento la cara y qué se supone que le estoy diciendo. Igual él interpreta que le odio y lo quiero lejos de mí, e igual la intención con la que se la doy, sí lo confieso, es porque lo quiero lejos de mí, ahí tiene razón... pero se equivocaría al pensar que es porque le odio en vez de porque me he dado cuenta lo mucho que lo necesito y quiero en mi vida y no soporto considerar esa opción. Más que nada porque eso nunca va a ocurrir.
―¿Lo dudas? te busqué, te encontré y me echaste ―masculló contra mi cuello.
―¡Oh! Estaba tan cabreada contigo. No quería verte, no quería... seguir sufriendo y... lo siento, lo siento... ―admití enterrando a su vez mi rostro en su cuello. ¡Oh por Dios! pero que había pasado con nosotros, cuándo habíamos dejado de entendernos, cuándo habíamos dejado de hablar.
Poco a poco, casi inconscientemente y sin siquiera verlo venir, comenzamos a acompasar nuestras respiraciones entrando de este modo en una especie de ritmo cadencioso que podría adormecer hasta una lechuza. Aquella opaca burbuja que solía envolvernos, cuando estábamos juntos, cuando estábamos solos, comenzaba a envolvernos. Tranquilidad, comodidad y alegría era los sentimientos que nos inundaban cuando estábamos abrazados y con los ojos cerrados. Era una sensación tan confortable que intenté dejar la mente en blanco y rememorar, segundo a segundo, aquel instante de paz. Porque ganaría todas las apuestas si pensase que abrir los ojos sería tener que enfrentarnos a los mil y un problemas.
Su olor, su respiración, su tacto... todo me atraía hacía él. Y él, algo similar debía estar pensando, porque sus manos, apoyadas en mi espalda, cada vez cerraban el cerco sobre mí un poquito más.
―Bella ―Respiró él sobre mi mejilla. Yo, drogada por el sonido de su voz y turbada por todas las palabras que no habíamos dicho y que aún tendría que procesar, eché hacia atrás mi cabeza para poder atender a su llamada. Decidí abrir mis ojos, rezando por todavía no regresar a Kansas para encontrarme con una aturdida mirada que me hacía muchas preguntas y me daba muchas respuestas. Encadenadas nuestras miradas, involuntariamente nos fuimos acercando a cámara lenta. Primero apoyamos nuestras frentes, instantes después giramos un poco más nuestro cuello para rozar nuestras narices para, finalmente, rozarnos con nuestros labios.
Fue un beso suave, suave, suave... hecho para hacer llorar a una romántica empedernida y creyente a una agnóstica del amor. Nuestros labios, secos por la sorpresa y la completa improvisación, se rozaron timidamente quedando enganchados el uno entre el otro. Nuestras lenguas, tímidas como el primer día, se exploraron incómodamente conquistando territorios conocidos y desconocidos. Mi corazón brincaba en mi pecho a un ritmo directamente proporcional al que mis rodillas temblaban. Más, más, más...
―Bella ―llamó nuevamente Edward atendiendo con abatidos y adorables besitos mis demandantes besos― por favor ―suplicó separando su rostro, obligándome a contener mi repuesta a sus gestos― entiéndeme ―pidió cogiéndome de las manos y besando mis nudillos con un gesto muy cercano a la... ¿adoración?― Ahora mismo, solo hay una cosa que deseé más que estar aquí contigo, aclarando las cosas y robándote deliciosos besos... ―admitió tímidamente― pero necesito verlos y... podríamos seguir hablando en el avión. Pero necesito ponerme en marcha, verlos, abrazarlos y, si te parece bien, traerlos para que conozcan a mis padres... estoy seguro de que a mi madre le encantaría conocerlos y sabes perfectamente que se le acaba el tiempo.
―¿Me pides permiso? ―le pregunté avergonzada y no sabiendo muy bien como aclarar aquel punto, pero antes tenía que despejar todas las dudas― ¿significa eso que ya no me los vas a quitar?
―No, no... eran tonterías, desvaríos... después de ver todo lo que nos hemos equivocado y cuánto hemos sufrido por no hablar claro... pero, por favor, podemos irnos ya.
―Edward, no hace falta... ―le dije deteniendo su salida y estremeciéndome ante la confesión que estaba por venis y que podía volver a girar las tuercas― Espera, escucha... los niños ya están aquí ―confesé rápidamente mientras que él dirigía una mirada intrigada hacia el piso superior― No, no en la casa, en Forks... vinieron el viernes.
―Y ¿dónde están? ―preguntó confuso– No los habrás dejado solos ¿no?
―No ―contesté herida por su insinuación― no están solos, están con... ellos están con... con tus padres.
Creo que ha sido el capítulo más bipolar que he escrito de todos y trabajo me ha costado. Por otra parte, supongo que realmente este era el capítulo que todas estábamos esperando, donde se esclarecen casi todas las lagunas que se habían ido formando y solo espero no haberos defraudado...
Muchísimas gracias por vuestros mensajes, seguimos creciendo y es fantástico. Cada vez somos más y creciendo ;)
Princesa Luthien * Christti * Escarlataojala * Kpatycullen * Green'splace * Nikoliwis * Cherry SA * DeMorcef * Jacke94 * Yarely Potter * Sophia18 * Angelita del mal * Maiy * DuLce aMoR * Cullen Vigo * Tulipan 8 * Yels99 * Rosemarie Cullen Hale * Alice-halenn * Maia91 * Ninacara * Bellaliz * Namy33 * Darky1995 * Vikkii Cullen * Tulgarita * Torposoplo12 * Morymalfoy21 * Katyms13 * Isa-21 * Marian24 * Yasmin-Cullen * Katty Grey * Marianacs * Yolabertay * Anto * Marah2221 * Mary de Cullen * Florence15 * Caty Bells * Maya Masen Cullen * Ale74 * Fran Cullen Masen * Angie M. Cullen * theparadise * Sky LeVan * Monielita Cullen * Nallely Gzz M + Guests + followers…
El final se acerca ;)
