Crepúsculo no es mío, aunque me encantaría.

NO SOY NADA SIN TI

Forks. Domingo, 22 de noviembre de 2009. 21:41 horas

BELLA's POV

―No ―contesté herida por su insinuación― no están solos, están con... ellos están con... con tus padres ―confesé cerrando los ojos, preparándome para un nuevo estallido de furia y el enésimo cambio de personalidad. Lamentablemente, en esta ocasión, al menos tendría un ochenta y cinco por ciento de razón. No tenía que haber esperado tanto para decirselo viendo la obsesión que tenía con ir a conocerlos. Poco a poco, y preocupada por el silencio que había inundado la habitación, fui abriendo los ojos para ver todavía entre mis pestañas como Edward se tapaba la cara con las manos y sus hombros de movían con bruscos espasmos.

Inconscientemente me acerqué a él con el sistema maternal modo on y con toda la intención del mundo de consolarlo. Obvio que todo lo sucedido había acabado por pesarle y se había derrumbado. Edward siempre había sido una persona dulce, sensible y cariñosa y la situación lo había superado. En un instante estaba otra vez pegada a su cuerpo pero, ante la postura que él tenía y mi incapacidad para abrazarlo, me tuve que conformar con esquivar sus brazos y acercar mi mano a su cuello para acariciarlo y ofrecerle así mi comprensión. Mientras tanto, mi otra mano agarraba las suyas para tirar de ellas y dejarme ver su rostro. A medida que sus manos se arrastraban hacia abajo me dejó ver unos párpados apretados y unas lágrimas brotando entre las comisuras de sus ojos. Preocupada al máximo por aquella implosión silenciosa tan rara en él seguí tirando de sus manos para, cuando estaban a punto de descubrir su boca, en una reacción que me sorprendió, abrir sus ojos y bajar los brazos que en un instante me estaban apretando contra su cuerpo.

―Eres un imbecil― le grité intentando soltarme de su abrazo estrangulador. ―Me has dado un susto de muerte y te estás descojonando.

Y es que los movimientos de sus hombros y las lágrimas de sus ojos no eran una consecuencia de estar llorando, tal y como yo había pensado, sino por las risas que hasta ese momento estaba intentado evitar, para una vez descubierto reirse a carcajada abierta. Los movimientos de su cuerpo me llevaban con él, y cada vez que el cogía aire para poder seguir riéndose yo, de un pequeño pero furioso puñetazo en su pecho, quería a partes iguales, tanto sacarle el oxígeno como obligarle a que me dejara libre.

―Suéltame. ―Insistía apoyando mi frente en sus pectorales― Estás como una puta cabra. ―Le grité liberándome por fin de sus agarre y viendo como con un gesto cansado pero aún sin parar de reir se sentaba en el sofá. ―Me estás poniendo de los nervios― susurré cansada mientras me dirigía a la salida de la habitación con toda la intención de largarme a por mis hijos y dejarlo allí tirado hasta que el Joker que se había apodarado de su cuerpo fuera exorcizado.

No había sido capaz de coger el abrigo del perchero cuando de un tirón suave pero consistente el anorak acabó en el suelo y yo volví a acabar en los brazos de un ya serio Edward. No me dejó mirarlo a la cara, con más ternura que brusquedad me obligó a apoyar la cabeza sobre su hombro, dejándome de cara a su cuello, a su vena aorta que palpitaba embravecida contra su suave piel. Él, a su vez, apoyó su frente sobre el hombro que quedaba a su alcance, girando un poco su boca para que sus labios hicieran cosquillas sobre mi oreja.

―Río por no llorar ―susurró rendido― te abrazo por no estrangularte.

―Edward― devolví idiotizada por el tono agotado de sus palabras más que por su significado.

―No soy yo cuando estás cerca ―confesó estrujando un poco más mi maltrecho corazón― Ya no me acuerdo como era no tenerte en mi cabeza ―continuó comenzando a balancearse, hipnotizándome con su voz y con el suave vaivén― ahora mismo tendría que estar a diez metros de ti, hablando con mi abogado y... mírame ―ordenó levantando la vista encadenándose a mi mirada― no soy nada sin ti.

―Edward ―suspiré su nombre entrecortadamente― no soy nada sin ti ―repetí dejándome llevar por sus palabras y por la emoción del momento y de la acumulada a lo largo de la tarde.

―Estoy enfermo ―continuó sin atender a mis palabras― mal de la cabeza. Ahora me doy cuenta. Yo... yo tenía mi orgullo, mi dignidad y aquí estoy― mencionó tensando su cuerpo y deteniendo nuestro baile. Sus músculos se endurecieron y su agarre se suavizó hasta dejarlos caer― Me acabo de dar cuenta, estoy enfermo, tú eres mi adición ―explicó dando un par de pasos hacia atrás. ―No coordino a tu lado, no... no... ―negó mirando sus manos con temor al darse cuenta de que le estaban temblando.

―No, no ―objeté intuyendo por donde iban sus pensamientos. ¡NO! quise gritar, estábamos juntos, habíamos hablado, habíamos confesado que nos habíamos querido, que habíamos sido unos idiotas... lo íbamos a arreglar, lo íbamos a superar, íbamos a estar juntos, los cuatro, como una familia de verdad. Ese había sido mi anhelo oculto desde que había vuelto a escuchar su voz una semana atrás. Solo siete días que parecían toda una vida. Una vida en vida, muy al contrario de la muerte en vida que había estado sobrellevando los seis años anteriores.

―¿Ves? ―preguntó ansiosamente. ―Me alejo dos pasos de ti y ya tengo el mono.

―Por favor... no hagas esto― supliqué percibiendo como el hall de la casa se congelaba como un reflejo de su actitud. ―No, no te alejes. ―insistí al ver como recogía el abrigo de invierno del suelo y me lo tendía sin mirarme.

Me puse el anorak en silencio y salí por la puerta tras él. Cerré la puerta y caminé con mucho cuidado hasta el coche. Cuando llegué este ya se encontraba encendido y aire caliente ya salía del salpicadero. Durante el viaje en coche a su antigua casa familiar Edward se transformó en un robot, sin mirarme, sin hablar, condujo en silencio, atento a la carretera, a la nieve que cuajaba con el frío de la noche y a las placas de hielo que se advertían en el asfalto. Condujo con calma, despacio, sin prisa, con cuidado, con miedo, como un condenado a muerte de camino al patíbulo. Aún así, más rápido de lo que yo hubiera querido nos detuvimos frente a la casa Cullen, al cabo de unos minutos.

Las luces del porche estaban encendidas, así como algunas más del piso inferior como la del salón y la del despacho de Carlisle, o la habitación principal del primer piso. La casa estaba en calma, tranquila, incluso podría parecer vacía si no fuera por las dos cabezas femeninas que asomaban entre las cortinas del despacho. Al menos aquella visión me distrajo lo suficiente como para durante unos instantes olvidar que me encontraba acompañada por una especie de seta recién momificada.

Edward se encontraba en su asiento, solo había apagado el motor del coche, pero aún mantenía las luces delanteras encendidas y miraba absortó hacia delante, por encima del salpicadero. Continué la dirección de su mirada y pude ver que era lo que lo tenía tan abstraído. Múltiples copos de nieve caían ligeramente sobre nosotros, conformando una escena preciosa, y observarlos, a través de las luces del coche, era algo completamente sugestivo.

―Edward ―llamé en voz baja sin producir ningún efecto en él. ―Estamos a dos grados. Nos vamos a congelar.

Parecía que no me había escuchado pero tras unos instantes suspiro profundamente y tras sacar las llaves del contacto, desató el cinturón de seguridad y se bajó del coche sin esperarme ni mirar atrás. No perdí el tiempo e imitando sus movimientos salí corriendo detrás de él. Lo alcancé cuando apenas comenzaba a subir los escalones del porche.

―Edward ―Lo detuve colocándome enfrente de él con la intención de preguntarle algo que me estaba carcomiendo desde hacía ya un buen rato― ¿no me vas a volver a hablar? ¿no me vas a volver a mirar? ―pregunté desesperada al ver que todas las respuestas estaban reflejadas en un gesto obtuso y orgulloso que no le quedaba nada bien. ―Lo entiendo ―claudiqué con la voz entrecortada mientras me hacía a un lado para dejarlo pasar― pero, por favor, no les hagas daño, ellos... ellos son lo único que me queda.

Creo que fue mi último suspiro lo que le hizo despertar de su aletargamiento, pues aunque no emitió sonido alguno, al menos me miró y yo, bajo esa mirada de perro abandonado y apaleado, gemí. Sus preciosos ojos verdes desbordaban sentimientos contradictorios y todos entrelazados: dolor, ternura, miedo, amor, histeria, confusión... iba a decirle algo cuando él, sorprendiéndome de nuevo, alzó su brazo extendiéndome una fría y azulada mano que temblaba ligeramente. Desconozco si era por la fría noche de noviembre, por los nervios del momento o, tal y como había insinuado anteriormente, por la tensión que le provocaba estar a mi lado. Lo que si conocía fue la sensación de hogar que me inundó cuando sentí su mano rodear la mía, apretarla, acariciarla, mimarla...

Juntos, agarrados de la mano, dimos un par de pasos hacia delante y cruzamos el umbral de la puerta que se encontraba sin cerrojo. Tras la misma, nos esperaban las dos cotillas mayores del reino que habían estado observando nuestra llegada. Ambas tenían un gesto curioso y mientras la más pequeña daba ligeros saltitos de un pie a otro, la más alta se mordía insitentemente su dedo pulgar. Ambas nos dirigían miles de preguntas con sus ojos, pero solo una se atrevió a hablar. Rose, dando un paso adelante, extendió la mano hacía Edward presentándose y cogiéndonos a todos por sorpresa por su improvisación.

―Viendo que nadie nos presenta, hola soy Rosalie.

―Edward― respondió él secamente apretando la mano que ella le tendía sin soltar la mía.

―Quién si no ―respondió ácidamente mientras miraba intrigada hacia nuestras manos cogidas.

―Edward ―llamó a la par Alice tímidamente a su hermano― ¿qué tal? ¿cómo estás? ―preguntó preocupada acercándose a su hermano y no provocando en él siquiera una mirada. Me quité el abrigo con la ayuda de Edward que, a pesar de no contestar a su hermana y permanecer igual de frío con ella que conmigo, apenas me soltó solo el tiempo necesario como para quedarnos con la ropa de andar por casa.

Viendo que aquella actitud se iba enquistar, le di un suave tirón para llamar su atención, él atendiendo mi llamada se giro hacia a mi aunque en todo momento miro al vacío por encima de cabeza.

―¿Tampoco vas a hablar con ella? ―reñí molesta― No la culpes, es culpa mía. Yo se lo pedí ―le aclaré viendo que él me contestaba con bufidos. ― ¿Acaso no vas a hablar con nadie de esta casa?

― A mi me ha hablado ―interrumpió con suficiencia mi rubia amiga.

― Tú no me has mentido ―gruñó él sin perder el semblante.

― ¡Buff! porque aún no te conocía que si no... igual hasta te hubiera dado un cachete ―respondió dejándonos a todos estupefactos, viendo, además, como se daba la vuelta y dirigiéndose al salón.

― Pero... ― comenzó Edward a objetar para callar abruptamente cuando comprendió quien lo acompañaba.

Por mi parte, e intentado correr un tupido velo, me dirigí hacia Alice en búsqueda de información y así saber que tal les había ido con los niños.

―Alice ―llamé, intentado acercarme a ella que aún miraba con dolor a su hermano― los niños ¿qué tal?

Tardó unos instantes en procesar la pregunta pues aún esperaba una sonrisa o algún gesto amable por parte del hombre de hielo que nos acompañaba.

―Bien, Bella. ―respondió finalmente un poco confundida― cenaron sopa de pollo y unos filetes con patatas asadas... se quedaron dormidos en el salón viendo una película.

―Gracias por cuidarles ―le dije dándole además mi mejor sonrisa. Había sido para en sus palabras pero al menos me había contado todo lo que quería saber. Intenté dar un par de pasos hacia el salón para ir a verlos, pero Edward al permanecer quieto me lo impidió. Le miré inquisitiva intentado averiguar en su gesto qué es lo que quería de mí y al ver la ansiosa mirada que dirigía hacia las escaleras del piso superior, creo que adiviné cuál era la pregunta que se cocía en su mente.

―¿Qué tal pasó Esme la tarde? ―le pregunté furiosa al ver como me había convertido en la traductora del niñato y caprichoso hombre que me estrujaba la mano.

―¿Es eso Edward? ―adivinó Alice comenzando también a enfadarse. ―Pues si es eso lo que te preocupa, por qué no preguntas tú, o mejor, por qué no subes a verla.

― Alice, por favor ―supliqué intentando actuar comprensivamente. Ya estaban las cosas tensas de por sí, como para que ella echara más leña al fuego.

― Bien ―contestó rindiéndose― cenó con los niños y papá la subió a descansar ¿algo más idiota? ―atacó, volviendo a dirigirse a su hermano, y continuó refunfuñando, mientras que, ahora yo siendo arrastrada por él, nos dirigíamos hacia el salón.

Cuando entramos nos encontramos una escena cálida y familiar. La chimenea estaba encendida, en la televisión estaban echando la vieja película de Los Goonies, en la longue chasse descansaba Jasper, el cual parecía que acababa de despertar y sobre el sofá grande dormitaban mis dos chiquitines. Ambos tendidos en direcciones opuestas y cubiertos con sendas mantas. Al otro lado de la habitación, apoyada sobre el alfeizar de la ventana se encontraba Rose.

―Asientos de primera fila. Los mejores― susurró en voz baja, aunque la oímos todos, a la par que provocaba a Edward guiñándole un ojo con sorna. Mierda, ella aún no conocía la versión de Edward de lo que había pasado tantos años atrás, solo la mía. Y ahora era una versión distorsionada y parcial.

Edward... ahora que tenía la habitación y las posiciones de todos controladas, mi atención se dirigió a él. Todavía me tenía cogida de la mano pero su agarre se había debilitado. Había dejado la mano flácida y la mía parecía resbalar entre la suya. Tuve que ser yo, la que en esta ocasión, afiancé nuestro amarré. No me sentía demasiado segura soltándolo y dejándole que aún se distanciase más de mi. Debió percibir mi ansiedad porque durante unos segundos me dirigió una mirada intrigada. Yo, volviendo a adivinar su línea de pensamiento, solté su mano justo antes de darle un suave apretón y con una sonrisa sincera dirigí nuestras miradas a los niños. Como era de esperar no me contestó ni con una sonrisa ni con un gesto amable. Aún así, sus ojos mudaron y su rostro se transformó, de ser serio y un poco cínico, pasó a rebosar cariño y amor en cuanto su atención se centró en nuestros hijos.

Con paso lento e intranquilo, siendo además observado por el resto, que tal y como había comentado Rose en su sarcasmo, parecían estar en el cine, se posicionó enfrente del sofá y, dejándose caer, se sentó sobre la mesa sin quitarles la vista de encima.

Tras unos segundos en los que todos nos habíamos quedado como estatuas de sal observando a Edward por fin pude reaccionar, apartando la vista del padre de mis niños brevemente les pedí en silencio al resto que por favor nos dejaran a solas aunque solo Jasper pareció darse por aludido.

―Voy a calentar la cena para vosotros ¿vale? ―comentó incorporándose de su asiento y caminando hacia la salida― Y estas dos bellas señoritas me van a acompañar ―ordenó sutilmente mientras mantenía la puerta abierta hasta que ambas, refunfuñando cada una lo suyo, salieron por ella.

―Gracias chicos ―les susurré mientras veía como Jasper, con sumo cuidado para no hacer más ruido, nos dejaba a los cuatro encerrados en la habitación.

Estábamos los cuatro juntos, por fin solos, por primera vez desde que ellos habían sido concebidos nos encontrábamos en una misma habitación. Un pelín más emocionada de lo que me hubiera gustado, me acerque a Edward y sin atreverme a sentarme a su lado por el peso extra que la mesita tendría que soportar posé mi mano sobre su cabeza temerosa de que se apartarse. El había cambiado de postura y ahora, con los codos apoyados sobre sus rodillas y las manos extendidas y apoyadas sobre su nariz conformando un triángulo que me impedía ver su boca, largos suspiros y exhalaciones de aire contenido eran una muestra más de los nervios que debía estar pasando.

Yo le miraba a él y él miraba intermitentemente a nuestros niños cuando me acordé que aún no le había dicho sus nombres. Aproveché que su mirada se había detenido en ese momento sobre mi bebita para decirselos.

―Ella es Rennesme. Una mezcla entre los nombres de tu madre y la mía ―aclaré nerviosa cuando vi que una rara y retorcida sonrisa se dibujaba en su rostro. ―Él es Edward ―continué un poco molesta al advertir un brillo divertido en su mirada― Si no te gustan te fastidias, a mi me encantan ―protesté furiosa.

Él, en cambio, sonriendo y hablando para sí se arrodilló en la alfombra y extendiendo ambas manos se inclinó un poco más con la clara intención de acariciar sus cabecitas. Por mi parte, obviando el tema de los nombres que él tendría que acabar superando y encandilada por la escena que transcurría antes mis ojos, me deje caer a su lado y apoyé la cabeza sobre un lateral del sofá. Él, estando más cerca de Nessie, fue a ella la primera a la que su mano alcanzó. Con una mano temblorosa recogió uno de sus tirabuzones y lo dejó resbalar entre sus dedos.

―Que guapa eres ―dijo con voz queda. ―Eres preciosa ―continuó un poco atragantado por la emoción.

―¿Mamí? ―nos sorprendió una voz somnolienta al otro lado de donde estaba fija nuestra atención. Mi niño, cuya cabecita estaba tan solo a diez centímetros de la mía se había despertado.

―Hola cariño ―le respondí rápidamente para que no se preocupase― Te hemos despertado ―mencioné tontamente antes de darle un suave beso sobre su papín colorado por el exceso de calor en la habitación.

Iba a darle otro beso con la intención de hacer que se volviera a dormir cuando un ruidito ahogado me recordó que Edward estaba presente. Levanté la mirada disgustada por haberme olvidado de él en un momento tan especial pero, con la intención de congraciarnos por fin y haciendo tripas de corazón por el paso que íbamos a dar, suavemente acaricié la mejilla de mi chiquitín y en voz baja, para no asustarlo demasiado, lo invite a mirar al frente.

―Cielo, mira quien está aquí. Es papá― le aclaré directamente, creyendo que era lo mejor.

La palabra papá pareció ser mágica. En cuanto la mencioné sus ojos verdes y brillantes, a imagen y semejanza de su padre, se abrieron como platos y su boca, del mismo modo, se desencajó.

―Papá... ¿mi papá? ―me preguntó emocionado esperando a que yo asintiera para incorporarse y, sin más, saltar sobre su padre que con cara de pasmado había estado observando nuestra conversación.

El impulso de Edward hijo debió pillar desprevenido a Edward padre porque ambos cayeron sobre la alfombra dándome un susto de muerte pensando que igual se habían golpeado contra la mesita, aunque pronto me di cuenta de que los murmullos que se oían no eran lamentos por el golpe sino bajas palabras y sonrisas que ambos compartían por primera vez.

A Edward le costó un gran esfuerzo poder levantarse del suelo teniendo en cuenta que el niño se había abrazado a él y no le soltaba. De una manera muy lenta, y sin parar de hablar entre ellos, Edward consiguió volver a sentarse en el suelo apoyándose contra la mesa y quedando frente a Nessie, la cual ajena a todo y durmiendo como la marmota que yo sabía que podía ser, no se había inmutado por los ruidos que sin querer se habían hecho.

Edward, por otra parte, sorprendiéndome y emocionándome a partes iguales por la ternura que demostraba tener con nuestro pequeño, colocó a su hijo a horcajadas en su regazo, dejando que sus dos piernitas lo abrazaran y depositando su carita sobre su pecho mientras que una de sus manos acariciaba su espalda de arriba a bajo y lo apretaba contra sí, la otra jugueteaba con los mechones de su cabeza entre beso y beso.

El niño poco a poco fue sucumbiendo al cansancio y a los mimos de su padre, el cual en voz baja no paraba de repetirle lo mucho que le quería a él y su hermana. Finalmente, cuando se volvió a dormir, Edward cambio la dirección de su mirada de sus hijos a mí. Por un momento pensé que su mirada determinada quería retransmitirme algún sentimiento (que me quería o algo así) o alguna conversación pendiente (que me agradecía los guapos y bien criados que estaban o algo así) pero, en realidad, cuando me tendió su pañuelo que en un gran ejercicio de contorsionista había podido sacar de su bolsillo, entendí que estaba enterrando el hacha de guerra, aunque el hecho de que no me hubiera dicho nada me confirmó que eso no significaba la paz.

Un pelín más tranquila y segura de que pasase lo que pasase todo iba a estar bien, me levanté del suelo y me incliné hacía donde estaba.

―Pásame a Edward― Le dije extendiendo los brazos― Vamos a llevarlos a la cama, es muy tarde.

Con mucha calma y sin hacer movimientos bruscos, colocó con gran cuidado a nuestro niño en mis brazos y alzándose a su vez con suma atención recogió a Nessie la cual encajó en sus brazos como si fueran una bolita de algodón.

Le agradecí su ternura con una amplia sonrisa que él no llegó a ver porque se acababa de enamorar de nuestra princesita. En fila india y sin ruido para no alertar a ningún otro habitante de la casa nos dirigimos a la habitación que durante el día anterior Alice, bajo la vigilancia estricta de su madre, había acondicionado para ellos.

Apenas habíamos llegado al rellano de la escalera cuando mi niña se retorció entre sus brazos y aún dormida comenzó a hablar, cogiéndonos a los dos por sorpresa. Rennesme, mucho más intuitiva de lo que cualquier persona podría considerar y entre un montón de palabras inteligibles e inconexas entre sí como: gatito, chocolate, verde y unas cuantas más dijo un alto y claro:

―Papi te quiero. ―Sobra decir que si sus palabras causaron una gran conmoción en mí a su padre no le dejaron menos afectado pues, tras dar un suave traspiés al escuchar su declaración hundió su nariz entre sus cabellos para dar unos suaves besos y tranquilizarla en su inquieto sueño.

―Y yo a tí, pequeña, más que a nada ―Le confesó bajo mi atenta mirada― Os quiero más que a nada.

-.-.

Por fin, ya están todos juntos, trabajo costó ¿no? ¿Os ha gustado? ¿Alguna parte en especial?

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Ahora sí de sí, el final cada vez esta más cerca