Crepúsculo no es mío, aunque me encantaría.

¿CÓMO LO AGUANTAS?

Forks. Lunes, 23 de noviembre de 2009. 00:23 horas

Bella's POV

Eché un vistazo atrás, por encima del hombro solo para comprobar que mis pequeñines seguían en la cama, bien tapados y durmiendo como angelitos. Llevaba más de cinco minutos acuclillada frente a Edward y ya se me estaban cansando las piernas. Más de cinco minutos seguidos intentado convencerle para poder salir de la habitación, pero con cada argumento que le daba, con más fuerza se negaba.

― Edward ― lo llamé por enésima vez. ― Mira, los niños están durmiendo tranquilamente, y se que tienes hambre. Vamos a comer algo y descansar. Es muy tarde ― Le decía, cogiéndole de la mano y tirando suavemente de él.

Pero él solo me miraba, como un perrito todo mono, mojado, abandonado, triste y seguía negando con la cabeza. No decía nada, seguía aplicando su ley del silencio. Yo insistía y él se empecinaba, así durante un montón de tiempo. Era una locura y ya no se me ocurría nada más por hacer o decir que le devolviera la voz. Me senté a su lado, en el suelo, doble las rodillas y me apoyé sobre ellas mientras no le quitaba el ojo de encima. Tenía la mirada fija sobre la cama, las pupilas estaban contraídas y de vez en cuando suspiraba dejando salir el aire profundamente. Estaba concentrado en algo y yo estaba tan concentrada en él que me dio un susto de muerte cuando de repente susurró mi nombre.

― Bella. De aquí no nos vamos a mover.

― ¡Me vuelves a hablar! ― exclamé más emocionada de lo que me hubiera gustado.

― Nunca. ― continuó muy serio, ignorándome.

― Pero... tengo hambre, por favor ― le supliqué, sin hacerle mucho caso a sus palabras y pensando que de este modo iba a ceder. ― Cenamos algo rápido y volvemos corriendo.

Entendía su reticencia a querer moverse y entendía que acababa de saber que era padre y que todavía se debía sentir algo desconcertado. Pero tenía que sacarlo de aquel estupor, hacerle reaccionar.

― Venga, Edward ― le animé levantándome para así empujarlo a ir hacia la puerta. ― Por favor. ― insistí.

― Okey ― cedió finalmente en voz muy baja. ― Puedes ir tú a por algo de comida y volver aquí conmigo.

― No ― negué antes de que su actitud se enquistase. Tarde o temprano tenía que moverse, acaso pensaba que nos íbamos a quedar en aquella habitación para siempre, y mi paciencia se estaba empezando a agotar. ― Mira, te prometo que... ― comencé a negociar de nuevo antes de que me cortase colocando rápidamente su mano en mi boca. Se había movido los tres pasos que nos separaban de una manera muy ágil aunque un poco inestable. Ahora, de pie junto a mí, pasaba su peso de una pierna a otra.

― No prometas nada ― susurró ― cada vez que lo haces la cagas... y, después, todo se va a la mierda.

― ¡Cuándo no cumplí mi palabra! ― protesté irritada por encima de su mano. Aquello no era justo e iba a comenzar a explicárselo cuando me fijé en su postura, estaba incómodo e inquieto, no parando de moverse. Parecía una lagartija. ― Pero, se puede saber qué coño te pasa. ¿Por qué no te estás quieto?

― Me meo ― Dijo sonando disgustado, sorprendiéndome por su estupidez y su gesto de pilluelo.

― Pues vete al baño.

― No, no... no puedo ― negaba insistentemente ante mi cara de estupefacción ― No os puedo perder de vista. ― explicó con una vocecita apagada tras un nuevo y largo silencio y mi incansable mirada interrogadora. ― Desapareceríais otra vez. ― finalizó volviendo su mirada de la cama a mí y viceversa, como si todo lo que había dicho hubiera sido lógico.

A penas me podía creer lo que me estaba diciendo y mucho menos hilar su línea argumental. Parecía ser que no se quería separar de nosotros por que, de ser así, según su loca e inestable cabeza, desaparecíamos. Con lo que nos había costado estar aquí. Me pareció una gran idiotez pero a la par algo tan tierno, un pensamiento tan dulce y raro que me llenó el corazón de amor por él. Además, se le notaba que estaba incomodo, con ganas de ir al baño y seguramente también tendría hambre y sueño, y allí estaba, aguantando y resistiéndose a sus necesidades físicas para no perdernos de vista y controlar las emocionales.

― ¡Oh Edward! ¡cielo! ― susurré mientras, sin poder evitarlo, acercaba mis manos hacia su rostro para cogérselo y obligarle así a mirarme. Se resistió un poco a abandonar la visión de nuestros niños, pero al final y tras mucha insistencia por mi parte me miró. Tenía los ojos un pelín húmedos y eso, definitivamente, acabó por rendirme. Lentamente, sin hacer ningún movimiento brusco tiré de su cara hasta bajar su boca a mi altura, y despacio, muy despacio posé mis labios sobre los suyos. Solo fue un roce, una caricia, un pequeño reconocimiento a su actitud y una muestra de mi apoyo. No se resistió y yo tampoco profundicé, fue ligero y maravilloso.

― Vamos a salir de la habitación durante un rato, cenaremos algo y hablaremos con los chicos, y cuando tú quieras podemos volver a subir y comprobar que siguen bien y durmiendo. ― insistí intentando negociar con él como si fuera un niño pequeño, diciéndole las palabras una a una para que así las asumiera mejor.

― ¿Cuándo yo quiera? ¿todas las veces que yo quiera?― preguntó cediendo y buscando en mí el asentimiento y la tranquilidad que parecía necesitar. ― ¿Estarán bien? ¿pueden quedarse solos?

― Si, no te preocupes. Estarán perfectos. ― Le dije intentado no reírme de él. Estaba preocupado y nervioso y merecía todo mi respeto por ello. Yo ya había estado en sus zapatos. Sabía lo que era estar ahí.

Poco a poco nos estábamos acercando a la puerta cuando de repente se soltó de mi mano y dio unos pasos atrás. Sorprendentemente, no se sentó de nuevo en el sillón, tal y como yo en un principio me temí sino que se dirigió hacia las dos ventanas de la habitación para comprobar que estuvieran bien cerradas. Tras un par de intentos y cuando finalmente se quedó convencido, volvió a mi lado no sin antes echar un buen vistazo por toda la habitación. No se muy bien que era lo que estaba buscando pero realmente tampoco me sorprendió cuando miró debajo de la cama y comprobó que en el armario tampoco había nada o nadie escondido. Madre mía, ¿se habrá vuelto loco ya?

Con una paciencia infinita que hasta ese momento no sabía tener, esperé en silencio que acabara de revisarlo todo y volviera a mi lado, e incluso ahogué un profundo grito de satisfacción cuando finalmente salimos al pasillo. Aún así, la alegría no duro mucho, pues apenas habíamos caminado un par de metros fuera de la habitación cuando nuevamente se paró y volvió otra vez sobre sus pasos para detenerse ante la puerta.

― No tiene cerradura. ― afirmó mirando lastimosamente la puerta por ambos lados. ― ¿No crees que deberíamos trancar la puerta? ― dudó arrancándome ahora ese pequeño gritito que antes no había llegado a dar.

Con más aprensión que otra cosa pensé rápidamente como explicarle la importancia de que los niños no pudieran nunca, nunca, nunca quedarse encerrados. Por suerte, Edward lo entendió antes de que terminara mi argumentación aunque yo insistí en que le quedara muy claro.

― Si, si, lo entiendo ― confirmó llevándose las manos a la cara y frotándose esta con una fuerza desmedida ― ¡Dios mío! ― exclamó apoyándose en la pared y deslizándose por ella. ― Voy a ser un padre horrible, soy un padre horrible. Casi los encierro, y si les hago daño, y si por mi culpa les pasa algo, y si... ― comenzó a decir rápidamente.

Hasta el momento, parecía que se había tomado la noticia y el encuentro con bastante entereza, más allá de la escena en casa de mis padres, y del apijotamiento que arrastraba, pero ahora mismo parecía sobrepasado. No paraba de hablar y verbalizar un montón de miedos y tonterías. Un momento histérico por el que todos los padres habíamos pasado alguna vez y que ahora le tocaba a él.

― Edward, Edward ― le llamé por encima de sus palabras ― Bienvenido a mi mundo. ― le dije con una sonrisa suave cuando se atrevió a mirarme.

Tenía los ojos rojos y algunas lágrimas se habían derramado. Me arrastré por la alfombra del pasillo hasta quedar justo a su lado y con mucho cuidado fui escalando por su cuerpo hasta quedar sentada sobre sus piernas. Una vez acomodada le abracé lo más fuerte que me fue posible y escondí mi cara en su cuello obligándole a imitar mi gesto. Seguía llorando y diciendo tonterías, con lo que la única opción que me dio fue comenzar un ligero vaivén intentando consolarlo y guardar silencio, dejándole que se explayase y así, de este modo, una vez que lo hubiera dicho todo y sacado de su mente, se tranquilizaría.

― ¿Cómo lo aguantas? ― preguntó al final de un largo e incompresible discurso, sorbiéndose un poco bastante la nariz. ― Las ganas de construir una caja de algodón y encerrarlos para siempre ― contestó ante mi cara estupefacta. ― Son tantos los peligros que hay ahí fuera y ellos son tan pequeños... dime ―continuó después de volver a sorber ruidosamente sus mucosidades― ¿cómo lo aguantas?

Era tan triste y desolada la cara que tenía que casi me muero de la pena. Había tanta lógica detrás de su ilógico discurso.

― No lo piensas, solo lo haces ― le respondí lo más sinceramente posible. Basada en mi experiencia si me detenía a pensar en todo lo que les podía pasar empezando por un catarro, unas tijeras, acabando con accidentes, coches, o gente perversa y malvada, me volvería loca. ― Solo los amas, los cuidas, los educas e intentas explicarles los peligros que hay... con mi ayuda y ahora con tu ayuda, tienen que aprender a sobrevivir. ― Le dije emocionada.

― Eres una mujer muy sabia ― me dijo apoyando su frente contra la mía ― y una mamá maravillosa.

― ¿De verdad? ― le pregunté incrédula y conmovida. Él si que era maravilloso si después de todo lo que había hecho pensaba eso de mí ― ¿me perdonas?

― Solo si me perdonas tú ― respondió levantando mi cara para poder mirarme de frente.

― ¿Te arrepientes? ― pregunté un poco atragantada.

― Sí ― contestó contundentemente.

― ¿De todo?

― De todo lo que tenga que ver con nuestra separación ― aclaró agarrando mi rostro entre sus manos

― ¿Y de los niños? ― insistí queriendo asegurarme. Parecía que Edward, a pesar de su actitud nos había aceptado a los tres completamente en su vida, pero tenía que estar completamente segura si íbamos a involucrarles a ellos.

― Nunca... ― negó, sonando un poco ahogado― solo dame tiempo para entender que son míos.

― Son tuyos, son tuyos.

― Son perfectos, maravillosos y son míos ― aseguró regalándome una gran sonrisa. Parecía feliz y radiante, y no había nada en el mundo que en ese momento me pareciera más hermoso.

― Tuyos ― repetí dándole un beso sobre la comisura de su boca. Era una locura, pero mi vida era una locura desde hacía ya tantos años que no parecía nada raro que ahora, con todas las cartas ya sobre la mesa, de vez en cuando nos diéramos algún beso de cariño. Y a él tampoco debía parecérselo porque me devolvió otro cuando me dijo:

― Nuestros.

― Si.

― No los merezco ― continuó dejando atrás esa brevísima muestra de felicidad.

― Los mereces, te lo mereces todo. ― le aseguré convencida. Él, yo, ambos nos merecíamos ser felices. Teníamos que serlo, íbamos a serlo.

― Y si los estropeo, y si por mi culpa...

― No lo harás, lo vas a hacer maravillosamente ― negué, impidiéndole continuar con otro beso. Igual de esta manera se callaba de una vez y podíamos avanzar.

― Y si no me quieren... yo ya los quiero tanto ― insistió escondiéndose en mi cuello. ― que no soportaría que ellos...

― Te adoran ― interrumpí.

― Pero, ¿cómo? Si no me conocen.

― Sí, sí te conocen ― le dije antes de que se empecinará, comenzando a explicarle como siempre les había hablado de él con cariño y amor, cómo les había explicado que por su trabajo estaba cuidando a otros niños que estaban enfermos y que en cuanto pudieras volverías a nuestro lado. Le expliqué cómo todas las noches se dormían contándoles algo sobre su padre, anécdotas de cuando éramos pequeños, y de cómo en su mesita de noche tenían fotos de él. Estuvimos un largo rato hablando sobre ello, bueno, más bien yo hablaba y hablaba y él escuchaba y escuchaba. Ambos estábamos emocionados, suspirábamos, nos reíamos y nos limpiábamos las lágrimas mutuamente.

― ¿Cómo? ¿Por qué?

― No se, supongo que ya la había cagado bastante en la vida como para hacerlo también con ellos. ― le dije sinceramente ― Además, en el fondo esperaba, sabía... tenía la esperanza de que... esto ― le dije dubitativa sin saber muy bien como continuar ― Que tú y yo... que... que nos volveríamos a encontrar.

― ¡Oh! ― exclamó sorprendido ― Supongo entonces que te tengo que dar las gracias por ello.

― Entonces... ¿no me los vas a quitar? ― pregunté recordando la conversación que habíamos tenido unas horas atrás.

― Aún no lo se... ― respondió esta vez un poco más risueño ― Todo dependerá de lo buena esposa que seas. ― continuó de golpe y porrazo, provocándome cierto empapizamiento al no poder tragar con normalizar mi saliva.

― Me... me estás pidiendo que...

― No, no te lo estoy pidiendo ― respondió con firmeza ― Te lo estoy confirmando. Te vas a casar conmigo y punto. ― insistió con una voz dura y casi feroz ― No, nos vamos a esconder. Vamos a ser una familia. Ya somos una familia, ya sois mi familia... solo quiero que todo el mundo lo sepa.

― Dios mío... pero... que... ― me había quedado tan estupefacta que me no sabía muy bien ni que decir, ni que actitud tomar. No sabía si reírme o llorar, si besarle o salir huyendo ―. pero... de verdad crees que el matrimonio... ― continué con todas las emociones a flor de piel, sin ser consciente de que ya no nos encontrábamos solos y, lo peor de todo, sin saber desde cuando, hasta que una voz odiosa y chirriante se dejo notar.

― Que pedorra eres ―exclamaron al otro lado del pasillo― Por Dios, di que sí de una puta vez a este llorica y a su mierda y patética petición de mano. ¡Virgen del amor hermoso! Es lo peor que he escuchado en mi vida.


y cortamos aquí porque ya no están solos y se merecían este momento en soledad.

Espero que os haya gustado.

En cuanto al capítulo anterior, se que andáis un poco preocupadas por la bipolaridad de este chico, pero quien no lo sería con todo lo que le ha pasado en las últimas 48 horas.