La historia de Mokuren Hanamachi no es mía (de hecho no sé de quién es). En un fanfic leí varios reviews que la mencionaban, y ya que varias personas hablaban de ella la busqué en internet, pero no encontré ninguna mención más. Por lo tanto, doy por hecho que todo es inventado, o quizá surgido de algún excelente y famoso fanfic que no he podido encontrar (si alguien lo conoce, por favor que me lo diga porque quiero leerlo). ¡Gracias! :D
Ep. 8: Noche de tormenta
La oscuridad del estudio era ocasionalmente iluminada por los relámpagos, creando curiosas sombras y ángulos por toda la habitación. Los truenos resonaban inmediatamente después, dando señal de que Konoha tenía el centro de la tormenta justo encima. Y por la furia con la que azotaba la lluvia, todo parecía indicar que no iba a escampar pronto.
Parecía el fondo perfecto para una película de terror, o quizá para la escena de un crimen, pero lo cierto es que Gaara no lo hubiera cambiado por nada. ¿Por qué? Se encontraba a solas con la chica de la que se había enamorado, aunque apenas pudiera vislumbrarla con cada centelleo de la tormenta. Oía muy levemente el suave sonido de su respiración justo a su lado, notaba la delicada fragancia que desprendía su cuerpo... y la oscuridad le ayudaba a mantener el rojo de sus mejillas en secreto.
Ambos se encontraban sentados cómodamente en el suelo, de manera informal, contemplando a través del ventanal los árboles del jardín siendo azotados por el viento y la lluvia. En ese momento, Gaara no pensaba más que en, tal vez, deslizar su mano un poco más a la izquierda y así rozar la mano de Ino, cuyos dedos tamborileaban lentamente en el suelo debido a su fastidio.
- Ni siquiera sabía que se nos venía encima semejante tormenta - dijo ella, en tono de disculpa - De haberlo sabido, no te habría hecho venir hoy.
- No importa.
- Podrías estar cómodamente en tu habitación de la residencia, haciendo lo que sea que tengas que hacer.
- También estoy cómodo aquí.
- Lo siento mucho, el tenerte aquí atrapado hasta mañana.
El pelirrojo no dijo más, pues de todas maneras ella no parecía estar prestándole atención si seguía insistiendo. Tras un rato de silencio, Ino habló de nuevo.
- A mi madre... le encantaban las tormentas - susurró, con la huella de una melancólica sonrisa en su voz - Al menos, es lo que dice mi padre. Era un poco contradictorio, porque después de una, siempre se lamentaba de lo estropeado que había quedado el jardín. Pero adoraba la naturaleza en todos sus aspectos.
Era tan sólo la segunda mención que la chica le hacía acerca de su madre, y la curiosidad se agitó en el interior de Gaara.
- Me dijiste que tu madre había sido una artista. ¿Diseñaba jardines o algo así?
- Oh no, para nada - rió Ino - Aunque bien podría haberlo hecho, talento no le faltaba...
Justo en ese momento, los ojos de Ino se abrieron muy grandes. Sobresaltando a Gaara, que estaba a su lado, se levantó de golpe y le agarró de la mano, forzándole a seguirla.
- Ahora que has mencionado lo de los jardines, acabo de recordar algo. ¡Ven conmigo, quiero enseñarte algo y necesito que me ayudes!
- ¿Qué? ¡Pero...!
Su débil protesta no sirvió para nada, pues Ino le arrastró a tientas por el oscuro estudio hasta el pasillo y las escaleras. La chica era más fuerte de lo que parecía, con su delgado cuerpo y estilo de muñeca.
- ¡Ino, ya te sigo pero no corras! - la avisó Gaara preocupado - Es peligroso bajar así las escaleras, más incluso estando a oscuras.
- Me conozco cada escalón de esta casa, no voy a caerme.
- Lady Ino, usted puede que no, pero no diría lo mismo del joven sir - opinó Wilson, apareciendo de repente e iluminándoles con una linterna.
Ino se detuvo de golpe casi al final de las escaleras al escuchar la sutil reprimenda del mayordomo, provocando que Gaara chocase contra su espalda y estuviera a punto de mandarles a los dos al suelo (y de paso, llevándose a Wilson por delante). Por suerte, el pelirrojo reaccionó a tiempo para sujetar a la chica por la cintura y sostenerse a la barandilla.
- ¿Veis? No ha pasado nada, todos estamos sanos y salvos - dijo ella.
Sendos gruñidos por delante y detrás suya le indicaron que los dos varones presentes tenían algo que objetar, pero finalmente ninguno dijo nada.
- ¿Necesitaba alguna cosa, lady Ino?
- Sí. ¿Cuántas linternas tenemos en casa?
- Tres. Yo llevo ésta, y las dos criadas llevan una cada una. La cocinera no necesita, puesto que la cocina es la única habitación de la casa con un soporte de energía alternativo en caso de emergencia.
- Présteme la suya un momento, Wilson-san, y acompañe a las criadas. Gaara y yo vamos a bajar al sótano.
- ¿Al sótano? - se extrañó el mayordomo, cediéndole la linterna - ¿Para qué quiere ir allí?
- Voy a buscar un tesoro - murmuró Ino, sonriendo como una niña traviesa.
Y aferrando de nuevo la mano de Gaara, le condujo hasta una puerta situada en un recoveco de la escalera, más o menos a la mitad del primer tramo.
El sótano, como gran parte de los sótanos en todo el mundo, era una estancia grande y lóbrega, fría y repleta de cosas amontonadas que ya no se usaban, o que con suerte se utilizaban una vez al año. Algunos ventanucos a ras del suelo permitían que pudiera ventilarse de vez en cuando, además de dejar entrar algo de luz, pero con la tormenta, en ese momento no eran aptos ni para una cosa ni para la otra. Al menos, no parecía que hubiera ratas ni hongos, algo que Gaara agradeció.
- ¿Qué pretendes encontrar aquí con esta oscuridad? - preguntó el chico con curiosidad.
- Ya lo he dicho, un tesoro - repitió Ino, emocionada - Algo que perteneció a mi madre. En realidad, puede que no valga nada para otras personas... pero para mí es un tesoro. Todo lo que mi madre me dejó lo es.
Viendo que ella portaba la única luz disponible, y que de todas maneras Gaara no sabía qué estaban buscando exactamente, prefirió quedarse al lado de la estrecha escalera por la que habían bajado.
- ¿Cómo se llamaba tu madre?
- Su nombre era Mokuren Hanamachi. ¿Verdad que es bonito? - respondió la chica, dirigiendo el haz de luz cuidadosamente a través de todo lo que había allí.
Una vez más, el pelirrojo se reprochó lo poco que sabía de arte, pues el nombre no le decía nada. Si la madre de Ino había sido famosa, siendo una gran artista, debería conocerla al menos de oídas, ¿no? ¿Tal vez una escultora? Ino le había dicho que no se trataba de pintura. ¿Quizá fue una cantante? ¿O una bailarina? Si supiera algo más al respecto, tendría otro tema de conversación con la rubia.
- ¿A qué se dedicaba, si no pintaba? - Gaara empezó a sentirse algo indiscreto, pero realmente quería saber - ¿Actuaba? ¿Cantaba? ¿Bailaba?
- Sí, hacía todo eso y mucho más. ¡Ah, lo encontré! - exclamó Ino feliz - Gaara, ven, ayúdame a llevar esta caja.
El chico se dirigió a la fuente de luz de la linterna, y vio una especie de cofre de madera tallado laboriosamente, de tamaño mediano. Al intentar levantarlo, se sorprendió por lo pesado que resultaba. Nada que no pudiera cargar, pero aun así su aspecto engañaba.
- Ya lo llevo yo, tú ilumina el camino para que no nos tropecemos.
Tras encontrar el tesoro, volvieron a subir. Ino le dirigió de regreso al salón principal, y le indicó que posase el cofre en el suelo.
- Con cuidado, con cuidado... ese cofre es prácticamente una reliquia.
- Si es tan valioso, ¿por qué lo tienes abandonado en el sótano como cualquier trasto viejo?
- Porque si, por alguna casualidad, entrasen ladrones a robar y lo vieran, sin duda alguna se lo llevarían. El sótano al menos está abarrotado, de modo que allí pasa desapercibido. ¿Y dónde has oído tú que unos ladrones se metan en el sótano?
Gaara abrió la boca para replicar algo, pero no pudo. Bien pensado, aquello tenía cierta lógica.
La Yamanaka se arrodilló sobre un cojín en el suelo, frente al cofre, y deslizó una mano delicadamente por la superficie de madera, notando el tallado bajo sus dedos. Un ahogado suspiro brotó de su garganta antes de abrir la cerradura y levantar la tapa. Fue Gaara entonces quien cogió la linterna para ver lo que había dentro, pero no pudo reconocerlo. A sus ojos, no parecía más que papel amarillento y arrugado, sujeto entre varillas de madera.
Con reverendo cuidado, como si estuviese recogiendo a un recién nacido, Ino tomó uno de los papeles y lo desplegó, para sorpresa de Gaara. Cuatro varillas de madera mantenían el papel terso y firme, formando un cuadrado. La chica las encajó en unos platillos de metal que había también dentro del cofre, y después sacó un paquete de cerillas. Prendiendo la mecha que quedaba en los platillos, el salón de repente se iluminó con una pequeña luz suave y difuminada.
- Hay cien farolillos japoneses dentro de este cofre - susurró la chica, la emoción evidente en su voz - Un tesoro.
Luego, levantándose despacio, se dirigió a la entrada principal y dejó el farolillo allí, en un lugar donde no estorbara ni corriera peligro de volcarse. Para Gaara, toda la escena parecía desarrollarse a cámara lenta: la tormenta de fondo, mostrando furia en el exterior a través de las ventanas, y sin embargo todo tan tranquilo en el interior, con una pequeña luz mágica bailando en la oscuridad entre las manos de Ino.
En algún momento, tanto el mayordomo como las dos criadas se unieron a la escena, ayudando en silencio a su ama a repartir los cien farolillos en los lugares más útiles. Algunos de ellos formaron un círculo alrededor del amplio salón, quedándose ambos jóvenes en el centro cuando Ino volvió a sentarse a su lado, el cofre ya vacío. La luz artificial de la linterna ya no era necesaria, de modo que el mayordomo la tomó de vuelta antes de regresar a sus quehaceres.
- Entonces... ¿a qué se dedicaba exactamente tu madre? - preguntó Gaara, tras un rato de relajante silencio - ¿Era actriz?
- No, mi madre era una miko - respondió Ino, con una sonrisa cargada de tristeza - Bueno, más o menos, no era la miko principal ni nada, pero vivía y servía en un *jinja.
Eso le sorprendió. Hoy en día ya no había tantas sacerdotisas, y las que había, no solían abandonar el servicio al templo.
- ¿Por qué se convirtió en una miko?
- Siempre le gustó esa vida. La tranquilidad, el servir a los demás, las costumbres tradicionales... En verdad era una artista en todo lo que hacía: danza, caligrafía, teatro, arreglo floral, shamisen... me habría gustado que me enseñara a hacer esas cosas. Adoraba hacerlas y era maravillosa, eso dice mi padre.
Gaara se tensó, pues pisaba un terreno delicado. No sabía cómo continuar la conversación de ahí en adelante.
- Comprendo. ¿Es por eso que estudias arte? ¿También te apasiona?
- ... Sí, por supuesto - vaciló Ino, mirando a otro lado.
Mentía, Gaara estaba seguro. Después de pasarse casi toda la vida entre gente calculadora e interesada, ciertamente podía reconocer cuándo alguien no era sincero. Además, Ino era tan transparente... ni siquiera estaba seguro de que ella mintiera intencionadamente, más bien no le contradecía para evitar que siguiera ahondando en el tema. De pronto, todo ese asunto de estudiar arte le dio mala espina.
- Cuéntame más cosas de ella.
- ¿Por qué quieres saber?
- Mi madre... también murió, dándome a luz. Si te lamentas por tener pocos recuerdos de ella... bueno, yo no tengo ninguno.
La rubia le miró fijamente, y Gaara percibió claramente la lástima y la compasión desbordándose a través de sus ojos celestes.
- Mi mamá... era la tercera miko del templo, la segunda dama de la miko principal. Adoraba las flores, y creo que ésa debió ser una de las razones por las que se enamoró de mi padre. Se casaron poco tiempo después de conocerse. Cuando yo era un bebé, ella solía cantarme una de las oraciones del templo como nana - la voz de Ino se quebró en un sollozo - Kami-sama, incluso si apenas la recuerdo, la echo tanto de menos...
Conmovido hasta la última fibra de su ser, Gaara no pudo evitar el contemplar embelesado las cristalinas lágrimas que se deslizaban por las mejillas de la joven. Toda la escena era tan irreal, la atmósfera era subyugante con su belleza, las tibias luces de los farolillos enmarcando mágicamente todo lo que alcanzaban a ver sus ojos... e Ino, ella parecía una criatura sobrenatural, un hada esculpida en alabastro que repentinamente cobraba vida. La luz atenuada del fuego formaba sombras hechizantes sobre su rostro, y aquellas lágrimas... aquellas lágrimas eran...
- ... Tan hermosas - susurró, alzando con ternura una mano, y acariciando el rostro de Ino apenas con las yemas de los dedos - Son tan hermosas...
- ¿G-gaara? - tartamudeó Ino.
Ya no se sentía dueño de sí mismo. Inclinándose levemente hacia ella, deslizó la mano por la curva de su mandíbula, posándose detrás de la nuca para evitar que la chica se moviera. Ella parecía tan frágil en ese momento, como si pudiera romperse, con ese gesto medio de extrañeza y medio de desconsuelo. Gaara se acercó más a su boca, quería reconfortarla, quería calmarla, quería... Kami-sama, moría por robar un beso de sus labios, ¿pero se atrevería a tanto? Estaba ya tan cerca de ella que sus respiraciones se mezclaban, e Ino tampoco se apartaba.
Una de las hermosas lágrimas que tanto le habían enardecido surcó el rostro de la chica en ese preciso momento, y Gaara se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Se sintió como recién despertado de un sortilegio. No podía, definitivamente no podía hacerlo así, besándola a traición cuando ella estaba en un momento vulnerable. Si algún día llegaba a probar la dulzura de su boca, quería que Ino fuese plenamente consciente de lo que hacía, sin forzar su voluntad. Un beso tomado de otra manera no significaría nada para él.
- Ino... - volvió a susurrar, posando sus labios sobre la mejilla de la chica y bebiendo sus lágrimas - Tú también... tú también eres un tesoro.
Cerró sus ojos aguamarinos, disfrutando de ese breve momento en que rozó su húmeda piel antes de separarse. Ino también parecía algo aturdida, descolocada por la inesperada acción del Sabaku, pero no le reprochó nada. No había nada que reprochar en realidad, a su entender... él era su amigo, y había querido consolarla al verla triste. Ciertamente había funcionado, ya no sentía ningún deseo de llorar, sino de... de algo que su galopante corazón le estaba advirtiendo a gritos, pero no terminaba de adivinar el qué. Sin embargo, lo que él había dicho, ¿podía considerar eso como un piropo?
- Yo... gracias, Gaara.
Jinja - es un templo sintoísta. El sintoísmo es la religión oficial de Japón.
Hey, hagamos una votación por simple curiosidad. ¿Cuántas de vosotras pensáis que esta escena ocurrió de verdad, y cuántas pensáis que es fruto meramente de mi imaginación? :D
