Ep. 15: Lágrimas y dudas

El resto de la cita transcurrió sin incidentes para Gaara e Ino. Almorzaron, conversaron, hicieron un poco el tonto por los jardines, y terminaron su visita al jardín botánico viendo una proyección en el pabellón principal. Y durante todo ese tiempo, el pelirrojo tuvo cogida la mano de la chica constantemente.

Era ya tarde cuando salieron, o tal vez no tanto, pero en aquellos días las horas de luz ya eran escasas y anochecía rápido. Ambos se dirigieron a la parada del tranvía y comprobaron las rutas.

- ¿Cuál es tu línea de tranvía, Gaara?

- La Nº3, es la que queda más cerca de la universidad. ¿Y la tuya?

- Creo que es la décima, pero a decir verdad estoy pensando en tomar un taxi. ¿Quieres que te lleve? - le ofreció - Yo pago.

Ante esto, Gaara se vio en un apuro. No le parecía correcto que ella pagase, ni tampoco que le dejase en su residencia cuando supuestamente era él quien debía acompañarla a su casa... pero haría cualquier cosa por estar aunque fueran tan sólo unos minutos más a su lado. Indeciso, se sentó en uno de los bancos de la parada.

- Yo... yo puedo pagar mi parte.

- Tonterías - replicó Ino con una sonrisa - Ya has sido bastante caballeroso por hoy. Volvamos al siglo XXI, donde una mujer es perfectamente capaz de costearse un viaje en taxi ella solita, ¿de acuerdo? Y también puede invitar a su acompañante.

- No pretendía ofenderte - se disculpó él de inmediato - No era mi intención insinuar que...

- Gaara, déjalo. Te estoy tomando el pelo, ¿no lo has notado?

No, no lo había notado porque cuando estaba con Ino todo su mundo parecía rotar en dirección contraria. Había veces en las que no podía seguirle el paso, pero lo intentaba, a fin de que ella le tuviera en cuenta. Además se sentía algo cansado, realmente había volcado todas sus fuerzas en la cita para que a Ino le resultase agradable... y así, tal vez, quisiera repetirlo en el futuro.

- Ya he llamado al taxi - habló ella, despegando su móvil de la oreja - No tardará mucho, unos diez minutos.

Él ni siquiera la había visto sacar su teléfono del bolsillo, tan ensimismado estaba en sus cavilaciones. Diez minutos... ¿en qué gastar esos diez minutos? Ya había volcado todas sus ideas en la cita, no se le ocurría nada más. Bueno, en realidad había muchas cosas que querría hacer con Ino, pero no era el lugar ni el momento apropiado. Como por ejemplo...

- ¿Como por ejemplo? - oyó decir a la chica.

- ¡¿Eh?! - respingó de la sorpresa.

- Estabas diciendo que había muchas cosas que querrías hacer conmigo. ¿Como qué?

Oh, cuernos...

- N-no me di cuenta q-que hablaba en voz alta - confesó Gaara - ¿Qué más he dicho?

Ino frunció el ceño confundida, pero inesperadamente comenzó a reír.

- No fue en voz alta, sino apenas un murmullo. Supongo que estabas hablando para ti mismo, pero resulta que tengo un oído excelente. Y no hay forma en que no te oyera estando así de cerca.

¿Así de cerca?

Fue en ese preciso instante que Gaara advirtió su cercanía. Se había sentando junto a él en la parada del tranvía, muy pegadita. ¿Cómo había hecho para no sentir su contacto hasta ahora? Era un misterio.

- Bueno, ¿y qué estabas diciendo? - preguntó Ino con picardía, mirándole a los ojos - ¿Qué cosas son las que te gustaría hacer conmigo?

- P-pues por ejemplo... - Gaara estaba seguro de que el ardor en sus mejillas nada tenía que ver con el frío - ¡adoptar un hurón!

- ¿Adoptar un hurón? - no estaba segura de haber entendido.

- Nunca me han gustado mucho los gatos ni los perros - trató de explicar el Sabaku - Ir a comer crêpes, nadar en el mar, pasar una tarde tranquila en la biblioteca, quejarnos de lo estúpida que ha sido una película que hayamos ido a ver al cine...

- Todo suena muy bien - opinó Ino, tratando de contener la risa por las cosas graciosas que el chico estaba diciendo - ¿Qué más?

- Pasear en bicicleta un día de vacaciones, estar atento para cogerte de la mano en el momento adecuado, al contrario que hoy - Gaara tragó fuerte y añadió, bajando la voz - Besarte hasta perder el sentido...

Ino había apoyado la cabeza sobre su hombro, de modo que él no pudo percibir que lo último la había hecho sonreír y morderse el labio inferior, complacida con la idea. Puede que por fin Gaara estuviera pillándole el truco al romance. Sin embargo, por alguna razón, en su interior surgió una necesidad imperiosa de disuadirle.

- Conozco a unas cuantas chicas que estarían encantadas de que sus novios pensaran tanto en ellas - comentó, enderezándose - ¿Conoces a Shiho? Estudia una especialidad en criptografía. Durante mucho tiempo estuvo enamorada de Shikamaru, pero parece que ya lo ha superado.

- No, creo que no.

- Es algo tímida cuando recién la conoces, pero también dulce y cariñosa - Ino probó suerte con otra persona - Ahora que me acuerdo, ¡ha llegado otra estudiante de intercambio desde Suna! Sakura me lo comentó hace unos días. Creo que se llama Matsuri. Solamente la he visto de paso, pero me parece bastante mona.

- Ya nos conocemos - dijo Gaara, extrañado del repentino cambio de tema - Matsuri y yo éramos vecinos cuando vivíamos en Suna. De pequeños solíamos ayudarnos con nuestros deberes, aunque Matsuri casi nunca comprendía los ejercicios que me ponían mis tutores porque eran más avanzados que los de su colegio.

- ¿En serio? - se sorprendió Ino - Vaya, qué pequeño es el mundo. ¿Y qué tal la nueva ayudante de veterinaria? Se llama Hana y es hermana de Kiba. Algo mayor que nosotros, pero muy enérg...

- Ino, ¿por qué este repentino interés en hacerme conocer a otras chicas? - preguntó Gaara, mirándola fijamente.

La Yamanaka no tuvo corazón para decirle la verdad, no con esos intensos ojos aguamarinos perforándola hasta el alma.

- No es por nada en especial, simplemente pensé que...

- ¿Acaso te resulta molesta mi compañía? - preguntó él con aprensión - ¿Te... te estoy incomodando de alguna manera?

- ¡No! - exclamó Ino con seguridad, sintiéndose culpable - No, Gaara, no es eso. Tan sólo pensé que te iría bien tener más amistades femeninas... me refiero, aparte de mí y Sakura.

La excusa sonaba bastante tonta, hablando con franqueza; pero él la aceptó sin dudas. Hubo silencio durante un par de minutos.

- Ino, hoy, esto... - farfulló Gaara, inseguro - Si quieres, podrías... si no te parece mal, claro... ¿querrías pasar la noche en...?

- ¡Eh, jovencitos! - le interrumpió una voz grave gritando desde la carretera - ¿Sois vosotros los que habéis pedido un taxi?

- ¡Sí, somos nosotros! - contestó Ino, levantándose - ¿Qué estabas diciendo, Gaara?

- ... Nada, olvídalo.

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Gaara suspiró abatido, viendo alejarse el taxi desde el ventanal de la sala principal de su residencia. Había pasado un día magnífico, hablando y riendo con Ino... y también haciendo otras cosas. Se sonrojó al recordarlo, la forma en que ella tan delicios- ejem, descaradamente le había seducido. Aún sentía el calor de sus labios en la boca, y su adictivo sabor a moras en la lengua. Le bastaba pensar en la chica para sentir un estertor en todo su cuerpo, anhelante de su contacto.

Volvió a suspirar contra la ventana. El coche hacía rato que había desaparecido, pero él seguía allí, resistiéndose a abandonar el lugar desde el que la vio por última vez, como si de esa manera pudiera llamarla de vuelta a su lado.

- ¿Gaara? - preguntó una alegre voz masculina detrás suyo - ¿Qué haces ahí plantado?

Al darse la vuelta, se encontró con un Naruto en pijama y con una lata de refresco en la mano.

- Me despedía de Ino.

Naruto miró también por la ventana, pero no vio a nadie.

- Vaya, pues no voy a darte clases sobre cuánto dura una despedida normalmente. Pero ya que estoy aquí, ¿te apetece unirte? ¡Están dando un maratón de Power Rangers en la tele! De la primera temporada, cuando todavía valía la pena verlo.

Gaara escondió una pequeña sonrisa ante la infantilidad del Uzumaki.

- No, Naruto, gracias. Yo era más de MacGyver.

- Oh, antes de que se me olvide. Antes trajeron una carta para ti. La recogí yo, ya que no estabas. Te la dejé en recepción, parecía importante.

El rubio se despidió entonces y volvió a su cuarto, mientras que Gaara fue a por la carta. En cuanto la tuvo en sus manos, sintió formársele un nudo en el estómago: la carta venía certificada, razón por la que no pudieron dejarla simplemente en su casillero y alguien debió recogerla en su nombre; y lo que era más, llevaba impreso el sello estatal de Sunagakure. Con lo cual, sólo podía provenir de una persona.

Dudó un momento sobre si abrirla o no, pero decidió que una carta no iba a ser más fuerte que él, dijera lo que dijese. Apretando la mandíbula, dejó correr sus ojos entre las líneas, antes de apretar el papel entre sus manos con ira.

- Padre... - masculló.

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El domingo por la mañana, Ino se levantó temprano para comenzar su pintura, la auténtica, la que tendría que entregar al final de semestre. Limpió cuidadosamente todos sus utensilios y preparó dos caballetes, uno grande de estudio en el que colocaría el lienzo a tamaño real, y otro más pequeño que había estando utilizando hasta entonces para dibujar a Gaara. Mientras terminaba de afilar sus lápices, el mayordomo le anunció una visita inesperada.

- Lady Ino, Sai sir ha venido a verla. ¿Le hago pasar?

- ¿Sai? No le esperaba hoy... Claro, adelante.

Mientras se ataba la cinta del delantal en la espalda, su ex llegó, luciendo su típica sonrisa sujeta a interpretación.

- ¡Buenos días, preciosa! - saludó el moreno.

- Hola, Sai. ¿Qué te trae por aquí?

- El otro día dijiste que ya habías terminado tu boceto, de modo que me entró la curiosidad. He venido a verlo.

- Pues ya que estás aquí, ayúdame a colocar el lienzo en el bastidor. Es aquél que está allá, el grande.

Ambos jóvenes estuvieron un rato charlando de naderías, sujetando y tensando el lienzo hasta que quedó liso y sin imperfecciones. El ambiente era agradable hasta que llegó el momento de revelar el bosquejo, que hasta entonces había estado tapado con un trapo. Ino se acercó dispuesta a hacerlo, pero se quedó congelada a medio camino, su mano suspendida en el aire a pocos centímetros. De repente tuvo la impresión de que no llegaba suficiente aire a sus pulmones.

- ¿Ocurre algo? - preguntó Sai, desconcertado.

- No, nada - disimuló ella, agarrando con firmeza el trapo.

En cuanto lo arrancó, Ino contuvo la respiración, expectante. No esperaba grandes alabanzas por su trabajo... desde luego, sabía que no podía esperarlas de Sai, pero eso no le preocupaba. Después de todo, él era un artista sensacional, de los que nacían una vez cada siglo. Estaba claro que si lo comparaba con sus pinturas, cualquier cosa que Ino dibujase resultaría mediocre.

- ¿Y bien? - inquirió, al ver que el moreno no decía nada - ¿Qué opinas?

Sai se tomó su tiempo en contestar. Miró el boceto de arriba abajo, de izquierda a derecha, y de otras veinte maneras más. Casi parecía que estuviera detallando cada milímetro de la obra. Se había puesto repentinamente serio, perdiendo su característica sonrisa indescifrable y apoyando la barbilla en un puño.

- Creo que a este dibujo... le falta el alma - dijo al fin.

Ella no reaccionó en un primer momento, tratando de comprender lo que su compañero acababa de decir. Cuando lo hizo tuvo ganas de gritar, de maldecir, de golpear la pared hasta romperse algo... y sobre todo de llorar. Y este último sentimiento fue demasiado abrumador como para resistirlo.

- Por qué... - sollozó bajito primero - ¡¿Por qué, maldita sea?! ¿Por qué no puede salirme bien?

- Preciosa, ya he intentado explicártelo varias veces en el pasado, pero no has querido escucharme... no has querido aceptarlo - procuró calmarla Sai - No tiene razón de ser cuánto te esfuerces ni cuánto mejore tu técnica, si al pintar no sientes nada. Para ti un cuadro es lo mismo que otros cien más.

Sus palabras, aunque dichas con amabilidad, fueron un duro golpe para ella. Las lágrimas comenzaron a brotar en cascadas desde sus claros ojos azules. Se dejó caer al suelo de rodillas, desconsolada, y ocultó el rostro entre las manos.

- Ino... - intentó llamarla el él, agachándose hasta su altura - Deberías dejar esto. No te hace bien, lo único que consigues es hacerte daño. Y no creo... no creo que tu madre estuviera feliz tampoco.

La mención de su difunta y añorada madre, Mokuren Hanamachi, consiguió disminuir un poco el llanto de la chica. Tanteando con cuidado sus palabras, Sai continuó.

- Por lo que me has contado, si tu madre realmente era una artista tan grande en todo lo que hacía, debía ser porque realmente lo disfrutaba. Quería compartir ese sentimiento de dicha con quienes la rodeaban, con sus seres queridos. Lo entiendo, porque yo siento eso cuando pinto; pero en cambio tú, Ino... a ti esto no te hace feliz. Y por eso tus pinturas están vacías, no importa lo bien que se vean.

- Gaara... - habló Ino entre hipidos - Él me dijo algo similar cuando se lo enseñé, y en ese momento... Kami-sama, juro que en ese momento me dieron ganas de tirarlo todo por la ventana.

- Entonces deberías haberlo hecho - la apoyó Sai - Apenas estás en el segundo año de carrera, aún estás a tiempo de cambiar de opinión. Pero si sigues y te licencias, ya será demasiado tarde. Y probablemente Sabaku-kun te diría lo mismo - añadió.

Ino dejó de llorar al oír eso, calmando poco a poco su respiración. Sai se preguntó si la chica se daría cuenta de cuánta influencia tenía ya el pelirrojo sobre ella. Lo más seguro era que no, y ciertamente, no iba a ser él quien se metiera a arreglar las cosas entre ellos dos... Por otra parte, tampoco parecía que necesitasen ayuda en realidad.

- Oh cielos, no puedo hacerlo - susurró Ino, levantándose despacio del suelo - Después de todo lo que le hecho pasar a Gaara con esto, ¿con qué cara voy a decirle que ha sido para nada? Además, ya le he pagado por su trabajo. No, no puedo. ¿Crees que debería, en serio?

- No lo sé, no soy yo quien está saliendo con él.

- A decir verdad, yo tampoco.

- Pues no lo sabrás hasta que lo intentes, preciosa.