Capitulo 3
Aquella caja musical fue lo primero que sus ojos verdes lograron notar cuando cruzó el umbral de la puerta. Su boca se abrió en sorpresa y se quedó ahí parado unos momentos hasta que el mismo dueño le avisó que si no se movía, interrumpiría la entrada de alguien.
El chico asintió más veces de las necesarias y se apresuró a tomar asiento donde siempre, apoyó sus codos sobre la barra y miró de reojo la decoración musical antes de llevar su mirada al té que se le servía en frente.
— Realmente esperé que un mocoso como tú estuviera en casa en esta fecha y hora. —
Era extraño recibir de primera mano un inicio de conversación por parte de aquel hombre.
Es verdad, aquel día era 31 de diciembre y más aún, casi las 9 de la noche.
— Sorpresa. — añadió con un toque de gracia, llevándose un sorbo de té a los labios, estaba un poco más dulce a lo habitual. Haciendo que levantara su mirada a aquel hombre pero este ya estaba ocupado secando una taza recién lavada. — Mi mejor amigo está con su familia y mi hermana está con su novia. No tenía nada que hacer en casa, vine aquí creyendo que estaría cerrado, pero tuve suerte. ¿Cerrarás pronto? —
El secado de aquella taza se detuvo un momento pero la mirada gris del hombre no se movió de lugar, solo cuando su cuerpo se giró para colocar la taza en el estante, fue que respondió.
— Este lugar estará siempre cerrado a la misma hora. Sin excepción, pero no me voy de aquí hasta más allá de la madrugada. — una pequeña mirada que fue seguida por la mirada del castaño, se dirigió hacia la ventana. Todo el mundo caminaba de un lado a otro, buscando el lugar esencial, encontrándose con seres queridos o de manos en familia.
— Ya veo. — pero le tomó unos segundos procesar la información. — ¡¿Te quedas aquí en año nuevo?! — por primera vez en todas sus visitas, se cuestionó que tipo de vida llevaba esta persona fuera de la tienda, ni siquiera podía descifrar que edad podría tener.
El hombre solamente le miró con una ceja levantada, no iba a repetir sus palabras. Así que solamente decidió lavar otra taza, a esas horas, el último cliente ya se había ido y el pelinegro sabía bien que nadie más vendría ya.
— ¿No te gusta observar los fuegos artificiales? — preguntó el castaño, luego de que el silencio se hiciera demasiado extenso.
— Son ruidosos, molestos, los animales se vuelven estúpidos y la gente enloquece con ellos. — puso una taza más en el estante. — Pero los observo cada año. —
El muchacho se mostró confundido unos momentos pero asintió, entendiendo lentamente la respuesta a su pregunta. Sin embargo fue sorprendido con un '¿te gustan?', a lo que el asintió de manera inmediata, llevándose otra ceja enarcada por parte de su contrario. — Si te preguntas porque no iré a verlos, solo… no tengo respuesta… — no iba a admitir de manera tan abierta que verlos le generaría una sensación de soledad, más cuando fue él mismo quien insistió a su hermana que saliera de su casa y que su mejor amigo estuviera a solas con su familia, tardó una semana en hacer entender a ambas personas que él iba a estar bien.
Lo cual no era del todo cierto, no estaba bien, se sentía solo, sumamente solo.
Y entonces, una idea tuvo y no tardó en hacerla saber, en realidad, siquiera pensó en ella, solo la dijo. — ¿Puedo quedarme aquí hasta el año que viene? — sonaba descabellado, algo para decir junto a una broma, pero el muchacho miraba directamente en dirección al hombre, con el ceño fruncido, sus manos empuñadas y una determinación imposible de poner en palabras.
Lo que dejó al hombre estancado en asombro.
Pero sus hombros se relajaron, sus cejas por igual y dejó la última taza en el estante. Agarró la escoba que tenía en el pequeño cuarto de limpieza y caminó hasta rodear la barra, quedando junto al muchacho, al cual le extendió la escoba. — Aun no he barrido el suelo, hazlo y no hagas un mayor desastre del que ya está. —
El chico parpadeó un par de veces en sorpresa, las palabras se atoraron en su boca y solamente pudo asentir como un soldado frente a una orden. Tomó la escoba y sin perder tiempo, comenzó a barrer, juntando todo el polvo en un lugar hasta botar todo a la basura, de por si el lugar estaba bastante limpio.
A medida que los minutos pasaban, comenzó a comprender que algunas respuestas vendrían en forma de acciones, comenzaba a comprender a aquel hombre poco a poco, al menos como hablaba o se expresaba. Sin duda, entender lo que quería era difícil pero a la vez, este hombre entendía perfectamente cuál era la taza de té perfecta para cada quien.
Le hizo preguntarse; ¿cómo alguien de tan pocas palabras puede entender así el gusto de los demás?
No intercambiaron demasiadas palabras por el lapso de 3 horas, el chico tuvo que barrer tres veces el lugar hasta que fuera aceptado por el hombre mayor, el cual verificaba meticulosamente cada rincón y de pasó le otorgó algunos consejos de limpieza.
En algún punto, el hombre dijo.
— No creo en estupideces como creencias de que si barres todo el lugar, alejarás los malos espíritus o quien sabe que mierda. Pero al llegar aquí en mi primer día de trabajo en el año, prefiero que se vea tan nuevo como el mismo año. —
Por un momento, el muchacho vio cruzar un atisbo de bondad en la mirada de aquel hombre, mientras este pasaba sus ojos por aquella tienda.
Lo que le hizo verla con sus propios ojos, cada detalle, como todo estaba ordenado, como la decoración encajaba, como los colores se mantenían en una misma línea y de alguna manera, ese hombre se fusionaba con este ambiente.
— Cuando consiga un trabajo, intentaré hacer algo similar. Creo…que es algo bueno. Iniciar así, con todo lo viejo pero a la vez nuevo a tu alrededor — una pequeña sonrisa se asomó en los labios del muchacho, mientras este tenía la mirada fija en la ventana.
El pelinegro le miró unos momentos, asintiendo en silencio antes de volver a sus propias tareas.
Cuando las cucharas estuvieron guardadas, cuando la barra brillaba en limpieza, cuando el piso ya no tenía rastro de suciedad, cuando cada taza estuviera en su lugar y cada tarro de té estuviera en perfecta alineación, cuando todo estuvo como nuevo, el reloj marcó las 23:55.
— Hace mucho tiempo que no limpiaba como hoy, estoy sorprendido — comentó el chico, riéndose por lo bajo mientras se quitaba un pañuelo blanco de la cabeza (cortesía del dueño).
—… Asco. — musitó el otro en respuesta, este ya había abandonado su lugar tras la barra, para sentarse junto al muchacho, con su propia taza de té en su mano, el muchacho también tenía una en la suya.
El chico solamente pudo reír ante esas palabras y se llevó algo de té a los labios, este aún estaba dulce. Pero volvió a no comentar nada al respecto, solamente miró por la ventana, la gente ya estaba lejos de la tienda, todos estaban en sus lugares, para recibir la pirotecnia y el año nuevo con todos sus deseos.
— Los observo cada año. — comentó el hombre, quien también tenía la mirada perdida en la ventana. — no de la manera en que todos los hacen, pero los observo. —
El chico tardó en entender a qué se refería, iba a preguntar, pero el murmullo de la gente le sacó de idea, comenzó a escuchar el conteo final, para que aquel año finalmente terminara.
Fue que observó su té.
Diez.
El aroma y sabor dulce, para algo que debería carecer de ello.
Nueve.
Con el tiempo dejó de añadir azúcar a su parecer, porque cuando el té llegaba a sus manos, este ya estaba listo de la manera en que quería. Aquel hombre había logrado captar su gusto.
Ocho.
Pero esta vez estaba más dulce, pero perfecto.
¿Pero por qué?
Siete.
Y fue entonces que pensó; un poco de dulzura para la soledad.
Seis.
Sus ojos se abrieron un poco más ante la realización y enseguida estos se posaron en el té ajeno, ¿Qué sabor tendrá?, fue lo que se preguntó.
Cinco.
Y cuando levantó su mirada, aquel hombre le estaba mirando de una manera diferente, de manera calmada. Este desvió el rostro hacia la ventana y el muchacho hizo lo mismo.
Cuatro.
Era una invitación a mirar.
Tres.
A mirar lo que el observaba cada año en esta tienda.
Dos.
"Los observo cada año"
¿Cómo?
Uno.
Y el primer estallido, hizo iluminar la tienda de un color, el segundo estallido hizo iluminar la tienda de otro color, ya que esta estaba completamente apagada, con sus cortinas abiertas, con todo el libre acceso a la luz que se acercara a ellos.
Los platos recién lavados, las cucharas brillantes, los jarrones pulidos, las mesas ordenadas, las sillas en su lugar, cada cosa reflejaba esas luces y esos reflejos llegaban a cada pared del lugar.
Y cada explosión era una lluvia de colores que se esparcía por toda aquella tienda, generando nuevos colores por cada cosa que tocaba y toda esa luz, se perdía ahí, para que solo aquellos presentes, pudieran verla en todo su esplendor.
Un comienzo dulce, tranquilo y lleno de colores.
— Es dulce, ¿verdad? — preguntó el chico, en medio de aquel show, sabía que su pregunta fue escuchada pese al ruido exterior.
Su respuesta fue un murmullo que cualquiera interpretaría como algo vago sin respuesta, pero él supo entender en verdad, la respuesta a su pregunta.
No hubo espacio para la soledad en aquellos momentos, no la hubo, solo colores, colores y más colores que llenaron su interior.
Notas de la autora:
Feliz año nuevo y que este año sea bueno para la persona que esté leyendo estas palabras.
