Esa noche estaba más fría de lo habitual, se podía ver desde las ventanas de la mansión un paisaje de muerte, que era lo único que traía el frio a la naturaleza, no tardaría mucho para que comenzara a nevar, en la casa no había calefacción ya que los hermanos Sakamaki no la necesitaban. Sus cuerpos no sentían ni el frio ni el calor, pero para la pobre de Yui todo era diferente y era la única que sufría directamente todo eso. Nunca le habían hecho caso a sus peticiones mortales de poner aire acondicionado o calefacción, así que tenía que averiguárselas por ella misma.

Oigan, creen que Yui esté bien? – dijo un chico de cabello purpura, que abrazaba fuertemente a su oso de felpa, y miraba con ojos de preocupación a la chica que se encontraba acostada en un sofá frente a una chimenea –Teddy dice que Yui se está congelando, deberíamos traerle una bufanda no crees Teddy?-dijo mientras miraba a su osito y sonreía de manera fría como de costumbre. Caminó pacientemente hasta perderse de la vista de todos, por lo visto iba a buscar algo para proteger a Yui un poco del frio.

Vaya que es un fastidio tener a esta jovencita en nuestro territorio, es bastante delicada para mi gusto y se enferma mucho, creo que es la tercera vez que se pone enferma –comentó Reiji mientras se acomodaba sus lentes tranquilamente con su dedo índice.

Últimamente Yui se estaba poniendo más delicada de lo normal, se enfermaba demasiado, y había días en los que permanecía recostada en su cama todo el día, pero a nadie parecía preocuparle mucho su estado de salud. Las veces en que los hermanos veían a Yui muy decaída la llevaban a un médico que estaba cerca, ya que por ninguna manera querían perderla, porque la consideraban un gran tesoro, por su exquisita sangre.

Pero esos días de atenciones médicas habían terminado, el mayor de los hermanos Sakamaki lo consideraba peligroso, ya que si el doctor viera las marcas de los colmillos en el cuerpo de Yui sospecharía de ellos. Los humanos son muy curiosos se decía.

El silencio era tenso en la habitación donde Yui se encontraba inconsciente, todos los hermanos la observaban como el día en que estuvo a punto de morir por la daga que se enterró. Cuando de repente la chica rompió el silencio con un leve quejido, abrió los ojos lentamente pero a diferencia de aquél día, Ayato no estaba allí esperando a que despertara.

D-Donde estoy- dijo mientras cerraba fuertemente sus ojos por el gran dolor que sentía

Intentó sentarse pero cayó de nuevo –No deberías esforzarte mucho Yui-dijo Kanato con una sonrisa mientras se le acercaba y desenrollaba una bufanda color azul claro. –Llamaremos a un médico pero tendrás que ponerte esto en tu cuello –Kanato extendió su mano donde se encontraba la bufanda, Yui la tomó con desconfianza, y se la enredo delicadamente en su cuello adolorido.

P-por qué tengo que ponerme esto?- dijo tímidamente con la vista abajo –No tengo frio-habló de una manera tan que nadie pudo escucharla.

Para que el doctor no vea las marcas en tu cuello, lo ultimo que queremos es que nos descubran-comentó Raito de una manera burlona.

Oooh, ya veo-contestó pasando la mano por la bufanda que recién le habían entregado

Pasaron unos minutos en silencio, cuando de la nada, se escuchó que la puerta habían azotado la puerta al entrar, era Ayato, que entró corriendo a la mansión hasta llegar al cuarto donde se encontraba la chica y sus hermanos, parecía tener demasiada prisa, ya que al instante de haber llegado, le lanzó a Yui un pantalón y un grande suéter de hombre, que había sacado de su habitación. Yui no pudo atraparla y le golpearon la cara.

Yui quedo impactada no sabía que ocurría, el pelirrojo la miro con una expresión seria, entonces ella entendió lo que debía de hacer. Comenzó a quitarse lo que traía puesto enfrente de todos para ponerse lo que Ayato le había dado, no quería hacerlo, era demasiado vergonzoso pero esa expresión le aterraba tanto que no podía contradecirlo, por fin Yui termino de ponerse esa ropa, que le quedaba enorme, Reiji escondió otra ropa debajo del sillón.

El doctor está llegando, te traje algo que cubriera más tu cuerpo marcado, las heridas aun no sanan –dijo el pelirrojo mientras ponía la bufanda desordenadamente. Yui se la acomodo adecuadamente mientras Raito la ayudaba a sentarse.

No mencionarás nada de tus heridas, entendido- Yui asintió asustada, mientras todos esperaban impacientes al médico rogando porque no se diera cuenta de lo que ocurría en esa casa.